Página suelta

Juan Carlos Salazar del Barrio

El día de la marmota

Como en “El día de la marmota”, la comedia interpretada por Bill Murray y Andie MacDowell, parecemos condenados a revivir cada día la misma historia. Murray interpreta en la famosa película a un periodista que acude a Punxsutawney, un pequeño pueblo de Pennsylvania, donde, según una tradición rural, una marmota “predice” cuán largo será el invierno a través de la sombra que proyecta su cuerpo al salir de su madriguera. Una tormenta obliga al reportero a pernoctar en la ciudad, pero al día siguiente –y en los días sucesivos–, al despertar y escuchar la radio, comprobará azorado que el tiempo ha detenido su marcha y que está condenado a vivir una y otra vez el mismo día, el día de la marmota.

Al igual que Bill Murray, nos desayunamos cada mañana con las mismas noticias y con la sensación de estar atrapados en el tiempo. Pero a diferencia del héroe de la película, que a fuerza de revivir sus acciones y enmendar sus errores termina cambiando el curso de la fatídica jornada, giramos en torno a los mismos problemas como el borrico alrededor de la noria. Los conflictos aparecen y reaparecen, sin haberse movido ni un milímetro del punto en que surgieron.

La pandemia y las cuarentenas han acrecentado esta sensación, con días calcados unos de otros. Esta suerte de inmovilismo que parece haberse instalado en todo el mundo se refleja en los medios de comunicación, con contenidos monotemáticos y titulares que se repiten cíclicamente, y en los discursos de muchos de los políticos, en una retahíla que resulta aburrida cuando no cínica.

“¿Y si no hay mañana? Hoy no lo ha habido. Hoy es mañana”, dice Murray en uno de los diálogos del filme. “¿Sabes qué día es hoy?”, insiste en otro. “Hoy es mañana”. Cuando uno ve la portada de los periódicos queda con la sensación de estar viendo los diarios del día anterior. Lo peor es saber que al día siguiente nos encontraremos más o menos con las mismas noticias.

Y no se trata simplemente de las estadísticas de contagiados y fallecidos, de las que el lector o el televidente ya no lleva la cuenta, ni del recuento de las carencias para enfrentar la pandemia o de las cuarentenas que se flexibilizan o endurecen en función de cómo sopla el viento político, sino de muchas conductas previas a la aparición del coronavirus que uno hubiese querido ver superadas a la luz de la desgracia colectiva.

Ahí están las crisis de todo tipo, movilizaciones de unos pocos que afectan a muchos o de muchos que importan a muy pocos, conductas –muchas de ellas delictivas– que nos hacen pensar, como escribí en una columna anterior, que la “nueva normalidad” no será otra cosa que la “vieja anormalidad”. Como diría la canción ranchera, “nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores”.

Y la política no es ajena a esta realidad. El hoy se parece demasiado al ayer. Alguien ha dicho que la historia envejece rápidamente hasta marchitarse por completo y que la memoria no es otra cosa que la historia marchita, pero a muchos de los líderes políticos que ofrecen el oro y el moro, no les queda ni la memoria. Ante los problemas que surgen y resurgen, miran hacia otra parte, confiados, tal vez, en que “la distancia es el olvido”, como en el bolero.

Pero, ahí están, no han desaparecido. La economía retrocede, la pobreza no cede, la crisis sanitaria se perpetúa en sus efectos. Bien podríamos parafrasear a Augusto Monterroso en su famoso microcuento “El dinosaurio”: cuando despertamos, los problemas todavía estaban aquí.

La mascarada electoral de Daniel Ortega y Rosario Murillo, en el marco de una ola represiva de nunca acabar que llevó a la cárcel a más de 30 líderes opositores, entre ellos siete precandidatos presidenciales, es el remake de una película conocida. De terminar este mandato, Ortega sumará 20 años consecutivos en el poder y un total de 29 de años de gobierno, con más tiempo que cualquiera de los Somoza, la dinastía que gobernó durante más de 40 años en Nicaragua.

Como dijo el escritor Sergio Ramírez, perseguido por la dupla Ortega-Murillo, “las dictaduras carecen de imaginación y repiten sus mentiras, su saña, su odio y sus caprichos”. Hoy como hace 50 años.

Pedro Castillo está comprobando en carne propia la dificultad de gobernar un país como Perú, inmerso en la inestabilidad política desde hace un lustro, tiempo en el cual ha visto pasar cinco presidentes. En sus primeros 100 días de gestión ha cambiado a una decena de miembros de su gabinete, incluido el primer ministro. La oposición no ha esperado mucho tiempo para exigir que se le aplique esa figura legal única en el mundo, la de la “vacancia por incapacidad moral”, que les ha costado el cargo a sus dos antecesores. Otra película ya vista.

Pero no solo es la política latinoamericana. La cumbre de Glasgow parece una réplica de las reuniones precedentes, con advertencias inquietantes, cuando no apocalípticas, que reclaman una urgente gobernanza mundial para enfrentar el cambio climático, pero, como en el pasado reciente, los llamados parecen condenados a caer en saco roto, por lo menos entre los responsables de la contaminación: China (27%), Estados Unidos (11%), India (6,6%), Europa (6,4%) y Rusia (3,1%). Otro remake del día de la marmota.

Juan Carlos Salazar del Barrio

Periodista, autor del libro Semejanzas y coautor de los libros de crónicas La guerrilla que contamos, Che: Una cabalgata sin fin y Prontuario. Coordinador de los libros de historia del periodismo De buena fuente, Presencia, una escuela de ética y buen periodismo y El periodismo en tiempos de dictadura. Es director de la Carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana (UCB) y Premio Nacional de Periodismo de Bolivia.

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