El principio antagonista

Massimo Modonesi

Diálogo de saberes, marxismo y movimientos sociales

En el mundo académico se ha instalado de forma insistente en los últimos años la cuestión del llamado diálogo desaberes, entendido tanto como intercambio entre conocimientos originados en campos diversos así como produccióndesde lugares de frontera, una serie de cruces e intersecciones tanto disciplinarios como epistemológicos: entrenorte y sur, occidente y oriente o mundo indígena, desde horizontes pos o decoloniales, así como entre academia yotros espacios de activismo, periodismo, documentalismo y otros ámbitos profesionales y de compromiso y participación social y político.

Hay que considerar que el supuesto de la posibilidad de diálogo es la existencia y persistencia de estos clivajes, la sordera relativa que separa sus polos y la consecuente dificultad de establecer el diálogo. Tenemos que hacer cuenta con la tesis de la disonancia a partir de la cual se puede formular la antitesis de la resonancia. Detrás de la cual aparece la eterna cuestión de la bifurcación entre teoría y praxis, como polos de acumulación y de tensión cognoscitiva. Respecto de los movimientos sociales (y políticos), el llamado diálogo de saberes tiene antecedentes no solo difusos –en la bisagra entre teoría y praxis- sino algunas precisas y puntuales formulaciones metodológicas:desde la encuesta obrera esbozada por Marx pasando por el obrerismo de R. Panzieri y R. Alquati en la Italia de los años 60 y 70, cuya influencia se extiende hasta el autonomismo de nuestros días, hasta las teorías de la accióncolectiva como la intervención sociológica propuesta por A. Touraine o la Investigación Acción Participativa avanzada por O. Fals Borda. Sin olvidar una serie de propuestas educativas y pedagógicas, desde las intuiciones de A. Gramsci hasta las contribuciones de C. Freinet y P. Freire. Formatos metodológicos que no dejaban de sostener unaserie de contenidos emancipatorios en esta tensión entre lo descriptivo-interpretativo y lo prescriptivo que es propia del marxismo.

Desde la perspectiva del cruce entre estudio, análisis y prácticas de los movimientos sociales voy a plantear un temapolémico, voluntariamente a contratendencia, que puede sonar nostálgico, pero es absolutamente actual ya querefleja procesos en curso. Sostendré que, en medio de la variedad de las formas de saber y aprendizaje y en elcruce de saberes entre la teoría y la práctica, la academia, la intelectualidad y los movimientos sociales, ocupa unlugar sin duda importante –y que yo considero inclusive fundamental y estratégicoel marxismo –o los marxismos que contiene- en tanto gramática y léxico del antagonismo.

Argumento brevemente esta hipótesis que oscila entre ser una postura original, polémica y aparentementeanacrónica y dar cuenta de un lugar común, algo obvio, que se observa a simple vista, a ojo desnudo, en lasprácticas y los discursos de los movimientos populares latinoamericanos que sin ser marxistas en sentido estricto, utilizan y se apropian de conceptos, categorías, formas de pensar y de luchar heredadas en buena medida de tradiciones marxistas, a través de procesos de mestizaje e hibridación discursiva e ideológica.

Me detengo brevemente en algunos puntos de argumentación.

En primer lugar, a nivel de la duración histórica y del arraigo cultural, el discurso marxistao si prefieren marxistas– como marco, conjunto de herramientas conceptuales, ideología si preferimos, circula desde más de un siglo en la región en formato denso o difuso, como simple influencia o como referencia más o menos directa y consistente. Consiste en lo que podemos llamar, provocativamente, una tradición ancestral, sedimentada en generaciones de militantes, cuyas memorias y experiencias se conectan con el presente. Una tradición que tiende a perderse y diluirse conforme se acumulen derrotas, se pongan de manifiesto sus límites y se reduzca su presencia e influencia. Al mismo tiempo, una cultura política que se reproduce y se renueva en la medida en que se mantiene los horizontes problemáticos del capitalismo y las sociedades clasistas a partir de los cual surgió como pensamiento crítico y en tanto siga orientando y otorgando sentido a la lucha de clases cuando y donde se manifiesta.

Es efectivamente en torno a la lucha, al conflicto y al antagonismo de clase, pero no exclusivamente obrero, donde tenemos que sopesar su alcance, sus contenidos básicos y a las formas, lugares y dinámicas de su reproducción.

Respecto de la cuestión de los saberes, podemos partir de una afirmación tan simple como densa: la gente sabeluchar y aprende luchando. De la cual se desprenden tres cuestiones a dilucidar: ¿quiénes son la gente? ¿cómo sesabe y como se aprende? ¿qué es luchar y como se hace?

Desde el marxismo, los marxismos, se ensayaron y se siguen formulando posibles respuestas a estas cuestiones fundamentales sobre las cuales no me puedo detener por razones de espacio pero que, grosso modo, giran en torno a los conceptos de clase, lucha, conciencia e ideología.

Señalo, de paso y en forma telegráfica, una perspectiva que he elaborado a lo largo de dos pequeños libros (2010 y 2016) en torno a la triada conceptual subalternidad-antagonismo-autonomía, correspondientes a experiencias de subordinación-insubordinación-autodeterminación y a poder sobre-poder contra-poder hacer. Sostengo allí que todo proceso de subjetivación política implica una combinación desigual de subalternidad, antagonismo y autonomía en la cual –a nivel sincrónico– uno de estos elementos se vuelve sobredeterminante y caracteriza un momento del proceso, a lo largo del cual se pueda pasar diacrónicamente por distintas etapas de forma no lineal y no ascendente. Esta doble clave, sincrónica y diacrónica, aportan a la re-construcción de un posible léxico y una gramática de la acción política, conceptos que tiende a conformar cuerpo teórico coherente y articulado.

Si trasladamos estas claves de lecturas al terreno de los saberes de los actores y los sujetos podemos suponer que, de la misma manera, hay saberes subalternos, antagonistas, autónomos que, al margen de su especificidad, se combinan de forma desigual a la hora de la configuración y reconfiguración de los movimientos sociales.

En conclusión, el marxismo no solo sirve como clave de lectura analítica, sino que vertebra estos procesos en términos de la subjetivación política como vivencia, es decir permite a los actores entender y ordenar sus propias prácticas. En este sentido se coloca en las fronteras fecundas entre saberes, opera –o potencialmente puede operar- lo que Gramsci llamaba una traducción de lenguajes.

Su larga trayectoria, un periodo de difusión y también de difuminación, permitió que en el sentido común se asentaron algunos núcleos de buen sentido (Gramsci dixit) y al mismo tiempo se desperfilan, pierden filo e influencia. No obstante, los saberes compartidos del marxismo se mantienen en los puntos de intersección del diálogo entre teoría y praxis, entre la producción de conocimiento y el ejercicio de la lucha, en la frontera de comunicación que puede ofrecer una lengua franca clasista y antisistémica a las múltiples identidades y líneas de conflicto que brotan de la persistencia y crisis de las sociedades capitalistas mundializadas.

Podría fungir de lengua franca, como un esperanto de las luchas, siempre y cuando revierta los estigmas que lo acompañan, no quiera volver a presentarse de forma hegemónica -en el sentido impositivo de la palabra- y tomar por asalto la torre de Babel, sino que respete y se enriquezca de la diversidad de los lenguajes y las identidades que les subyacen.

Síntesis de una ponencia magistral presentada en Lima, Perú, en mayo de 2017

Una Respuesta a “Gramsci y las revoluciones rusas a un siglo de distancia”

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