El principio antagonista

Massimo Modonesi

Activistas y/o militantes

Es de vital importancia para el alcance de las luchas presentes y futuras de nuestro país, no solo celebrar e impulsar la emergencia y la formación de una generación de activistas y militantes sino también analizar a profundidad y descifrar su configuración interna.

Valgan las siguientes consideraciones para ordenar algunas nociones de uso corriente y como botón de muestra de las reflexiones que orientan un proyecto de investigación que estoy actualmente coordinando en la UNAM, con la participación de algunos jóvenes académicos y activistas.

La composición política de las luchas sociales pasa por una serie de combinaciones ideológicas, programáticas, organizacionales y de formas de acción, pero todas ellas se entrecruzan y se materializan en aquellos átomos humanos que las constituyen, le dan cuerpo y alma. Aunque las nociones deactivismo y militancia se confunden tanto en la práctica como en la teoría –es decir en las corrientes sociológicas que las estudian- bien pueden ser distinguidas para denominar y delimitar dos puntos cardinales de una tensión entre formas y contenidos de la participación en partidos, sindicatos, movimientos y otras modalidades de asociación social y política. En efecto, la diferenciación nominal se justifica en términos de la referencia militar a la combatividad, la confrontación, al anclaje organizacional y, del otro lado, por el énfasis en el acto de la activación y la acción colectiva y el movimiento social.

A pesar de que no cultiva esta obvia distinción semántica, la literatura sociológica apunta en una dirección similar en términos de contenidos, tratando de captar y resumir tendencias a la vista, evidenciando una serie de cambios de formato y apuntando hacia un salto de paradigma, que podemos resumir en el señalamiento de un pasaje del militante integral al activista puntual, orgánicamente correspondientes al movimiento obrero y socialista y a los llamados nuevos movimientos sociales y sus sucesores. El militante integral, como figura típica de las luchas sociales desde el siglo XIX hasta los años 70, fue en primer lugar exaltado histórica más que sociológicamente por el marxismo como parte del colectivo clase, pieza política del engranaje partido, figura heroica y transformadora. Posteriormente y a contracorriente, fue caracterizado desde las teorías norteamericanas a través del individualismo metodológico y la elección racional en la distribución y acceso a recursos simbólicos o materiales. Por su parte, la figura del activista puntual será delimitada asociándola con la emergencia de las llamadas demandas post-materiales desde los años 70 en adelante, resaltando la emergencia de reivindicaciones identitarias y de reconocimiento. Este último perfil se difundiría y exacerbaría en los años 90, en el marco de la proliferación del asociacionismo y las Ongs y también será una clave de lectura de la nueva ola de movilización marcada por el altermundismo y las distintas variantes de indignados de las últimas décadas.

Entre militantismo integral y activismo puntual intervendría, según el sentido común sociológico, todo un cambio de época y de formas de hacer política: un relajamiento de los principios de disciplina-deber ser-sacrificio en aras de resaltar la humanidad de los participantes en la acción colectiva; una substitución de las lógicas organizacionales burocráticas y jerarquizantes en favor de formatos más descentralizados e informales; una mayor laxitud del compromiso y de la formación doctrinaria; un involucramiento parcial en términos de tiempos y de vuelco afectivo o pasional; una flexibilización temática y  táctica respecto de la anterior rigidez de programas y proyectos; una participación intermitente versus el compromiso permanente; una opción por la resistencia pacífica versus actitudes beligerantes, etc. En tiempos más recientes, la irrupción de las nuevas tecnologías de comunicación agregó un poderoso argumento a la tendencia a identificar un giro individualista respecto de un paradigma colectivista.

A pesar de cierta nostalgia respecto de la difusión de la militancia como expresión de la fuerza de las luchas emancipatorias en el siglo XX, no podemos no reconocer esta serie de transformaciones en curso e inclusive valorar algunos aspectos que enmiendan en sentido positivo –tendencialmente libertario- figuras esclerotizadas de anteriores ciclos de lucha. Al mismo tiempo es obvio que, más allá de captar fenómenos y procesos reales, las matrices analíticas dominantes que impulsan y argumentan el paradigma de activismo puntual abonan a una concepción liberal y meramente ciudadana de la política, que reconoce la existencia y atribuye un valor al conflicto pero lo despolitiza y tiende a colocarlo –y resolverlo- en clave estrictamente institucional e intrasistémica.

Como suele suceder con las tipologías, la distinción entre militantes y activistas y resulta útil en la medida en que sirve para combinar las entradas y permite reconocer configuraciones híbridas que, por otra parte, corresponden al entrecruzamiento real de tradiciones surgidas en circunstancias de lucha históricamente determinadas.

Así que, en los hechos, elementos de militantismo y de activismo se entretejen en las prácticas concretas sin que dejen de existir lugares de condensación y concentración de uno u otro formato. Se puede constatar, por ejemplo, que los militantes actuales, aún los más politizados, permanentes y combativos, tienden a no descuidar como antaño –o menos que antaño- las dimensiones de la autonomía y preservan ciertas distancias, ideológicas y atesoran valores democráticos, de tolerancia, respeto y dignidad del individuo –que dicho sea de paso nunca fueron ajenos a la tradición del socialismo revolucionario, aunque fueran sacrificado a menudo en el altar de la necesidad histórica. Viceversa, el mundo del activismo no es impermeable a la posibilidad de sedimentaciones organizacionales y politizaciones antagonistas como ocurre, por ejemplo, en varios sectores del autonomismo contemporáneo. Finalmente, tampoco podemos desconocer que hay fenómenos que escapan a estas tipificaciones como, por ejemplo, aquellas formas de sostenida participación política que se originan y se realizan en contextos comunitarios campesindios o barriales de corte más plebeyo.

En última instancia, se podría inclusive englobar todos los formatos bajo la denominación más general de activismo, siempre y cuando no sea reductivo a la ciudadanización del conflicto, se distinga y resalte el lugar y el papel transformador de la experiencia antagonista, de la insubordinación y la lucha, reconociendo a la militancia como una subespecie antagonista del activismo caracterizada por formas específicas de politización, organización, movilización y radicalización.

En este sentido y bajo estas coordenadas generales, podemos interrogarnos sobre la composición social y política de las nuevas franjas del activismo y el militantismo en México.

massimomodonesi.net

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