Postales de la revuelta

Hermann Bellinghausen

La tolerancia, una virtud inmensamente impopular

EN TODAS LAS COSAS

En un texto característicamente personal, Sergio Pitol le declara su amor a Venecia. Recuerda sus ocasiones allí y de pronto, inspirado en el donaire veneciano, se entrega a una digresión sobre la tolerancia, la cual es, advierte, “obra de la voluntad”. Dista de ser popular, nunca está de moda, y para como vamos, cada día será más difícil de digerir. El relato Todo está en todas las cosas tiene fecha de 1996. Para entonces Pitol había dado un paso, inusual en él, para apoyar con algo más que su personal simpatía al levantamiento indígena zapatista de Chiapas iniciado dos años atrás. Discreto, cuidadoso, y si se quiere, exquisito, nunca posó de activista, ni siquiera a nivel de mera opinión. Animado quizás por sus amigos Carlos Monsiváis y Neus Espresate,espoleado por su mero sentido de la decencia moral y la justicia, o atendiendo su simpatía muy interiorizada por la marginalidad, Pitol definió su postura política a partir de su humanismo bien cultivado.

El  escrito borda con los hilos del esteta Berenson, se acoge a los pintores venecianos y su empleo único del color, cita a los poetas ingleses, a Thomas Mann, a Luchino Visconti. Incluso menciona, quizás erróneamente, un cuadro de Hans Memling  que habría visto en el Museo Naval de Gdansk (Polonia), “La nave de los locos”; podría estarse refiriendo a la pieza de Hyeronimus Bosch. La cosa es que de pronto, con esa libertad tan suya, se despacha un par de párrafos que ameritan citarse completos. Dice de la tolerancia:

“No hay virtud humana más admirable. Implica el reconocimiento de los demás: otra forma de conocerse a uno mismo. Una virtud extraordinaria, dice E. M. Forster, aunque no exaltante. No hay himnos a la tolerancia como los hay, en abundancia, al amor. Carece de poemas y esculturas que la magnifiquen, es una virtud que requiere un esfuerzo y una vigilancia constantes. No tiene prestigio popular. Si se dice de alguien que es un hombre tolerante, la mayoría supone al instante que a aquel hombre la mujer le pone los cuernos y que los demás lo hacen pendejo. Hay que volver al siglo XVIII, a Voltaire, a Diderot, a los enciclopedistas, para encontrar el vigor del término. En nuestro siglo, Bajtín es uno de sus paladines: su noción de dialoguismo posibilita atender voces distintas y aún opuestas con igual atención. ‘Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos’, escribe Carlos Fuentes. ‘La democracia política y la convivencia civilizada exigen la tolerancia y la aceptación de valores e ideas distintos de los nuestros’, dice Octavio Paz”.

Adelantando aquí la precisión que demanda el discurso social del nuevo siglo, donde se lee “hombre” hay que añadir “mujer” sin que la argumentación pierda fuerza -al contrario-, Sergio Pitol prosigue: “Hay una definición de hombre civilizado hecha por Norberto Bobbio que encarna el concepto de tolerancia como acción cotidiana, un ejercicio moral en activo: ‘Un hombre civilizado es aquel que le permite  a otro hombre ser como es, no importa que sea arrogante o despótico. Un hombre civilizado no entabla relaciones con los otros sólo para poder competir con ellos, superarlos y, finalmente, vencerlos. Le es totalmente ajeno el espíritu de competencia, rivalidad, y por consiguiente, el deseo de obtener frente al otro una victoria. Por lo mismo, en la lucha por la vida lleva siempre las de perder… Al hombre civilizado le gustaría vivir en un mundo donde no existieran vencedores y vencidos, donde no se diera una lucha por la primicia, por el poder, por las riquezas y donde, por lo mismo, no existieran condiciones que permitan dividir a la gente en vencedores y vencidos’. Hay algo enorme en estas palabras. Cuando observo el deterioro de la vida mexicana pienso que sólo un ejercicio de reflexión, de crítica y de tolerancia podría ayudar a encontrar una salida a la situación. Pero concebir la tolerancia como se desprende del texto de Bobbio implica un esfuerzo titánico. Me pongo a pensar en la soberbia, la arrogancia, la corrupción de algunos conocidos y me altero, comienzo a hacer recuento de las actitudes que más me irritan de ellos, descubro la magnitud del desprecio que me inspiran, y al final debo reconocer lo mucho que me falta para poder considerarme un hombre civilizado”.

SIEMPRE HAY GENTE FEA

Estas líneas adquieren una pertinencia inquietante en el presente mexicano (por no hablar de tantos otros que tampoco cantan mal las rancheras) cuando, por todas las buenas razones del mundo, hemos perdido la disposición a la tolerancia. El que no piensa como yo es anatema, y buen cuidado tendré en tundirle en las redes, postear testimonios, reportajes, fotos, retruécanos, caricaturas, memes que lo exhiban, denigren y comprueben urbi et orbi que ese tal es un redomado imbécil. O un malintencionado con intereses oscuros, agendas ocultas o mero borreguismo en este mundo de fans, incondicionales, seguidores, y sus obsesivas contrapartes en espejo: los aprovechados, los traidores, los idiotas, los peligrosamente reaccionarios que pueden considerarnos peligrosamente revolucionarios o irremisiblemente ofuscados por anteojeras ideológicas que caducaron antes de que Francis Fukuyama mal predijera el fin de la Historia. O lo expresado por un Theodor Adorno tardío (1956) al ensayar con su contrastante colega Max Horkheimer un “nuevo manifiesto comunista” (Verso, Londres, 2011) que, piensa, ha de ser “estrictamente leninista, incluso en un periodo en el que el horror es que por primera vez vivimos en un mundo en el cual no podemos imaginar otro mejor”.

Esta suerte de pesimismo marxista anuncia el fatalismo apocalíptico al que condujo el capitalismo sin freno que nostiene aquí, en este punto de la historia donde si bien lo sólido se desvanece en la nube, pesan como nunca el plomo y los conductores ingrávidos de unos poderes que Marx no pudo prever. La represión y la guerra son lo más sólido y contundente que hay para convencernos de que el capitalismo es inevitable.

Ante hechos tan abusivos como los que impone el neoliberalismo (por-darle-un-nombre), crímenes del poder sin castigo, despojos, genocidios de diverso tipo, resulta imposible ser permisivo. No podemos condescender con los racistas, fascistas, capos, políticos corrompidísimos,torturadores, violadores, fanáticos, traficantes, asesinos. Se dice fácil. Esas lacras están bien vivas en nuestra sociedad, cuentan con base social y no piensan dejarse. Acabamos de ver un salto adelante en Bolivia, donde parecía haber triunfado la transformación hace una década y de pronto los cristianos, los croatas, los terratenientes, los policías programados por el Pentágono, las clases medias acomplejadas,  todos juntos sacaron las uñas y dieron golpe de Estado. Nunca digas nunca.

¿Cómo no estar polarizados? El apetito de todo o nada, ahora o nunca, es irresistible. En medio hay un fragor a la intemperie donde opinión es una palabra guanga, a quién le importa la opinión del rival, el enemigo. Es hora de gregarismos cerrados que aspiran a empujar y prevalecer. La dominación patriarcal lo descompone todo: militariza, tortura, viola, mata, devalúa a las mujeres, aplasta lasinfancias, revienta la comunidad. Esa dominación encuentra cómplices en todos los niveles de la escala social que por hambre, odio o indolencia moral se venden en menos de las treinta monedas del desdichado Iscariote.

Lo inaceptable es inaceptable. Eso no tiene vuelta. 

TOLERANCIA NO ES NEUTRALIDAD

Ante la realidad inclemente que nos impone negaciones, resistencias, rechazos sin los cuales sentiríamos perder nuestros rasgos humanos, ¿podemos ser tolerantes? Si los Minutemen van a echarme de tiros por cruzar la frontera ¿qué? ¿Los voy a tolerar, si ellos no sólo no me toleran, me odian? ¿Cómo ser tolerante con alguien que, invocando a su Dios, me desea lo peor, y si puede lo ejecuta, en nombre del amor divino: Yhavé, Alá, la Cruz, hasta Buda como pudimos ver en Myanmar en la persecusión contra la minoría musulmana de los rohinyas? Esas intolerancias llegan a ser fatales.

Religión y tolerancia suelen ser agua y aceite. La humanidad se ha despedazado en esas desde que inventó los dioses únicos. Adiós a la coexistencia que permitía no tener la obsesión de convencer o liquidar al infiel.

Otra vez, ¿qué tolerancia? ¿Dónde nos colocamos ante los insultos y los  actos homofóbicos? ¿Las reacciones machistas en clave de violador irredento contra las mujeres que están hartas, las mal apodadas “feminazis”? ¿Los que vandalizan los monumentos a las feminicidadas? ¿Los que invocan un orden divino desde el púlpito para negar movilidad social a las mujeres?

¿Somos una humanidad horrenda? Pareciera. Ya nos chupamos el planeta: le decimos Antropoceno, prolegómeno del Apocalipsis que nos merecemos como especie sin remedio. Ya nos desgraciamos millares de especies de animalitos y pescaditos extintos para siempre. Nos refocilamos entrematándonos a escalas congoleña, siria o yemenita, en tirar bombas caseras y recibir como respuesta misiles, tropas de asalto, buldózer al estilo isrealí o turco.

¿Podemos ser tolerantes en un mundo donde los abusos, los engaños, las atrocidades tienen miles, millones de seguidores? Los candidatos racistas ganan en Estados Unidos, Europa (Israel incluido), Filipinas y no pocos países de América Latina. Ni qué decir de los países donde ni siquiera se recurre a comicios creíbles. O de los países multiculturalmente destrozados del África subsahariana, donde se manipulan las rencillas tribales potenciadas por el tráfico típicamente primermundista de armas.

Volvamos a México. Al arsenal proveniente de Texas y Arizona que nos viene desgraciando hace años. Donde una derecha hipócrita presuntamente cristiana se opone al aborto, a los matrimonios gay y sus adopciones, mientras practica o se beneficia de la explotación laboral, la discriminación y la corrupción. Donde el llamado crimen organizado pauta ya la vida cotidiana y los aspectos comerciales de la convivencia social. Donde el Estado se arroga la razón de cualquier capricho o fijación propagandista, intolerante con la crítica e impermeable a los aspectos de la realidad que no le favorecen.

¿Hemos de tolerar medios que mienten, que deforman cuando informan, que confrontan, y nuestros intelectos a la larga se deforman también? (onda “efecto Televisa”, hoy disperso en las redes, los medios digitales y las televisoras en streaming, fuera de control para bien o para mal). 

LOS CLIMAS SOCIALES TAMBIÉN SE CALIENTAN

Hoy que las muchachas y los mapuche en Chile, los ayamara en Bolivia, los kichwas en Ecuador, las barricadas más rampantes en Haití, las mujeres ofendidas en Argentina y México dan muchos pasos al frente (y así les va). Hoy que los pueblos originarios se atrincheran con autonomías de facto en Chiapas, Guerrero y Michoacán, que ponen el cuerpo para defender la integridad de sus territorios en el Istmo de Tehuantepec, la región maya peninsular, las sierras Huichola y Tarahumara. Hoy que el racismo y la discriminación encuentran en los campesinos, los pueblos originarios, y muy espectacularmente en las mujeres un valladar que no se había expresado a tal escala continental, los Estados reaccionan, en ausencia de argumentos racionales, con dureza represiva, aplastamiento mediático e intolerancia para con cualquier disidencia. La pobreza de argumentos caracteriza a los gobernantes de Chile, Brasil, Bolivia, Colombia, Haití, Estados Unidos, Nicaragua.

En todos esos países reina la intolerancia autoritaria, que cuenta con sobrevivir a los que reclaman cambios profundos en la economía, la práctica democrática y los derechos ciudadanos de toda índole, aplastados con fuerza. Muertos, tuertos, presos, violadas, exiliados. 

La polarización extrema es un hecho continuo en los Estados Unidos de Trump, el Brasil de Bolsonaro, la Bolivia de los golpistas. Pero también en el México de López Obrador y la Venezuela de Maduro. Se refleja en los discursos del poder, de las organizaciones que les son afines y las que son opositoras, en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los radicalismos religiosos tan recrudecidos desde algún cristianismo o algún Islam, el judaísmo radical e invasor, equivalente al anti islamismo de budistas e hunduístas.

En la cotidianidad mexicana hay estos días montones de familias que no se hablan por razones políticas. La polarización actual se antoja particularmente esquemática,en un blanco-y-negro que delata pobreza mental. Es quizá nueva para nosotros, pero ya conocida ampliamente en América del Sur. Aquí no hemos visto a los grandes emporios mediáticos plantarse contra el gobierno, como ya sucedió en Brasil, Argentina, Bolivia o Venezuela. Al menos hasta ahora, no son golpistas. Lo que hay es muchísisimas opiniones. Y en ese terreno, la repulsa-burla-odio contra el gobierno actual abunda y vende. Las ventanas culturales tradicionales y destronadas hierven en indignación. No desaprovechan ningún incidente fallido del oficialismo (que los proporciona a manos llenas) para bombardear. No es golpismo, pero da ingredientes para la intolerancia reinante. Hemos de sumar las habituales respuestas del lado oficial, y sus ecos en “benditas sean las redes”: a los críticos sistemáticamente se les considera (acusa de) “conservadores” y cosas peores, de que traen boleto, sufren nostalgia oportunista del pasado reciente, o son corruptos que perdieron la chuleta.

Con un gobierno que pretende secuestrar las banderas, los espacios, las retóricas y las voluntades de los pueblos y las organizaciones que no aceptan sus pretensiones ni comparten su corporativismo, ha crecido dolorosamente la división comunitaria. Como si la invasiones del crimen no hubiese dañado bastante, la nueva aplanadora estatal, más heredera del PRI setentero de lo que se admite, va sembrando con su autoritarismo futuros dolores y tempestades. Lo acabamos de presenciar con la paupérrima y manipulada consulta para construir el Tren Maya y su derivación urbanizadora y neocolonizadora.

La oposición (o mejor dicho resistencia) que el Estado va encontrando en el país, y en un sector de analistas y periodistas que miran en esa dirección, enfrenta no sólo la negación hostil del Estado y sus seguidores (¿quién amenazó a Pedro Uc por oponerse al tren maya, a ver?), sino el peligro discursivo, mediático y táctico de “coincidir” con la digamos “derecha” (¿hoy qué no es de derecha?) que tan a gusto estuvo con los gobiernos de todos niveles del PRI, el PAN y el PRD en el pasado reciente.

En habiendo una derecha por lo pronto demasiado cobarde para ser golpista, con ella ni salir ni a la esquina. Total los magnates siguen por ahora en buenas condiciones de inversión. Entre ellos y el gobierno lopezobradorista sí hay tolerancia. 

Hoy, criticar y oponerse al discurso dominante lleva a la soledad, a ser blanco constante de insultos, descalificaciones y otras expresiones de la represión a la libertad de pensamiento y crítica, de autogestión y gobierno comunitario. Es decir, oponerse a lo inadmisible implica exponerse a la suma de las intolerancias que han fermentado la sociedad mexicana y la globalización colonizadora.

¿De qué tolerancia podemos hablar, ante un abanico de sectores, actores y patrones que no ejercen ninguna para con los que no son incondicionales o socios del poder, o del contrapoder de los partidos desplazados. En un panorama sí, la tolerancia parece un discurso condenado.

¿ES POSIBLE VOLVER A VOLTAIRE?

Cuando en su Tratado sobre la tolerancia (escrito como carta al asesinato en1762 de Jean Calas, un individuo tolerante que fue víctima de la intolerancia: “el abuso de la religión más santa ha producido un gran crimen…. interesa por lo tanto a la humanidad examinar si la religión debe ser caritativa o bárbara”), Voltaire discute si acaso existe un “derecho a la intolerancia”. Escribe: “El derecho de la intolerancia es absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos”.

Recapacita sobre las formas de tolerancia que cultivaron los griegos y los romanos. Incluso los judíos antiguos (“Las escrituras nos enseñan que no solamente Dios toleraba a todos los otros pueblos, sino que tenía para ellos cuidados paternales; ¡y osamos ser intolerantes!”). Tampoco encuentra intolerancia en el Jesucristo original, pero con cuánta frecuencia sí en el cristianismo. Señalemos que su horizonte es el religioso. No hay aún el elemento de ideología y discurso político-económico que caracterizará a Occidente después de la Revolución Francesa y las ideologías del XIX y el XX.

Voltaire revisa los “únicos casos en que la intolerancia es de derecho humano”. “Para que un gobierno no tenga derecho a castigar los errores de los hombres, es necesario que tales errores no sean crímenes: sólo son crímenes cuando perturban la sociedad: perturban la sociedad si inspiran fanatismo; es preciso, por lo tanto, que los hombres empiecen por no ser fanáticos para merecer la tolerancia”.La tolerancia, apuntó antes, “no ha provocado jamás una guerra civil; la intolerancia ha cubierto la tierra de matanzas”. 

Con espíritu volteriano, en una de las escenas más hilarantes de La Vía Láctea (1969) Luis Buñuel presenta un duelo entre un jansenista y un jesuita, a cual más de intolerantes. A Voltaire, los jesuitas y los judíos le resultan portadores de un mal ejemplo de intolerancia, sin sospechar que en su condena podría obedecer a prejuicios (en una lectura moderna suena “antisemita”): “Los judíos parecerían tener más derecho que nadie a robarnos y matarnos: porque aunque haya cien ejemplos de tolerancia en el Antiguo Testamento, hay sin embargo algunos ejemplos y algunas leyes rigurosas. Dios les ordenó a veces que matasen a los idólatras, exceptuando únicamente a las jóvenes núbiles: nos consideran idólatras y, aunque los toleramos hoy día, podrían muy bien, si ellos fuesen los amos, no dejar en el mundo más que a nuestras hijas”. 

Como Sergio Pitol constata en sí mismo, qué difícil resulta ser una persona civilizada cuando se está sitiado por situaciones, poderes y corrientes de opinión inadmisibles, es decir intolerables. Y uno no puede ceder lo fundamental en materia de justicia, de igualdad en el derecho a la diferencia, de cumplimiento responsable de los cargos públicos. No puede uno ser ciego a la realidad comprobable, la experiencia propia o documentada de ultrajes, engaños, fraudes, despojos, crímenes.

Pareciera que después de Voltaire se hubiese estrechado aún más el espacio para ser tolerante. Las intolerancias actuales reclaman, como siempre, una legitimidad única y supremaque no tienen ni podrían tener.

Ante todo esto ¿podemos ser tolerantes si “el violador eres tú”? ¿Si los causantes de las guerras son fanáticos o tienen intereses comerciales o estratégicos que recurren a la criminalidad, el engaño y la traición sistemática para prevalecer? ¿Qué hacer con los cómplices, de buena o mala fe, en las atrocidades y los abusos? ¿Podemos hablar con ellos en la cola de las tortillas? ¿Podemos saludar en la calle a quienes promueven y alimentan ideologías opuestas a la nuestra? ¿En que momento tolerancia es condescendencia?

En los países post dictatoriales del Cono Sur, en Guatemala y El Salvador, este asunto arrojó sombras a las “leyes de punto final”, los perdones y olvidos a nombre de la reconcialiación nacional y otras trampas de los sátrapas en retiro. México tiene un Museo de la Memoria y la Toleranciacuya plataforma sostiene: “Practicar la tolerancia no significa tolerar la injusticia social ni renunciar a las convicciones personales, significa que toda persona es libre de tener sus propias convicciones y acepta que los demás tengan las suyas; significa aceptar el hecho de que todos los seres humanos tienen derecho a vivir en paz y a ser como son, sin importar la diversidad de sus creencias, su identidad o modo de vida”.

Se define allí que “es una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de todas las personas. La tolerancia es una  virtud que contribuye a sustituir la cultura de la violencia por una cultura de la paz. No es solo un deber moral, sino también una exigencia política y jurídica”. Una educación para la tolerancia “implica comprender y analizar los motivos culturales, sociales, económicos, políticos y religiosos de la intolerancia, es decir, las raíces principales de la violencia y la exclusión; implica asimismo reconocer que la intolerancia nace de la ignorancia y del miedo… Ser tolerante implica respetar al otro, comprender que no poseemos la verdad absoluta y no imponer nuestras opiniones a los demás”. Pero como Voltaire, el museo necesita definir los límites: “El ejercicio de la tolerancia jamás se debe de confundir con la aceptación de todo,  pues  la sociedad jamás debe de permitir  que se  ataque la dignidad humana. La tolerancia  en ningún caso puede utilizarse para el quebrantamiento de los valores universales”.

En la actualidad, el concepto se acota y circunscribe a lo religioso, lo sexual, lo “étnico” o lo partidario, y ello con fines pedagógicos para sociedades deseducadas como la nuestra en el ejercicio de la convivencia armónica donde el miedo o el desprecio a otros domina conductas colectivas y discursos proselitistas. No son buenos tiempos para la tolerancia. Faltan argumentos ante la polarización y elcontrapunteo en que nos movemos. Es más fácil la intolerancia, requiere menor esfuerzo emocional, le bastanun tweet o un eslogan para imponerse. Ser tolerante en cambio demanda paciencia, razonamiento, conciencia del pasado, cierto sacrificio mental. Si Sergio Pitol -una de las mentes más cosmopolitas, civilizadas y generosas de nuestra cultura reciente- encontraba difícil reconocerse como “hombre civilizado”, imaginen lo que demanda hoy paratodos los demás en este valle de lágrimas y fake news donde hasta el humor se confunde con el odio y la propaganda.

Hermann Bellingahusen

Poeta, editor, escritor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Es cronista, reportero, y articulista de La Jornada desde su fundación. Dirige Ojarasca desde 1989. Desinformémonos publicó su poemario «Trópico de la libertad» en 2014.

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