Postales de la revuelta

Hermann Bellinghausen

Tiempos de generales

Foto: Cuartoscuro

Llegó la hora de los generales. La tendencia es mundial. Se dirá que ocurre cada tanto, que son ciclos, que las cosas son así. Lo cual es sí pero no. Cada país sabe de sus generales, los circunscribe, aunque pocos prescinden de ellos en las áreas del poder. Cuando uno o varios generales se convierten en gobierno, no pueden sino instaurar una dictadura. Los procesos revolucionarios triunfantes, que crean mandos que serán generales algún día, necesitan transitar a la vía civil si tarde o temprano han de aceptar que las sociedades no son su tropa o su enemigo, sino algo más. Eso fue lo que dio durabilidad al Estado nacionalista posrevolucionario en México, al dejar atrás a los generales (que ya gobernaban vestidos de civil, y por cierto no lo procedían de una dictadura sino de una revolución; en el siglo XX, los generales en el gobierno pertenecían a un Ejército nuevo). Claro que, pasado el cardenismo, todo fue un reblandecerse progresivo hasta cancelarse en 1989 el legado ético, intelectual y práctico (histórico) de la Revolución. Esa no fue obra de los generales, sino de los políticos.

A partir de 1994 comienzan su ascenso los generales. En respuesta al desafío zapatista, el Ejército federal salió de sus cuarteles por primera vez de manera permanente. Se estableció en territorios civiles bajo el argumento de que eran insurrectos. Desde entonces la militarización de Chiapas ha sido de carácter bélico y contrainsurgente. Eso creó una pauta para el futuro.

Por las mismas fechas el Estado mexicano jugaba todas sus (nuestras) fichas en el casino de la globalización. El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) hizo a México pionero en una tendencia que pronto sería mundial. Ello generó dinero y más dinero. También comenzó a transformar a las sociedades campesinas y urbanas que pueblan el país. Hoy podemos ver a qué grado se encuentran desfiguradas; muchos mexicanos y mexicanas ya no las pueblan, perdidos en un limbo sin patria rogándole al gringo que les permita trabajarle, mientras acá ya perdieron el sitio. Los derechos de los migrantes nunca se reconocieron en el tratado.

El TLCAN y los nuevos vientos del negocio de gobernar enriquecieron a unos cuántos, desfondaron regiones enteras expulsando a millones, deshilvanaron las leyes que protegían los derechos de las mayorías y condenaron al Estado, y a la Nación, a un debilitamiento imparable. Como en los cuerpos enfermos, la paralización mexicana estimuló la diseminación de agentes dañinos, infecciosos, contagiosos y, a partir de cierto momento, incontrolables. Cuando el gobierno de Calderón declara la guerra al crimen organizado en 2007, lo que ocurre de hecho es que el Ejército y la Armada abandonan sus cuarteles y se establecen en las calles, carreteras, colonias, poblados, minas, agronegocios, y actúan donde reside, no un extraño enemigo, sino la gente. Persiguiendo en principio a los “agentes pátógenos”.

El Estado se militarizó bajo cuerda y su responsabilidad civil se desguanzó deliberadamente. Como ocurre en todas las guerras modernas, cuando llegan los ejércitos a cuidarte ya se jodió la cosa. Que lo digan en Irak y Afganistán, Yemen, Haití, Yugoslavia o Colombia. México ingresó, holgadamente, a la lista.

La vieja novedad de los derechos humanos

Hay países como Egipto, Turquía, Israel o Pakistán donde el Estado es el ejército, le guste o no a la población. En cambio, la sombría experiencia sudamericana de los setentas a los noventas del siglo XX de alguna manera descolocó la opción militar como pilar del Estado en el continente. Bajo el reflujo y las reparaciones debidas (como ocurrió en Europa con el Holocausto) en Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, y en mucho menor medida Guatemala, se legitimaron y reglamentaron derechos antes no reconocidos, así como ciertos candados contra la repetición de excesos de un gobierno de generales cargado de ideología, limitando además a los próximos gobiernos civiles en materia represiva. Los gobiernos chilenos de la “democracia” han logrado conservar la ley antiterrorista de Pinochet, y les sigue sirviendo para controlar a la indiada.

Algo equivalente ocurrió en Europa del Este tras las guerras civiles de los Balcanes, los crímenes de las tropas amarraron las manos de los generales. En ese clima nacieron y se fortalecieron organismo y tribunales internacionales de derechos humanos. Muchos países del planeta promulgaron leyes y reglamentos para proteger, sobre el papel al menos, los derechos de la colectividad civil, erradicar la tortura, penar el genocidio; más específicamente, se concedieron instrumentos para proteger a la mujer, los niños, los pueblos originarios, las minorías étnicas y religiosas. México pudo presumir leyes y programas rete chulos al respecto, faltaba más.

No obstante, su cumplimiento se la pasa en permanente entredicho. Los grandes crímenes de Estado, que lo son directa o indirectamente de sus fuerzas armadas y cuerpos policiacos, disfrutan de una impunidad definitiva. De Acteal a los desaparecidos y asesinados de Ayotzinapa, el Estado ha decretado libros blancos y “verdades históricas” que garantizan la ausencia de castigo a los cuerpos represivos y su cadena de mando.

El pobrediablismo cínico de los gobiernos calderonista y peñista sigue avante e impune porque tiene diseminado en el territorio al Ejército, la Armada y las policías militarizadas. El contacto cotidiano con retenes, operativos o acordonamientos implica un deterioro en las condiciones de vida de la población. Justo es reconocer que la coartada que hace “necesaria” la militarización resulta formidable: la presencia de poderes paralelos de índole criminal hace que la población civil, en principio inerme, sí necesite de alguien que la defienda.

Ya desencadenada, la expansión castrense tarde o temprano se topa con los enojosos frenos que apelan a los derechos humanos, esa “moda” tan incómoda a la hora de meter el orden, recurrente piedra en el zapato de los generales, los almirantes y los comandantes de policía, quienes s quejan de las “limitaciones”; a los “malos” hay que tratarlos sin miramientos; son ratas como postulara el insigne predecesor mexiquense de Peña Nieto.

Cuando las víctimas se hacen escuchar y demandan una ley que las proteja, el Estado la regatea hasta donde puede porque, como todas las demás reglas civiles, les complica el-cumplimiento-del-deber.

Poblaciones enteras, prácticamente desprotegidas y hasta expuestas gracias a las “protecciones” incompatibles pero a veces indistinguibles de la fuerza armada legal y la fuera armada criminal, decidieron auto defenderse. Lo que hace la necesidad: decenas de pueblos en Guerrero y Michoacán traspasaron el umbral del miedo. Hoy, la mera existencia de policías comunitarias y autodefensas comunales es otro síntoma de que estamos en guerra, y confirma que la militarización del espacio social no acaba con una guerra, sino que la perpetúa.

Es significativo que, una década después de que las tropas federales salieran a descampado y a las ciudades, los mandos del Ejército y la Armada estén demandando “leyes claras” que regularicen y legalicen esta militarización de facto del país. Los partidos políticos y los medios engordan el caldo para éstas pretensiones, sin cuestionarlas. Ni se considera siquiera un retorno a los cuarteles de las tropas. Al contrario, todo apunta a un quítennos de encima tanta ONG y tanta histeria por los derechos humanos, contra la discriminación de las mujeres (donde se establecen tropas llega enseguidita, ¿qué creen?: la prostitución; o qué ¿a poco nomás Haití?). Diseminar tropas combatientes en el territorio posibilita el sostenimiento de un Estado débil que de otra manera ya no existiría.

Lo global militar

Al inicio de esta columna se decía que la tendencia es mundial. Ello resulta favorable a las reclamaciones de los generales en México en favor de un estatuto legal para su despliegue sostenido. Nuestro propio vecino por toda la eternidad, Estados Unidos, proclive a las guerras y patrocinador estelar de la nuestra, tiene ahora un Estado formalmente compuesto por generales y empresarios que entre sí se consecuentan y están ampliando los mapas bélicos sobre la Tierra a muy ambiciosa escala. Pronto conoceremos las consecuencias de su forcejeo con Estados y potencias también militarizados en un nuevo trazo de la repartición global.

Ya ven cuánto batallaron los generales de Estados Unidos para quitarse de encima los derechos humanos, las reglas internacionales, los acuerdos y tratados, el ojo de la prensa y demás remanentes de la democracia, a causa de Guantánamo, Irak, Siria, etc. La anestesia del número no la inventaron los fascistas; ellos más bien resultaron sus beneficiarios, como develó Elías Canetti en su radiografía de la inflación alemana que precedió a los nazis. La híper información, las cifras, los índices del mercado, las bases de datos, las estadísticas, y hasta las “post verdades” de temporada, operan en favor de la misma anestesia por intoxicación numérica.

Una nueva generación de generales busca ocupar espacios en América del Sur. No autóctonos, sino generales yanquis con aliados internos. La cabeza de playa programada sería Venezuela, para lo cual la vecindad con el incondicional ejército colombiano revestirá gran utilidad. Los verdaderos frentes se localizan a océanos de distancia, pero los generales latinoamericanos (salvo las excepciones conocidas) reciben órdenes y directrices de los generales en el Pentágono y la Casa Blanca.

Günter Grass escribe en su libro terminal (más que póstumo) De la finitud, que sólo almacenados en una base de datos somos inmortales. “Así, las luchas callejeras en Alepo y Homs dan como mucho saldos a favor del banco de datos, las bombas lanzadas diariamente en Irak y los cadáveres alineados bajo lonas son solo muertos aparentes y plagios de los verdaderos juegos de ordenador, el escenario de Gaza es solo una invención periodística de la que se ríen millones de usuarios, una tormenta de mierda más” (Alfaguara, 2016, en traducción, como siempre impecable, de Miguel Sáenz).

La agresividad del actual gobierno estadunidense, repartida en primer línea contra México, Yemen, Siria, Corea del Norte, más Irak y Afganistán, también incluye la absoluta negación de Palestina, envalentona a los generales de Turquía, Israel y el norte de África. La hora de los generales seguirá profundizándose.

Las resistencias existentes apelan a aquellos derechos “incómodos” que han de permitir a los pueblos salvaguardar territorios, garantías, integridad, su seguridad y su futuro. En una edad de generales a la alza, ningún esfuerzo estará de más para contener tal epidemia.

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Hermann Bellingahusen

Poeta, editor, escritor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Es cronista, reportero, y articulista de La Jornada desde su fundación. Dirige Ojarasca desde 1989. Desinformémonos publicó su poemario “Trópico de la libertad” en 2014.

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