Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

Sobre agresión militar, resistencia y sanciones: La doble moral de Occidente

Escribo esto cuando el ataque ruso sobre Ucrania lleva 12 días y ha generado un millón y medio de refugiadas/os en el este de Europa. También ha suscitado la más rápida, contudente y unánime respuesta que se ha visto nunca en Occidente en forma de sanciones al agresor, acompañada de un despliegue sin precedentes de cobertura mediática, acciones humanitarias y empatía colectiva hacia el pueblo agredido.

Es realmente penoso ver cómo la población de Ucrania es rehén de la guerra geopolítica entre las potencias occidentales (nucleadas en torno al decadente imperio estadounidense y su afán expansionista) y una Rusia que, tras fracasar en su intento de amigarse con ellas, busca limpiar su zona de influencia de la creciente y hostil presencia militar de la OTAN.

Pero en esta columna voy a abordar esta crisis desde una mirada palestina; y por extensión, de otros pueblos agredidos y bombardeados desde hace décadas que no están en el centro de la atención mediática porque no son europeos, su piel es oscura y sus vidas valen menos. ¿Qué tendrá que hacer la población yemení para que el mundo recuerde el horror que está viviendo desde hace siete años por los ataques de Arabia Saudita y sus aliados occidentales, que han provocado la mayor crisis humanitaria contemporánea? ¿Y quién recuerda la destrucción provocada por los ataques de la OTAN (y sus proxies) sobre Irak, Afganistán, Libia o Siria?

Empiezo con un tuit del analista y activista Salem Barahmeh el 26 de febrero desde Ramala, cuando ya se anunciaban las primeras sanciones occidentales contra Rusia:
1/ Primero descubrimos que el derecho internacional sigue existiendo.
2/ Las personas refugiadas son bienvenidas según su procedencia.
3/ La resistencia a la ocupación no sólo es legítima sino que es un derecho.
4/ Las sanciones parecen ser una respuesta adecuada a las violaciones del derecho internacional, y no antisemitas como se nos ha dicho.

Legalidad según para quién

«La repentina preocupación por el derecho internacional en relación con Ucrania brilla por su ausencia cuando se trata de la ocupación ilegal y la anexión de tierras palestinas y sirias por parte de Israel y su imposición de un régimen de apartheid a todo el pueblo palestino un crimen de lesa humanidad.
Estos crímenes israelíes no podrían perpetrarse sin el apoyo o la aquiescencia de EE.UU. y Europa

Ali Abunimah, director de The Electronic Intifada

Si algo ha quedado en evidencia estos días es el racismo y la hipocresía que dominan las declaraciones y decisiones de la comunidad internacional cuando el agresor es enemigo de EE.UU. y sus víctimas son europeas, de piel blanca y ojos azules.

El pueblo palestino lleva más de siete décadas padeciendo limpieza étnica, agresión militar, ocupación y colonización de su tierra por una potencia militar y nuclear; pero la comunidad internacional considera su resistencia armada como terrorismo, al tiempo que afirma el “derecho a defenderse” de su agresor. Tras décadas denunciando el apartheid, sufriendo los bombardeos periódicos sobre civiles y el bloqueo inhumano a Gaza, y pidiendo que la Corte Penal Internacional investigue los crímenes israelíes, ven estos días que antes de contar los muertos en Ucrania ya hay condenas en la ONU y la OEA y decenas de llamados oficiales a que la CPI abra una investigación contra Rusia por sus crímenes de guerra y de lesa humanidad en una semana de agresión a Ucrania.

Hemos escuchado al Secretario de Estado Blinken decir en un enérgico mensaje al Consejo de DD.HH. de la ONU que no se va a tolerar que Rusia viole el derecho internacional, y que se le obligará a rendir cuentas por sus crímenes. Y para rematar, que EE.UU. también defenderá a Israel frente a la excesiva predisposición de ese órgano a emitir condenas contra su aliado. En la misma línea, el ministro de Exteriores del país con más resoluciones de la ONU violadas, Yair Lapid, afirmó que «El ataque ruso a Ucrania es una grave violación del orden internacional».

Algunas vidas (refugiadas) valen más que otras

«Las personas ucranianas que huyen de la guerra y de la violencia deben recibir refugio y amparo. Ahora quite la palabra «ucranianas» y sustitúyala por sirias, afganas, palestinas, etc. Si tiene un problema con esta última afirmación, usted es un racista. Busque ayuda inmediata.»
Yara Hawari, escritora y analista palestina.

La misma hipocresía se aplica a las personas refugiadas. Tras años blindando sus fronteras a quienes llegan de otras guerras más cruentas y antiguas, reprimiéndolas precisamente en las fronteras de Europa del Este, encerrándolas como criminales en prisiones de migrantes o deportándolas en vuelos exprés, y convirtiendo el Mediterráneo en una inmensa fosa común, la Europa Fortaleza abre de par en par sus puertas para recibir a quienes huyen de Ucrania. Y peor aún: cientos de migrantes y estudiantes de otros continentes que viven en Ucrania pero no son nacionales y tienen la piel oscura han denunciado que se les maltrató, se les negó la entrada en Polonia y tuvieron que permanecer a la intemperie en el frío gélido. Y no hablemos de lo que hace el dueño de la OTAN con las personas migrantes y refugiadas que llegan a su frontera sur tras viajes no menos agónicos y peligrosos.

La televisión nos muestra a diario a las víctimas ucranianas que huyen en busca de refugio o resisten valientemente los bombardeos: tienen rostros, nombres, familias e historias que nos conmueven, relatadas por periodistas que lloran con ellas; no son solo números, anónimas e invisibles como las de Gaza. Por supuesto que no está mal buscar la empatía del público dando a conocer a las víctimas particulares de cualquier agresión; pero cuando deliberadamente se ocultan otras víctimas −porque no son de la religión o la etnia correctas−, no solo se busca desalentar la solidaridad con ellas; también se está encubriendo la responsabilidad de quienes las han convertido en refugiadas. Por eso es inevitable pensar en Julian Assange: criminalizado, perseguido y encerrado desde hace una década porque su proyecto Wikileaks reveló al mundo los horrendos crímenes de guerra cometidos por EE.UU. y sus aliados de la OTAN en otros territorios “incivilizados”.

Los varios millones de palestinos/as que malviven desde hace siete décadas en campos de refugiados de países vecinos −porque Israel no les permite regresar a su tierra ancestral− han sabido estos días que la Organización Sionista Mundial planea instalar unas mil viviendas ilegales en los Altos del Golán, el Naqab, el Valle del Jordán y otras tierras ocupadas para recibir a inmigrantes judíos/as que huyen de Ucrania. Para ello la Agencia Judía estableció puestos en las fronteras de Polonia, Moldavia, Rumania y Hungría para reclutar a personas judías que califican para recibir la nacionalidad israelí instantánea, y así contribuir a la guerra demográfica que Israel libra con el pueblo palestino. Y también han visto a miles de israelíes manifestando contra la agresión ante la embajada rusa en Tel Aviv; una gran cantidad son originarios de Ucrania y Europa del Este, y muchos residen en colonias ilegales implantadas en el territorio palestino ocupado. Son los mismos que apoyan la colonización de Cisjordania y celebran cuando Israel bombardea a la población civil encerrada en el gueto de Gaza, de donde ni siquiera puede huir para buscar refugio en países vecinos.

Qué resistencia es legítima

«Los occidentales alaban todas las formas de resistencia ucraniana contra Rusia. Molotovs, ametralladoras, misiles, granadas… todas las formas de resistencia se justifican, dicen. Incluso glorifican a un soldado ucraniano que se inmoló. Pero Dios no permita que un palestino lance una piedra a un soldado israelí.» Hadi Nasrallah, investigador libanés.

El colmo de la doble moral de Occidente es ver una y otra vez a políticos y medios de comunicación tratar como heroica la resistencia armada ucraniana. Los medios se regodean mostrando a civiles que toman las armas para defender su tierra del ataque enemigo y que afirman estar dispuestos a dar la vida; y las potencias occidentales parecen competir por cuál envía más armas a la resistencia ucraniana. Hemos visto cómo filman y exhiben con deleite a civiles en una fábrica de cerveza de Kiev fabricando cocteles molotov para lanzar a los tanques rusos (un editor de la BBC llegó a publicar un instructivo para que tengan el máximo impacto); mientras tanto, los jóvenes palestinos pagan con la cárcel o incluso con su vida por hacer lo mismo, sin que el mundo se inmute.

Es un ejercicio casi surrealista imaginar a esos mismos corresponsales occidentales informando desde el terreno de Gaza, durante uno de los periódicos ataques israelíes, cómo la resistencia palestina organiza su respuesta armada, de qué tipo de armamento dispone, qué países le están enviando armas, cómo entrena a sus milicianos, cómo fabrican los cohetes caseros que lanzan a Israel, qué dicen las familias de los combatientes que enfrentan a su poderoso enemigo en una dramática asimetría de fuerzas, y cómo lloran a sus mártires… Y sobre todo, imaginarles mostrando el impacto que tienen los bombardeos israelíes: los edificios de varios pisos cayendo ante nuestra vista, las, escuelas, hospitales, mezquitas, mercados o plantas eléctricas reducidas a escombros, la gente huyendo aterrorizada y buscando refugio inútilmente (porque Gaza es una cárcel superpoblada y no hay corredores humanitarios) y las familias, edificios y barrios enteros borrados de la faz de la tierra. Pero todo eso que vemos día y noche desde Ucrania es lo que los medios ocultan cuidadosamente cuando se trata de Palestina (o de Yemen u otros lugares “incivilizados”).

Sanciones versus impunidad

«De repente, el boicot y las sanciones son una estrategia legítima. Nada de «por qué señalan solo a Rusia», nada de que el boicot perjudica la paz y el diálogo futuros, de que el deporte debería ser apolítico y construir puentes en lugar de dividir.» Lana Tatour, académica palestina.


Pero quizás el mayor contraste, la más flagrante muestra de hipocresía sea la celeridad y unanimidad de la comunidad internacional en imponer a Rusia un paquete de sanciones sin precedentes en apenas una semana de guerra. La lista es interminable: incluye la cancelación del permiso para el gasoducto Nordstream 2 y de todos los acuerdos comerciales, la exclusión de los bancos rusos del sistema financiero Swift, la congelación de sus reservas en los 27 países de la Unión Europea y EE.UU. (y le siguen Canadá, Australia, Reino Unido y Japón), el cese de operaciones de las tarjetas Visa y Mastercard, un embargo militar y tecnológico, el cierre de fronteras para los dirigentes y del espacio aéreo a todos los aviones rusos, la suspensión de los medios informativos rusos, y un largo etcétera. No menos extremas son las sanciones culturales y deportivas: Rusia ha sido expulsado del festival Eurovisión, de la FIFA y la UEFA, de la Fórmula 1, del Comité Olímpico Internacional, de las Federaciones Internacionales de Tenis y de Judo, entre otras entidades.

Como señaló la analista Tamara Nassar, «La inmediatez con la que Rusia se ha convertido en un paria en el mundo del deporte es una bofetada para el pueblo palestino, que ha visto equipos y federaciones cruzar sus piquetes de boicot, supuestamente para mantener la política fuera del deporte. Y en marcado contraste con Rusia, EE.UU. no enfrentó tales exclusiones o sanciones después que invadió Irak ilegalmente en 2003.» Y agrega: «Sorprendentemente, muchas de las medidas contra Rusia están siendo implementadas por las mismas organizaciones que repetidamente ignoraron o rechazaron los llamados palestinos para sancionar a Israel

En efecto, la sociedad civil y la academia palestinas llevan al menos dos décadas pidiendo boicots y sanciones contra Israel, al estilo de las que se aplicó al apartheid de Sudáfrica. Y los informes recientes de Human Rights Watch y Amnistía Internacional sobre el apartheid israelí, en sus Recomendaciones finales, proponen una detallada lista de sanciones, muchas de ellas idénticas a las anunciadas contra Rusia. Pero Israel jamás ha sido sancionado por sus reiteradas agresiones al pueblo palestino y sus sistemáticas violaciones del derecho internacional.

La FIFA es un ejemplo notable de esta doble moral: Palestina ha exigido durante mucho tiempo que sancione a la Asociación de Fútbol de Israel por su violación de las propias reglas de la FIFA, debido a su inclusión de equipos israelíes con sede en las colonias ilegales de Cisjordania y sus constantes ataques a los deportistas palestinos. Peor aún: mientras jugadores, clubes e hinchadas que expresan su apoyo a Ucrania son aplaudidos, los que han expresado su solidaridad con Palestina durante un ataque israelí han sido sancionados. Del mismo modo, quienes excluyeron a Rusia del Festival de la Canción Eurovisión ignoraron los repetidos llamados para que no se celebrara en Tel Aviv en 2019, y la campaña internacional para boicotearlo.

¿Cuántas vidas palestinas podrían haberse salvado en estas siete décadas de total impunidad israelí? ¿Cuántos bombardeos y destrucción podrían haberse evitado en Gaza? Si se hubiera aplicado alguna sanción tras la brutal operación Plomo Fundido de 2009, ¿habría existido el ataque aún más criminal de 2014, o los de 2012 y 2021? ¿Cuántas personas exiliadas podrían haber regresado a su patria antes de morir en un miserable campo de refugiados, a pocos kilómetros?

Mientras la gente sigue enfocada en Ucrania, el régimen israelí continúa asesinando e hiriendo a niños y jóvenes palestinos, que por supuesto no estaban armados ni combatiendo. Cada uno de ellos con un rostro, un nombre, una familia, un salón de clase, una comunidad en duelo, una historia truncada; imágenes y relatos que el mundo se niega a mirar y escuchar, porque la empatía es selectiva, y ya sabemos que las vidas palestinas no importan.

Una Respuesta a “Sobre helados, espionaje y otros escándalos”

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