Rebeldes con Causa

Hernán Ouviña

Las enamoradas de la revolución

Sí, bárbara como fui, amaba el cañón, el olor a pólvora y la metralla en el aire,

pero por encima de todo, ¡estaba enamorada de la revolución”

Louis Michel

Cada 18 de marzo se conmemora a nivel mundial el inicio de la experiencia de la Comuna de París en Francia. Lo que en general se omite en estos recordatorios es quiénes dieron el puntapié para que ella sea parida. Tal como reconstruye Raya Dunayevskaya, fueron las mujeres las que actuaron primero: “las mujeres que salían a ordeñar y estaban en las calles antes del amanecer, vieron lo que se avecinaba y frustraron los planes traicioneros del gobierno reaccionario. Cercaron a los soldados y les impidieron cumplir con las órdenes de Thiers”.

En efecto, el gobierno de Adolphe Thiers, que había firmado un vergonzoso tratado de paz con Prusia tras una cruenta guerra librada entre ambos imperios, intenta tomar por sorpresa y desarmar al pueblo parisino la madrugada del 18 de marzo de 1871. Esta pretensión de arrebatarle la artillería y los cañones a la guardia nacional (verdadero ejército popular por su envergadura, capacidad operativa y composición social, con alrededor de 400 mil integrantes en sus filas, la mayoría trabajadores y artesanos de los barrios periféricos de la ciudad), puso en evidencia la disputa entre dos formas de poder antagónicos en París.

Tamaño acto de desobediencia, que en un comienzo es encabezado por mujeres insurgentes, culmina con un alzamiento masivo en las calles y el fusilamiento de los dos generales al mando, lo que genera la huida de los partidarios del viejo orden a la lindera ciudad de Versalles, donde deciden trasladar el Parlamento. De inmediato, la guardia nacional define convocar a elecciones generales, para que sean democráticamente electas las 92 personas mandatadas del Consejo Comunal, máxima instancia del autogobierno en París, con un salario no superior al de un obrero medio y plausibles de ser revocadas por el pueblo en caso de no cumplir con su responsabilidad.

Aunque no siempre se ha destacado con la suficiente centralidad, es conocido el papel clave que supieron jugar las mujeres desde el inicio en la Comuna de París, e incluso el rol descollante que tuvieron en los procesos revolucionarios que la precedieron (de 1789 a 1830 y 1848). En cada uno de ellos, estuvieron presentes en las barricadas y confrontaciones callejeras, portando fusiles y auxiliando heridos/as, pero también sosteniendo la reproducción de la vida en común en las barriadas populares, desde el acuerpamiento colectivo y las tramas de convivencialidad tejidas desde abajo y a pulmón.

Desafiando estereotipos y cuestionando el rol que se les pretendía imponer en la época, durante las semanas que duró la Comuna desplegaron una osadía y radicalidad sin parangón, que tuvo como respuesta la estigmatización social y un revanchismo de clase y heteropatriarcal de lo más encarnizado. Escandalizados, los periódicos conservadores llegaron a definirlas bajo el epíteto de pétroleuses (petroleras), acusándolas de ser responsables de incendiar París durante la última semana de autodefensa y retirada de las milicias populares, ante la arremetida final del sanguinario ejército de Thiers.

La realidad es que, a las clases dominantes de Francia y Europa, al igual que a la prensa hegemónica, les atemorizaba su tremenda valentía, solidaridad y capacidad de lucha, que cuestionaba el rol subalterno y pasivo históricamente asignado a las mujeres por parte del patriarcado capitalista y el partido del orden burgués. Se estima que más de 10 mil mujeres participaron de manera activa en la experiencia comunal, cayendo un número importante de ellas en los encarnizados combates, así como en los fusilamientos masivos realizados, sin juicio alguno, por las fuerzas contrarrevolucionarias tras la derrota definitiva. Las que lograron sobrevivir, padecieron el destierro en Nueva Caledonia y trabajos forzados por casi una década.

Dentro de este ejercito anónimo de insurrectas, la figura más emblemática es por supuesto Louis Michel. Maestra popular, activista insumisa y habitante del suburbio obrero de Montmartre -colina donde se inició la sublevación comunera el 18 de marzo de 1871-, esta pedagoga libertaria llegó a ser presidenta del Comité de Vigilancia Femenino y también creó y sostuvo diversas instancias educativas, sanitarias, cooperativas y político-militares durante el tiempo que duró esta experiencia de autogobierno en la ciudad.

Kristin Ross, intelectual crítica y autora de un maravilloso libro titulado Lujo Comunal, llega a sugerir que la Unión de Mujeres para la Defensa de París y los Auxilios a los Heridos, fundada el 11 de abril en pleno auge del autogobierno comunal, “se convirtió en la mayor y más eficaz de las organizaciones de la Comuna”, a tal punto que “preveía una reorganización completa del trabajo femenino y el fin de la desigualdad económica basada en el género, al mismo tiempo que respondía, a la situación de combate inmediato y la necesidad de servir a las ambulancias, de hacer bolsas de arena para las barricadas o de servir en éstas”.

A pesar de ser recurrente la apelación a la obra de Marx para comprender la experiencia de la Comuna, sería erróneo afirmar que él supo dar cuenta en toda su integralidad de esta verdadera revolución en la revolución, que tuvo a las mujeres como principales protagonistas. Es cierto que celebra en los sugerentes borradores de La guerra civil en Francia -con signos de admiración- lo que en sus propias palabras son “¡las heroicas mujeres de París!” y reseña algunas medidas concretas impulsadas por la Comuna, que intentaron dar respuesta a la asfixiante situación vivida por ellas durante el asedio prusiano a París. En primer lugar, valora como positivo el “no hacer ninguna distinción entre las esposas llamadas ilegítimas, las madres y viudas de los guardias nacionales en lo que concierne a la indemnización” estipulada para los caídos en combate, para luego destacar que “las prostitutas públicas que hasta hoy se reservaban para los hombres del orden de París”, a las que “se las mantenía en la servidumbre personal bajo el dominio arbitrario de la policía, han sido liberadas por la Comuna de esta esclavitud degradante”.

No obstante, al margen de esas y otras alusiones puntuales, no hay en él un análisis pormenorizado de esta lucha específica y a la vez universal. Ello es paradójico, o bien evidencia cierto daltonismo epistémico y patriarcal en él, si tenemos en cuenta no solo la ya mencionada importancia de las mujeres en la apuesta comunal, sino además el rol fundamental que algunas militantes revolucionarias cumplieron en el (des)aprendizaje del propio Marx durante su fase madura, como intelectual de izquierda e investigador de los procesos históricos y de las experiencias emancipatorias contemporáneas, tanto en Europa como en la periferia del sur global.

Vale mencionar algunas de sus “maestras” un tanto olvidadas. De manera precursora, la franco-peruana Flora Tristán, migrante, feminista y agitadora de izquierda, autora entre otras obras de la influyente Unión Obrera, de quien Marx se nutrió siendo un jovencito para plantear -entre otras ideas- la famosa consigna programática del Manifiesto Comunista, que arenga a la unidad del proletariado de los todos países del mundo y destaca la importancia de la experiencia política del movimiento cartista inglés y la incipiente clase trabajadora europea.

Asimismo, las hermanas Mary y Lizzy Burns, combativas irlandesas y compañeras amorosas de Engels, sin las cuales éste jamás podría haber conocido y estudiado de primera mano las condiciones de vida, explotación y resistencia de la clase obrera industrial en Inglaterra, pero que también aportaron como trabajadoras migrantes una fina mirada y experiencia concreta en torno a la relación imperio-colonia, que obligó al propio Marx a reformular sus prejuicios e hipótesis dogmáticas acerca de la cuestión nacional y las perspectivas de liberación de los pueblos oprimidos de las periferias, empezando por la propia Irlanda.

En tercer lugar, Elisabeth Dmitrieff, revolucionaria rusa y delegada de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que con sólo 20 años arriba a Londres en diciembre de 1870, para entrevistarse con Marx y convencerlo -durante los encuentros mantenidos con él casi a diario, a lo largo de los tres meses previos a la instauración de la Comuna de París- de la potencialidad de las comunas campesinas en su país de origen (bajo las formas de la obschina y el artel), compartiéndole además materiales de lectura y acercándolo a la obra de Nicolái Chernishevski, autor de la novela ¿Qué hacer? y teórico del socialismo comunitario, antes de partir por pedido de Marx hacia París, donde en plena ebullición popular llega a cumplir un papel clave en la autoorganización de las mujeres comuneras.

Finalmente, Vera Zasulich, militante populista perseguida en Rusia y de armas tomar, que entabla un vínculo epistolar y político con Marx en sus últimos años de vida, instándolo a problematizar su concepción del desarrollo histórico y la expansión del capitalismo, desde una óptica no eurocéntrica ni lineal, producto de lo cual lo fuerza a abocarse más aún al estudio denodado de las realidades subdesarrolladas y marginales del sistema-mundo, para comprenderlas de forma situada y dialéctica, abriendo el horizonte hacia perspectivas más descolonizadas.

Revitalizar la herencia de la Comuna de París, así como de otras apuestas emancipatorias posteriores gestadas también desde abajo, implica por tanto cepillar a contrapelo aquellos relatos e interpretaciones que tendieron a subestimar el papel descollante de las mujeres -y de otras subalternidades en lucha- en estos procesos. Más allá del tiempo transcurrido, de algo no hay dudas: las enamoradas de la revolución siguen siendo protagonistas principales de la (auto)defensa y reproducción de la vida en común.

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