Voz en movimiento

Fabrizio Lorusso

Memorias de la globalización

En la universidad mis profes ortodoxos, teóricos poco prácticos de la gerencia de negocios y de la mercadotecnia aplicadísima, nos comentaban literal y reiteradamente que “el nicho no lo hay que temer, sino que hay que meterse aunque sea estrecho, porque puede ser global y así darte bastante satisfacción”. Más allá de la ambigua semántica de sus clases, nos querían comunicar que un nicho global de clientes, o sea un mercado segmentado y presente en muchos países, era una oportunidad que explotar para el perfecto business man. Algo como un coche de medio millón de dólares u otros bienes lujosos e inútiles eran los ejemplos preferidos. “Pensar local, vender global, ser glocal”, coreaban ante los bostezos estudiantiles.

Así me acercaron al concepto fumoso que, a mediados de los noventa, venía imponiéndose en la jerga como “globalización de la economía”. Asimismo, pronto llegué a visualizar que la economía no lo era todo, pues se estaban globalizando también el cine y las letras, el deporte y el ajedrez, los zancudos y el anhídrido carbónico, las mamás y el cambio climático, las amenazas terroristas y las tachas, el correo digitalizado y las moneditas, los noviazgos y la cocina gourmet.

Había algo indefinido, bueno y malo a la vez, en este proceso, mas nadie sabía exactamente qué. Finalmente nos globalizamos. Habité otros países e idiomas, lejanos y profanos. Consumí global y renuncié a las banderas, al ragú, a la patria y a la comunidad imaginada que llamamos nación, siendo el ragú el único de estos elementos que, con el tiempo, ha vuelto a presentarse nostálgicamente en mi quehacer cotidiano.

Mientras tanto, la realidad se expandía, las fronteras caían sólo para unos cuantos y el capitalismo penetraba todos los nichos, así que la gente entendió que se tenía que globalizar la lucha. Globalizándose así la vida, el vértigo de la postmodernidad se apoderó de las existencias, la caja de Pandora se abrió y alguien tiró la tapa a la coladera.

Un indicio inquietante de lo anterior fue llegar a ver las obras del escritor brasileño Paulo Coelho en la vitrina de la más recóndita librería de la periferia de Milán. Quizá también por eso, fue cerrada para dejar espacio a un centro comercial dotado de arbolitos de plástico. Otra evidencia del cambio fue asistir pasivamente a la mutación de la Coppa dei Campioni y la vieja Uefa en Champions y Europa League, y ver equipos locales sin un solo jugador autóctono. De pronto la mítica Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, alias URSS, fue rebajándose a una Rusia salvajemente capitalista, mientras que la Comunidad Económica Europea se convirtió en una Unión Europea llena de figurines de corbata y esperanzas populares frustradas.

Lo peor estaba por venir. El agujero negro de la globalización giraba sobre sí mismo en un remolino de ideas perversas e imágenes impetuosas. Big Mac se comía los tacos al pastor con todo y pastorero. Domino’s vomitaba queso cheddar fundido sobre la historia de la pizza. El Face construía muros del llanto sobre pantallas led para dar y recibir escupitazos a toda hora. Y Monsanto estropeaba nuestra salud mental y alimentar con sus bajos instintos de sembrador de discordias.

Antes, la guía australiana Lonely Planet y la francesa Routard, Biblia y Evangelio de los viajeros, se contendían el nicho casi mundial de los backpackers. En sus páginas enlodadas quedaban marcas escritas y gotas de sangre de aquellos que se rehusaban a ser llamados turistas. El Interrail noventero, un sistema que te permitía adquirir un boleto único e ilimitado para viajar en tren en toda Eurolandia, o el clásico y anhelado Erasmus, el programa de intercambio universitario paneuropeo, no eran nada comparados con las experiencias realmente híper-globales que nos preparó el destino en los años venideros.

En el umbral del segundo milenio, los viajes empezaron a tornarse intergalácticos, intercambiables e intermediados, cada vez más instantáneos y algorítmicos, a la merced del omnipresente google map, de los social networks, de los foros de advisors multilingües y de las páginas para reservar todo de todo just in time, last minute, con un clic. Y ahora hasta se pueden disfrutar tours desde la comodidad del sillón de tu casa o desde la pantalla de tu tablet y teléfono más que smart.

En términos de teoría, nadie supo explicarme bien de qué se trataba esto de la globalización hasta que llegue a pasear académicamente en la Unam. Allí las ideas fluyen místicamente, atándose en cabos y sentido globales. Hay quien considera que es un fenómeno antiguo como la Tierra. Otros piensan que inició todo con las rutas de Marco Polo. En China tenían la pólvora para festejar y en Europa la trajeron para matar. Las armas abrieron paso al mercado y globalizaron con la fuerza a los pueblos que no las tenían y resistían.

Otro parteaguas, se dice, fue la masacre de América por parte de españoles y portugueses, en el siglo XVI. En las centurias sucesivas, el mecanismo continuó con unos genocidios más, con el auge del imperialismo y la ocupación de casi todo el resto del mundo por ingleses, holandeses, alemanes, franceses, belgas, italianos, japoneses y estadounidenses. Fue la americanización de la modernidad capitalista, diría el sabio filósofo Bolívar Echeverría, mientras que otros hablan de una subespecie, la anglobalización.

Hay quienes sostienen que estamos hoy frente a ese mismo imperialismo, pero más económico y de despojo que puramente militar o territorial. Los entusiastas globalistas juran, en cambio, que el brío globalizador es algo nuevo, que el mundo entero gozará de sus prebendas. Se olvidan del 99% de ese mundo, que de verdad goza muy poco, pero en fin son detalles y, según ellos, los beneficios tarde o temprano escurren hacia abajo como manteca para todos. Pero, mientras las gotitas de riqueza se cuelan para llenar un océano que más bien evapora, son los pueblos desde abajo quienes vislumbran otro mundo posible, utopía del tiempo presente que mueve alternativas y disidencias.

https://twitter.com/FabrizioLorusso

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