Atlapulco, la comunidad y el territorio: otra forma de organizarse

Martina Plata

Estado  de México, México.  México es una de las tierras donde las disputas por el territorio siguen vivas, trágicas pero vivas. Los pueblos originarios arraigados en la tierra que alimenta su cuerpo y su alma no por nada hablan de la Madre Tierra: conviven con ella día a día y conocen su valor. Muchos defienden hoy esta tierra, y la comunidad en la que comparten con sus familiares, tíos y tías una forma de vivir donde ponerse de acuerdo es esencial.

 Así, si gran parte de la vida de la comunidad se expresa en torno a sus fiestas, y si el sistema de cargos y responsabilidades es otra de las caras de esta forma de organizarse, lo primordial para su existencia es la noción de territorio. ¿Puede ser que intuyamos todos la importancia de esta relación con el territorio? ¿Qué pasa si la olvidamos? ¿No será el despojo una de las condiciones básicas para el desarrollo del capitalismo? ¿Es necesario temer a que nos devore la lógica del capital? ¿A que se trague la tierra siquiera? ¿Podemos compartir nuestro territorio? ¿Con quién? ¿Y cuáles son las condiciones para poder compartir un territorio? ¿Y siquiera, qué significa nosotros?

Éstas son algunas de las preguntas que surgen al encontrarse con la realidad de una comunidad como Atlapulco. También son preguntas que pueden surgir del fondo de la historia y de la actualidad. Historias de migraciones, invasiones, búsquedas, conquistas, hambre, guerras, transmisión y olvido, encuentros y pérdidas, e historias de poder, muchas veces sangrientas. Historias de encuentros y desencuentros.

La primera vez que encontré a Juan Dionisio fue durante una de las fiestas de Atlapulco, la de San Pablo y San Pedro. Son los patrones del pueblo según las creencias católicas, y Atlapulco los festeja con ceremonias y bailes. Y no es casualidad si aquella fecha de finales de julio corresponde con un momento importante en la cosecha del maíz. Atlapulco es un pueblo antiguo de origen hñahñú – otomí es una palabra náhuatl – que fue conquistado por los nahuat en 1472 y, en los años 1520, por los católicos españoles. El pueblo tenía sus fiestas y costumbres, a las que los católicos sobrepusieron sus fechas y prácticas religiosas. Hoy los habitantes de Atlapulco frecuentan la iglesia católica pero conservan prácticas religiosas y creencias prehispánicas relacionadas en el fondo con la cultura del maíz.

Atlapulco se sitúa en la montaña, entre dos valles urbanos importantes: el de la ciudad de México y el de Toluca. Es de los pueblos que no tuvieron que desplazarse ni fueron desalojados. Tuvo que defender su territorio y su vida comunal pero no conoció el despojo. Tiene un territorio reconocido por sus títulos primordiales. Este territorio, por un lado espacial, tiene sus límites. Está asociado con la imagen del mapa, una imagen que reproduce la realidad y cuya escritura es una referencia indiscutible. El dedo de Juan Dionisio muestra la línea que lo delimita geográficamente para acreditar lo que dice: “Aquí están los límites, éste es el territorio de Atlapulco, porque colinda con otros pueblos.” Por otro lado, tiene una dimensión temporal y allí está su legitimidad: “Son los límites que han estado históricamente, éste es el territorio histórico de Atlapulco, desde siglos. Ya desde antes de los españoles estaba reconocido, de 1472, cuando llegaron los de Tenochtitlán y Axayácatl.”

Juan conoce bien este territorio, no sólo porque es de su comunidad sino porque lo ha recorrido a pie y sobretodo en camioneta. Sabe que el volcán que indica el mapa está cubierto de árboles y que “por aquí estamos, en el valle del Rancho Viejo”, aunque no aparece este nombre en el mapa. También está enterado de que una parte incluida en los límites del territorio “es área protegida, declarada parque nacional. Es una zona de mucho bosque. Son unas 500 hectáreas, pero es especial. Sigue siendo de nosotros. No afecta mucho.” Conoce los cambios que han podido haber entre el pasado y el presente: “Ahora las casas están concentradas en la zona urbana pero antes no, estaban repartidas incluso por el monte”. Y finalmente pone énfasis en la riqueza de esta tierra: “Todo esto es agua. Hay manantiales, se conocen también como ojos de agua: el agua surge sola, de unas piedras…”

Es que Juan estuvo en el consejo de vigilancia de su pueblo entre 2006 y 2009. Entonces explica: “Desde antes de 1900, se empezaron a llevar el agua hacia la ciudad de México. En 1930 inician las obras para captar y entubar los manantiales, por parte del Departamento del Distrito Federal, en aquel entonces. A cambio de esto se hicieron algunas obras en beneficio de la comunidad: los comuneros mayores recuerdan los “dos salones de una primaria” y “los lavaderos”… Pasaron los años, muchos años, más de 70.

El agua de los manantiales del territorio comunal ha fluido día y noche hacia la ciudad de México. La defensa y cuidado del territorio comunal, por parte de la comunidad de Atlapulco, ha sido permanente ante las invasiones en áreas naturales, en los juicios agrarios y trabajos comunales (faenas de reforestación, prevención de incendios, vigilancia continua). Los gastos económicos y materiales que esto genera los cubre la misma comunidad. La asamblea de comuneros consideró que es necesaria una retribución justa de la ciudad de México hacia la comunidad. Durante la administración 2006-2009 de la autoridad comunal, después de muchas reuniones y desencuentros, se pudo establecer un acuerdo con la ciudad de México y se han realizado algunas obras en beneficio de Atlapulco: calles, mejoramiento de la red de agua potable…”

Juan explica cómo está organizada la comunidad, cuáles son las responsabilidades más importantes, y las dificultades que encuentra: “También estamos peleando en el poder comunal, nuestra forma de organización, un gobierno tradicional”. Este poder lo conforma el comisariado de bienes comunales, integrado por tres personas (el presidente, el tesorero y el secretario), lo elige la asamblea y es representante de la comunidad hacia afuera. “El impacto de un modelo económico-político, impuesto en México desde hace muchos años, tiene efectos en Atlapulco. Los intereses del interior y del exterior por la tierra, el bosque y el agua, por los bienes comunes, están presentes. Ya antes se intentó vender la tierra. Esto llevó a una defensa de la tierra por parte de los comuneros y tuvimos juicios en los tribunales agrarios para la restitución de los terrenos vendidos. Esta defensa de la tierra comunal no ha sido fácil, incluso se han presentado hechos de sangre. En México, los gobiernos neoliberales han cambiado las leyes, muchos territorios de los pueblos, sus recursos naturales y lugares sagrados están en riesgo; y muchos otros van desapareciendo.”

Recuerdo que la noche anterior, 15 de septiembre, día de fiesta y bebida, a medianoche nos encontramos en el pueblo con gente de la comunidad. Nos saludamos con calor. Y uno le preguntó a Juan cómo estaba. Y Juan le contestó que bien, aunque sentía alguna preocupación por un acuerdo que no lograban tener y por la intransigencia que sentía de parte de algunos. A lo que el otro le dijo: “Pues, y ¿qué habría pasado si hubiéramos estado de acuerdo?”, como sobrentendiendo que era cosa imposible.

Gran parte de la comunidad defiende la tierra como un bien común. Pero no todos lo ven así, porque son muchos sacrificios a corto plazo. Las tentaciones materiales, la atracción que ejerce la ciudad próxima, la influencia de la sociedad norteamericana sobre los jóvenes, las exigencias de la vida comunal hacen que la gente se interese en tener dinero particular y no se dé cuenta de la importancia de defender el interés común. A largo plazo, sin embargo, lo que se puede perder son los lazos comunales y sociales, la capacidad de convivir y poder controlar un territorio, las referencias culturales y la posibilidad de resolver conflictos fortaleciendo el nosotros.

¿Entonces, cómo tener en cuenta las propuestas que puedan hacer los jóvenes sin desdeñarles pero con un diálogo imprescindible? ¿No será importante ver cómo pueden integrarse en esta dinámica que defienden los mayores y les parece tan importante para seguir siendo hñahñús viviendo en la tierra de sus antepasados, con territorio e historia? Para eso, es necesario que comprendan bien lo que define la comunidad y la amenaza que representa el exterior. Ellos tienen que organizarse y hacer propuestas concretas que se puedan debatir y valorar, no sólo criticar las formas de hacer de los mayores. Tienen también que ver que los estudios universitarios pueden ayudar a comprender ciertas realidades pero no todas, que pueden ayudar a defenderse ante un mundo ajeno pero que lo primordial es comprender la propia realidad, con cierta humildad. Y por supuesto, la sociedad norteamericana no es un modelo en el que se pueden desarrollar los valores comunitarios.

A medianoche del 15 de septiembre, después de haber festejado con música, fuegos artificiales, tequila y baile, regresamos de la cabecera municipal Ocoyoacac a Atlapulco. Juan Dionisio se mostraba muy alegre al volver a su pueblo. Y también es muy hospitalario cuando una llega del otro lado del mundo para conocerles a él y a la comunidad.

Cuando al final le pregunté si le parecía bien que transmitiera sus palabras y experiencia, me contestó: “Pues sí, ¡es importante que sepamos que existen otras formas de organizarse!”

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