Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

Las mujeres afganas y las lágrimas de cocodrilo

«Las potencias imperialistas invaden países por sus propios intereses estratégicos, políticos y financieros,
pero a través de mentiras y de los poderosos medios de comunicación corporativos tratan de ocultar
sus verdaderos motivos y su agenda.»
RAWA (Asociación Revolucionaria de Mujeres Afganas).

Hace más de una década la ex diputada Malalai Joya le dijo a una activista estadounidense: «Las mujeres afganas tenemos tres enemigos: el Talibán, los señores de la guerra que están en el gobierno y la ocupación estadounidense. Si ustedes nos ayudan a terminar con el tercero, nos quedarán solo dos.» A principios de agosto, la misma Malalai (destituida de su banca en 2007 por el segundo de los enemigos por decirles en el Parlamento que eran responsables de crímenes de guerra) denunció en un encuentro virtual organizado por la coalición británica Stop the War que EE.UU. había pactado su retirada con los terroristas misóginos del Talibán sin preocuparse por la suerte de las mujeres afganas, que además en las dos décadas de ocupación siguieron sufriendo todo tipo de violencias. Y agregó: «La llamada “guerra contra el terrorismo” fue la mayor mentira del siglo.» Afganistán fue el escenario para «la actual carrera armamentística entre las grandes potencias y sus guerras proxy en Siria, Irak, Yemen, Ucrania, Sudán, Libia, etc.» «En estos 20 años EE.UU. mató un millón de afganos/as directa o indirectamente y convirtió a nuestro país en la capital mundial de la droga.»


Y es que aunque diga lo contrario, EE.UU. es experto en entenderse y hacer negocios con los señores de la guerra de turno, sin importarle un bledo lo que esos grupos hacen con las mujeres afganas. En los ochenta, en el marco de la Guerra Fría, armó y empoderó a los muyahidines que peleaban contra el régimen comunista apoyado por la Unión Soviética, sin importarle que la caída de ese gobierno y el ascenso de los muyahidines implicara que las mujeres perdieran derechos y libertades recién adquiridos. Tampoco le importó los innumerables crímenes cometidos por los diferentes grupos islamistas y el caos al que llevaron al país, que desembocó en el advenimiento del régimen Talibán. En los cinco años que estos fanáticos estuvieron en el poder, a EE.UU. solo le importó la horrible situación de las mujeres después del 11/9/2001, en que la prioridad fue invadir Afganistán con el pretexto de combatir el terrorismo, capturar a Bin Laden y liberar a las mujeres afganas del yugo talibán; para eso volvió a aliarse con los muyahidines de la Alianza del Norte sin importarle su terrible prontuario. Tras derrocar al Talibán, durante 20 años impuso, engordó y armó a gobiernos títere y corruptos, además de masacrar a la población civil; especialmente a partir de 2011, cuando optó por la guerra aérea y se especializó en lanzar drones sobre bodas y funerales. Y finalmente, ante el avance imparable del Talibán, en los últimos dos años negoció con el grupo terrorista la retirada de sus tropas, legitimando de antemano y con gran pragmatismo su regreso al poder. El acuerdo firmado el año pasado en Doha no dice una palabra sobre la seguridad de las mujeres afganas ni impone exigencia alguna al Talibán de garantizar el respeto a los derechos mal que bien conquistados por ellas en estas dos décadas. Rosa Ma. Artal resumió en el Diario.es los tres puntos básicos del acuerdo: «1) En tu país puedes hacer lo que quieras. 2) Cuidado con atentar contra los nuestros. 3) Hablaremos de colaboración y negocios.» 1

La invasión de Afganistán fue un fracaso total de EE.UU. y sus aliados de la OTAN en cuando a los tres objetivos declarados que tenía la aventura: capturar a Osama Bin Laden (les llevó 10 años encontrarlo, y fue en Pakistán), derrocar al Talibán y acabar con el terrorismo. 20 años después, el retorno del Talibán es la mejor metáfora de ese fracaso; como bien declaró Stop the War a mediados de agosto: «La derrota de los militares estadounidenses y británicos en Afganistán significa que esta intervención se une a las de Irak, Libia, Siria y Yemen como una calamidad que ha costado decenas de miles de vidas y vastos recursos en vano. Es hora de que se declare el fin de la “guerra contra el terrorismo”, el pretexto de estas intervenciones.» Y agregaba esta demanda, no menos importante: «El gobierno británico debería tomar la iniciativa de ofrecer un programa de refugio y reparaciones, un acto que iría mucho más lejos en el avance de los derechos del pueblo afgano, de las mujeres en particular, que la continua intervención militar o económica en el destino de Afganistán.»

En cuanto a los objetivos no declarados, el periodista Jorge Bañales recordó en Brecha que «Afganistán alberga en su suelo uno de los tesoros minerales más ricos del planeta, con un valor de entre 1 y 3 billones de dólares. El país tiene vastos yacimientos de oro, platino, plata, cobre, hierro, cromita, litio, uranio y aluminio, y posee esmeralda, rubí, zafiro, turquesa y lapislázuli de alta calidad [además de] las llamadas tierras raras, como lantano, cerio, neodimio, zinc y mercurio. Muchos de estos elementos son esenciales para la fabricación de teléfonos celulares y computadoras. Aunque la extracción de petróleo es ínfima –unos 35 mil barriles diarios–, se calcula que el país contiene reservas de unos 1,9 billones de barriles. Por ahora, un recurso dominante en la economía afgana es la plantación de amapolas y la producción de opio.»2

Y agrega Leandro Albani en La Tinta: «Afganistán fue un negocio redondo para el complejo militar-industrial de Estados Unidos. Y también generó beneficios extraordinarios para los “contratistas” a través de “negocios colaterales”. Seguridad privada, reconstrucción, ONG, suministros y un largo etcétera que Washington viene impulsando desde la administración de George W. Bush. Ya sea la compañía Halliburton –con Dick Cheney a la cabeza- o la temible empresa de seguridad Blackwater (ahora Academy), se convirtieron en las verdaderas ganadoras de la invasión. En 2003, este sistema de explotación fue perfeccionado en Irak.» Conviene señalar que la inmensa corrupción detrás de la construcción de ‘hospitales y escuelas fantasma’ inexistentes no fue solo responsabilidad del gobierno afgano títere, sino de las mismas empresas contratistas yanquis.

Quizás por eso el contraste con la situación humanitaria del pueblo afgano es más intolerable. Tras 20 años de ocupación militar, trillones (millones de millones) de dólares y decenas de miles de muertos, Afganistán sigue siendo uno de los peores países del mundo para sobrevivir a un parto o para llegar a los cinco años de vida. Es verdad que la situación de las mujeres mejoró un poco respecto a la opresión que vivían bajo el Talibán; pero eso fue en las ciudades y entre las jóvenes de clase media. La inmensa mayoría de las mujeres –y de la población− vive en zonas rurales donde no experimentaron cambio alguno a manos de los distintos bandos fundamentalistas: violaciones, torturas, matrimonios infantiles o forzados, prohibición de estudiar, de trabajar y de salir de su casa sin un hombre.

Según datos de ACNUR, OIM y OCHA, hay más de 3,5 millones de personas afganas refugiadas o desplazadas internas; el índice de desarrollo humano es uno de los peores del mundo; Afganistán es el tercer país del mundo con la tasa más alta de mortalidad infantil entre los menores de cinco años: 161 por 1.000; 18,4 millones de personas (casi la mitad de la población) necesitan ayuda humanitaria, y casi 12 millones tienen inseguridad alimentaria aguda; el 54 % de la niñez tiene retraso en el crecimiento y más del 67 % sufre malnutrición; el 20% de los niños trabajan desde temprana edad; solo el 23% de la población tiene acceso a agua potable y el 12% a saneamiento; el 80 % de las 250.000 personas que tuvieron que huir desde finales de mayo (por el avance talibán y los bombardeos yanquis) son mujeres y menores (y desde principios de año son unas 400.000).

Ese es el trágico saldo de 20 años de ocupación de EE.UU. y sus socios de la OTAN, los mismos que ahora entran en pánico por el retorno del movimiento Talibán al poder y la suerte de las mujeres afganas, como si en estas dos décadas de la ocupación más larga en la historia de EE.UU. hubieran hecho algo por mejorar realmente sus condiciones de vida. Como dijo a Brecha la historiadora afgana Mejgan Masoumi, en estos 20 años las mujeres mismas «hicieron retroceder los sistemas de opresión que pretendían controlarlas, ya sea el imperialismo occidental o el terrorismo talibán.» No fue la ocupación extranjera la que facilitó los logros alcanzados, sino que «las mujeres afganas son fuertes, inteligentes (…) y lucharon mucho por sí mismas para ganar su derecho a participar en la vida pública y exigir su autonomía.»

Albani y otros analistas señalan que en estos años el Talibán desarrolló una capacidad diplomática que no tuvo durante su primer gobierno (solo reconocido por Pakistán, Arabia Saudita y EAU). Unas semanas antes de la caída de Kabul, los líderes talibanes fueron recibidos como jefes de Estado en China y Rusia. A su vez, en sus primeras declaraciones anunciaron su disposición de ‘tender puentes’ con quienes respeten sus políticas y la ley islámica. Sin embargo, las organizaciones de mujeres desmienten categóricamente ese discurso moderado que solo busca legitimarse ante Occidente, denuncian las atrocidades que están cometiendo en el terreno, especialmente contra niñas y mujeres, exhortan a los medios occidentales a no contribuir al lavado de imagen y piden a los gobiernos no establecer relaciones diplomáticas con el nuevo régimen.

Por eso es fundamental, hoy más que nunca, dejar que las afganas hablen por sí mismas y difundir su palabra. Mejgan Masoumi dice que en Afganistán «se están levantando y resistiendo de diversas maneras. Reclaman su bandera nacional y los símbolos de su país y no aceptan la bandera del Talibán. Reclaman su hermosa religión al grito de «Allahu Akbar» («Alá es más grande») y niegan así esta idea de que el Talibán puede utilizar la religión para justificar su violencia. El Islam es una religión de paz, no de violencia.»

A su vez, la organización feminista secular más antigua del país, RAWA (fundada en 1977), recordó en una entrevista que desde el principio ellas predijeron este resultado; en los primeros días de la invasión, el 11/10/2001, RAWA declaró: «La continuación de los ataques estadounidenses y el aumento del número de víctimas civiles inocentes no sólo da una excusa al Talibán, sino que también empoderará a las fuerzas fundamentalistas en la región e incluso en el mundo.»

En la entrevista RAWA afirmó: «Hemos visto que ninguna dosis de opresión, tiranía y violencia puede detener la resistencia. ¡Las mujeres nunca más serán encadenadas! A la mañana siguiente de la entrada del Talibán en Kabul, un grupo de nuestras jóvenes valientes pintó un grafiti: “¡Abajo el Talibán!” Nuestras mujeres tienen ahora conciencia política y ya no quieren vivir bajo el burka, algo que hacían fácilmente hace 20 años.» Y en un mensaje a las feministas latinoamericanas transmitido a través de LatFem, las compañeras de RAWA afirmaron: «Las mujeres afganas hemos aprendido mucho en los últimos 20 años y seguramente encontraremos la manera de resistir esta tiranía. Definitivamente la solidaridad y la ayuda internacional nos dan mucha fuerza y esperanza.​»

1 Como han señalado algunas voces expertas, el retiro de las tropas del país no significa que EE.UU. esté dispuesto a renunciar a una región estratégica en lo geopolítico y lo económico: continuará la guerra aérea cada vez que lo crea conveniente, lanzando drones sobre Afganistán con solo apretar un botón desde su cómoda base en Nevada o desde bases en la región. Es de hecho lo que está haciendo desde las explosiones mortales del Daesh en Kabul.

2 Durante el primer gobierno Talibán, el 20% de la producción mundial de opio era de Afganistán; hoy es el 90%. Y tras 40 años de guerra ininterrumpida, el 10% de la población afgana es adicta a ese opio barato y de gran calidad.

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