El principio antagonista

Massimo Modonesi  

Sobre la propuesta electoral del EZLN

Antes de criticar aspectos, formas y alcances de la propuesta del EZLN de someter a consulta, en las comunidades que adhieren al Congreso Nacional Indígena (CNI), la propuesta de conformar un Concejo indígena de gobierno e impulsar una candidata indígena en las elecciones presidenciales de 2018, hay que respetar su derecho a lanzar iniciativas políticas incluso en el terreno electoral, un ámbito que habían reprobado en anteriores coyunturas. Es evidente  que no se trata de un giro electoralista de los zapatistas -aunque circule esta tesis simplista- tanto porque sus posturas frente a las elecciones nunca fueron doctrinarias sino políticas, de evaluación del contexto y de las opciones en disputa, incluida la decisión de la Otra campaña –lanzada en paralelo pero con intencional timing electoral- como porque la propuesta actual, a reserva de saber más de sus formas y contenidos, se plantea como una incursión electoral desde afuera y en contra del sistema de partidos y de las instituciones estatales. Además del debido respeto frente a legítimas iniciativas desde abajo, hay que valorar que los zapatistas se proponen volver a impulsar acciones de organización y movilización a nivel nacional, cuando habían abandonado este terreno después del repliegue de la Otra campaña en 2006.

Dicho esto, esta sorpresiva propuesta suscita varias interrogantes y consideraciones críticas. Es sabido, y se ha verificado desde que se hizo pública, que el terreno pre-electoral y se presta a debates ásperos y generalmente de bajo nivel, así que una incursión en este terreno implica sumergirse, quiérase o no, en el bajo mundo de la que Gramsci denominaba la “pequeña política”. Por otra parte, la tónica de la Otra campaña en 2006, la estela que dejó así como las alusiones que acompañaron la presentación de la propuesta y los comunicados que le siguieron, apuntan a que esta Nueva Otra Campaña estará condimentada de ataques a AMLO y MORENA, con todas las consecuencias y tensiones ya mencionadas. Porque aquí reaparece el punto de la discordia del proceso electoral de 2006, cuando los ataques a AMLO –el “huevo de la serpiente”- vulneraron la convivencia de distintas sensibilidades y orientaciones políticas en el campo popular mexicano. Porque, aun cuando MORENA sea un partido que hereda muchos vicios del PRD, con rasgos conservadores y populistas inaceptables desde una postura anticapitalista, tiene genuinas raíces nacional-populares, cuenta entre sus filas militantes de base, dirigentes e intelectuales honestos y comprometidos y, a pesar de su perfil intrasistémico y sus vicios internos, no deja todavía de tener rasgos progresistas, nacionalistas y plebeyos que no pueden ser asimilados a las derechas mexicanas bajo el fórmula de “son todos iguales”. Prueba de ello: varios entre sus militantes y dirigentes ha sido asesinados por razones políticas a lo largo de estos años. En  el contexto de la tendencia a la derechización que recorre el mundo y se asienta en nuestro norte y nuestro sur no se puede simplificar excesivamente el análisis para fines de propaganda de corto plazo sin correr el riesgo de generar distorsiones duraderas en los procesos de educación y formación política. El carácter contradictorio constitutivo de MORENA, a la par de otros movimientos de tipo populista en América latina, el desgaste relativo de la figura de AMLO y, al mismo tiempo, su indiscutible arraigo son nudos problemáticos del panorama actual de la izquierda mexicana, al cual se agrega ahora el giro electoral y la propuesta de una nueva otra campaña del EZLN, configurando un escenario propicio no sólo para la polarización, sino también la confusión y el extravío de sentidos políticos y de energías militantes. Eppur si muove, podríamos decir, haciendo gala de optimismo de la voluntad, en un país que parece haber tocado fondo.

A más de un año de distancia de los comicios, en un país en donde los años electorales reservan sorpresas –fraudes (1988 y 2006), asesinatos de candidatos (1994), levantamientos armados (1994), movilizaciones masivas espontáneas (1988, 2006 y 2012)- no queda claro si la candidatura de AMLO tendrá la fuerza para competir con las de las derechas y concentrar los votos de oposición, cuando se anuncia una candidatura del PRD (¿Mancera?) y pueden surgir otros candidatos independientes de distinto tipo y color. Esto es relevante en tanto muchos electores de izquierda podrán encontrarse ante la disyuntiva de otorgar un voto útil, tapándose la nariz, por AMLO, si es que tiene realmente la posibilidad de ganar, o un voto identitario por una candidata indígena u otras eventuales candidaturas independientes de izquierda. A pesar de todas las limitaciones y de eventuales aspectos siniestros ya instalados en el proyecto y la estructura organizacional de MORENA, una llegada de AMLO a la Presidencia de la República implicaría evitar en México la continuidad o la profundización de la derechización neoliberal y autoritaria, con el degrado institucional y social que la caracteriza y podría significar un cambio político similar al que, bien que mal, significaron los llamados gobiernos progresistas en América Latina, con todas las críticas y la oposición de izquierda que se merecieron y se merecen los que sigue en pié.

Y aquí aparece el otro punto problemático de la propuesta zapatista. ¿En qué medida está orientada o tiende objetivamente a fortalecer y articular un polo a la izquierda de MORENA, potenciando la izquierda antagonista y anticapitalista que tiene en México expresiones difusas, núcleos militantes, cierto recambio generacional y una galaxia de organizaciones sociales y políticas de distinto tamaño y espesor? ¿Están invitando a participar a personas y organizaciones anticapitalistas o se trata de una campaña estrictamente indígena o zapatista? ¿Van a aceptar apoyo crítico de otros anticapitalistas no indígenas? Ojalá me equivoque y se instale un circulo virtuoso alrededor de esta propuesta en términos de configurar de un polo de una izquierda radical, con arraigo social, capacidad de movilización y dinámicas incluyentes. Sin embargo, el desmembramiento y la involución sectaria de la Otra campaña desde 2006 sin duda pesan en términos tanto de la disposición del EZLN a impulsar iniciativas federativas en el campo anticapitalista como de su capacidad de convocatoria, que se vio mermada por aquella experiencia. Hace tiempo que el EZLN dio un giro “abajo y a la izquierda”, entendiendo por abajo fundamentalmente las bases zapatistas, en primer lugar las comunidades zapatistas –cuya resistencia y capacidad de autodeterminación es sin duda ejemplar- y por izquierda un anticapitalismo radicalmente adverso a la izquierda institucional tanto socialdemócrata como nacional-popular. Entonces lo que se podría festejar, el regreso del EZLN al terreno de la lucha política nacional, puede revelarse una incursión desde un lugar y una lógica restringida y particular, aunque no deje de tener el alcance universal que le confieren lo indígena y, ni hablar, lo femenino, como referencias identitarias pero también clasistas.

Una movilización indígena anticapitalista tiene sentido y puede fortalecer este sector tan golpeado no sólo en el pasado remoto sino en la coyuntura del despojo intensivo del extractivismo que surca dramáticamente el territorio mexicano. Impulsar y proyectar su organización por medio de una campaña electoral es una apuesta válida aún cuando hay que considerar el desgaste que esto implica. Las elecciones han sido, en la historia del movimiento socialista revolucionario, consideradas una oportunidad de agitación y propaganda, así como de representación “subversiva” al interior de las instituciones burguesas. Al mismo tiempo, la oportunidad de alcanzar una visibilidad muchas veces encubría la dificultad o incapacidad de construir e impulsar organización y movilización en tiempos “normales” y, por otra parte, la participación implicaba un reconocimiento implícito de las reglas del juego de la democracia burguesa. Ambas cuestiones rondan la propuesta del EZLN, que parece esencialmente “defensiva” respecto de la situación de debilidad y de agresión que viven las comunidades y el movimiento indígena -del que el CNI es sólo una parte- y, por otro lado, si se enmarca en el procedimiento electoral oficial, comporta una serie de cuestiones legales que obligarán a aceptar una supervisión de las instituciones electorales, así como el ejercicio del financiamiento público y su fiscalización. No deja de asomarse en el horizonte el espectro de la circularidad propia del electoralismo, donde el huevo de la organización, movilización y fortalecimiento político y la gallina de los resultados electorales y la conquista de espacios de representación se retroalimentan y se vuelven una sola cosa.

Así que de las cuatro componentes de la propuesta que está siendo evaluada por las comunidades adherentes al CNI –electoral, indígena, anticapitalista y femenina- la única que no resulta problemática es la de que la candidata sea una mujer, en el contexto de un país donde impera la violencia de género y hace estragos el feminicidio: una campaña encabezada por una mujer indígena, cuyo perfil no sólo étnico sino de clase marca un desafío que merece respeto y atención.

massimomodonesi.net

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