Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

El papel de Israel en la lucha global contra el terrorismo

Mientras la opinión pública sigue conmovida –o aturdida, gracias al acicate mediático– por los atentados terroristas en París (los de Beirut, Sinaí, Bagdad o Nairobi no importan), pocos reparan en un actor clave en la convulsionada región de Medio Oriente: Israel, el único vecino de Siria que no se siente amenazado por el “Estado Islámico” o Daesh (por su sigla en árabe).

Con su habitual oportunismo, Israel está explotando el ambiente de paranoia mundial ante la amenaza terrorista para sacar unas cuantas ventajas, como señalaban estos días los analistas Alaa Tartir y Nazanin Armanian:

– Por un lado, sigue jugando su papel favorito de víctima amenazada por los feroces islamistas (ya sean Irán, Hezbolá o Hamas) para justificar su actual ofensiva sobre el indefenso y rebelde pueblo palestino. Desde principios de octubre Israel viene reconfigurando su control sobre la población y el territorio palestinos, afianzando la ocupación y colonización: asesinó a más de 100 personas, hirió a más de 7000, encarceló a más de 2700, encerró, militarizó y demolió localidades y propiedades palestinas. En la embestida represiva, de paso, ilegalizó al Movimiento Islámico, un popular partido árabe dentro de Israel. Y mientras sigue ‘defendiéndose’, pide a Estados Unidos un aumento de la adictiva y gigantesca ayuda militar que recibe de ese país.

– Por otro lado, y contradictoriamente, Israel juega fuerte como potencia militar en la lucha contra el terrorismo, publicitando y vendiendo su sofisticada tecnología bélica, de inteligencia y represión a los países que enfrentan la amenaza terrorista –y a quienes quieran comprársela. El cuarto exportador mundial de armas (y el primero per cápita) está aprovechando la coyuntura para convencer al mundo de que se necesitan más armas para combatir al terrorismo.

Mucho se habla y se escribe sobre la tragedia siria; sobre todo desde que la inmensa población refugiada tocó costas europeas y se convirtió en un problema para los países que con sus políticas coloniales e intervencionistas engendraron el caos en Medio Oriente. Sin embargo, del mismo modo que nadie habla del terrorismo de Estado que Israel practica en Palestina, hay una conspiración de silencio sobre su papel activo en los esfuerzos occidentales para desmantelar el Estado sirio.

Mientras se niega a recibir a una sola persona refugiada, Israel ha venido asistiendo a los yihadistas del Frente al-Nusra (rama de Al Qaeda) que combaten al ejército sirio. Las interacciones entre ambos ya habían sido reportadas por la misión de la ONU en el Golán (FNUOS). Hoy es público que Israel está atendiendo a yihadistas en sus hospitales del Golán y Galilea. El país que no tiene apuro en bombardear población e infraestructura civiles en Gaza y matar a 550 niños en 50 días, argumenta que lo hace ‘por razones humanitarias’; cuando los combatientes están recuperados, los devuelve al campo de batalla sirio.

Es que más allá de su retórica, el accionar del Daesh es totalmente funcional a los intereses de Israel (y de sus aliados), que necesita acabar con los estados vecinos fuertes y hostiles a sus planes de expansión ilimitada. La destrucción de Siria y su fragmentación –al estilo Irak– en núcleos sectarios enfrentados, así como la expulsión de su población  (que se ha convertido en el segundo grupo refugiado del mundo, después del palestino) despejan el camino para las ambiciones sionistas de convertirse en una superpotencia que controle tres elementos vitales: territorio, petróleo y agua de sus vecinos.

Israel como potencia militar y nuclear es una amenaza no sólo para Palestina y su región, sino para el mundo entero. Hace tres años la Red Judía Internacional Antisionista (IJAN) publicaba su informe “El papel de Israel en la represión mundial”, donde explica cómo en todo el mundo los regímenes más autoritarios, terroristas y criminales –incluidas las dictaduras centroamericanas y del Cono Sur y los grupos paramilitares– han recibido apoyo, financiación y entrenamiento de Israel.

Recientemente el Comité Nacional Palestino de BDS (BNC por su sigla en inglés) hizo público el documento “Lazos que matan: la cooperación militar internacional con Israel”, sobre la industria de seguridad que Israel le vende a los gobiernos y éstos utilizan para reprimir las luchas populares. Entre muchos ejemplos, la empresa Elbit exporta a EE.UU. la tecnología desarrollada para el muro de apartheid, destinada al muro de la muerte contra los migrantes latinoamericanos.

“Las herramientas de la represión, ya sean aviones, vehículos, sistemas de vigilancia, drones, gases lacrimógenos, sistemas TIC, municiones, camiones de agua fétida u otras creaciones, son todas producidos por o importadas de otros países por el vasto complejo industrial-militar israelí, que constituye la esencia de su régimen de ocupación, colonialismo y apartheid”, afirma el BNC.

El paradigma del terrorismo de Estado israelí es la “Doctrina Dahiya“ o de fuerza desproporcionada adoptada por sus militares, que ordena atacar deliberadamente población e infraestructura civiles como el medio más ‘eficaz’ para combatir la resistencia. El ejército de Israel ha sido acusado por los principales organismos de derechos humanos de utilizar la fuerza en forma “excesiva” y “arbitraria” para reprimir las manifestaciones populares. Recientemente ha adoptado además nuevas “reglas de combate” que permiten a sus fuerzas de ocupación disparar a matar a niños y jóvenes manifestantes. De hecho, las empresas israelíes publicitan y comercializan sus productos militares como “probados en el terreno”, es decir, en los cuerpos palestinos.

Al conmemorar el 29 de noviembre el Día Internacional de Solidaridad con Palestina, nada mejor que recordar que en 2011 el BNC llamó a un embargo militar total sobre Israel. En el marco de la campaña global de Boicot, Desinversión y Sanciones a Israel (BDS), el llamado exigía el fin de la ayuda militar, de la transferencia de armas y tecnología militar desde y hacia Israel y de todas las formas de cooperación en investigación militar.

La demanda se hace aún más urgente después de la brutal masacre a la población de Gaza en 2014 y la actual ofensiva que cada día se cobra la vida de varios adolescentes en Cisjordania. Ya es hora de que Israel empiece a pagar un precio por siete décadas de ocupación colonial en Palestina. Y es hora también de llamar a las cosas por su nombre: la resistencia no es terrorismo.

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