Postales de la revuelta

Hermann Bellinghausen

Todos fuimos sandinistas

“Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico? 
Aquel que no sienta ni amor ni dolor,
aquel que no sepa de beso y de cántico,
que se ahorque de un pino: será lo mejor…”

 

Rubén Darío

 

1.

 

Qué descorazonador leer en los pies de foto de las agencias la denominación “paramilitares sandinistas”. Ideologías aparte, llevamos tres meses viéndolos actuar al modo de los matones de Mubarak en la plaza Tahrir, los halcones de San Cosme en 1971, los linchadores budistas en Myanmar, en fin, como los paramiltares en cualquier lugar del mundo. Revientan protestas y reuniones, embozados y armados en connivencia con el ejército y la policía. Van tras los estudiantes que protestan, tras los trabajadores que defienden sus derechos (¿pues qué no hubo una Revolución para eso?), tras los indígenas de Monimbó y de tierra adentro, tras los campesinos que se oponen a la destrucción de sus territorios por el desatado extractivismo del gobierno que aún pretende construir un canal transoceánico y partir por la mitad esa hermosa nación centroamericana, bendecida con dos mares, dos lagos y muchos ríos.

Las protestas iniciadas en abril han causado más de 300 muertes, la mayoría del lado disidente, que ha llegado a reunir multitudes extraordinarias. El Estado responde con el “músculo” de las masas leales y parapetado en ellas pierde la perspectiva de la crisis nacional que le estalló en las manos y cree poder sofocar. Insiste en considerarlo intentona del golpe de Estado orquestado por los gringos.

Entristece ver la rígida confusión de la izquierda tradicional, particularmente en América del Sur y Europa, que sigue defendiendo al régimen de Daniel Ortega con argumentos que no vienen al caso, comparaciones insuficientes (por decir lo menos) con la asediada Venezuela bolivariana o la campaña en Brasil contra Lula. Además, como si éstas no fueran también experiencias de gobierno popular que pagan por sus pecados. En un breve y elocuente texto, el historiador argentino Alejandro Olmos Gaona señala: “La Comisión Interamericana de Derechos Humanos efectuó un lapidario informe sobre la violación de los derechos humanos (en Nicaragua), pero parece que muchos sectores denominados ‘progresistas’ no se dan por enterados, y gobiernos como los de Bolivia y Venezuela han declarado su apoyo a ese gobierno” (https://desinformemonos.org/las-visiones-sesgadas-los-silencios-nicaragua/). El autor habla de “los silencios” de la izquierda. La se refugia en los “logros” del régimen Ortega.

Está presente por supuesto la perenne ofensiva del Imperio. El intervencionismo yanqui que no pierde oportunidad para la desestabilización de regimenes poco afines (Ortega no sólo es “socialista”; hipotecó Nicaragua, no con Washington según la tradición sino con China, y eso calienta). Penosamente, esa izquierda insiste en acusar a las “trasnacionales de los derechos humanos” y los medios “colonialistas” de deformar los hechos. Se obstinan en negar la abierta existencia de paramilitares (podrán llamarlos milicias, voluntarios sandinistas, lo que sea, pero son bandas de golpeadores y matones impunes). Y sobre todo, acusan una total falta de crítica a Ortega por lo que realmente ha resultado su régimen, a su vez tan carente de autocrítica como el de Turquía (si a comparaciones vamos). Secuestró la herencia revolucionaria sandinista hace mucho y se ha comportado como un sátrapa en familia, repartiendo negocios a su prole y la de su cónyuge, uncida ahora como vicepresidenta. Con perdón, son impresentables. Su régimen autoritario pavimentó el camino a la revuelta. Ahora, su inflexibilidad violenta lo empareja con su Némesis, la dinastía Somoza.

Que una caída del régimen sandinista traería un gobierno de derecha, sí, es probable. Al mismo Daniel Ortega ya le pasó una vez, cuando el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en el poder durante todos los ochenta, perdió las elecciones con la derecha en el 90. Debilitado por la brutal guerra sucia de Reagan contra Nicaragua, más debilitado aún quedó el régimen revolucionario, encabezado ya entonces por Ortega, al perder las elecciones y desatar la “piñata sandinista”. Esto es, la ignominiosa rapiña de los altos mandos del Estado (un voraz “año de Hidalgo”) emanados de la hermosa victoria del 19 de julio de 1979. Dicho en crudo, a la hora de elegir modelo de “revolución”, los sandinista no optaron por Cuba, sino por el PRI de México.

Los sandinistas perdieron el gobierno en 1990 para alivio de Washington, pero conservaron espacios de poder indiscutibles. Los regimenes posteriores necesariamente negociaban con ellos. Al volver Daniel Ortega a la presidencia en 2007 no dio muestras de haber aprendido la lección, y con el paso del tiempo, menos. Acaparó los espacios del poder político y militar, de su partido, de los negocios. Eso sí, siempre con una base social amplia, aún en los tiempos de derrota. Como el viejo PRI, otra vez.

El Estado sandinista ya debe demasiadas vidas de ciudadanos. En cualquier escenario, le llegó la hora. En caso de aceptar nuevas elecciones, a ver de a cómo le va. En caso de caer, ni se diga. Pero en caso de salirse con la suya, se consolidaría como un dictador perpetuado en el poder, el único en Centroamérica. Con sangre en las manos. Ya no podrá ser un modelo de progresismo, democracia ni libertades. Bueno, ya no lo es, y cada día se comporta más como un dictador con los dados cargados. Es una lástima que no quedara un sandinismo capaz de darle contrapeso. Sólo voces aisladas. También por eso es una lástima que la figura y la hazaña de Augusto César Sandino, el general de hombres libres, resulte antipática o incomprensible para los jóvenes nicaragüenses que ya están hasta el copete de este “sandinismo” que rima con cinismo.

Mónica Baltodano, sandinista histórica que no participó en la “piñata” y fundó el Movimiento Rescate del Sandinismo, en entrevista con Pedro Brieger (Nodal) en mayo de 2018 describe así al orteguismo: “Desde antes de 2007, en que subió a la presidencia Daniel Ortega, el Frente Sandinista empezó a ser sustituido en sus mecanismos democráticos internos por un aparato controlado directamente por la señora Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega. En el nivel interno en el Frente se fueron achicando los espacios y estableciéndose una lógica vertical, autoritaria, unipersonal; eso se hizo también en el resto de la sociedad. Desde 2007 fue evidente el atropello a las libertades públicas. Todos los procesos electorales posteriores han estado plagados de ilegalidades. En 2008 municipales fraudulentas. En 2011, Ortega se presentó nuevamente a la presidencia a pesar de que la Constitución se lo prohibía de manera clarísima porque estaba prohibida la reelección continua, y además practicó un flagrante fraude a fin de controlar la Asamblea Nacional.  En 2016 ya con la Constitución reformada por una mayoría parlamentaria proveniente del fraude se volvió a reelegir, llevando a su esposa de vice y usando su control del Consejo Supremo Electoral para eliminar administrativamente a partidos de oposición.  En consecuencia hubo una enorme abstención, que fue la manera de la gente de expresar su rechazo al proceso”.

Entrevistada por La Prensa hace ya seis años, la excombatiente  y exfuncionaria sandinista manifestaba: “Daniel ha acumulado más poder en 20 años que el poder que acumuló Somoza. Nicolae Ceausescu y su mujer (dictadores rumanos fusilados en 1989) le quedan chiquito en lo que se refiere al afán de control absoluto… Pasa por encima de la Constitución, por encima de las leyes, por encima de las instituciones, por encima de sus propios compañeros”.

 

2.

 

Parafraseando a Darío, ¿a fines de los años 70 quién que Era no era sandinista? Al fin una revolución posible, auténtica, prometedora, joven. La guerrilla del FSLN soportó los años de montaña, creció, dio combate heroico, ganó el apoyo popular, conquistó los corazones rojos del mundo entero y tomó el poder. Sus comandantes y poetas, pedagogos y sacerdotes de la liberación, intelectuales y brillantes periodistas se involucraron en el cambio, echaron al odioso Anastasio Somoza II y su Guardia Nacional, instalaron una Junta provisional, convocaron a elecciones y crearon un gobierno y un ejército legítimos y mayoritarios.

Pertenezco a una generación marcada existencialmente por el sandinismo de los setentas. Tras la caída de Salvador Allende había transcurrido una década horrible en América Latina, como lo sería la siguiente para Centroamérica. Como quien no quiere la cosa, más que solidario fui cómplice de los sandinistas durante la guerra. Nomás tantito, dando prácticas de primeros auxilios en el bosque del Ajusco a futuros combatientes, en caso de que les dieran un tiro o les quebraran huesos. Un par de ellos caerían en combate allá en Nicaragua. No me pregunten como fui a dar ahí. Ya antes del año de gracia 1979, México se había convertido en un santuario de nicaragüenses y sandinistas.

Antes y después del triunfo, el pulso del corazón izquierdo estaba en Nicaragua. Una tierra fértil para la poesía. Después del azaroso milagro de Rubén Darío la palabra poética anidó en Nicaragua. Con tal espíritu, la Revolución emprendió una cruzada alfabetizadora emocionante y eficaz. Internacionalismo del bueno, voluntarios de todo continente con sus cotonas grises y aquellos admirables libros de texto.

La guerra y la contraguerra sería cubiertos por fotógrafos mexicanos como Antonio Turok y Pedro Valtierra, reporteras como Carmen Lira y Blanche Petrich, camarógrafos como Gonzalo Infante, quienes estuvieron allá antes y después de la victoria. Recordemos que Julio Cortázar, Carlos Pellicer, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Claribel Alegría, Gregorio Seltzer, Salman Rushdie y otros admiraron la senda sandinista. Los grandes autores nacionales vivos se sumaron a la Revolución: Ernesto Cardenal, Sergio Ramírez, Ernesto Mejía Sánchez, José Coronel Urtecho. Entre los poetas jóvenes, no todos militantes, destacaban Beltrán Morales, Gioconda Belli, Francisco de Asís Fernández y Jorge Eduardo Arellano. Aquello confería un aura de probidad romántica a esa revolución tan buena onda.

En 1980 The Clash, el gran grupo de combat rock, en ese tiempo la banda de rock más importante del mundo, lanzó su disco triple Sandinista!, todo un tratado de protesta antiimperialista y celebración de la revuelta:

“For the very first time ever when they had a revolution in Nicaragua
There was no interference from America, human rights in America
The people fought the leader and up he flew
With no Washington bullets what else could he do?
Sandinista!”

The Clash respaldaría también la revolución de El Salvador y a los defensores del ghetto. Era cool ser sandinista como la esposa nica de Mick Jagger, Bianca Pérez. El sueño de Solentiname se había cumplido. No como el Apocalipsis intuido por Cortázar sino como las pinturas naif de los pobladores de las islas de la utopia en el lago Nicaragua. Después de 1979 los nicas desarrollaron un modelo de prensa escrita ejemplar, abierto, en sano contrapunto con Barricada, La Prensa y Nuevo Diario. Y estaban los carismáticos trovadores de la gesta rebelde, Luis Enrique y Carlos Mejía Godoy; éste, con los de Palacagüina, instruyó con rimas como fabricar explosivos en una simpática canción que sonó por todo el continente. Los aplausos eran de Cuba, pero el apoyo era de México, del gobierno de José López Portillo. Y la Revolución siguió su camino, con sus nueve comandantes repartidos en funciones públicas. Para la ofensiva final del 79, las tres facciones del FSLN se unieron.

No obstante, el poder de Washington no se iba dar por vencido tan fácil, así que el imperio contraatacó con una poderosa guerra encubierta. Desde el siglo XIX Estados Unidos estuvo acostumbrado a tener a Nicaragua en el bolsillo, en el traspatio. ¿Si no tuvo un presidente de Nicaragua en 1855, el filibustero William Walker, antepasado de los Bush? (El mismo personaje que había fracasado un año antes en su intento de establecer la República de Sonora). Que de pronto Nicaragua se saliera del huacal y tirara (o eso temían Ronald Reagan y sus halcones) hacia Moscú, no era fácil de tragar. Bajo el mismo pretexto, Guatemala y El Salvador estaban en llamas. Durante los años 80 el sandinismo se vio orillado a gobernar en constante emergencia, siendo atacado desde Honduras y desde dentro del país por bandas terroristas, entrenadas y financiadas con dinero sucio del Pentágono (recuerden el escándalo Irán-Contras).

En tanto, Daniel Ortega, el menos brillante de la dirigencia sandinista, se hizo del mando nacional, y su hermano Humberto fue su secretario de Defensa. Distorsionada por la inaceptable ofensiva de Reagan, la realidad política de Nicaragua nos resultaba suficientemente heroica. La lucha seguía. Y vencía al terrorismo. Pero ya pocos miraban hacia allá cuando la gente salió a votar y los sacó del poder. Nuestra decepción, la mía, fue monumental. El fracaso era en mucho culpa del propio gobierno sandinista, como admitió el comandante Tomás Borge en 2001: “Fuimos engreídos, creíamos que todo lo que hacíamos estaba bien, pero la verdad es que cometimos muchos errores y por eso el pueblo nos dio su voto de castigo”, dijo acerca de la derrota electoral del 25 de febrero de 1990 (Proceso 21/07/2001). No olvidemos que tras la interrupción sandinista, Borge fue contratado para ser biógrafo y apologista de Carlos Salinas de Gortari.

Se antoja mediocre justicia poética que en su mediocridad Ortega hiciera cónyuge y primera dama a Rosario Murillo, una compa que subió en la burocracia del FSLN. Una poeta limitadita, comparada con las plumas de la época. Así, el comandante gris y la poeta mediana han montado su Macbeth de opereta al amparo de la corrección política latinoamericana, el apoyo material de Venezuela y la simpatía sin duda bien intencionada de gobiernos progresistas. Convertidos, uno en presidente predicador cristiano, y la otra en vicepresidenta de Carnaval, Daniel Ortega y Rosario Murillo no agarran la onda de que lo han hecho mal, la gente ya se cansó y se tienen que ir, son un estorbo para la Nación.

¿Y la Revolución? De lo perdido, lo que aparezca tras la degradación orteguista. Tan buenos récords en materia de violencia y crimen que presumía el país. ¿Sería por virtud del Estado autoritario, tan corrupto como los demás del área? ¿O quizás porque los nicaragüenses sí hicieron una Revolución y educaron sin hambre a una generación nueva, menos inclinada al crimen que en, digamos, El Salvador u Honduras?

Las fuerzas parapoliciales, o paramilitares, son descritas por Baltodano como una “fuerza de civil entrenada como fuerza de choque que se mete dentro de la población, un procedimiento por demás perverso”. La represión, los paramilitares y el corporativismo faccioso del actual FSLN echan por los suelos la evolución colectiva y pacífica de un pueblo ejemplar, traicionado por sus dirigentes.

Hermann Bellingahusen

Poeta, editor, escritor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Es cronista, reportero, y articulista de La Jornada desde su fundación. Dirige Ojarasca desde 1989. Desinformémonos publicó su poemario “Trópico de la libertad” en 2014.

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