El sueño de la razón

Silvia Ribeiro

Nuevo proyecto para terminar el campesinado

Realizadas las elecciones en México y confirmado el gabinete de López Obrador; Víctor Villalobos Arámbula, que asumirá como nuevo titular de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (SAGARPA) se ha dedicado activamente a declarar a la prensa y en conferencias de negocios cómo será el “nuevo proyecto” agrícola y alimentario que piensa desarrollar en el marco del nuevo gobierno. Entre otras cosas, que los jóvenes campesinos e indígenas se vayan a trabajar en agroindustrias y que los que queden en el campo produzcan “maíz gourmet” para vender a los restaurantes para ricos. Y seguir subvencionando a los grandes productores industriales, como siempre.

Villalobos, al igual que otras figuras del nuevo gabinete con un nefasto historial, (como Esteban Moctezuma Barragán) ya había despertado alarma entre muchas organizaciones del campo y ambientalistas desde que se lo anunció como potencial Secretario de Agricultura, por haber sido uno de los principales promotores de transgénicos y defensor de los intereses de las trasnacionales de los agronegocios en México. Probablemente, fue indicado por el empresario millonario Alfonso Romo, ahora designado coordinador de la Presidencia, que también viene de los negocios agrícola industriales: fue dueño de Grupo Pulsar y de las semilleras Savia y Seminis, empresas que terminó vendiendo a Monsanto, con quien se quedó trabajando varios años luego de la venta. Es bueno recordar que no vendió solamente una “empresa” , le dio a Monsanto acceso y control sobre miles de variedades de semillas de origen campesino, entre otras de maíz, agave y hortalizas, que tenía Seminis.

Villalobos afirma en las entrevistas que le hacen con motivo de su inminente asunción como Secretario de Agricultura, que no trabajó para Monsanto. Hay algo de verdad: no trabajó solamente para Monsanto, también para Syngenta, DuPont, Bayer y Dow, las transnacionales que están sembrando algodón y soya transgénica y que son las responsables de la contaminación del maíz campesino en México, su centro de origen. Su principal tarea, como Subsecretario de Agricultura fue minar las negociaciones internacionales de bioseguridad y facilitar que se pudiera exportar maíz más fácilmente y sin precauciones de bioseguridad a México.

En una de las entrevistas más reveladoras, en video al diario La Prensa el 10 de julio 2018, Villalobos detalla el proyecto agroalimentario que pretenden llevar a cabo. Luego de mencionar rápidamente que apoyarán a “todos” los productores agrícolas, lo cual incluye a los grandes industriales del norte del país, explica que respecto a los campesinos, habrá un nuevo programa para que “a través de los centros de acopio de Diconsa se otorgue un precio preferencial al maíz criollo que tenga como destino las tortillas nixtamalizadas, la industria de cosméticos, de colorantes, etc.” En la misma entrevista aclara que es para que ese “maíz gourmet”, que tiene mayor contenido nutricional, sea comercializado en restaurants de categoría que paguen un precio más alto por esas tortillas, o para la exportación a Estados Unidos. Luego agrega que habrá un programa para beneficiar al menos 2.6 millones de jóvenes rurales “para que vayan a trabajar a las empresas y a las agroindustrias”, o que se si quedan en el campo, incorporen nuevas tecnologías.

Para ello, asegura que se contará con una gran cantidad de extensionistas que trabajarán con los campesinos para que ocurra esa transformación.

Afirma que no usarán transgénicos – a los que considera que “van de salida” – pero como razona burdamente en la entrevista con La Prensa, es porque serán sustituidos por otras técnicas de ingeniería genética, a las que las empresas han rebautizado con el nombre general de edición genómica (en la entrevista Villalobos las llama genome editing, al parecer no quiere decirlo en castellano). Explica esto como si fuera una panacea, tratando de convencer a la gente que es muy distinto de los transgénicos. Solo se refiere a un ejemplo de edición genómica (el silenciamiento o activación de genes) y pretende dar la impresión –al igual que siempre hacen los promotores de transgénicos- de que es algo prácticamente natural, es decir, que es casi una pequeña ayuda a la evolución. No menciona que estas tecnologías entrañan importantes nuevos riesgos, como activar funciones genéticas nocivas o desactivar genes necesarios para la inmunidad, que incluso pueden ser peores que los transgénicos.

Pero más allá de esto, que es coherente con la trayectoria de Víctor Villalobos, lo más preocupante es la concepción de fondo: se trata de que los campesinos, para “progresar”, dejen sus semillas o las usen para producir para los ricos, sean nacionales o extranjeros, no para afirmar la autonomía y economías campesinas y que tanto las comunidades como todos los demás que consumimos maíz en México, podamos comer maíz campesino y de buena calidad, sin agrotóxicos ni transgénicos, lo cual significaría además de apoyar las economías locales, promover una mejor salud para todas y todos. Esto tanto en el caso del maíz como de otros productos alimentarios.

En lugar de ello, se trata de un proyecto para promover la exportación y la producción especializada para los más pudientes. A esto le agregarán que los jóvenes del campo vayan a trabajar ­a las agroindustrias agrícolas, que actualmente en muchos casos se caracterizan por condiciones laborales y de salud deplorables (por ej; jornaleros de San Quintín, viveros esclavistas en Jalisco, etc); e impactos ambientales tremendos (sobreexplotación de agua y contaminación con agrotóxicos). Agroindustrias que felices recibirán el subsidio que les significan las becas para esos jóvenes.

Los que queden en el campo, recibirán a extensionistas que les explicarán cómo deberían trabajar y si Villalobos puede imponer su voluntad, con semillas producto de nuevas formas de ingeniería genética y otras tecnologías que eliminen sus formas tradicionales de producir.

Lo que está claramente ausente de este proyecto es la voz y propuestas de las propias comunidades indígenas y campesinas, que son quienes producen la mayor parte del maíz y muchos otros alimentos que se consumen en México y para quienes todo ello forma parte de proyectos de autonomía, que incluyen la defensa integral del territorio y sus derechos, además de la economía y las culturas, como una totalidad.

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