Entre la luz y la sombra

Felipe Martínez

Un año del estallido social en Colombia

Un grupo de indígenas misak, organizados con el objetivo de derribar el símbolo colonial que representaba la estatua del conquistador Sebastián de Belalcázar en la ciudad de Cali, decidieron ponerle una soga en el cuello y empujarlo al asfalto en la madrugada del miércoles 28 de abril de 2021. Con este hecho se dio inicio a una jornada que marcaría la historia reciente de las luchas sociales y populares de Colombia.

Un año después de este suceso que se desató durante casi tres meses, con intensidades múltiples en las distintas regiones y ciudades del país, deseo compartir algunas reflexiones de sus implicaciones para las luchas de las y los de abajo, que siguen en la brega por un mejor mañana, ante un sistema y régimen político que lo único que ofrece es desigualdad, pobreza y muerte.

La rabia contenida

Este “estallido social” como se denominó desde entonces, pero que también podría llamarse levantamiento popular o desborde de abajo, no fue espontáneo; por el contrario tiene raíces profundas que pueden vislumbrarse claramente en diversos aspectos como el agotamiento de la sociedad ante los gigantescos niveles de desigualdad, las consecuencias de la pandemia, o las alarmantes cifras de empobrecimiento generalizado de la población que se reflejaban en 2021 con algunos rasgos como los expuestos por el economista Libardo Sarmiento:

“(…) el índice de concentración del ingreso aumentó de 0,526 a 0,544; la tasa de desempleo se elevó de 10,5 a 16,9 por ciento; el índice de pobreza monetaria pasó de 35,7 a 42,5 por ciento (…) 52 por ciento de la fuerza laboral ocupada obtiene ingresos equivalentes a un salario mínimo mensual o menos” (1).

De igual manera, la doctora y experta en nutrición Sara del Castillo develaba otra parte de la profunda crisis padecida en Colombia, sosteniendo que para 2021 los menores de edad que registraron casos de desnutrición aguda, moderada y severa fueron 8.643, en 2020 hubo 6.312 y en 2019 se presentaron 10.947 (2).

Pasando rápidamente a otro de los diversos e importantes aspectos por resaltar y tener en cuenta, están las fugaces pero potentes salidas a la calle de la sociedad colombiana durante el 2019 y 2020.

El 21 de noviembre de 2019 fue la fecha en la que las organizaciones sindicales y sociales del país hicieron un llamamiento a manifestarse en un paro nacional de un solo día contra el actuar del mal gobierno de Iván Duque. Paro que en la práctica superó y desbordó a las organizaciones convocantes, llenándose masivamente plazas y calles de múltiples ciudades y regiones del país durante varias semanas. Estas jornadas fueron duramente reprimidas por el establecimiento, dejando decenas de jóvenes con afectaciones oculares y alrededor de tres personas asesinadas, entre ellos el estudiante de secundaria Dilan Cruz.

Así mismo, en medio del confinamiento obligatorio más estricto se desató una jornada de ira popular contra la Policía nacional, que tras hacerse viral un video donde se veía la tortura que varios agentes perpetraban contra el abogado Javier Ordóñez (quien después de recibir múltiples descargas eléctricas falleció), las calles se llenaron de rabia y muchos jóvenes salieron nuevamente a manifestarse, quedando como saldo más de 70 Comandos de Atención Inmediata de la policía incinerados y alrededor de 14 personas asesinadas por la Policía, quienes respondieron con armas de fuego a las manifestaciones y refriegas callejeras en Bogotá y Soacha. Esta situación quedó marcada en la historia como la masacre del 9 y 10 de septiembre de 2020.

28 de abril 2021

Los ánimos estaban caldeados y la pandemia había frenado el potencial que empujaba el 2019, año que había sido iluminado principalmente por los levantamientos populares de Ecuador y Chile, pero también estaban los ecos de Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd, los Chalecos Amarillos en Francia, entre otras luchas de los pueblos del mundo. El 2020 fue el año del confinamiento y la vida se volvió cada vez más difícil, pues salir a trabajar y rebuscarse lo del diario era imposible.

Así, en medio de las condiciones más duras para la mayoría de la sociedad, el gobierno de Iván Duque llegó con una nueva reforma tributaria, donde se incrementarían los costos de la canasta básica familiar, pero también pondrían a tributar a los sectores de clase media y media-baja, y se incrementaría el costo de la vida en general.

Ante esta situación nuevamente las organizaciones sindicales y sociales del país, organizadas en un fracturado intento de articulación denominado “Comité Nacional de Paro”, volvieron a convocar movilizaciones para el 28 de abril. La convocatoria de nuevo tuvo el eco necesario en la sociedad, y el florero de Llorente que potenció la masiva participación lo puso el ministro de hacienda Alberto Carrasquilla, quien en medio de una entrevista en un medio masivo no pudo responder a la pregunta de cuánto costaba una docena de huevos.

Este hecho fue uno de los que causó más indignación a la sociedad y posibilitó una movilización gigantesca, donde sectores no organizados salieron a las calles masivamente. Si el 21N de 2019 había sido sorprendente por durar semanas, el 28 de abril fue extraordinario por su duración en el tiempo y potencia, la cual logró los triunfos enormes como hundir los proyectos de reforma tributaria y de reforma a la salud, pero también la caída del ministro de Hacienda y la ministra de relaciones exteriores Claudia Blum.

Aunque este punto podría profundizarse por sus múltiples interpretaciones y bemoles, y hace falta profundizar en el actuar del terrorismo de Estado, en los asesinatos, desaparecidos y heridos que dejó esta revuelta, en esta última parte quiero centrarme en la experiencia de lo que fueron los denominados “puntos de resistencia” que se conformaron a lo largo y ancho de la ciudad de Cali.

Considero importante estos ejercicios de resistencia porque nacieron de las entrañas de los sectores populares y se crearon sin conducción, caudillos y vanguardias, lo que implicó que en un escenario de lucha popular se combinaran múltiples actores e intereses, por tanto no era extraño ver que en los puntos de resistencia compartían poblaciones empobrecidas, afrodescendientes, mujeres de todas las edades, juventud popular sin futuro, organizaciones comunitarias, colectivos de artistas, educadores populares, pandillas, barras de equipos de futbol opuestos, desempleados, vendedores informales, entre muchos otros sectores que componen el mundo popular.

Toda esta experiencia de los puntos, que alcanzaron a ser 25 en la ciudad, hizo posible que germinaran los brotes de la vida que necesitan y buscan los pueblos, pues, aunque en muchos puntos hubo intereses de copamiento territorial por quienes están ligados a economías ilícitas, tuvieron más fuerza, amor y fraternidad los ejercicios que llenaron las calles de los barrios populares de arte, murales, cineclubes, bibliotecas, ollas comunitarias, asambleas populares, campeonatos deportivos, huertas urbanas, entre otros encuentros comunitarios, que evidenciaban que es posible otra forma de vivir, que hizo posible que por primera vez muchos y muchas comieran tres veces al día y compartieran en comunidad. Toda una experiencia de esperanza y vida que sirve de ruta y brújula para lo que traerá el horizonte.

Para finalizar quisiera terminar con un agradecimiento especial a los y las compas de Desinformémonos por la confianza y permitirme comenzar estas columnas mensuales en su portal, es para mí una alegría poder aportar en este proyecto tan importante y valioso para las luchas del mundo.

Notas

  1. Ver: https://www.desdeabajo.info/sumplementos/item/43769-depresion-economica-y-crisis-financiera-son-inevitables-duquismo-pandemia-y-calidad-de-vida.html
  2. Ver: https://www.desdeabajo.info/ediciones/item/43766-el-hambre-profundizada-por-la-pandemia-de-covid-19-una-urgencia-manifiesta-en-colombia.html

Felipe Martínez

Sociólogo caminante y periodista popular, integrante del periódico desdeabajo y del colectivo Loma Sur.

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