El principio antagonista

Massimo Modonesi

Por una democracia con adjetivos. A 50 años del 68

En 68, como pocas veces antes, la historia de México apareció sintonizada con la historia universal. El 68 mexicano entró a ser partefundamental del 68 global y viceversa en buena medida gracias al prisma internacionalista de las izquierdas socialistas revolucionarias.Pero lo que esculpió el acontecimiento y lo inscribió en la historiografía no fue tanto la movilización estudiantil sino la reacción terrorista del Estado autoritario, la masacre de Tlatelolco y el epitafio combativo “2 de octubre no se olvida”. Cuando de movimiento se ha tratado, fueprivilegiando sus rasgos cívico-democráticos por encima de los izquierdistas revolucionarios, distinguiendo -implícita más queexplícitamente- la orientación y el tipo de politización del 68 mexicano de otros 68 en el mundo, en particular de los más radicalizados, como el francés y el italiano.

La contraposición/articulación entre vocación democrática y aspiración socialista y revolucionaria de la que Revueltas llamóinmediatamente generación del 68 es un tema de gran relevancia histórica y, por ello, de gran actualidad, a la luz del acontecimientodemocrático-electoral que significó, cincuenta años después, la victoria de López Obrador y de la coalición progresista que encabeza, culminación formal de un proceso de transición que atravesó décadas, pasando por el 88, pero que llegó a la meta vaciado de sus contenidos más radicales y subversivos, aquellos que justamente entrelazaban la cuestión democrática con la transformación socialista. En tiempos en los que la institucionalidad democrática y sus aparatos hegemónicos inhiben –cuando no reprimen- el florecimiento de perspectivas de autodeterminación colectiva, es útil revisitar momentos críticos como los de 68, encrucijadas en las cuales se visualizaron e impulsaron otras ideas de democracia.

En esta dirección, rastreando sus huellas en el movimiento estudiantil de 68, hay que destacar una perspectiva que -a diferencia de la pregonada “democracia sin adjetivos” de talante liberal que terminó imponiéndose y revelando sus límites en las décadas posteriores- exploraba y sostenía la hipótesis teórica y posibilidad histórica de una democracia cualitativa y calificada, reforzada con adjetivos calificativos ligados a las ideas de revolución y socialismo.

Es incuestionable que en 68, en primera instancia, en el nivel más inmediato de sus propósitos y su discurso, se gestó un movimiento democrático en donde el contenido socialista y revolucionario apareció en segundo plano y adquirió mayor visibilidad en un momento posterior, conforme se cerró la posibilidad de democratizar el régimen por la vía reformista, se redobló la represión y -si alargamos la mirada histórica- en su prolongamiento más allá del año 68, en su irradiación político-ideológica y en la diáspora militante en las luchas obreras, campesinas y populares, las organizaciones políticas y las guerrillas de los años posteriores, en ciclo largo que desemboca en 1988.

Por otra parte, no hay que confundir la alianza y la contraposición entre sectores democráticos moderados y sectores radicales de izquierda que efectivamente podían identificarse y distinguirse en la composición política del movimiento, con el hecho que el concepto de democracia no era ajeno sino parte fundamental del discurso y la tradición ideológica de la izquierda comunista y fue resignificado y radicalizado por otras corrientes socialistas revolucionarias, en particular las consejistas y autogestionarias. Es decir que lo democrático en 68 era, más de lo que se suele reconocer en la literatura, un patrimonio común al interior del movimiento, pero cuyo significado y alcance no dejaba de ser fuertemente disputado por las corrientes que lo componían.

En el conflicto que abarcó la segunda mitad del año 68, aun cuando primaba discursiva y programáticamente el democratismo simple o estricto como punto de equilibrio y como estrategia de interpelación del Estado autoritario, en los documentos elaborados por el movimiento estudiantil afloraban rastros inequívocos de un perfil más radical, que apuntaba a un proyecto emancipatorio utilizando conceptos y perspectivas de orientación marxista. La demanda democrática no era simplemente reactiva, ligada a la “espontánea indignación” ante la “arbitrariedad y brutalidad policiaca”, de mera oposición al autoritarismo o de simple reivindicación de derechos políticos de pluralidad y de representatividad, sino que se desplegaba en sentido substancial, en términos clasistas, de ejercicio de participación directa y también como lucha, es decir a través de prácticas de organización y movilización de masa.

En efecto, además de promover un vuelco de participación democrática en forma de lucha social, el CNH representó un ejercicio práctico que combinaba formas de democracia directa y representativa a través de asambleas y delegados mientras las brigadas estudiantiles que se ramificaban en el territorio para hacer propaganda permitían la participación constante y descentralizada de los activistas de base.

Antes de reflejarse en las disputas ideológicas entre grupos y corrientes, lo democrático se expresaba de forma multitudinaria, como movilización que desbordaba los límites tanto del Estado autoritario como de las mediaciones de los partidos y grupos políticos de izquierda e inclusive del CNH. Esta dimensión multitudinaria está en la base y en el origen del movimiento, que se definió a sí mismo -usando una palabra que volverá con fuerza en las rebeliones estudiantiles del año 2011- como “el resultado espontaneo de la indignación(…) ante la arbitrariedad y la brutalidad policiaca”. Al mismo tiempo, no hay que sobredimensionarla ni caer en una lectura espontaneista del movimiento ya que el CNH y el brigadismo no dejaba de dar cuenta de formas organizadas y disciplinadas, producto de la cultura de izquierda de la cual surgían tanto los dirigentes como muchos militantes que asumían las principales tareas.

Lo democrático se presentó en 68 por medio de combinaciones diversas en el terreno real de los momentos y los actores concretos, reflejando una proliferación de aspiraciones de distinta naturaleza y alcance que rebasan por mucho la caricatura de un leninismo esquemático y doctrinario que se suele atribuir a las izquierdas marxistas. Al interior de las prácticas de participación democrática en las cuales se vertía el izquierdismo difuso en el movimiento estudiantil, se decantaron distintas triangulaciones entre democracia, socialismo yrevolución, posiciones diferenciadas respecto del lugar de la idea y práctica de la democracia en el proyecto y el actuar de los socialistasrevolucionarios.

Si bien la convergencia en torno a la negación del Estado autoritario no implicó una capacidad de afirmación discursiva unificada que no fuera la que aparece alusivamente en los documentos –en particular el Manifiesto 2 de Octubre-, al mismo tiempo, permite la existencia ramificada y diferenciada de prácticas y ámbitos la despliega en el proceso real.

Al calor del movimiento, aparecieron ideas y prácticas de democracia, destellos de una democracia asociada a la transformación revolucionaria en sentido socialista, cuya formalidad era sin duda imprecisa y susceptible de debate e interpretación. A diferencia de lo que proclama el lugar común respecto del rasgo cívico-democrático del movimiento estudiantil a contrapelo del carácter antidemocrático y violento de las izquierdas socialistas y revolucionarias, en 1968 y en sus séquelas se puede apreciar la emergencia de posturas y debates en torno a una idea de democracia con adjetivos, es decir una democracia con contenidos, como medio y con fin de la transformación socialista. En este sentido, la democracia entendida como politización, toma de conciencia (des-enajenación según Revueltas) y participación de masas y no solo la violencia de la lucha de clase es concebida como un factor y un vector del proceso revolucionario. Democracia como resultado y forma de la subjetivación política de las clases subalternas, como expresión y resultado de la lucha, como medio y como fin. Al mismo tiempo, se vislumbran concepciones y prácticas de democracia socialista como fraterna discusión de ideas, como apertura a la crítica y al debate abierto entre corrientes e instancias. Por otra parte, afloran ideas respecto de la participación en clave autogestiva, consejista o como poder popular. Finalmente, se difunde la convicción que el socialismo será democrático no solo en términos substanciales, es decir igualitarios, sino en términos formales, de la participación y el ejercicio de una democracia tanto directa como representativa. Por último, la dimensión libertaria del ejercicio democrático desde abajo, disruptivo, que no dejaba de ser problemática para el pensamiento comunista, apuntaba a un horizonte humanista del socialismo, pero también a una práctica cotidiana, tanto de lucha como de acción colectivo, como prefiguración de una sociedad de libres e iguales que había que edificar mientras se iban destruyendo las relaciones de explotación, la opresión y la enajenación.

Este horizonte democrático radical quedó sepultado entre el 2 de octubre y la derrota del proyecto socialista revolucionario en los años 70, víctima de la violencia represiva más que de sus propios límites. Lo que sobrevivió a la guerra sucia, al terrorismo, la manipulación y la cooptación de los aparatos de Estado, se diluyó a lo largo de los años 80 hasta disolverse en la fundación del PRD en 1989, el año de la caída del muro de Berlín, cuando la revolución democrática dejó de pensarse en clave anticapitalista.

Volver a mirar el 68 es una oportunidad para leer a contrapelo la transición democrática y el principio de la alternancia que tuvo su desenlace el 1 de julio y permite retroalimentar el presente de los impulsos ideales que movilizaron una generación que sigue interpelándonos.

massimomodonesi.net

Una Respuesta a “La democracia como lucha: 1968 – 1988 – ¿2018?”

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