Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

Co-existencia sin co-resistencia es normalización

El año pasado, más o menos por estas fechas, miles de personas en todo el mundo recibimos a través de las redes sociales o por Whatsapp un video muy impactante: una multitud de mujeres israelíes y palestinas vestidas de blanco marchando juntas por la paz por el desierto que circunda al Mar Muerto. El video estaba estéticamente muy bien logrado, y las imágenes –al igual que la música que las acompañaba- eran potentes y conmovedoras. Todas las amigas que lo compartieron conmigo expresaban su ilusión y esperanza ante esa buena noticia; después de décadas de sangriento conflicto, las mujeres están haciendo lo que los hombres son incapaces de hacer: traer la paz a la sufrida Tierra Santa.

Yo estaba en Cisjordania cuando tuvo lugar esa marcha. Ninguna de las mujeres que conozco participó, y tampoco hubo revuelo social o impacto mediático en torno a ella: el acontecimiento pasó sin que nadie le prestara atención, entre tantas cosas horribles que soporta a diario la gente que vive bajo la ocupación colonial israelí. Pero no necesitaba estar en Palestina para saber cuál era la naturaleza y el alcance de esa iniciativa; ya su misma estética revelaba el perfil de las protagonistas: tanta mujer rubia, tantos brazos al aire, tantas faldas, blusas y tocados new age, al igual que la música y el tono general de la marcha indicaban que su origen estaba en Israel; y si bien participaron mujeres palestinas, hablaban en hebreo, pues la gran mayoría venía de localidades que hoy pertenecen a dicho Estado (es decir, palestinas con ciudadanía israelí). El hecho de que en Cisjordania la desprestigiada Autoridad Palestina hubiera apoyado la marcha y facilitado la participación de algunas mujeres de los territorios ocupados no hizo más que confirmar mis sospechas.

Este año el evento se repitió, aunque el video no se viralizó como el año pasado. En cambio, sí me llegaron expresiones contundentes de rechazo por parte de organizaciones políticas, sociales y de mujeres palestinas, denunciando que era promovida por un flamante “Comité Palestino de Comunicación con la Sociedad Israelí”, casualmente patrocinado por la Autoridad Palestina (acusada reiteradamente por su política de ‘coordinación’ con Israel). La Unión de Comités de Mujeres Palestinas (UPWC) manifestó en un duro comunicado que la marcha “es una llamada flagrante a la normalización de la ocupación sionista a través de la instrumentalización de las mujeres. Esta actividad es un fraude desvergonzado que busca imponer por la fuerza a las mujeres palestinas la normalización con el ocupante, en clara traición a los sacrificios de nuestras mártires, prisioneras, heridas y luchadoras para liberar a nuestro pueblo de ese ocupante. Como movimiento de mujeres en Palestina ocupada, nuestra posición contra la normalización es muy clara, al igual que nuestra demanda de boicot a la ocupación en todas sus modalidades, incluidas las económicas, culturales, académicas y todas las demás formas de boicot.

¿Pero qué tiene de malo una marcha de mujeres por la paz?, se preguntaron muchas personas y mujeres bien intencionadas –incluyendo una experta en no violencia y transformación de conflictos que fue mi profesora hace dos décadas y con quien mantuve una discusión privada. ¿Por qué descalificarla, si no hace ningún daño? La respuesta más evidente es que en un contexto como el de Palestina –al igual que en otras situaciones de opresión y asimetría de poder entre dos partes– lo que obviamente se necesita no es paz sino justicia. De hecho quienes defienden y se benefician del statu quo también quieren la paz. En América Latina hace mucho tiempo que aprendimos a sospechar de los llamados a ‘la paz’ que buscan más bien poner fin a las revueltas y movimientos por el cambio, y donde muchas veces la mentada paz es la de los cementerios.

Como bien lo dijo Orly Noy, una israelí crítica de la marcha: “De hecho, las demandas del movimiento son tan poco claras que incluso Netanyahu podría unirse, si quisiera. Esas demandas se pueden resumir así: negociaciones de paz que incluyan a las mujeres. Ya está. Pero ¿qué dirán estas mujeres cuando se sienten alrededor de la mesa de negociaciones? ¿Cuáles son sus demandas? ¿Y sus líneas rojas? Es un misterio. Ni siquiera la oradora palestina −la única que vino de los territorios ocupados, concretamente de Hebrón, una ciudad que vive bajo el apartheid− mencionó una vez la palabra ocupación.(…) Ni una palabra sobre los checkpoints o las dificultades que tuvo que soportar sólo para obtener el permiso del ejército israelí para entrar a Jerusalén. ¿Ocupación? Olvídalo. Estamos hablando de conflicto, una palabra mucho más agradable y simétrica que ocupación.”

En efecto, el problema con este movimiento es no tanto lo que dice, sino lo que elige no decir. Debido a que incluye a todo tipo de mujeres, en el multitudinario acto de cierre de la marcha en Jerusalén habló hasta una colona judía que vive en “la bella y sangrante Samaria”; es decir, en una colonia (ilegal según el derecho internacional) ubicada en el norte de Cisjordania ocupada, en tierras robadas a las comunidades palestinas. Que una colona ocupante fuera una de las oradoras indica hasta qué punto el movimiento está dispuesto a soslayar los temas clave y a normalizar el statu quo.


Normalización

Hay dos razones importantes para criticar esta iniciativa. La primera tiene que ver con la disputa entre dos paradigmas de análisis. La narrativa dominante –impulsada por el sionismo y sus aliados– habla de un ‘conflicto’ entre dos pueblos que se disputan el mismo territorio, lo cual sugiere cierta simetría de poder y de responsabilidad entre ambos. La narrativa opuesta afirma que se trata de un proyecto colonial (surgido en Europa a fines del siglo XIX) que se propuso conquistar la tierra de Palestina y sustituir a su población nativa árabe por colonos judíos venidos de Europa y de todo el mundo; y que ese régimen tiene tres patas: la ocupación militar, la colonización territorial y el apartheid jurídico.

Es por eso que hablar de ‘conflicto’ entre israelíes y palestinos, y por consiguiente de ‘hacer la paz’ entre ambos pueblos significa igualar a ocupantes y ocupados, opresores y oprimidos. Por eso el Comité Nacional Palestino (BNC) que lidera el movimiento BDS llama ‘normalización’ a toda iniciativa de juntar a los dos pueblos a ‘dialogar’ dejando de lado esa diferencia sustancial, y más aún omitiendo en esos encuentros hablar de la ocupación colonial y el apartheid. Así, al conferir una imagen engañosa de normalidad, paridad o simetría a una relación que es patentemente anormal y asimétrica, esas actividades contribuyen a blanquear los crímenes israelíes contra el pueblo palestino.

El BNC no obstante aclara que no se trata de rechazar cualquier forma de relación o acción conjunta entre palestinas e israelíes, sino aquellas que no se centran en exponer y resistir la ocupación israelí y todas las formas de discriminación y opresión contra el pueblo palestino. Para que dicha relación no sea normalización, el lado israelí debe apoyar íntegramente los derechos del pueblo palestino reconocidos en el Derecho Internacional, y luchar junto a él por conquistar sus plenos derechos. Las iniciativas de “diálogo” y “reconciliación” que pretenden anteponer la coexistencia a la lucha por la justicia terminan siendo funcionales al statu quo –independientemente de las intenciones de sus participantes.

La industria de la paz

En segundo lugar, este genérico llamado de las mujeres a retomar el proceso de paz parece desconocer (ingenua o deliberadamente) el contexto y los antecedentes de su ‘estrategia’. Citando de nuevo a Orly Noy: “Hay algo simplista, incluso infantil, en hablar de “negociaciones” y exigir un “acuerdo de paz” un cuarto de siglo después del fracaso de los Acuerdos de Oslo. ¿Exigir negociaciones? Al contrario: a Israel le encantaría entrar de nuevo en otra ronda interminable de conversaciones que evite la presión internacional y le permita continuar despojando al pueblo palestino, como en todas las rondas de negociaciones anteriores. Estas mujeres quieren saltar a ese vacío, llenándolo con muchas palabras emocionales y un intento desesperado por crear cierta simetría entre israelíes y palestinos.”

Inspirándose en la lucha anti-apartheid de Sudáfrica, la primera conferencia nacional del movimiento BDS realizada en Palestina (2007) definió los lineamientos para orientar a quienes adhieren a la campaña de boicot y –como señaló Haidar Eid, académico de Gaza y miembro del BNC – para contrarrestar 14 años (hoy 25) de la ‘industria de la paz’ y su cultura de normalización: “Catorce años de “negociaciones” entre las dos partes ofuscaron la línea que separa a los colonizadores de los colonizados, haciéndolos parecer igualmente responsables del “conflicto”. Así, el sistema de opresión múltiple de Israel es decir, ocupación, colonización y apartheid quedaba reducido a un “conflicto”. Esto, para la sociedad civil palestina, es intelectualmente deshonesto y moralmente reprensible, y cualquier proyecto que los promueva debería ser boicoteado”.

Por último, hay una razón más primaria o subjetiva: quienes conocemos de primera mano la violencia perversa de Israel no podemos evitar sentir un rechazo visceral ante esa imagen idílica de las mujeres cantando vestidas de blanco, en insultante contraste con la brutalidad cotidiana que el régimen impone sobre la población palestina. Ellas parecen marchar –inmersas en una burbuja de ‘buenismo’– a través de una tierra mancillada y salpicada por todas partes por colonias ilegales y soldados y puestos de control militar, como si no los vieran.

Me recordó a cuando hace unos meses un grupo de israelíes bienintencionadas lanzaron hacia el cielo de Gaza balones de papel iluminados con velas, como gesto de solidaridad con el sufrimiento que el bloqueo causa a la población de la Franja, sumida en la oscuridad y con solo tres horas de electricidad al día. Lo primero que una piensa es: ¿es todo lo que se les ocurre hacer para poner fin al bloqueo? ¿Qué creen que sentirá la desesperada población de Gaza cuando vea los bonitos balones en el cielo, que no les sirven para hacer funcionar su central eléctrica ni sus generadores, sus incubadoras ni sus salas quirúrgicas, sus plantas potabilizadoras ni de saneamiento? ¿Por qué no se organizan para enfrentar en serio las políticas brutales de su gobierno, en vez de mandar mensajes sentimentales e inútiles al otro lado de la valla?

Las mujeres que marchan de blanco pidiendo ‘dialogar’ deberían recordar que un cuarto de siglo de estériles ‘negociaciones’ y ‘proceso de paz’ sólo han servido para afianzar la colonización, y le han dado tiempo a Israel para seguir creando ‘hechos consumados’ cada vez más irreversibles. En estos 25 años, la población colona se triplicó en el territorio ocupado; y no tiene ninguna intención de abandonarlo.

Por eso se necesita –dentro y fuera de Palestina- un vigoroso movimiento de boicot, desinversión y sanciones que presione a Israel y le haga pagar un precio cada vez más alto por mantener el statu quo. Las feministas israelíes que integran la Coalición de Mujeres por la Paz lo entendieron hace ya muchos años, y por eso están trabajando en esa dirección. Entre otras cosas, en 2007 ellas crearon el proyecto “Who profits?” (¿Quién lucra?), hoy un centro de investigación independiente que difunde información sobre las corporaciones involucradas en la industria de la ocupación israelí –una valiosa herramienta para orientar las campañas de boicot.

Para decirlo con palabras del activista palestino Maath Musleh: “La única relación normal posible entre quienes pertenecen al grupo oprimido y quienes pertenecen al grupo opresor es la co-resistencia, no la co-existencia. La coexistencia sólo podrá darse éticamente hablando después de poner fin a la opresión, cuando ambas partes gocen de iguales derechos”.

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