El principio antagonista

Massimo Modonesi

Asamblea. Una lectura crítica

Después de ImperioMultitud y Común, Toni Negri y Michael Hardt prolongan su reflexión con otro libro cuyo título-concepto-propuesta es, nada más y nada menos, Asamblea*.

Al margen de las críticas que merecen tanto aquellas y como esta última obra, hay que reconocer que, a lo largo de casi medio siglo, desde los años 70 a la fecha, Negri no ha dejado de formular ideas novedosas y de generar debates y polémicas, siendo un punto de referencia para el pensamiento crítico militante. Siempre en busca de la tendencia, ha evidenciado, y a menudo sobredimensionado, los rasgos emergentes de los sujetos anticapitalistas y las transformaciones del sistema capitalista, en este orden ya que -según el principio obrerista que Negri sigue reivindicando- el trabajo determina al capital, las luchas desde abajo orientan los ajustes desde arriba.

Bajo esta lógica, Asamblea viene a dar continuidad a una línea de interpretación de la composición política del sujeto multitud, aunque de paso vuelve sobre su composición técnica. A contrapelo de la hipótesis de la autonomía de lo político, Negri y Hardt insisten en la interioridad de lo político en lo socio-económico, en la inmanencia de la multitud –heredera del obrero-masa y el obrero-social del siglo XX. Multitud forjada en el antagonismo con el imperio y el capital (ahora analizados y denominados comofinanzamoneda y administración neoliberal), unida en su diversidad, acorazada de autonomía, enraizada en el trabajo inmaterial y cognitivo, articulada por la cooperación, la producción social y la “puesta en común”, es decir el cuidado y la gestión de lo común.

Subjetividad multitudinaria que es definida por Negri y Hardt, como un terreno de lucha entre sujeción y subjetivación, control y resistencia, producción de mercancía y capacidad de innovación, “nueva esclavitud” y “dignidad y potencialidad” cooperativa y de intelectualidad de masa: “entre tecnologías capitalistas de la medida y las fuerzas inconmensurables y excedentes de una producción y reproducción social alargada, que residen en y que producen lo común”.  

Al mismo tiempo, aflora aquí una de las pendientes más resbalosas de toda la obra de Negri, el desbordado optimismo que deriva de la exaltación o idealización de la autonomía subjetiva como principio y factor irreductible y decisivo de la subversión comunista del capitalismo. En este último libro, los autores apoyan esta actitud de confianza en la oleada de movimientos de 2011, en la “composición técnica de las nuevas generaciones”, su capacidad cooperativa e inclusive en la precariedad que las aleja de las ataduras del disciplinamiento laboral, en su capacidad emprendedora, de management, un concepto que, en un guiño shumpeteriano, Negri y Hardt quieren osadamente disputar al capitalismo y llevar al terreno de la producción social.

Así, según Negri y Hardt estamos viviendo “un periodo de creciente hegemonía de las fuerzas de la resistencia”, un proceso orientado y destinado a “destruir el Estado”, vaciando su poder represivo, instalando contrapoderes y, finalmente, abriendo un “proceso constituyente”. 

Ahora bien, justo en el terreno estratégico de la construcción del sujeto político, el libro pretende avanzar respecto de los tres tomos que lo antecedieron y atender aspectos político-estratégicos que habían sido señalados como puntos débiles. 

Partiendo la multitud como síntesis de la diversidad social (“ontología plural” según los autores), sostienen que la forma adecuada de la organización se deriva de la cooperación social, de sus circuitos y prácticas cotidianas: “la autonomía productiva y la independencia política son los supuestos de la organización de la multitud”.

Organización que Negri y Hardt asocian con la noción de asamblea, entendida en sentido laxo, amplio y difuso, como un principio de articulación horizontal que vincular al verbo y el acto de ensamblar. Un ensamblaje político para cuya caracterización vuelven a utilizar la metáfora del enjambre que ya aparecía como rasgo de la multitud en libros anteriores, haciendo referencia a formas federativas de agregación y de asociación que permiten combinar autonomía y capacidad de cooperación: “más que modelos, las asambleas deben ser entendidas como síntoma del crecimiento del deseo político de nuevos modos de participación democrática y de producción decisional”.

Al mismo tiempo, a la hora de abordar asuntos más terrenales, las propuestas de Hardt y Negri no resultan suficientemente argumentadas, convincentes, novedosas, ni particularmente sugerentes. Éste es el caso del tratamiento que dan a los liderazgos, cuestión a la que atribuyen una importancia tal que inician por allí el recorrido sobre los aspectos de la organización. Reconociendo la necesidad de la organización e inclusive de la “conspiración” revolucionaria como contraparte de la espontaneidad de las luchas, Negri y Hardt diagnostican que el “sistema inmunitario del movimiento ataca inmediatamente el virus del liderazgo” produciendo, no obstante, una “enfermedad autoinmune”. La cura se limita a sugerir un liderazgo sano, “subordinado y revocable”, que cumpla una eficaz función empresarial, sin imponerse sino, por el contrario, fungiendo como operador de la asamblea al que le serían asignadas meras tareas tácticas, un papel estrictamente instrumental, mientras que el diseño de la estrategia permanecería en mano del movimiento en su conjunto. Recetas que pretenden resolver una cuestión de fondo de las dinámicas de organización y acción política de los movimientos sociales pero que, más allá de su efecto retórico, no son desagregadas, problematizadas, ni desarrolladas en referencia a problemas concretos.

Otra fórmula reside en descartar los modelos del “partito electoral progresista” y el “partido de vanguardia”, es decir la forma partido del siglo XX, en favor de un indefinido “sindicalismo social” que combine las virtudes de la organización sindical con las de los movimientos sociales y permita impulsar “huelgas sociales”. La aversión hacia la autonomía de lo político parece convertirse en una fumosa autonomía de lo social como se infiere cuando Negri y Hardt afirman: “Esta superposición de lo político con lo social y de la reforma antagonista con la toma del poder nos entrega una clara imagen del modo en el que podemos entender hoy la construcción de una democracia multitudinaria de lo común”. 

A nivel estratégico, los autores proponen simple y llanamente combinar tres estrategias -éxodo, reformismo antagonista y hegemonía- siendo esta última la síntesis y la culminación del recorrido que sugieren, en la medida en que las otras demostraron tener un alcance limitado. Asombra la centralidad que adquiere el concepto de hegemonía, junto al de Nuevo Príncipe (título de la última parte del libro), ya que Negri siempre ha confrontado al gramscianismo (asociado al togliattismo) eludiendo todo lenguaje gramsciano. El estupor disminuye cuando se constata que tanto la noción de hegemonía como la del Príncipe aparecen en el libro como meras evocaciones conceptuales, sin ningún anclaje ni diálogo con el pensamiento de Gramsci.

En conclusión, en Asamblea, Negri y Hardt, no lograron, a mi parecer, apuntalar el talón de Aquiles político organizacional de su propuesta de sujeto multitud, sino que, paradójicamente, lo dejaron aún más expuesto. Sin embargo, hay que reconocer que cuando nadie tiene respuestas contundentes, es Negri quien, una vez más, desde una admirable obstinación intelectual, a sus casi 85 años, vuelve a lanzar un desafío teórico, atizando y enriqueciendo el debate sobre puntos neurálgicos de los actuales movimientos antagonistas y antisistémicos.

 

* que salió en 2017 en inglés, en 2018 en italiano y pronto será publicado en castellano.

Una Respuesta a “La democracia como lucha: 1968 – 1988 – ¿2018?”

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