El principio antagonista

Massimo Modonesi

Conversando sobre revoluciones pasivas

Ayer, en una conversación sobre mi reciente libro –titulado Revoluciones pasivas en América-, un intelectual imprescindible de la talla de Michael Löwy, después de elogiar el trabajo y subrayar su importancia, tuvo a bien hacer algunos comentarios críticos –que cortesmente llamó “dudas”. Lo atinado de sus observaciones y el desarrollo de la conversación me permitieron formular unas respuestas que ameritan ser transcritas, junto a otra aclaración que surgió en el debate que se suscitó en ocasión de la presentación del libro en París justo el día anterior.

Se trata de cuatro puntos importantes que resumiría de la siguiente manera:

1.    Sobre el perfil de clase de las revoluciones pasivas, señaló correctamente Löwy que Gramsci sostenía que se generaba por iniciativa de las clases dominantes y que este rasgo no correspondía a los casos latinoamericanos.  

2.    En segundo lugar, argumentaba que había que reconocer debidamente las especificidades de las diversas experiencias de los gobiernos progresistas latinoamericanos, en particular el de Venezuela, coincidiendo en este punto con muchos comentarios que he venido recogiendo en estos años, desde que formulé en 2012 la hipótesis general.

3.    Por último, se mostraba escéptico respecto de la fórmula del fin de ciclo.

4.    Finalmente, el punto aflorado en la presentación en la Sorbona al negar el alcance o el impacto histórico de los gobiernos progresistas, cuestiona su equiparación con fenómenos o procesos revolucionarios –aunque fueran democráticos o burgueses-, en tanto no cumplieron con tareas o no propiciaron transformaciones substanciales.

A pesar de estar de acuerdo en general con estos comentarios, creo que algunas consideraciones permiten precisarlos y calibrarlos y, con ello, reforzar la hipótesis fundamental que aparece en el libro de marras y que sigo sosteniendo.

1. Si bien es cierto que las revoluciones pasivas surgen fundamentalmente de la iniciativa de las clases dominantes, también es cierto que no siempre las dirigen y que siempre implican una serie de concesiones y alianzas que no permiten asignarle un claro e inequívoco signo de clase. En el caso latinoamericano, tiene razón Michael en señalar que hubo una emergencia desde abajo y los gobiernos son en buena parte expresión de las fuerzas políticas no identificables mecánicamente con las clases dominantes. Al mismo tiempo, también ha sido evidente que participaron y se asociaron a estos gobiernos los cuales, cuestión todavía más evidente, cumplieron una función que les valió la adhesión e inclusive cierta integración con ellas. De todas formas, y en ello convenimos, se trata de precisar que, abriendo la definición estricta elaborada por Gramsci, la cuestión de la iniciativa de las clases dominantes no es estricta mientras lo es que el proceso es orientado desde arriba, desde el Estado y desde una lógica que corresponde plenamente al interés de las clases dominantes a desactivar el conflicto y la lucha de clases.

2. Respecto de la diversidad de casos nacionales, además de reconocer que un ejercicio de generalización latinoamericana, que creo posible y necesario, implica poner en segundo plano las diferencias, también he señalado en diversas ocasiones –pero reconozco que no de forma suficiente en el libro- que el caso de Venezuela representa una forma sui generis de revolución pasiva. Por una parte, cumple con las características sustanciales pero es más problemático asignarle un carácter estrictamente pasivo ya que desde arriba se implementaron formas de participación (las Comunas) concediéndoles cierto margen de autonomía relativa pero, al mismo tiempo, sobreponiéndoles un partido único, el PSUV, combinando centralización y descentralización, con un eco cubano que no puede no suscitar perplejidades, aun con el respecto que ameritan estas experiencias socialistizantes, en particular por el asedio al cual han sido sometidas por el imperialismo. Por lo demás, formas de movilización controlada fueron impulsadas, con éxito desigual, por todos los gobiernos progresistas en función defensiva, de cara a ofensivas de derecha, tanto en el arranque del proceso como en medio de su crisis actualmente en curso.

3. Sobre la fórmula “fin de ciclo” he asumido en el pasado reciente dos posturas que considero complementarias. Por una parte, no me convence la idea de ciclo porque tiene el vicio de dar la idea de una circularidad de la historia y de unas conclusiones inevitables, la forma-ciclo no admite nominalmente ni siquiera desenlaces en espiral, como se imaginaba Giambattista Vico en su filosofía de la historia. Pero lo que más se le cuestiona, y a esto apuntaba Löwy en su comentario, se relaciona con la perentoriedad de lo noción de fin. Si bien puedo estar de acuerdo que hablar de crisis sería lo más adecuado, al mismo tiempo esta última noción mantiene una ambigüedad respecto a si se trata de un simple impasse o de un momento en donde algo termina o se fractura definitivamente. Siendo su origen biológico, el concepto de crisis se sitúa entre la enfermedad y la muerte, cuya diferencia cualitativa no es de menor relevancia. Al respecto, en el libro sostengo la idea de que la crisis es el fin del momento hegemónico del progresismo, el cual entró hace años en una pendiente regresiva. En este sentido, que sobrevivan gobiernos progresistas o que sean substituidos por gobiernos de derecha no es irrelevante pero no modifica la tendencia a la derechización que es el signo de época y atraviesa los mismos gobiernos llamados progresistas. Le comenté a Michael que aún un regreso de Lula a la presidencia de Brasil no cambiaría, a mi modo de ver, el hecho de que un “ciclo” histórico político se terminó, aquel proceso que tuvo su origen en los movimientos antineoliberales de los años 90 y 2000 que fueron el sujeto propulsor del cambio de época y el objeto de la re-subalternización y desmovilización de las revoluciones pasivas que le siguieron. Como dijo el sabio: lo que fue tragedia, siempre puede volver a presentarse como farsa.

4. Paso, para terminar, al alcance transformador o conservador de las que yo denomino revoluciones pasivas latinoamericanas, cuestión que atañe el substantivo revolución y no el adjetivo pasiva. Creo, en efecto, que habrá que evaluar a posteriori su impacto histórico y que podemos razonablemente dudar de ello. En esta lógica, he sostenido que las revoluciones pasivas deben ser pensadas siempre como proyecto y proceso, que operan siempre como proyecto en el terreno de la disputa política pero no siempre se realizan históricamente como proceso. En este sentido, el proyecto de los gobiernos progresistas ha sido formulado en términos discursivos y programáticos “revolucionarios”, con distintas adjetivaciones -democrática, ciudadana, bolivariana, desarrollista, pos-neoliberal, etc..- y en este terreno se puede evaluar su alcance. Si no desdoblamos el análisis, la categoría de revolución pasiva queda relegada al análisis historiográfico, opera siempre y solo retrospectivamente y pierde filo político en relación con el presente y sus dinámicas. Al respecto hay que recordar que el mismo Gramsci usaba el concepto para interpretar procesos del siglo XIX pero se interroga –en 1932 y 1933- sobre si el New Deal en Estados Unidos y el fascismo italiano cumplían la función de revolución pasiva en el siglo XX y, en el trasfondo, muchos estudiosos de Gramsci sostienen que esta noción y la de cesarismo progresivo eran orientadas a pensar y analizar el surgimiento del estalinismo en Rusia, aún en ausencia de alusiones explicitas ya que posiblemente al estar sometido al control carcelario no quería ser instrumentalizado por el régimen fascista y tampoco generar una fractura irreversible con el grupo dirigente del partido comunista al cual todavía pertenecía y que formalmente encabezaba.

Para terminar, estas consideraciones surgidas de la estimulante conversación con Michael Löwy, más allá de que me permiten precisar la noción de revolución pasiva y su potencial interpretativo respecto del tiempo presente latinoamericano, refuerzan mi convicción de que la derechización en curso, amén de ser en buena parte responsabilidad de aquellos que se colocaron por encima de las clases subalternas e inhibieron su subjetivación antagonista y autónoma, es el escenario de época de cara al cual habrá que apostar a un nuevo periodo de acumulación de fuerzas, cuyo ritmo no se predecir, ya que, como sugería Gramsci, se puede prever la lucha pero no su desenlace. 

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