Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

Jerusalén no es Israel

Pero el régimen sionista está arrasando con la ciudad

Hacía tiempo que quería escribir sobre Jerusalén. La noticia reciente de que Trump podría trasladar la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén me decidió a hacerlo.

Quizás al público poco informado esa noticia le resulte ajena, extraña o irrelevante. O incluso el título de esta columna deje perplejo a más de uno. Pero no existe en el llamado conflicto palestino-israelí un tema más sensible ni trascendente que el estatus y control sobre esta ciudad, considerada santa por las tres religiones monoteístas, y capital histórica, política y espiritual del pueblo palestino. Un pueblo árabe que estaba formado –cuando el Estado de Israel fue creado en 1948- por la mayoría musulmana y las minorías cristiana y judía.

Pero la cuestión de Jerusalén no es solamente de un debate ideológico-religioso o político: las vidas de miles de familias palestinas están en juego; no sólo su destino, sino su cotidianeidad más fundamental, desde la posibilidad de vivir, estudiar y trabajar en la ciudad donde nacieron, de conservar la vivienda que construyeron con mucho esfuerzo, de ir a rezar a sus lugares sagrados, de dormir bajo el mismo techo con la persona que aman, o simplemente de seguir vivas.

¿Quién sabe que la población palestina no puede entrar libremente a su capital histórica y espiritual, porque Israel la ha rodeado de un muro de ocho metros de alto y 142 kilómetros de extensión, y que sólo pueden entrar a ella, pasando por alguno de los varios checkpoints militares, quienes tienen el privilegio de obtener un permiso? (negado a la gran mayoría de solicitantes).

¿Quién sabe, cuando recorre la inmensa explanada frente al Muro de los Lamentos, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, que toda esa extensión era el barrio marroquí, destruido y reducido a escombros cuando Israel ocupó la ciudad en 1967? ¿O que toda la Ciudad Vieja está en Jerusalén Este, de modo que según la demarcación reconocida históricamente por la ONU, es territorio ocupado, pues correspondería a la capital del supuesto Estado palestino? Cuando los políticos de todo el mundo visitan el Muro de los Lamentos junto a sus pares israelíes ¿tienen en cuenta que están otorgándole legitimidad a un territorio ocupado, y desconociendo el derecho internacional?

Que Jerusalén no es Israel es una verdad tan indiscutible como ignorada. Sin embargo, desde la publicidad de las agencias de viaje, pasando por los anuncios de peregrinaciones cristianas a Tierra Santa, hasta las noticias en los medios de comunicación, todas dan por hecho que Jerusalén es la capital de Israel. La ironía es que este presupuesto sólo es ‘verdad oficial’ para el régimen sionista, que ha construido esa exitosa narrativa. Más allá de la hipocresía y el doble discurso de los gobiernos, el hecho es que ningún país ha reconocido formalmente la soberanía de Israel sobre Jerusalén, porque es inadmisible según el derecho internacional, y así lo han reiterado numerosas resoluciones de la ONU. Y por eso ningún país –ni siquiera sus aliados incondicionales, como Estados Unidos- ha establecido su embajada en Jerusalén (donde Israel tiene su gobierno): todas están en Tel Aviv. De ahí que la noticia del posible traslado en la era Trump tenga tal gravedad.

Jerusalén, una de las ciudades más antiguas del mundo, ha estado en la encrucijada de culturas y civilizaciones, de peregrinos y conquistadores. A diferencia de lo que afirma el relato sionista, antes de 1948 la ciudad era compartida por las tres religiones; las huellas de esa convivencia perviven en las piedras antiguas y en la memoria de las personas que la evocan. Pero la disputa por Jerusalén (Al Quds en árabe) fue una constante durante la tormentosa primera mitad del siglo XX, con numerosos incidentes entre la población palestina nativa y los colonos sionistas recién llegados.

La sensibilidad del lugar fue reconocida incluso en la (absurda) propuesta de partición recomendada por la ONU en 19471, que preveía para Jerusalén -y su vecina Belén- un estatus especial como ‘zona internacional’. Eso fue ignorado por las milicias sionistas, que en 1948 invadieron la ciudad y expulsaron a la población árabe de la parte occidental, de la cual se apropiaron. Y en 1967 el ejército de Israel ocupó también la parte oriental, anexándola a su ‘territorio’, aunque sin darle a su población palestina la ciudadanía israelí, sino apenas un “permiso de residencia” en la ciudad donde nacieron, el cual puede ser revocado cuando el ocupante colonial lo decida.

En 1980 Israel aprobó una ley donde proclama que Jerusalén es su “capital única e indivisible”. Sucesivas resoluciones de la ONU han condenado esa ley, reafirmando la ilegitimidad del territorio adquirido mediante la guerra. Pero el hecho es que hasta hoy no se ha tomado ninguna medida efectiva para revertir el control israelí sobre Jerusalén, que aumenta cada día.

Israel tiene un único propósito: colonizar y judaizar toda la ciudad (así como su historia, su cultura y su identidad) y garantizar una mayoría de población judía2 del 70 por ciento. Para ello lleva décadas implementando diversas políticas de limpieza étnica que buscan expulsar a la población palestina de Jerusalén: negación de permisos de construcción, y consecuente demolición de las viviendas levantadas sin permiso; desalojos de familias mediante argucias jurídicas para entregar sus viviendas a colonos judíos; negación de permisos de unificación familiar a personas cuyo cónyuge no es de Jerusalén; revocación definitiva de miles de permisos de residencia a quienes están viviendo temporalmente fuera de la ciudad, aunque sea por motivos justificados; constante represión y detenciones de jóvenes y niños; clausura de organizaciones sociales, medios de comunicación y proyectos comunitarios; revocación de permisos de trabajo a personas provenientes de Cisjordania; negación de servicios básicos a los barrios palestinos (a pesar de que sus habitantes pagan impuestos como la parte occidental) y estrangulamiento del espacio público, al punto que la circulación de vehículos hoy es casi imposible, y desplazarse al trabajo o la escuela, aun en transporte público, es una verdadera tortura. Sin mencionar el alto costo de vida, en una ciudad donde la población palestina tiene menos y peores empleos.

Este conjunto de políticas perversas tiene una finalidad simple, perfectamente coherente con el origen del proyecto sionista: vaciar de árabes la tierra de Palestina; y en particular su capital histórica. Jerusalén es una ciudad ocupada, donde la ‘Autoridad Palestina’ no puede entrar ni tiene jurisdicción alguna sobre sus 300.000 habitantes árabes (que tampoco tienen ciudadanía palestina). Su parte oriental está rodeada y asfixiada por colonias israelíes en permanente expansión, que apuntan al constante desplazamiento de las comunidades palestinas, a ‘cortar’ definitivamente al norte del sur de Cisjordania y a hacer imposible establecer allí una futura capital palestina. Además, el muro que la rodea (adicional al que atraviesa Cisjordania de norte a sur) es en su mismo trazado un instrumento de limpieza étnica: incluye dentro del perímetro de la ciudad las colonias israelíes y deja fuera los suburbios palestinos que antes eran parte de Jerusalén3.

Pero el centro de la tensión es la Ciudad Vieja. Allí se encuentra el complejo de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca -tercer lugar más sagrado del mundo para el Islam- en el lugar donde los israelíes sostienen que estaba emplazado el segundo templo judío -destruido por los romanos hace dos mil años.

En una resolución de octubre de 2016, la UNESCO mantuvo la Ciudad Vieja de Jerusalén en la lista de lugares declarados patrimonio de la humanidad en peligro, y criticó las políticas de Israel en la Explanada de las Mezquitas (Haram al-Sharif). Entre ellas, impedir el acceso de expertos para determinar el estado de conservación y los riesgos que corre el lugar debido a las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo por las autoridades israelíes desde 1968 en su afanosa búsqueda de restos del segundo templo.

En el complejo de Haram al-Sharif, además, con frecuencia los colonos judíos hacen incursiones y actos de vandalismo dentro de las mezquitas, destruyendo ejemplares del Corán y mobiliario -sin que nadie ponga el grito en el cielo, como ocurriría si bandas musulmanas hicieran incursiones violentas en una sinagoga. A menudo van acompañados de políticos israelíes, y siempre de la policía, que sólo actúa para reprimir a los palestinos que resisten la agresión.

Y es que la significación de ese lugar sagrado va mucho más allá de la fe religiosa: es un poderoso símbolo de identidad para todo el pueblo palestino, incluyendo a cristianas, seculares y agnósticos. Un símbolo tan venerado como añorado, ya que la gran mayoría de la población palestina no tiene permitido visitar Jerusalén. La dorada cúpula de la Roca aparece en todos los posters de los mártires y los presos políticos, y es el tema recurrente en la infinidad de manualidades y artesanías hechas en la cárcel que se exhiben en el museo de los prisioneros (en la localidad vecina de Abu Dis). No por casualidad allí se inició la segunda intifada, cuando en 2002 el dirigente Ariel Sharon, en un acto de provocación inaudita, entró en la Explanada de las Mezquitas rodeado de soldados armados a guerra.

La era Trump promete ser particularmente dura para la causa palestina, considerando el nombramiento de su yerno Jared Kushner (donante millonario del ejército y los colonos israelíes) como Enviado Especial para Medio Oriente, y de David Freeman (un fanático defensor de la colonización y anexión de Cisjordania) como embajador.

Analistas y dirigentes han advertido que el potencial traslado de la embajada de EE.UU. a Jerusalén podría “abrir las puertas del infierno”. Pero los gestos de Trump dan a entender que no teme incendiar el planeta. Y como ha dicho estos días el gran Chris Hedges, ante el advenimiento de una era fascista, “la revuelta es la única barrera”.

1 Ver mi columna de noviembre 2016.

2 Al usar el término “judío/a” en relación a las políticas israelíes, no me refiero a la religión o la identidad cultural judías, sino a la única nacionalidad oficial del Estado de Israel, que por ello puede ser definido como etnocracia o Estado confesional.

3 Sugestivamente, empresas israelíes han expresado interés en el muro que Trump quiere levantar en la frontera con México.

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