El sueño de la razón

Silvia Ribeiro

El caos, los ríos y la hora de los pueblos

Santiago Tlatepusco es una comunidad chinanteca abrigada por montañas de la Chinantla, Oaxaca. Relatan con orgullo como detuvieron en su municipio San Felipe Usila, a una presa hidroeléctrica que les quisieron imponer en 2011. Era una mini-hidroeléctrica de Enerci SA de CV, una empresa privada, pero ya tenían experiencia de lo que había sucedido con la presa Miguel de la Madrid “Cerro de Oro” en 1989, que dejó 9 comunidades incomunicadas. Esa fue con inversión pública y no tomaron en cuenta la opinión y necesidades de las comunidades. Con una empresa privada, sería aún peor, añaden. Se organizaron, resistieron y la pararon. Ahora resisten un proyecto de alcantarillado, no en su comunidad sino en una comunidad río arriba, San Pedro Tlatepusco. Esa comunidad habían solicitado apoyo para construir algunos sanitarios, pero las autoridades aprovecharon a contratar una empresa que hizo un proyecto completo de alcantarillado a su conveniencia. Cuando vieron pasar los camiones con materiales, las comunidades río abajo reaccionaron, se dieron cuenta que con este proyecto contaminarían todo el río, a 12 comunidades con 6000 personas a lo largo del río. Cuándo describen el río, se siente como fluye entretejido a sus vidas, “De allí tomamos agua, jugamos, beben los animales, los niños crecen jugando en el río, las mujeres lavan sus hermosos huipiles y nos engalanamos en el río. No vamos a permitir ni que un litro de agua se ensucie”. Qué diferencia con el concepto de “progreso” que les quieren imponer. Seguramente en el informe de las autoridades, aparecerán las presas y los sistemas de alcantarillados como contribución para el “desarrollo” de los pueblos indígenas, obviando informar que las ganancias son negocios privados. Pero esta no pasará.

Es una buena foto del sistema capitalista, donde la ocultación de las consecuencias y desechos de lo que se produce es fundamental para mantener el sistema, para hacernos creer que no hay impactos, para hacer pagar a la sociedad los costos de la contaminación y que suframos las consecuencias de la contaminación sin saber de dónde sale, para que creamos que al jalar el agua del escusado, todo desaparece y ya no es nuestro problema. Pero cuando se mantiene la perspectiva colectiva y la relación con el territorio, la dimensión de la comunidad que no pierde la relación con todo el ciclo de los seres vivos, con las generaciones pasadas y futuras, con el agua, el bosque y los componentes de la naturaleza, se hace evidente la perversión y los costos ocultos de eso que llaman progreso.

La misma comunidad también rechazó el PROCEDE/PROCECOM, proyecto digitado desde el Banco Mundial para certificar la tierra ejidal y comunal. El BM y el gobierno pensaron que habría una estampida de ejidatarios y comuneros que querrían su título individual para rentar o vender la tierra. Algunos lo hicieron, pero la mayoría volvieron a “certificar” como propiedad colectiva. Santiago Tlatepusco lo explica: “Si dividimos la tierra no nos alcanza”. Pero si la trabajan y cuidan como comunidad sí.

Es una de las historias y testimonios de lucha y construcción compartidas en el encuentro “La defensa de los territorios campesinos e indígenas en el nuevo caos”, convocado por el Centro de Estudios para el Campo Mexicano (Ceccam), la Asamblea Nacional de Afectados Ambientales y varias otras organizaciones, del 8 al 10 de marzo 2017, donde se reunieron integrantes de los pueblos indígenas rarámuri, nahua, purhépecha, totonaco, me’phaa, na savi, zapoteca, mixe, mixteco, chinanteco, chocholteco, ikjoot, ñañú, chontal, tzeltal, lacandón, chol, chuj, maya, de 87 comunidades, así como una veintena de organizaciones, de 14 estados.

Participaron comuneras y comuneros de Santa María Ostula, Cherán, Nochixtlán, Yalalag, Paso de la Reina, San Dionisio del Mar, Zacualpan, Huayacocotla, Hopelchén, Bacalar, Bachajón, La Parota, Tepoztlán, Atlapulco, Huitosachi, entre muchas otras comunidades que llevan luchas de resistencia contra megaproyectos mineros, carreteros, forestales, hidroeléctricos, petroleros, fracking, transgénicos, agrotóxicos y otros. Contra los proyectos de gobierno que a cuento de “pago por servicios ambientales”, REDD y otros, quieren imponer nuevas formas de despojo de derechos y territorios. Y contra las nuevas y no tan nuevas leyes que siguen aumentando la legalización del despojo y la devastación, y cada vez más la represión abierta contra la protesta. Contra las “consultas”, la nueva carta blanca de empresas y gobierno para decir que los pueblos fueron escuchados. Aunque la consulta sea comprada, o lo que hayan dicho sea que se oponen a los proyectos, de todos modos la consulta no es vinculante.

En el encuentro participaron también organizaciones e investigadores que aportaron datos y análisis sobre la nueva coyuntura a partir de la administración Trump, entre ellos Andrés Barreda, Luis Hernández Navarro, Magda Gómez. Está claro que los proyectos de despojo no se detienen y con el aumento de expulsiones de migrantes –muchos de ellos de pueblos indígenas– se crean nuevos desafíos. Se abren escenarios diferentes en muchos planos y es bueno conocerlos. Aunque sean enfrentamientos intra-capitalistas buscarán desquitar sus “pérdidas” contra los pueblos. Pero también el nuevo caos abre grietas que son oportunidades. Y la tormenta ya estaba aquí, como las historias de las resistencias dan cuenta.

Al encuentro fue también invitada una delegación del Congreso Nacional Indígena, a presentar e intercambiar sobre la propuesta de la formación de un Concejo Indígena de Gobierno y una candidata indígena a las elecciones de 2018, una tarea que el CNI está multiplicando en muchas regiones, para informar, explicar, escuchar y enriquecer el debate sobre el que se está haciendo esta construcción. Al estilo verdadero de los pueblos indígenas, tan alejado y opuesto a los cuentos partidarios, las preguntas son muchas, no son formales y las respuestas no son recetas, porque también son verdaderas y no buscando votos, sino compañeras y compañeros. En el contexto de la devastación y ataques que se están viviendo, la propuesta de coordinarse, organizarse, autogobernarse de nueva forma, queda en la mente y corazones de las y los presentes. No se busca y no hay una respuesta inmediata, porque la respuesta necesaria es justamente la reflexión colectiva y la organización, y eso camina a su ritmo, en sus regiones, con sus pueblos.

Pese a escuchar tantos testimonios de devastación y ataques, el encuentro fortalece la confianza y la serenidad, por sentirse parte de un tejido colectivo, porque las miradas son diversas y complejas, pero hay un reconocimiento subterráneo de ser parte del mismo gran territorio. Y como anuncia el pronunciamiento que acuerda el encuentro “Es la hora de los pueblos indígenas”.

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