Postales de la revuelta

Hermann Bellinghausen

Mundo M (Notas sobre el colonialismo actual)

1.

El mundo está lleno de países de mierda. Los hay de diferentes categorías. México es un gran país milenario de mierda. Como todo lo milenario, no tiene remedio. Sin embargo, nunca toca fondo y su futuro tiende a ser más desordenado que su presente. Pertenece a una categoría selecta, compartida con Egipto, Irán, Perú, Grecia (si bien antigua, no es tan grande pero retrospectivamente lo parece), India hasta cierto punto y claro, China, que quisiera alejarse de las mierdas nacionales de este grupo milenario, en pos de otras.

No quiero abundar, tampoco ofender, pero países de mierda son la mayoría, grandes, medianos y pequeños, de preferencia poblados por gentes de color oscuro. También los hay de pigmentación clara y hasta caucásicos, aunque no muchos, la verdad. Los países sumamente irremediables en la materia proliferan en África, América Central y Haití en el Caribe.

Hay grandes países de mierda. No son milenarios, sí grandes y algo poderosos. Brasil y Argentina son buen ejemplo. O Indonesia. Un miembro reciente sería Sudáfrica.

Hay países de mierda que progresivamente se descomponen, rehenes de la promesa pospuesta pero creíble de dejar atrás la mierda: Colombia, Nigeria, Tailandia, Vietnam. Y los que empezaban a librarse pero manos propias y ajenas los regresan a la mierda, como Venezuela y Nicaragua; un caso extremo fue aquello que llamábamos Yugoslavia, cuyos países se llevaron en tiempos recientes un gran baño de mierda mutua.

Una categoría especial, la más triste e indignante, es la de los países de mierda hechos mierda. Tienden a dominar las (malas) noticias: Afganistán, Sudán, Congo, Irak, Libia, Yemen, Siria.

Luego tenemos los que ni siquiera califican como países, lo que los expone a la mierda de la violencia permanente en su contra -Palestina, Kurdistán, Wal Mapu, la República Saharaui- sin que vislumbren alivio en el horizonte. Y los que conquistaron la condición de país mas la desgracia no los abandona, como Darfur, y no hace tanto Bangladesh, Biafra y Somalia.

Volviendo a nuestro querido país milenario de mierda. No sólo porque tiene pirámides es milenario, aunque sumen puntos para considerarlo tal. (Añadan las cabezas olmecas, tan enigmáticas. Más puntos). Uno supondría que los pesos ancestrales, extrañamente vivos pese al baño de los siglos y las sucesivas desgracias coloniales, nos darían pistas para salir de la mierda y recuperar lo glorioso del mito. Quizá sería posible si estuviera poblado, y en especial gobernado, por gente un poco más sabia.

Lástima que importe poco que la población de los países de mierda no sea mayoritariamente una mierda sino al contrario entrañable, meritoria y trabajadora. Un puñado de mierdas en la posición adecuada (los mierdas suelen acaparar las posiciones adecuadas, siempre ad libitum) son más que suficientes que mantenernos donde estamos.

Ahora, me preguntarán qué países no son de mierda. Los hay. Casi en su totalidad ubicados en el hemisferio norte. Ninguno dominado por gente de piel oscura. En todos, o casi, en invierno cae la nieve. Suelen tener reyes todavía, curiosamente. Un similar suyo fue implantado en décadas recientes y es sostenido por gente blanca en desiertos ajenos del cercano oriente, con el apoyo del norte euroamericano. Otras monarquías más, un subdivisión de las anteriores, chupan petróleo y cagan dólares a 40 o más grados centígrados en los desiertos de Asia. África vendría siendo el único continente donde no existe ni una nación de esta categoría pudiente.

Unos más que otros, todos éstos son una mierda de países, redimidos de la condición de países de mierda a costillas de todos los países que ellos han hecho mierda en este mundo. La imagen del vampiro no les resulta ajena. Chupan al mundo un bienestar que de limpio no tiene nada. Como dice Jessica Jones: There is dirt everywhere. You just have to look.

Me comentan de uno o dos países que no son una mierda, ni son de mierda. Islandia por ejemplo. Pero un país que tiene en Björk a su embajadora sensorial no puede ser de este mundo. O cómo explicar que su ignota selección le empate a Messi y Argentina en su debut mundial. Sospecho que tales rarezas en realidad vienen de otro planeta y no cuentan.

2.

Si no nosotros, ¿quién? Si no ahora ¿cuándo? La descolonización mental encuentra pretextos todo el tiempo para posponerse como conciencia de los pueblos, que han aprendido a sobrevivir en primera instancia adaptándose, flexibles como carrizos al viento. Hasta quebrarse, a no ser que antes les venga la conciencia de quienes son y dónde están, y de por qué asumirlo con orgullo y fortaleza es una de las mejores cosas que los pueblos pueden ofrecer al mundo.

Las acechanzas son muchas. A escala de la entera especie. Porque hoy está cabrón. De varios modos cabe decir que no queda mucho tiempo, pero el capitalismo dominante no está programado para que eso le importe. Ya desfondada y errática, la globalización del libre mercado domina por default los juegos económicos y deportivos, los mercados, los estereotipos sociales y «raciales», los turismos, las migraciones, las guerras.

Hay un monopolio de causantes del sufrimiento humano. Como todos los recursos de importancia, el motor del sufrimiento de la mayoría se concentra en muy pocas manos. Los que joden al planeta, minoría súper protegida, no necesitan ser fabricantes de armas o asesinos profesionales para ser verdugos. Les basta poseer o usufructuar bancos, mineras (que por cierto producen la materia prima de las cosas claves de este mundo: las armas, las máquinas, el dinero sólido), petroleras, bananeras, constructoras de presas, aeropuertos o carreteras. Lo de menos será repartir migajas a los administradores/gobiernos domésticos o en otros países, como siempre.

«Soberanía» se ha convertido en un concepto complicado y para algunos anacrónico y condenado al desuso. Como decimos hoy de la vida privada. El desafío de preservar soberanía es formidable para las víctimas de la colonización «recargada» del siglo XXI, gemela del imperialismo que no se va, solamente se ajusta, adopta nuevas formas para seguir haciendo más de lo mismo. Para el sistema mundial, como diría Hobbes, «la expansión lo es todo». En tanto lo permitamos.

Más nos valdría que tal expansión no resulte inexorable, pues su camino lleva al colapso. Como lo expresaba Hannah Arendt con el nazismo fresco todavía, pero enfocada al imperialismo y la marcha imparable del capitalismo de Occidente: «Un sistema social basado fundamentalmente en la posesión no podía evolucionar sino a la aniquilación final de toda posesión; pues sólo tengo definitivamente, y poseo realmente para siempre, lo que aniquilo» (Sobre el Imperialismo).

¿Qué otra lógica siguen el fracking, la minería a cielo abierto, la conversión del suelo en negocio, la contaminación de los cuatro elementos, el acaparamiento del agua contra un panorama de sequía generalizada, la carrera armamentista? La posesión total de la Naturaleza por el capital será su fin. La expansión sin límite y la colonización perpetua tienen un límite pese a todo. ¿O será el plástico ahogando los océanos la herencia definitiva del ingenio humano?

Hermann Bellingahusen

Poeta, editor, escritor de cuentos, ensayos y guiones cinematográficos. Es cronista, reportero, y articulista de La Jornada desde su fundación. Dirige Ojarasca desde 1989. Desinformémonos publicó su poemario «Trópico de la libertad» en 2014.

Una Respuesta a “Pueblos originarios y recambio presidencial”

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