Rebeldes con Causa

Hernán Ouviña

Frantz Fanon: la revolución a flor de piel

Un 6 de diciembre de 1961 fallecía Frantz Fanon. Con tan solo 36 años era consumido por la leucemia, dejando tras de sí una vida extremadamente intensa y un conjunto de escritos tan incómodos como incendiarios, gestados desde el compromiso militante con una revolución que concebía de manera integral. Nacido en la antillana isla de Martinica el 20 de julio de 1925, de abuelos esclavos, no fue sino hasta recalar en Europa que llegó a entender al colonialismo en toda su descarnada y violenta complejidad. De ahí en más, será ésta una obsesión que lo acompañará como la sombra al cuerpo hasta el final de sus días, pero no para regodearse en la mera denuncia de esa situación opresiva, sino con el objetivo de contribuir a un proyecto de liberación que no reconocía frontera alguna.

Para bien y para mal, las guerras suelen ser momentos constitutivos y de “nacionalización”. El haberse sumado como voluntario al ejército francés para colaborar con la derrota del nazismo, le abrió los ojos ante la ambivalencia e hipocresía de la potencia gala, instándolo a hurgar en sus traumáticas raíces como negro. Una Francia “liberadora” de la amenaza nazi-fascista pasó a ser vista, desde su reverso, como opresora de vastos territorios de ultramar, en particular en las Antillas; nación que hacía alarde de su antirracismo y en rigor era una tenaz sostenedora de él puertas adentro; esclavista y cultora de la igualdad al unísono; fraterna desde la retórica e indulgente ante la discriminación y la deshumanización total.

El ninguneo y la estigmatización sufrida por los soldados negros tras la victoria de los Aliados (a quienes se ocultó públicamente para reforzar el “blanqueamiento” del ejercito triunfante), la violencia multidimensional ejercida contra el pueblo martiniqués de uno y otro lado del Océano, sumado a un reverdecer de la autoconciencia de la “negritud” al calor del movimiento artístico-cultural encabezado por el poeta e intelectual de izquierda Aimé Césaire -quien fue maestro de Liceo del joven Fanon- habilitaron un cambio de piel y un punto de vista radical, catapultados por y catalizadores de procesos revolucionarios originales e imprevistos, del que Argelia resultó precursora y uno de los mayores centros de gravitación política del llamado Tercer Mundo.

Fanon relata en un artículo de 1955 titulado “Antillanos y africanos” que, si antes de 1939 el habitante de esas islas tenía los ojos fijos puestos en la Europa blanca, a partir de 1945 descubrirá aquella negritud y dirigirá sus antenas hacia África. Pero en su caso, a contramano de lo que suele pensarse, jamás dejará de reflexionar y activar desde su condición latinoamericanista y en especial caribeña, aunque sí la resituará en un plano más amplio de unidad en la diversidad, donde el internacionalismo y la plurinacionalidad se dan la mano para aspirar a la emancipación del género humano como tal, sin distinciones de raza ni explotación o dominio alguno. Un panafricanismo que arraiga en la experiencia vital argelina, se anuda con el despertar del Tercer Mundo y confluye con el antiimperialismo tricontinental y hasta planetario en ese entonces en ebullición: de China a la India, de Cuba a Vietnam, de la Conferencia de Bandung al Congo.

Formado en la Universidad de Lyon como médico y psiquiatra, publica en 1952 su primer libro, Piel negra, máscaras blancas, una denuncia mordaz e incisiva de la estructura del racismo y la enajenación que provoca en quienes, como él, padecen en carne propia la reducción casi a la “animalidad”, desde el lenguaje, la sexualidad, el sentido de la inferioridad y el cuerpo cosificado, hasta el extremo de descubrirse puro “objeto”. En 1953 se traslada a Argelia, donde se empapa de la realidad sanitaria de un país sumido en la más cruda violencia colonial, llegando a ser director del hospital Blida-Joinville y poniendo en práctica propuestas terapéuticas innovadoras que, sin desatender las terribles secuelas generadas por el colonialismo y la guerra, privilegian la subjetividad, la formación política y la dimensión cultural de las personas y grupos subalternos. En simultáneo, se suma a las filas del Frente de Liberación Nacional, organización guerrillera que lucha por independencia argelina, realizando numerosas tareas clandestinas en distintos puntos del país.

En 1956, al intensificarse la represión y descubrirse el nexo entre varios integrantes del hospital y el FLN, Fanon renuncia a su labor médica allí. A pesar de trabajar en otra clínica psiquiátrica en Túnez, vuelca su compromiso a la propaganda revolucionaria y al entrenamiento de miembros de la guerrilla, a la par que edita el periódico El Moudjahid, órgano oficial del FLN. A nivel continental, participa de diversas iniciativas que abogan por el panafricanismo, donde conoce a líderes como Patrice Lumumba, y sobrevive a dos atentados terroristas de grupos paramilitares franceses. En 1959 publica el libro El año V de la revolución argelina, difundido en castellano bajo el título de Sociología de una revolución, en el que incluye sus artículos de análisis del trastocamiento producido por el proceso de lucha popular y la guerra de liberación en la vida cotidiana.

Durante 1960 oficia en sucesivos encuentros y conferencias de representante diplomático y político del Gobierno Provisional de la República de Argelia, con sede en Accra. La confirmación de que padece de leucemia no mengua su militancia sino todo lo contrario. Activa en varios frentes simultáneos y redacta su libro más conocido, Los condenados de la tierra, que llega a culminar, pero sale de imprenta días después de su fallecimiento en los Estados Unidos, donde se había trasladado para realizar un tratamiento médico en estado ya casi terminal. Tras su muerte, su cuerpo es enviado a Argelia, donde lo reciben con honores. Restan tan solo unos pocos meses para que se concrete el triunfo de la revolución el 5 de julio de 1962.

Fanon fue un pensador de los márgenes, materialista, rebelde y creativo por donde se lo mire. Su precoz edad es inversamente proporcional a la cantidad y densidad de contribuciones que brinda a la teoría y praxis liberadora de los pueblos del sur global. A contrapelo de ciertas lecturas edulcoradas que hoy lo sitúan en una larga tradición anclada en querellas exclusivamente identitarias, lingüísticas o discursivas de raigambre literaria y académica, disociadas de las luchas más mundanas y violentas, lo cierto es que su ir más allá de la filosofía tiene corporalidad, carne hecha acción política contestataria, un pensar-hacer situado y a la vez universal, transitorio y con visos de perdurabilidad en el tiempo, que se animó a confrontar contra los poderes establecidos y la intelectualidad domesticada, sea cual fuere su estirpe ideológico.  

Un militante de la indisciplina en más de un sentido: en combate contra los regímenes disciplinarios propios de la universidad y la filosofía occidental colonial moderna, pero también insurgente, osado, incómodo, anormal y desquiciado, que se atrevió a ir de la poesía al psicoanálisis, de la salud mental a las relaciones familiares, de los vínculos sexoafectivos a la hegemonía mundial, de la politicidad del lenguaje al carácter inducido del subdesarrollo, de la guerra de guerrillas a la matriz productiva y la división internacional del trabajo, de la enajenación a las raíces ancestrales y la cultura popular.

Mediante una operación en la que trastocó la lógica del sistema-mundo, haciendo que devenga central lo periférico -de manera similar a Rosa Luxemburgo en su análisis de la configuración del capitalismo a nivel planetario- Fanon logró resituar tanto al Caribe como a África en un lugar geopolítico y socioeconómico sumamente estratégico. También a nivel cultural y subjetivo, estos territorios fungieron de puntos de juntura e intersección, de anudamiento de historias y proyectos emancipatorios por construir.

En Los condenados de la tierra expresa sin medias tintas que “de manera muy concreta, Europa se ha atiborrado del oro y las materias primas de los países coloniales: América Latina, China y África. De todos estos continentes, bajo cuyos ojos Europa levanta hoy su torre de opulencia, han salido durante siglos hacia esa misma Europa diamantes y petróleo, seda y algodón, madera y productos exóticos. Europa es literalmente la creación del Tercer Mundo. La riqueza que la asfixia es la que robó a los pueblos subdesarrollados”.

Sin embargo, a esta descarnada caracterización Fanon le agrega una detallada lectura del colonialismo como proceso co-constitutivo del capitalismo, de mutua imbricación, que hace estallar la relación unicausal que cierto marxismo pregonó entre la base económica y la superestructura. “En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La causa es consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico”. De manera simétrica, dirá, se priva a las y los “otros” de cualquier rasgo de humanidad: “la autodesvalorización de los oprimidos resulta de la introyección que hacen de la visión que de ellos tienen los opresores”, concluye Fanon.

Se evidencia aquí una clara afinidad con las conjeturas que Gramsci formula entre rejas, en torno a la hegemonía como campo de fuerzas y a la vez concepción del mundo de las clases dominantes, que es interiorizada por los sectores populares, deviene sentido común y contribuye a consolidar un “conformismo social” compatible con el orden existente. A ello mismo alude la epidermización de la inferioridad y esa condición ambivalente mediante la cual “la repulsión del colonizador se mezcla con una ‘apasionada’ atracción por él”. 

Aunque no alcanza a profundizar en ella, Fanon formula como hipótesis adicional la existencia de dos zonas que estructuran a este injusto mundo: las del ser y no ser.Fiel a la ironía, apela a la dialéctica para delimitar aquellos territorios, universos y espacialidades que remiten al no ser: “Hay una zona de no-ser, una región extraordinariamente estéril y árida, una rampa esencialmente despojada, desde la que puede nacer un auténtico surgimiento. En la mayoría de los casos, el negro no ha tenido la suerte de hacer esa bajada a los verdaderos Infiernos”, denuncia en Piel negra, máscaras blancas.

Y es que lo “negro” no es una cualidad biológica ni fenotípica; no remite a la pigmentación de la piel o a la tez oscura. Es un constructo ideológico-político relacional, gestado por el blanco, que deviene superior en un mismo movimiento circular a partir del cual, dialécticamente, se da origen a ambos polos en el que son fijados los sujetos de manera binaria y genérica, en función de una serie de rasgos y características étnico-raciales. Sin desestimar a la violencia como “partera de la historia” y praxis crítico-transformadora ineludible, el foco para él debía estar puesto ante todo en la organización revolucionaria y la capacidad autoemancipatoria de las masas, para trastocar este sistema perverso y erradicar toda forma de opresión de la faz de la tierra.

Hoy, a seis décadas de su siembra como intelectual orgánico, acaso se trate una vez más de apelar a lo que Fanon sugirió al final de Piel negra, máscaras blancas: “el verdadero salto consiste en introducir la invención en la existencia”. Imitar esa originalidad, como nos propuso Simón Rodríguez, se torna en estos tiempos sinuosos una cuestión de vida o muerte; de ser o no ser.

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