Montaña adentro

Abel Barrera Hernández

Chilapa

En memoria de Eva Alarcón y Marcial Bautista,

defensores ecologistas de la sierra de Petatlán,

desaparecidos por el grupo de la policía ministerial comandada por el “ganso” de Tecpan de Galeana, en colusión con miembros de la delincuencia organizada, la noche del 7 de diciembre de 2011, después de haber pasado un retén militar, cuando viajaban en autobús a la ciudad de México.

Para algunos maestros y clérigos, Chilapa era la “Atenas del Sur”, por ser la ciudad levítica que albergaba a estudiantes procedentes de varias regiones del estado, que llegaban para estudiar en colegios católicos y en el seminario conciliar. Por ser la primera sede episcopal del estado, erigida en marzo de 1863, Chilapa se transformó en un centro educativo que formó por más de 150 años a decenas de generaciones de sacerdotes, maestros y políticos que adquirieron conocimientos básicos sobre literatura universal, latín, griego, filosofía y teología tomistas. Esta cultura católica permeo en la sociedad chilapeña. Su sistema de fiestas gira en torno a las celebraciones que realizan a sus santos patronos. Los barrios históricos llevan el nombre de un evangelista o alguna imagen del santoral católico. Fue la ciudad más tranquila del estado, donde sus habitantes se guiaban por el toque de la campana de las siete de la noche que marcaba el retiro a sus casas para protegerse del “demonio”. El seminario y el colegio de religiosas Carrillo Cárdenas fueron semilleros de un modelo educativo teocéntrico.

Este conservadurismo religioso, de poca conciencia social, dependiente de la autoridad que proviene de la esfera celestial, permitió corporativizar a una población cautiva, acostumbrada a respetar un orden jerárquico representado por la elite eclesiástica afín a los grupos caciquiles del estado. Esta religiosidad clerical invisibilizó a la población indígena que cohabita en la ciudad y en todo el municipio. El poder político provenía del centro del estado y el nombramiento de las autoridades eran impuestas por los caciques que gobernaban la entidad.

Con más de 120 mil habitantes, Chilapa se erigió como un bastión del PRI, por el voto corporativo que ha logrado imponer en la totalidad de comunidades indígenas. En la elección de Ernesto Zedillo, fue el segundo distrito electoral a nivel federal donde más votos obtuvo el PRI. El control que tuvieron por varias décadas los grupos políticos del centro del estado se fue extendiendo a las demás regiones donde la presencia de las instituciones gubernamentales era muy rudimentaria y débil. Sobresalían el Ministerio Público con la policía judicial; el ejército y las corporaciones policiales del estado que se caracterizaban por ser sanguinarias, como la montada y la motorizada. Se trataba de los actores armados de un estado que han hecho valer la ley con las macanas y los rifles.

Los privilegiados del régimen fueron los grupos que delinquían y que con suma facilidad se incorporaban a algún cuerpo policiaco. No había normas claras en el reclutamiento de miembros que solicitaban incorporarse a la policía estatal y municipal. Lo que caracterizó por muchos años, tanto a los ministerios públicos como a los policías ministeriales fue su actuación pendenciera y corrupta. Su porte mismo no era la de servidores públicos que daban confianza, más bien imponían terror, porque con la pistola en el cincho hacían valer su ley.

Ante la ausencia de instituciones que salvaguardaran los derechos de la ciudadanía, los grupos políticos se erigieron como amos y señores de las regiones empobrecidas y sometidas por los caciques locales. Se involucraron en actividades económicas licitas e ilícitas. A ninguna instancia, mucho menos a la ciudadanía, rendían cuentas. Lucraron con el poder y pactaron con la delincuencia. Han sido sus aliados incondicionales, sobre todo para realizar trabajos sucios, cuando están en riesgo sus intereses políticos y económicos.

Los miembros de las policías tanto del municipio como del estado, siempre han tenido la cancha libre para trabajar mancomunadamente con las organizaciones que se han arraigado en la región para hacer florecer el negocio de la droga.

Los grupos de la delincuencia aprovecharon la ubicación estratégica de la cabecera municipal, que es la entrada principal a la Montaña alta y baja, que por su orografía se ha transformado en la principal productora de marihuana y amapola. El cultivo de estas siembras tuvo su auge, cuando el ejército ocupó estos territorios para combatir a los grupos guerrilleros.

Ante la declaración de guerra por parte del expresidente Felipe Calderón contra los carteles de la droga, Chilapa fue el refugio de algunos jefes de la delincuencia que se vieron obligados a desplazarse de las principales ciudades del estado, logrando afianzar su poder para librar una batalla sin cuartel contra otras organizaciones delincuenciales que estaban siendo desarticuladas y que buscaron otros espacios para reorganizarse. Esta disputa por la plaza de Chilapa se tornó más cruenta cuando se dio la incursión de grupos armados autodenominados policías comunitarios, quienes tomaron Chilapa del 9 al 14 de mayo de 2015 con el fin de detener a un jefe de la banda contraria, llevándose a más de 30 personas, estando presentes elementos de la gendarmería, miembros del ejército y de la policía municipal. Esta acción delincuencial desencadenó una guerra sin cuartel donde acontecen crímenes atroces a plena luz del día en las calles céntricas de Chilapa.

En el 2016 se contabilizaron 282 víctimas entre asesinados y heridos. En lo que va de este año, se tienen registradas 230 personas, a pesar del incremento de efectivos militares en la cabecera municipal, que han instalado retenes militares para supuestamente inhibir la acción violenta de los grupos antagónicos de la delincuencia. Ante esta embestida del crimen, las familias se han acuerpado logrando conformar el colectivo “Siempre vivos”, que tiene un registro de 103 personas desaparecidas. Lo más grave es que la mayoría de las familias proceden de comunidades indígenas donde la disputa por el trasiego de la droga se ha desplazado a lugares más recónditos, causando terror y obligando a que las familias abandonen sus casas.

Las visitas del Secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos y del Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong han sido infructuosas porque el esquema de militarizar más la región ha desencadenado una espiral de violencia irrefrenable. La guerra se trasladó al trasporte de servicio público, donde varios choferes fueron asesinados cuando trasladaban a pasajeros a la ciudad de Chilpancingo. Las mismas unidades eran quemadas, generando un caos entre la población porque no había forma de desplazarse en camionetas de servicio público. Esta situación se agravó con el cierre de escuelas ante el temor de maestros, madres y padres de familia que recibían mensajes del crimen organizado que enviaban directamente a los teléfonos de los docentes. Les advertían lo siguiente: “aver cuando entienden que no keremos que trabajen… porque andan de chivateando… así que no queremos ver que esten entrando y saliendo de Chilapa”.

El “Atenas del Sur” se ha trasformado en el mismo infierno para una población sumamente creyente que ha sido víctima de la violencia impuesta por la misma clase política estatal y local, que se confabulo con el crimen organizado, para reclutar a jóvenes como sicarios en lugar de formarlos en la cultura de la paz y los derechos humanos.

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Abel Barrera

Antropólogo mexicano y defensor de los derechos humanos. En 1994 fundó el Centro de Derechos Humanos de La Montaña Tlachinollan en Guerrero, México. Ha recibido diversos premios por su trabajo en la defensa y promoción de los derechos humanos, de Amnistía Internacional Alemania en 2011, y el premio de derechos humanos 2010 del Centro por la Justicia y los Derechos Humanos Robert F. Kennedy, entre otros

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