El sueño de la razón

Silvia Ribeiro

Tantas Bertas

Los que asesinaron a Berta Cáceres en Honduras querían matar muchas Bertas, la niña que cuida el río Gualcarque, la mujer de mirada profunda, la indígena, la rebelde, la comunera luchadora contra represas y atropellos en territorios de su pueblo lenca, la compañera fuerte y tierna a la vez, la que le plantó cara al patriarcado, al capitalismo, al racismo, la amiga tranquila y reflexiva que siempre tenía palabras de ánimo para los demás, aún desafiando la muerte, la madre que sembró esas rebeldías en sus hijas e hijos, los de su vientre y los de su pueblo, la hija de la otra Berta insumisa, la hija libre del río y la tierra que tejía talleres con las comunidades afirmando las razones de los pueblos contra las sinrazones de las empresas y transnacionales, contra las prepotencias machistas y la siembra de miedo de policías, militares y matones al servicio de esas empresas.

Querían matar tantas Bertas. A la coordinadora del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras, COPINH, a la que denunció y luchó contra el golpe de estado en Honduras en 2009, a la que junto con las hermanas, compañeras y compañeros de la Organización Fraternal Negra de Honduras, OFRANEH, formaron la Asamblea Constituyente de Pueblos Indígenas y Negros. A Bertita, como la llama la dirigente garífuna Miryam Miranda de OFRANEH, que es “símbolo de propuesta y construcción ante un modelo de desarrollo que destruye vidas, recursos y bienes comunes”, con quien “compartía visiones, trabajo, cultura ancestral, horizontes. Condenaban al unísono un modelo económico, político y cultural que explota a la inmensa mayoría de la población hondureña, vende el país al capital transnacional y asesina en total impunidad a sus mejores hijos e hijas.” (Giorgio Trucchi 9/3/16).

A la que que caminó, compartió, rió, debatió, construyó con tantas otras luchadoras y luchadores de redes, barrios, comunidades y organizaciones de su país y de América Latina, reconociéndose como feminista, defensora de la vida y la naturaleza, de los pueblos y sus muchas identidades, a la que llamaba la humanidad a despertar y organizarse contra el patriarcado y el capitalismo que uniformiza, devora, depreda. (Claudia Korol, 11/3/16)

Por eso entraron a su casa en La Esperanza, nombre de pueblo sospechoso de conjurar la impunidad. Le dispararon salvajemente y la asesinaron. En un momento eterno la muerte se estrujó de horror. El dolor se hizo insondable. Pero como Pedro Rojas, su cadáver estaba lleno de mundo.

Como río que revienta toda represa, con un caudal que sigue aumentando, el aviso de este crimen, la indignación, la solidaridad, las protestas, se desataron por todo el mundo. La apuesta de los que ordenaron y cometieron el crimen fue la impunidad, el olvido, el cansancio, que la resistencia a la represa Agua Zarca se desarmara y que el gobierno, las empresas y financiadores trasnacionales sean declarados inocentes.

Nada de eso han logrado, todo lo contrario. Desde su muerte, Berta, todas las Bertas, siguen creciendo.

Más que nunca, se conoce ahora la lucha, las razones, el llamado y la resistencia y oposición de su pueblo lenca a la represa, el asesinato anterior de otros tres líderes que se oponían a ese proyecto hidroeléctrico en la región. El comunicado de las hijas, hijo y madre de Berta Cáceres, recorre el mundo en muchos idiomas: “Su asesinato es un intento de acabar con la lucha del pueblo lenca, en contra de toda forma de explotación y despojo (…) Responsabilizamos a la empresa DESA, y a los organismos financieros internacionales que respaldan el proyecto Agua Zarca, Banco Holandés FMO, FinnFund, Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), Ficohsa, y las empresas comprometidas CASTOR, grupo empresarial ATALA, de la persecución, la criminalización, la estigmatización, las constantes amenazas de muerte en contra de su persona, de la nuestra, y del COPINH. Responsabilizamos al Estado hondureño de haber obstaculizado en gran medida la protección de nuestra Bertha, y haber propiciado la persecución, criminalización, y asesinato; al haber optado por proteger los intereses de la empresa por encima de las decisiones y mandatos de las comunidades”.

Las empresas y financiadores emitieron comunicados “condoliéndose” por el asesinato de Berta, pero no consiguen limpiarse la sangre de las manos. Han quedado al descubierto.

Ya no se trata “solamente” de la resistencia de un proyecto, en una región. Muchas otras barbaries cometidas a diario en Honduras, la tierra que vio nacer a Berta, han quedado expuestas a los ojos del mundo. Como señala un informe de Global Witness, es uno de los lugares más peligrosos del mundo para ambientalistas y defensores de la tierra: 111 personas asesinadas entre 2002 y 2014. También uno de los países con más periodistas asesinados, especialmente desde el golpe apoyado por Estados Unidos en 2009.

Días antes de ser asesinada, Berta expresó al diario Il Manifesto, “Estamos en las manos del sicariato jurídico y armado. Nuestras vidas penden de un hilo”. Ahora el único testigo del asesinato de Berta, el activista mexicano Gustavo Castro Soto de la organización Otros Mundos Chiapas, que sobrevivió porque los asesinos lo creyeron muerto, fue retenido por el gobierno, como si en lugar de víctima fuera criminal, con enrevesados argumentos quasi-legales, propios de un “sicariato jurídico”. Olas de solidaridad y protestas para su protección y regreso a salvo se han levantado en todo el mundo y siguen creciendo.

Carlos Beristain, médico e integrante del Grupo Internacional de Expertos Independientes (GIEI) sobre el caso de la desaparición forzada de 43 estudiantes de Ayotzinapa en México en 2014, llamó a ese crimen, un “acontecimiento centinela”, un suceso que alerta sobre un problema de mucha mayor dimensión. La desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y el tsunami de protestas que provocó, hizo caer en pedazos la careta de democracia que distintos gobiernos de México quisieron instaurar en el mundo y posteriormente su pretendida “verdad histórica”. Los estudiantes siguen desaparecidos, pero “aparecieron” cientos de fosas clandestinas, se revelaron muchos otros crímenes y un estado de impunidad general que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, este mismo 3 de marzo, llamó “colusión Estado-crimen organizado”.

El asesinato de Berta es otro acontecimiento centinela. Su muerte abrió las compuertas que querían ocultar los crímenes, persecución y criminalización en Honduras de indígenas, comunidades negras, campesinas y campesinos, activistas ambientales y tantas otras y otros, a manos de sicarios, empresas, favorecidos por gobiernos. No pudieron asesinar tantas Bertas y su vida sigue abriendo caminos, protegiendo luchas, tejiendo resistencias y construyendo memorias colectivas de pasados, presentes y futuros.

Una Respuesta a “¿Sembrando vida? Amenazas a la vida campesina de montaña”

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