Página suelta

Juan Carlos Salazar del Barrio

Vientos de cambio

Una de las palabras que define mejor los tiempos que vivimos es “cambio”. Se ha dicho hasta la saciedad que el mundo no será el mismo después de la “conjunción astral” de las cuatro crisis que acompañan a la pandemia del coronavirus: la sanitaria, la política, la institucional y la económica. Y, claro, hablar de cambio es hablar de incertidumbre, que es la otra palabra que completa la caracterización de esta tercera década del siglo XXI.

Y en ninguna parte esta situación es más perceptible que en América Latina. Los vientos de cambio soplan con fuerza a lo largo y ancho del continente, donde la pandemia no ha sido otra cosa que un detonante de problemas irresueltos que han terminado por convertirse en crónicos. Las reivindicaciones agitan las calles, pero el clamor popular parece chocar con la indiferencia cuando no con la represión de quienes están llamados a dar curso y solución a los reclamos. Y es así como el empuje social termina ahogado en la impotencia.

Los vientos que agitan el continente no son buenos ni malos en sí mismos. Dependen de la dirección en que soplen y de quienes los alientan y conducen. De allí la incertidumbre que caracteriza a nuestra época. Estamos en uno de esos momentos en que, según decía Gramsci, “lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo no termina de morir”, pero también, en uno de los “claroscuros” en los que “surgen los monstruos”.

Algunos “cambios” son perceptibles a nivel institucional, no solo en los relevos gubernamentales, sino también en los esfuerzos para reformar los marcos constitucionales de convivencia. Sin embargo, en la mayoría de los casos, lo que se presenta como una nueva alternativa no parece ser otra cosa que una vieja frustración, al menos a juzgar por la retórica “sesentera” que los acompaña.

En este caldo de cultivo, en estos “claroscuros” de la historia, no solo hemos visto nacer revoluciones, sino también autoritarismos y populismos de todo signo, los “monstruos” de los que hablaba Gramsci. Son ellos los que se apropian de las legítimas banderas del cambio y de los propios movimientos que los impulsan.

Como dicen los politólogos Cass Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser en su libro “Populismo”, los populistas quieren hacernos creer, desde una pretendida superioridad moral, que la sociedad está dividida entre los “puros”, que son ellos, y la “élite corrupta”, que son los demás; entre los “puros”, que, obviamente, expresan la “voluntad del pueblo”; y los “corruptos”, que están en contra de los intereses populares. Y de esto hay sobrados ejemplos en América Latina.

El periodista, escritor y filósofo español Josep Ramoneda, profesor de filosofía contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona, dice que estamos ante un fin de ciclo, pero no ante un fin de ciclo cualquiera, sino de “un fin de ciclo de la democracia representativa”, y llama a la clase dirigente a rectificar, proponer y actuar, a partir del análisis de las causas de la crisis.

Es decir, los convoca a entender las razones de la irritación ciudadana y a darles una respuesta política, en lugar de descalificar a los portavoces del malestar y reafirmarse en sus fallidas estrategias, y advierte contra aquellos que pretenden anular a quienes han detectado los problemas que los partidos tradicionales no quieren ver.

“El renacer de los llamados populismos –dice–, responde a realidades muy concretas: la sensación de desamparo de gran parte de la población, agredida por un proceso de individualización salvaje; la pérdida de capacidad de la política para defender el interés general; la aceleración provocada por la globalización que ha desmantelado tantas pautas referenciales; y la resistencia de parte de las élites económicas a aceptar que no todo está permitido”.

Ramoneda habla de Europa, por supuesto, pero, ¿sus palabras no suenan también familiares en este lado del mundo? Y advierte que el “autoritarismo posdemocrático” es “el plan B del populismo”.

La incertidumbre viene cargada de escepticismo, sobre todo en la política y los políticos. Pero, en todo caso, los “vientos de cambio” son también una oportunidad. Según un conocido proverbio chino, “cuando soplan vientos de cambio, algunos construyen muros, otros molinos”. Era lo que aconsejaba Angela Davis. Levantar molinos en lugar de muros, no para aceptar las cosas que no se pueden cambiar, sino para cambiar las cosas que no se pueden aceptar.

Juan Carlos Salazar del Barrio

Periodista, autor del libro Semejanzas y coautor de los libros de crónicas La guerrilla que contamos, Che: Una cabalgata sin fin y Prontuario. Coordinador de los libros de historia del periodismo De buena fuente, Presencia, una escuela de ética y buen periodismo y El periodismo en tiempos de dictadura. Es director de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana (UCB) y Premio Nacional de Periodismo de Bolivia.

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