Rebeldes con Causa

Raymond Williams: la cultura como territorio de lucha

Hace 100 años, un 31 de agosto de 1921, nacía Raymond Williams en Gales, Inglaterra. Novelista, dramaturgo, crítico literario, educador popular, comunicador, marxista heterodoxo y activista de izquierda, fue uno de los principales referentes de la llamada Escuela de Birmingham, espacio intelectual y de investigación comprometida, que supo nuclear a varias de las figuras más emblemáticas del pensamiento crítico de posguerra, entre ellos a Stuart Hall y Richard Hoggart. Fundador de revistas emblemáticas como la New Left Review y autor de libros clásicos de la talla de Cultura y Sociedad, La larga revolución y Marxismo y literatura, sus estudios sobre la cultura popular y el papel de los medios de comunicación de masas en la sociedad capitalista resultan precursores y sumamente originales, al igual que la relectura que formula respecto de la obra de Antonio Gramsci y del propio Marx, en una clave no economicista y dotando de relevancia a la experiencia cotidiana de las clases subalternas.

Tal como reconstruye Stuart Hall en sus conferencias a propósito de la historia de los estudios culturales, el punto de partida para comprender el surgimiento de esta corriente es la radical transformación sufrida por las excepcionales condiciones impuestas por la segunda guerra mundial, así como el crecimiento económico y el boom consumista vivido en Reino Unido durante los años ’50 y ’60, que en conjunto trastocó las relaciones sociales y las actitudes culturales, en particular de los sectores populares. El interrogante que signó a toda una nueva generación militante en aquel entonces fue “¿cuáles son las herramientas con las que tratamos de comprender la naturaleza del sutil y a menudo contradictorio cambio cultural?”. Esta pregunta, sin duda, tenía una clara intencionalidad política y surgía del dialogo y la estrecha vinculación mantenida con las diversas corrientes de izquierda anticapitalista, en ebullición por esos años no solamente en el país, sino a escala europea y global.

Proveniente de una familia obrera y primera generación en acceder a la Universidad, Williams se desempeñó como profesor en Cambridge, siendo además maestro itinerante en ámbitos de autoformación y para la educación de adultos, cualidad que compartió con otros marxistas, como el historiador Edward P. Thompson, y con integrantes del Centro de Estudios Culturales Contemporáneos de Birmingham, entre ellos quien fuera su primer director, Richard Hoggart. Es probable que estas prácticas comunes junto a la clase trabajadora inglesa, hayan influenciado en ellos al momento de resituar la relación entre experiencia y conciencia, en tanto pilar fundamental en la traducción que realizan del marxismo. Lo que desde el materialismo dialéctico más esquemático era visto como superestructural, mero reflejo o factor secundario y dependiente de la base económica, para esta tradición tenía un espesor propio y debía ser interpretado dentro de una perspectiva de totalidad, compleja y dinámica, en la que las prácticas, procesos y configuraciones interactúan entre sí en función de un mutuo condicionamiento.

Mientras que para el marxismo ortodoxo y las teorías conservadoras lo cultural era identificado con el ámbito de las ideas -disociado, por lo tanto, de la materialidad de la vida social- Raymond Williams lo consideraba de enorme significación. Según él, más que una práctica o “área” delimitada, la cultura entrelaza todas las prácticas sociales, siendo el punto de juntura de múltiples formas de producción y reproducción material. Crea “estilos de vida”, anuda pasado y presente, estructura nuestra manera de habitar el mundo, por lo que es una verdadera trama constitutiva. De hecho, en sus primeros usos, la palabra cultura era un sustantivo de proceso, asociado a las cosechas (“cultivo”), el arado y los animales. Lo sugerente de este enfoque estriba en que, en palabras de Armand Mattelart y Erik Neveu, problematiza “la cultura como el lugar central de una tensión entre los mecanismos de dominación y resistencia”.

Las resonancias de Gramsci en la obra de Williams son, en un comienzo, de “afinidad electiva”, y más tardíamente se tornan neurálgicas e invariantes. Marxismo y literatura quizás sea el libro en el que más se percibe su gran influencia y admiración. Allí resignifica el concepto de hegemonía -que el marxista italiano desarrolló en sus Cuadernos de la Cárcel- como un cuerpo de prácticas y expectativas en relación con la totalidad de la vida: “es un vívido sistema de significados y valores que en la medida en que son experimentados como prácticas parecen confirmarse recíprocamente”, dirá. No obstante, se encarga de aclarar que la hegemonía es siempre un proceso activo, desgarrado por la lucha de clases y por otros antagonismos, que jamás se da de manera armónica ni acabada, sino que debe ser continuamente recreado, defendido, resistido y modificado. La disputa y la conflictividad son en última instancia el centro de gravedad de este inestable campo de fuerzas.

En numerosas investigaciones y trabajos etnográficos, los estudios culturales indagaron en las intrincadas modalidades a través de las cuales se hace efectiva, por parte de las clases subalternas, la autoidentificación con las formas hegemónicas de cultura. Pero también lograron teorizar y dar cuenta en términos empíricos, de aquellas resistencias, elementos alternativos y de oposición que ellas despliegan frente al orden dominante en todo proceso cultural. Williams resalta la existencia de ciertas relaciones dinámicas internas, que se diferencian de lo que sería lo dominante.

Más allá de que reconozca infinidad de posibilidades de lucha y oposición, destaca en primer lugar lo arcaico, como aquel estrato del pasado que sobrevive en cuanto tal; en segundo término menciona lo residual, es decir, los elementos que también remiten al pasado, pero son aprovechados o resignificados desde y para el presente; y finalmente resalta lo emergente, que remite a los nuevos significados, prácticas y valores forjados de manera constante, aunque por lo general ellos no equivalen a pura innovación, sino que pueden ser producto de una combinación con formas residuales reelaboradas, al estilo de lo que José Carlos Mariátegui denominaba “heterodoxia de la tradición”.

Asimismo, otro concepto clave para Williams es el de estructuras de sentimiento (o del sentir), que nos reenvía a la noción gramsciana de sentido común. Lejos de caracterizar a la cultura popular como homogénea y exenta de tensiones, mera replica de la ideología de las clases dominantes, ella se encuentra atravesada por “significados y valores tal como se los vive y se los siente activamente”, a partir de una constelación de relaciones internas específicas, ambiguas y conflictivas, sujetas a la negociación, la integración y el contraste, por lo que involucra creencias seleccionadas e interpretadas y experiencias efectuadas y justificadas, cuyos contornos delinean determinadas formas y convenciones, en estrecha vinculación con un período histórico o época dada. En suma: un modo concreto y situado de sentir, pensar y actuar.

Gramsci solía decir que crear una nueva cultura no equivalía solo a hacer individualmente descubrimientos originales. Para él, debía implicar también y sobre todo la defensa crítica de verdades ya descubiertas, el poder socializarlas y recrearlas en función de los desafíos de nuestro presente, para convertirlas en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y moral. En estos tiempos de crisis civilizatoria, donde la perdida de sentido, el miedo y la desolación son disputados y reorientados por las clases dominantes y la ultraderecha para recomponer una hegemonía resquebrajada, mediante la apelación al odio racial, la xenofobia, la misoginia y el revanchismo de clase, releer y convidar la obra de Raymond Williams se torna una necesidad acuciante para generar anticuerpos ante una barbarie en ciernes que amenaza con deglutirnos. Será cuestión de avivar la praxis creativa y el impulso utopista que tanto apasionaron a este obstinado marxista inglés.

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