El sueño de la razón

Silvia Ribeiro

Atlas de los transgénicos y pueblos que no se rinden

Uno de los primeros gobiernos que permitieron plantar transgénicos en el mundo fue Argentina, casi al mismo tiempo que Estados Unidos. Decir que lo permitió el gobierno es una formalidad, en realidad las trasnacionales se los vendieron a los productores locales, que comenzaron a plantarlos en 1996, como si fuera una semilla más, a la que se le podía echar mucho más veneno sin que se muriera el propio cultivo, pero sí todo lo demás que estuviera vivo alrededor. No había entonces ni siquiera una farsa de evaluación de riesgos o de bioseguridad, esta la montaron años después, integrando a las empresas y grandes propietarios rurales -o a sus representantes- en la comisión que los evalúa, siendo por tanto juez y parte.

Veinticuatro años después de estas primeras siembras, el puñado de empresas que controla este negocio afirma que hay 191 millones de hectáreas sembradas con cultivos transgénicos a nivel global. Pero pese a que han pasado más dos décadas, el 99 por ciento de los cultivos transgénicos siguen confinados en solamente 11 países. Cinco países del Cono Sur de América Latina están entre esos: Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia.

Por ello, el Atlas del agronegocio transgénico en el Cono Sur que se lanzó al público esta semana no es un documento solamente regional, es un testimonio imprescindible para entender qué significan la industria y los cultivos transgénicos en todo el mundo. Cómo afectan a la vida campesina, a niñas, mujeres, hombres y ancianos, a las y los trabajadores, a las comunidades urbanas y rurales, al suelo, el agua, la biodiversidad, a las economías, a la política. Cómo esta poderosa industria puede tumbar gobiernos, comprar jueces y policías, deshacer paisajes y rehacer a su gusto sectores enteros de las economías nacionales.

La riqueza de información y detalles del Atlas, el profundo conocimiento de la situación en cada país, es resultado de un esfuerzo colectivo de largo aliento entre muchas organizaciones de la región, convocadas para ello por Carlos Vicente, Lucía Vicente y Carolina Acevedo, de Acción por la Biodiversidad. Además de los trabajos escritos por muchas y muchos autores, también organizaron talleres donde pusieron en común historias, visiones, testimonios, a partir de los cuales Darío Aranda tejió una síntesis clara y contundente.

En ese marco, el equipo de Iconoclasistas diseñó y dinamizó un trabajo colectivo de mapeo con organizaciones y académicos de la región, apoyados por BASE-IS de Paraguay y Acción por la Biodiversidad en Argentina, que resultó en un Mapa de la república tóxica de la soja, que ubica visualmente impactos y resistencias, en diálogo con el Atlas.

La implantación de los transgénicos comenzó en el Cono Sur en forma silenciosa, y en todos los países de esa región se impuso de contrabando: fue la vía de Monsanto y similares para burlar la regulación potencial, creando situaciones de hecho; negociando, presionando y/o pagando a gobiernos de turno para que desoyeran o reprimieran las alertas y resistencia que desde el comienzo brotaron en varios lugares. Por ejemplo, los movimientos campesinos, como el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y otros, llevaron una resistencia ejemplar desde el inicio y lograron que no hubiera transgénicos en Brasil por varios años, hasta que el gobierno, luego de negociar con las empresas, declaró que ya se habían sembrado en tantos lugares que era mejor regularlos y por tanto abrió las vías de legalización.

Aunque la siembra de transgénicos en el Cono Sur siguió el modelo de agricultura industrial a gran escala que ya existía, el hecho de hacer la semilla transgénica tolerante a los venenos agrícolas, significó un aumento exponencial y sin precedentes del uso de agrotóxicos, de la contaminación de aguas, destrucción de suelos y biodiversidad y aumentó la deforestación permitiendo catastróficas inundaciones.

Todo ello constituyó una verdadera “reforma agraria” invertida: el Atlas da cuenta de cómo en cada uno de los países disminuyó el número de establecimientos rurales con producciones diversas, en algunos casos hasta 40 por ciento del total, para dar paso a mega plantaciones uniformes, principalmente de soja y maíz transgénico, en manos de latifundistas o grandes empresas gestoras.

Un “avance” que no se hizo pacíficamente: país por país nos relatan de primera mano, como la siembra transgénica desplazó comunidades rurales, campesinas, indígenas, como caminó de la mano de la represión oficial o de matones privados, incluso asesinando a quienes resistieron.

El documento también nos muestra los impactos devastadores en la salud que conllevan los transgénicos. Desde los pueblos, escuelas y comunidades rurales o periurbanas víctimas de la fumigación área con glifosato, y ahora con venenos aún más tóxicos, hasta el aumento pavoroso de residuos de agrotóxicos en agua y alimentos. Como el glifosato mató niños por tener que caminar a la escuela al lado de las plantaciones, como Silvino Talavera en Paraguay. Y cómo los agronegocios pese a ello, fueron logrando más normativas y leyes a su favor, para legalizar el envenenamiento masivo, que es su fuente de ganancias.

Pero el Atlas también da cuenta de las muchas resistencias a lo largo de todos los países. Como la Vía Campesina en toda la región organizó denuncias, protestas, ocupaciones, juicios. Como muchas organizaciones locales, ambientalistas, de vecinas y vecinos, maestras, médicos, abogadas se organizaron contra las fumigaciones áreas y lograron detenerlas en decenas de pueblos. Por todos los territorios se multiplicaron las resistencias y las formas de organización para defenderse. También presentaron y lograron la aprobación de normativas legales que permitieron algún respiro. Y no sólo fue resistir, también crear, construir, encontrarse. Pese a esta larga historia de atropellos, los pueblos y organizaciones fortalecieron alternativas y propuestas, diagnósticos autogestivos, producción campesina y agroecológica, siembra de alimentos sanos, tejidos colectivos. Un cuarto de siglo de historia narrado desde las y los de abajo, que nos enseña y convoca.

Una Respuesta a “Huexca: caen las máscaras”

  1. Mirar al cielo, es la única libertad que nos queda, el cielo es nuestro!!!…ME NIEGO a este futuro de mirar el cielo, desde mi casa de campo de Mallorca, y verlo atravesado por estos satélites propiedad del Diablo y sus discípulos que manejan uno de los peores pecados capitales a su antojo…LA AVARICIA!!!…EL PODER!!!
    Tenemos que pararlo entre todos los seres ¨angeles¨ que estamos ahí, parados, disfrutando de nustras vidas tranquilas sin querer más poder que vivir bien y en paz.
    Ania

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