Postales de la revuelta

Hermann Bellinghausen

El botín de la pandemia

1.

Es claro que el virus enrareció el ambiente, lo espesó y le metió presión. Una olla que de manera escalonada e impredecible fue estallando de distintas maneras, y en algunos lugares del mundo la reacción social enfrenta una mano dura que ningún gobierno resiste usar estos días. La brutalidad policiaca es un ingrediente central de la actualidad. También lo hemos visto en México, sin cesar los feminicidios, secuestros, asaltos casi inverosímiles, ejecuciones que terminan en los basureros. Ello, en un país militarizado al redoble y no al contrario como se nos hizo creer, si lo comparamos con los sexenios anteriores.

En plena pandemia estalló la presión a lo largo y ancho de Estados Unidos, que no es exclusivamente “blanco” en ninguna parte, ni siquiera en los campos de golf. Siempre hay servidumbre trabajando. Sin embargo, la ilusión de que lo es, o lo debería ser “de nuevo” para “recuperar” una grandeza que nunca existió, no abandona a los fundamentalistas y supremacistas, inyectándoles el odio y la energía suficientes para sostener en el poder al adefesio teutón de la Casa Blanca.

El racismo es una bomba de tiempo de la que pocas sociedades se salvan. Cuando menos se le espera, salta y derrite naciones y coaliciones. Como la Yugoeslavia del colapso y las grietas islámicas de absolutismo soviético, o la tragedia repentina en Ruanda. En Estados Unidos (esencialmente un país racista y segregado) las explosiones de protesta se han vuelto periódicas, espasmódicas, cada vez más enardecidas y hartas. Del pacifismo en Selma, hace más de medio siglo, a Black Lives Matter, apenas ayer. Tras el asesinato policiaco (ejecución pública) de George Floyd en Minneapolis en mayo, hubo una subida de tono que la cuarentena no pudo frenar. Los antecedentes de Watts y Detroit esta vez fueron nacionales. Protestas, disturbios, consecuencias.

Cuando se destapa el racismo se descubre que no es uno sino muchos; selectivo, aparentemente lógico. Pocos países se salvan en los continentes y en las islas. Ser negro o aborigen del lugar de los hechos es tener las fuerzas de la irracionalidad totalmente en contra. Hoy que todo se desnuda con la desaceleración súbita del capitalismo global, cómo no iba a revelarse, en pleno el hartazgo de los despreciados, los semi humanos, sometidos en todo el mundo a la hegemonía del hombre blanco y las doctrinas judeocristianas que se resumen en el capitalismo y el colonialismo.

2.

Los mexicanos tenemos un país espantosamente dividido, por puerilidades y materialismos mezquinos, así como por diferencias graves, pero las fuerzas en pugna en torno al poder no consiguen estar a la altura de las circunstancias.

Dicho en términos de redes sociales, y del consumo informativo, quién sabe qué es peor, si toparse con las hordas que odian a AMLO con intensidad visceral casi clínica, o con las que defienden al gobierno a capa y espada contra toda congruencia en relación a las posturas que dieron origen y se supone que dan sustento a actual régimen, sedicentemente progresista, o “liberal” bajo un concepto decimonónico que vuelve todavía más chirle la consistencia del cambio prometido.

En política, así como en la novedosa vida-privada-en-público que hoy se estila, resulta contagiosa y viral la proclividad al insulto, al desprecio. No extraña entonces que la pandemia, su manejo sanitario y su manoseo ideológico por parte de uno u otro lado del espectro -esquemáticamente dividido ente liberales y conservadores, chairos y fifís, cacas y mierdas- sea tan prolijo en vergüenzas, pobre en el debate, cerrado a los acuerdos. Un blanco y negro intercambiable que ignora que esos “extremos” políticos no están solos, que existen otras zonas, quizás más sensatas, de desacuerdo. Pero nadie las oye o “todos” las descalifican. Minorías, no importaría si resultaran mayoritarias, conmueven a las sociedades en nuestros países: Estados Unidos, México y prácticamente toda América Latina, con dolorosa intensidad en Brasil, Bolivia, Chile, Venezuela, Ecuador, Haití, Nicaragua y Guatemala.

3.

Los oscuros, los asiáticos y los corrientes no merecen entrar al Elíseo (como en aquella película Elysium, de3 Neil Blomkamp, 2013, no tan casualmente filmada en el Valle de México en sus partes apocalípticas y de miseria). La exclusión es la regla. Por ella abundan empresas de seguridad, los reglamentos a modo que desafían la legalidad, los arraigados hábitos clasistas y discriminatorios. De otro modo no se explicaría el cinismo ciego de los desfiles motorizados por “recuperar a México” en carros de lujo, haciendo gala de desprecio y sí, racismo. Ese que vive soterrado, y a flor de piel como vienen documentando el ensayista Federico Navarrete o los actores Yalitza Aparicio y Tenoch Huerta.

Los enemigos del gobierno anhelan el desastre epidemiológico y económico. Celebran cada punto que desciende el pobre México en las tablas y las cuentas del Covid 19 en millares de muertos, de contagiados, de asistidos. La cuarentena, la sana distancia y la nueva normalidad se convierten por desgracia en barricadas del abismo.

Como en Estados Unidos contra la discriminación a los ciudadanos de color y los migrantes, en México hoy la única solidaridad posible es defensiva. Lo dicho enmarca la exclusión de conciudadanos ni siquiera considerados en el poder decisorio y redentor (por mencionar algunos: los mayas en el sureste, los pueblos originarios que habitan el Istmo hace siglos). La pugna que “importa” en medios y discursos, la del cashlán, el hombre blanco, se libra en otras esferas: partidos políticos, cámaras empresariales, liderazgos de iglesias carismáticas y, disminuidas de su aureola de modernidad, las estructuras del Estado. Es decir, en conjunto, el dichoso México imaginario.

Pobreza de argumentos, exceso de bilis, mala leche y veneno, con las partes emaciadas de empatía y generosidad, sujetas a lo doctrinario y los intereses económicos de acumulación, poder político o presencia mediática. Lo peor no es que la pandemia y sus víctimas sean un botín, sino que en la rebatinga se desfonda el vientre de la patria para desparramar un virus todavía más contagioso y feo que el Covid 19: el virus del desprecio, el racismo y la intolerancia. No cabe esperar pronto una vacuna contra eso.

Hermann Bellingahusen

Poeta, editor, escritor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Es cronista, reportero, y articulista de La Jornada desde su fundación. Dirige Ojarasca desde 1989. Desinformémonos publicó su poemario «Trópico de la libertad» en 2014.

Una Respuesta a “Pueblos originarios y recambio presidencial”

Dejar una Respuesta

Otras columnas