Voz en movimiento

Fabrizio Lorusso

Brexit Time

El tema de la salida del Reino Unido de la Unión Europea, la “Brexit” que se aprobó el 23 de junio pasado mediante un referéndum popular, tiene profundas implicaciones geopolíticas. Como parte de la llamada generación X, los adolescentes de la década de 1990, crecí con una vena de optimismo europeísta acerca del proyecto de unificación, pude gozar de los primeros beneficios y del clima esperanzado que rodeaba esa construcción que, al menos en las intenciones de sus fundadores en los años cincuenta y sesenta, sería un antídoto posible contra otras guerras mundiales y un paso hacia la prosperidad de sus integrantes.

Pero las repetidas crisis del capitalismo, cada vez más globales, los excesos burocráticos y tecnocráticos, el ascenso de las finanzas sobre la economía real, la aplicación más o menos gradual de un neoliberalismo salvaje, sobre todo en las periferias de la Unión, así como la creciente distancia de las dirigencias políticas de la sociedad y los déficits democráticos, el subimperialismo y las imposiciones, el estancamiento de la inclusión socioeconómica (hacia adentro) y la incapacidad de acción solidaria (hacia afuera) han tumbado el proceso de integración. Y ello ocurre dentro de un contexto de revival de los nacionalismos y la xenofobia contra presuntos y cambiantes peligros (el terrorismo, los migrantes, las drogas, los chinos, los rusos, los árabes, etc…).

La Brexit es sólo la última etapa de un desmoronamiento constante de un proyecto que fue visionario y optimista, pero que está en entredicho, pues posiblemente se transforme en algo distinto: una federación más acabada y profunda, con mayores cesiones de soberanía por parte de los estados, pero cada vez más controlada por Alemania como potencia central. Si bien en parte ya es así, la salida de UK es un punto clave, casi de no retorno.

Escocia e Irlanda del Norte, en las que el pueblo expresó en su mayoría la intención de quedarse en la Unión y, a la vez, existen fuertes movimientos de emancipación de la autoridad central de Londres, podrían experimentar la agudización de sus independentismos, pues la primera podría volver a proponer un referéndum para desligarse del Reino Unido con buenas probabilidades de éxito y la segunda podría acercarse a Irlanda, país que queda en la UE. Ambas dicen: “No con Londres, pero sí con Bruselas”. Un lema que también repiten los catalanes o los vascos dentro del Estado español, por ejemplo, sustituyendo Londres con Madrid.

Más allá de Gran Bretaña, hay que considerar el factor estadounidense, o sea la posibilidad de que la salida de Londres de la UE provoque un mayor acercamiento, mayor del que ya históricamente habían tenido, entre Washington y Londres. Es decir, el Reino Unido estrecharía más sus vínculos comerciales y políticos con los americanos y ya no representaría “el puente” entre los dos lados del Atlántico dentro de la Unión Europea. La decisión de salir fue producto de distintos factores, al parecer prevaleció la voluntad de los mayores por encima de la de los jóvenes, la de las “periferias” inglesas y galesas sobre los intereses de la capital y de otras regiones con identidad fuerte “anti-inglesa”.

Los trabajadores, sobre todo en las regiones estancadas y decadentes del país, se sintieron amenazados por el “peligro de los migrantes” que, se dice, “el resto de Europa manda a la isla”. Es un mito que fue básicamente reforzado por medios masivos y partidos políticos anti-europeistas. En realidad, el Reino Unido y su clase trabajadora, en especial, viven el proceso de reestructuración global capitalista y el movimiento del eje del sistema hacia Oriente con dificultades que imputan a la Unión Europea pero que provienen de un modelo económico y social implantado desde finales de los setenta, sobre todo a partir de los gobiernos neoliberales de Margaret Thatcher.

Entonces, no fue la Europa continental que impuso un modelo “dañino” al Reino Unido, sino que, más bien, se dio un proceso de influencia al revés, por el cual todos los países poco a poco fueron desmantelando el estado de bienestar, los beneficios y derechos de la clase trabajadora y el sistema “socialdemócrata” de equilibrio entre Estado y mercado a favor de éste último y del capital financiero. En Italia, por ejemplo, es común atribuir la culpa de todo mal al Euro en sí, al cambio de la moneda nacional por una europea que se hizo en 2002, pero ese argumento solamente oculta algo de fondo: la derrota histórica, al menos en los últimos 20-30 años, del mundo del trabajo y de su poder negociador, además del adquisitivo, frente al auge de las finanzas y del capitalismo especulativo, globalizado y descontrolado. Los beneficios empresariales, las tasas de ganancias tendenciales, fueron al alza y los salariados perdieron derechos y capacidad de compra y de autoreproducción como clase, hasta llegar a niveles preocupantes y a una desideologización peligrosa. Los que votaron Remain (o sea, no a la Brexit) finalmente provienen de las regiones más pobladas del país mientras que la Brexit condensa más el voto de las regiones en declino donde cunden la rabia popular, el desempleo y las desigualdades. La decepción hacia los rituales de la clase política nacional, además de la lejanía ideal y material de Bruselas, se han juntado con la crisis de identidad de la clase obrera y trabajadora, más en general, y la xenofobia, dirigida contra los que son percibidos como aquellos que “quitan el trabajo a los británicos”, o sea, los migrantes.

Por el lado externo, las oposiciones a la propuesta de firmar un TTIP (Tratado Transatlántico sobre Inversiones y Comercio) entre la UE y los EUA, que en la Europa continental han ido creciendo, podrían ablandarse en un Reino Unido que estuviera en busca de tratos especiales en Norteamérica. Eso dependerá también de cómo se van a negociar los acuerdos comerciales con la UE y de cómo van a reaccionar la economía y la moneda británicas al ajuste que se perfila en el mediano plazo, digamos en los próximos 2-3 años, que es el plazo para realizar la salida de todos los mecanismos comunitarios y renegociar nuevas condiciones tarifarias. Además, si gana Clinton y pierde Trump en las presidenciales de EUA, podría prevalecer en el gobierno de los Estados Unidos el sector más “liberal”, financiero y aperturista de las élites políticas y económicas, o sea el menos cerrado hacia una partnership más estrecha con la ex madre-patria y el más propenso a usar finanzas y libre comercio como instrumentos de política internacional.

Por otro lado, cabe señalar que el resultado del voto británico ha envalentonado lo peor de las derechas xenófobas y populistas del Viejo Continente, que aprovechan el momento de incertidumbre para reforzar sus campañas electorales permanentes en contra de los migrantes y de las libertades dentro de la Unión, así como para proponer improbables y repentinos cambios que harían volver la línea del tiempo atrás de más de medio siglo. La crisis del proyecto europeo se inserta en el marco de la reestructuración global de las cadenas productivas y de los cabios cualitativos y cuantitativos de la distribución de poder entre bloques y potencias, sobre todo en el eje Este-Oeste. Estados Unidos ya implementó el TPP, el Tratado Transpacífico, para proteger su flanco occidental, y espera blindar su área de influencia atlántica, también amenazada por China y por Rusia. Estos dos actores no se quedan viendo y actúan para crear acuerdos mega-regionales en Eurasia y en el Pacífico, respectivamente.

En este contexto, la fragmentación de la UE, precedida por la falta (endémica) de una acción colectiva como actor único en las relaciones externas y por la caída de su poder negociador y económico tras la salida del Reino Unido, puede llevar también a un debilitamiento progresivo de la alianza militar de la Alianza Atlántica (OTAN) y a nuevos escenarios, caracterizados por una acrecida autonomía de cada país europeo en política exterior, quizás bajo el liderazgo alemán y, en parte, francés, y una mayor anarquía en las relaciones internacionales multipolares en este momento de desgaste hegemónico estadounidense.

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