Crónicas de las luces y de los ruidos

Oleg Yasinsky

El virus de altura

Mucho se hablará en estos días sobre la tragedia siria y su nueva etapa. También sobre la masacre de indígenas, activistas sociales y periodistas en México y Colombia. De la caída del sueño europeo, ultrajado y asfixiado por el neoliberalismo. Y de muchas otras cosas más o menos terribles. El mundo de lo conocido, amueblado con nuestras viejas creencias y costumbres ya fracasó. Y el mundo nuevo aún… todavía… “Antes de amar de nuevo, lava tu corazón…”, nos recomienda una canción. Intentemos pues… soñemos un poco.

Tengo la suerte de conocer a algunas personas maravillosas que supieron superar lo prescrito y predicho y marcaron con su luz a todos los que pasamos a lado de ellos. Fueron, sin decir o presentase así, los mensajeros de este nuevo mundo que buscamos entre todos.

Cuando yo tenía 24 años y la Unión Soviética era como el planeta de hoy; perdida, confusa, moribunda y profundamente irracional, gracias a unos amigos chilenos conocí en Moscú a un sabio, quien, como cualquier sabio de verdad no lo parecía, era un hombre atento y sencillo.  Recuerdo que pasamos como un par de horas discutiendo sobre Gorbachov y el futuro de la Perestroika, que todavía enamoraba a los televidentes occidentales.  Me acuerdo de su contagiosa alegría y sobre todo, de la extraña sensación de estar siempre tranquilo y cómodo a su lado, como acogido en su humildad y sabiduría.  Su nombre era Silo, Mario Luis Rodríguez Cobos, fue fundador del Movimiento Humanista en Argentina y Chile a fines de los 60 y con su porfiado sueño de humanizar la tierra y de paso frenar el capitalismo que se imponía en la URSS, estaba visitando la academia de ciencias Rusa y a sus amigos, locos científicos rusos, mientras nuestro mundo caía a pedazos.

De él aprendí mucho y en esos momentos, cuando el mundo nos parecía un espejo roto en mil pedazos imposibles de juntar, cuando todos los medios de todos los lados nos convencían que todo lo que aprendimos con el socialismo no vale y no sirve para nada, que el hombre y su felicidad eran otra cosa y que, para progresar teníamos que cambiar, creo que nos salvó a mí y a varios de amigos, un simple ejercicio que aprendimos del humanismo siloista.

En este ejercicio se trataba de “el guía interno”. Se supone que cada uno tenemos en nuestra conciencia la imagen de un hombre o una mujer ideal, que puede ser un personaje real o inventado, por ejemplo,  algún héroe del cine o la literatura. Sus tres principales rasgos siempre son la bondad, la fuerza y la sabiduría. En los momentos más difíciles de nuestras vidas,  consciente o inconscientemente acudimos a este personaje para pedir su consejo o solo para saber como actuaría en ésta o aquélla situación. Hacíamos ejercicios para configurar mejor o más nítido a este guía. Ahora, muchos años después,  sé de cuantas estupideces me salvó mi guía interno y cuantas cosas interesantes pude aprender.

En el campo social,  el humanismo siloísta se concretó en Chile en la creación del partido político más joven y el primero en ser registrado como de oposición a Pinochet. Cuando ganó la democracia, el Partido Humanista (esta organización jamás tuvo ni la más remota relación con el derechoso y antihumanista Partido Humanista mexicano.) entró en el gobierno, tuvo cargos en ministerios y embajadas y pocos años después,  fue el único en retirarse voluntariamente del gobierno, al descubrir y denunciar la gran traición al pueblo que significó la “transición democrática” chilena.

El tema del poder, o más bien de su mito y sus mecanismos,  siempre fue uno de los temas centrales de los estudios.

En los primeros años del retorno de la democracia a Chile, Laura Rodríguez, diputada humanista fue la más joven  legisladora en la historia del país. Después de su temprana muerte se publicó un increíble libro basado en sus escritos llamado “El virus de altura”, donde ella descubre este virus como “algo que le sucede a mucha gente que está en cargos públicos, en cargos políticos o no políticos. También les pasa a los artistas a veces. El virus de altura es cuando la gente cree que ha llegado a cierto cargo por sus propias cualidades y no porque ha habido aporte de mucha gente. Entonces, en el fondo, lo que empieza a pasar es que se olvida del trabajo y lo que ha habido detrás para llegar a ese cargo y lo principal, se olvida de la gente y,  al olvidarse comienza a tomar decisiones contra la gente”.

Hablando de los síntoma de esta enfermedad, Laura cuenta su experiencia: “…Un año atrás di una charla acerca de un tema que consideraba de mi dominio. La sala que no era grande, estaba repleta. Desde mi asiento, sobre una tarima en la que veía por encima de las cabezas de los concurrentes, observé incluso algunas personas de pie. Quien me introducía dijo algunas palabras elogiosas y, a pesar de que siempre comienzan así esas reuniones, me sentí muy bien con los adjetivos que adornaban mi escasa labor. El introductor, luego de terminar con la presentación me pasó el micrófono. (…)  Saludé, más bien probando que los parlantes tuvieran la calidad y sonoridad suficientes para que mis palabras llegaran a cada oído, que cada ojo no se despegara de mi figura, y la atención de todos quedara atrapada por mi discurso. No recuerdo como empecé y poco me importaba, porque, más que transmitir bien un mensaje o de establecer una buena comunicación con el auditorio, me interesaba que me recibieran como un entendido en la materia y se dieran cuenta rápidamente de que, aunque algo supieran, yo era quien tenía la varita del conocimiento y a mí nadie me llegaba ni a los talones. ‘Mal que mal, pensaba, por algo vinieron a verme’. Así, en poco rato era dueño del pequeño cilindro metálico, lo había sacado de su pedestal y lo usaba como un cantante rock. Lo único que me faltaba era tirarlo por el aire para luego recogerlo. Había ido subiendo el tono de la voz. Vociferaba sin ser necesario con esos parlantes que transmitían hasta mi más mínima expiración. La sala ahora se me hacía pequeña. Gesticulaba con mis brazos y me desplazaba por el escenario con comodidad. (…) Un señor levantó su mano para hacer una acotación. Encontré aquello de una impertinencia increíble porque, sin haber terminado de dar las explicaciones que introducían al tema, me interrumpía sin ningún derecho. Continué, pasando por alto aquel dedo solitario que se erguía estoico por encima de las cabezas. Como el desatinado continuaba en su actitud, me detuve, le increpé duramente con voz airada y estruendosa. El hombre pareció empequeñecer, y con él todo el auditorio. La sala, ya pequeña de por sí,  se transformó en minúscula y llegué a pensar que aquellos oídos atentos, esos ojos fijos en mi persona no eran de suficiente valor como para que apreciaran mis palabras. No sé, lector, si te ha sucedido alguna vez tomarte una fotografía mental. Es como si de pronto te miraras desde más atrás. Como si desde la altura de tu nuca hubieras instalado un ojo que te observa verificando justo lo que en ese momento estás haciendo, sintiendo, pensando. Aquello me sucedió por un segundo. Casi fui capaz de ver mi prepotencia. Observé mi monstruosa transformación y dije: “Algo raro me está pasando”…

Hablo hoy de mi experiencia en el Movimiento Humanista, porque para mí en su momento fue un aprendizaje extremadamente importante y la primera comprensión de la necesidad de salirnos de los paradigmas establecidos por la derecha y la izquierda de ayer. El símbolo de nuestra propuesta política era la cinta de Möebius que une lo externo y lo interno en un infinito. El humanismo siloista fue mi camino hacia las comunidades rebeldes en Chiapas; islas del archipiélago mundial de la esperanza y la lucidez que,  en diferentes lugares del planeta emergen bajo nombres diferentes. 

La historiadora de arte, directora de la Agencia Internacional de Noticias Pressenza, la  chilena Pía Figueroa en su libro “Silo, el maestro de nuestros tiempos” recuerda: 

“…Con una taza de café en la mano vino a sentarse conmigo al living (…). Se apoyó en una vieja silla (…) que había sido de mi mamá y antes de mi abuela. La sabía enclenque e incomoda (…). Le advertí que podía caerse y ofrecí que se instalara en el sillón.

“- No, gracias, me dijo. – En los asientos mullidos o sofás de felpas aterciopeladas, no se puede pensar. Un lugar medio incómodo en el que tengas que estar atento a tu postura corporal para mantener bien el equilibrio, ayuda mucho a la propia disposición mental. Los asientos reclinados, suaves al tacto, no contribuyen sino a difundir las sensaciones, extendiendo la percepción táctil, diluyendo los límites del propio cuerpo en el entorno circundante e impidiendo que la mente pueda llegar a concentrarse. Para contar con energía al pensar es necesario que tus propias imágenes tomen brillo, que se puedan fijar o dejar correr, que las puedas manejar (…). Es más, insistió, si quieres consejo de amigo, te recomiendo siempre mantener en tu casa una silla incómoda, tal como esta. No comprendo como los gobernantes, por ejemplo, puedan intentar conducir políticamente a sus pueblos desde salones elegantes en los que todo es suave, blando y acolchado. De la opulencia no surgen las ideas, menos todavía las propuestas nuevas (…). Pero no solamente se trata de la actividad del pensamiento… Si quieres entender bien a los demás, para poder ponerte en su lugar, necesitas poder tomar – imitándolos – sus propias posiciones corporales. Prueba a seguir los gestos y actitudes físicas de otra persona y veras como rápidamente logras comprender la dirección de sus actos mentales (…). Toma posiciones físicas que no sean muy confortables y llegaras a advertir que para que surja algo nuevo, siempre es mejor lo inestable que aquello aparentemente seguro.”

El creador de la bomba atómica soviética y disidente, el académico Andrei Sakharov también es el autor de una de las burradas más grandes del siglo pasado. Él predicaba el futuro hablando de la convergencia entre el socialismo y el capitalismo, que rescataría lo mejor de los dos sistemas. Como una buena parte de los soviéticos, el gran científico confundía el capitalismo con la democracia. El resultado es conocido, la convergencia entre la burocracia estalinista y el capitalismo salvaje basado en el anticomunismo, generó en tiempo récord, una sociedad cavernícola, violenta y profundamente infeliz.

Lo que necesitamos es una convergencia de los humanismos de nuestras diferentes culturas e historias, humanismos perseguidos por todos los poderes del Estado igual o peor que en el Medioevo. Para encontrarnos y aprender a caminar juntos en la construcción de lo que unos llamamos la nación humana universal y otros – un mundo donde caben muchos mundos – el que será sin duda el mismo edificio.

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