Palestina, las cosas por su nombre

María Landi

¿Qué pasa cuando los palestinos no lanzan cohetes desde Gaza?

¿A qué ‘normalidad’ quieren que vuelva Palestina?

Como suele suceder, tras la última escalada de mayo en Gaza, Palestina salió de las portadas de los grandes medios. Los 11 días de cruces entre masivos bombardeos israelíes y cohetes caseros de la resistencia gazatí (siempre es bueno aclarar la asimetría entre uno y otro lado) dejaron 12 israelíes y más de 250 víctimas mortales palestinas (incluyendo 67 niñas y niños). Tras el alto el fuego, todo ‘volvió a la normalidad’; es decir, Gaza siguió bloqueada por aire, tierra y mar, aunque más destruida que antes; la represión y la limpieza étnica continuaron en los barrios palestinos de Jerusalén Este; y los ataques y robos de tierras de colonos judíos armados y soldados continuaron contra las comunidades palestinas en Cisjordania.

Más aún: si hubo un cambio en esa normalidad del statu quo fue el brutal incremento en la represión y la violencia de la ocupación colonial. Los números hablan por sí solos: antes y después de la masacre en Gaza, solo en el mes de mayo las fuerzas israelíes asesinaron a 34 palestinos en Cisjordania, una cifra récord considerando que incluso durante el período de inusual violencia de 2015-2016 (recordado como la ‘intifada de los cuchillos’) el promedio de palestinos asesinados por mes en Cisjordania fue 26. Además, también este mes de mayo las fuerzas israelíes arrestaron a 3100 palestinos/as (incluyendo 42 mujeres y 471 niños), ya sea en manifestaciones pacíficas, al azar o en arrestos nocturnos. Entiéndase: hablamos de 20 o más soldados armados a guerra tirando abajo las puertas en la madrugada, invadiendo con violencia los hogares y apuntando con sus ametralladoras a niños, mujeres, jóvenes y adultos que dormían en sus camas; y junto con el arresto, el saqueo, la destrucción y vandalización de bienes, simplemente para mostrar quién manda, y que pueden hacerlo con impunidad porque no hay a quién reclamar.

Solo en Jerusalén hubo 677 arrestos en el mes de mayo, incluyendo niños de 13 años, candidatos a las elecciones palestinas y prisioneros recién liberados. La feroz represión también se extendió a periodistas que cubrían las protestas, como Givara Budeiri, de la cadena Al Jazeera, que fue brutalmente golpeada, sufrió fractura de un brazo y estuvo detenida por varias horas. En varias ocasiones, además, hordas fascistas desfilaron provocativamente por la Ciudad Vieja y los barrios palestinos con banderas israelíes, gritando consignas como “Muerte a los árabes”, “Vamos a quemar sus casas y aldeas”, “[El profeta] Mohammed está muerto”. A muchos jóvenes y adolescentes, tras ser arrestados y puestos en libertad sin cargos, se les prohibió pisar sus barrios por períodos de 15 días hasta 6 meses. Estas ‘deportaciones temporales’ son habituales en barrios populares y combativos como Silwan, Isawiyya, Jabal Al-Mukaber y Al-Tur.

Quizás era el retorno a esa ‘normalidad’ −que nunca es noticia en los medios− lo que pedían las voces ‘sensatas’ de políticos y opinólogos durante la escalada, llamando a “las dos partes” a cesar las hostilidades. Esta semana participé en un foro virtual donde un expositor colombiano aplicaba a la situación de Palestina/Israel el marco de análisis de Colombia, hablando de “actores armados” y de la necesidad de un “proceso de paz” como solución al “conflicto armado”. Siempre me asombra que sea en Abya Yala, un continente donde los pueblos originarios fueron masacrados por el colonialismo de asentamiento, donde menos se entienda lo que ocurre en Palestina. Traté de explicarle al expositor que no hay ningún conflicto armado en Palestina, sino un pueblo que resiste el robo de su territorio por un ejército de ocupación colonial al servicio de los colonos invasores, y que durante 30 años Israel utilizó el “proceso de paz” para avanzar la colonización con hechos consumados irreversibles, construyó cientos de nuevas viviendas e infraestructura y triplicó la población de colonos en Cisjordania.

Mientras trataba de explicar eso, pensaba en Beita, un pueblo cercano a la ciudad de Nablus que en las últimas semanas ha estado en las redes por la resistencia de sus habitantes a la implantación de una nueva colonia israelí en las tierras de 17 familias de la comunidad. Los jóvenes al frente de la movilización, que empezó siendo una protesta semanal y ahora es una vigilancia activa de 24 horas en la colina Sabih en disputa, se llaman a sí mismos “los guardianes de la montaña”, y tienen la firme determinación de resistir el avance colonial. Están organizados en la “unidad de disturbios nocturnos”, compuesta por varios subcomités que despliegan diversas formas de protesta para marcar su presencia en la colina y perturbar a los colonos invasores: sirenas y bocinas, antorchas y fogatas, fuegos artificiales, rayos láser en el cielo nocturno, quema de cubiertas de automóviles, y por supuesto las tradicionales hondas y molotov que entran en acción en las confrontaciones. Con esas ‘armas’ enfrentan al ejército de ocupación, que ya asesinó a cuatro personas, dos de ellas adolescentes. Pero los jóvenes manifiestan que no darán “ni un paso atrás”, y que si tienen que entregar 40 o 100 mártires para defender a su “amada Beita” y a toda Palestina, lo harán: “Este es un movimiento popular que reúne a todas las fuerzas sociales y políticas y a todas las familias de Beita”, dicen, para detener la apropiación de una colina estratégica que conectaría a las colonias de esa región y dejaría a las localidades palestinas circundantes aún más aisladas entre sí.

Lo interesante es que el movimiento popular de Beita dice inspirarse en las acciones realizadas por la juventud de Gaza entre 2018-2019 durante las protestas de la “gran marcha del retorno”. Y el espíritu que les anima es el mismo que se ve en los jóvenes de Sheikh Jarrah y Silwan, los barrios de Jerusalén Este donde la población palestina está resistiendo los desalojos y enfrenta la brutal represión cotidiana con una sonrisa desafiante, incluso mientras son arrestados y esposados. La pareja de gemelos Muna y Mohammed El-Kurd (23), de Sheikh Jarrah, la joven contrabajista Mariam Afifi (que cuestionó desafiante a los soldados que la arrestaron y golpearon violentamente) se han convertido en íconos de la nueva “generación Tik Tok”, que creció a la sombra de las mentiras de Oslo, padeció sus consecuencias y quiere dejar atrás esas décadas perdidas.

En ese sentido, hay dos señales de que la crisis de mayo marcó un punto de inflexión. La más significativa es que la revuelta juvenil iniciada a partir de la escalada de violencia israelí en Jerusalén se extendió por todo el territorio de la Palestina histórica, desafiando la fragmentación y alienación que el apartheid israelí ha querido imponer sobre la población palestina. Grandes contingentes confluyeron desde las localidades palestinas de los territorios ocupados en 1948 (hoy Israel) hacia Jerusalén para expresar su solidaridad con las familias que resistían en Sheikh Jarrah y para defender la mezquita de Al Aqsa, reiteradamente atacada por las fuerzas israelíes en los últimos días de Ramadán (agresiones que también provocaron la respuesta de la resistencia en Gaza).

En las principales ciudades y pueblos de Israel con población palestina, Yaffa, Haifa, Acre, Lyda, la juventud salió a la calle a protestar por los atropellos en Gaza y las provocaciones en Jerusalén, y a enfrentar las bandas de colonos extremistas que llegaron incluso desde Cisjordania para agredirlos. De hecho 2000 de las detenciones de mayo ocurrieron en esas ciudades, incluyendo 291 menores de edad. Nunca antes había habido tal cantidad de detenciones de palestinos con ciudadanía israelí. Y nunca antes este colectivo había demostrado con tanta claridad hasta qué punto mantiene viva la identidad y las raíces palestinas que el Estado judío pretendió erradicar. La expresión más clara de la unidad nacional se dio en la huelga general del 18 de mayo, convocada y acatada masivamente en toda la Palestina histórica (un hecho que no se daba desde los años 30).

La segunda señal es que la paciencia de la gente con la “Autoridad Palestina” corrupta, autoritaria y colaboracionista parece haber llegado a un límite sin retorno. Ya en abril la cancelación a último momento de las elecciones palestinas por parte de Mahmud Abbas, con la excusa de que Israel no permitía instalar casillas de votación en Jerusalén Este (pero en realidad porque sabía que los resultados no le iban a favorecer) dejó a la población de los territorios ocupados enojada y frustrada; porque a pesar de las limitaciones que impone el esquema de Oslo, había gran interés en participar en la instancia electoral para expresar el deseo de cambio. Después vino la crisis de Gaza y la intifada de la unidad, surgida desde abajo y en forma horizontal, sin líderes ni partidos, más bien en el espíritu de “que se vayan todos”. Y la Autoridad Palestina no supo hacer otra cosa que reprimir las manifestaciones de protesta en Ramala contra los sucesos en Jerusalén y Gaza.

Pero la gota que colmó el vaso fue la detención y muerte por torturas −por parte de la policía palestina− del militante Nizar Banat, crítico acérrimo del régimen de Abbas (y candidato de la lista disidente de Fatah, liderada por el prisionero Marwan Barghouti, en las frustradas elecciones de abril). La muerte de Banat desató una ola de protestas masivas en toda Cisjordania, que fueron violentamente reprimidas por la policía de Abbas con gases lacrimógenos y granadas aturdidoras, las mismas armas que utilizan las fuerzas israelíes. De nuevo, las multitudes de jóvenes manifestantes gritaban consignas y portaban carteles de “Abajo Abbas” y “Abajo Oslo”.

Esta juventud que lidera la intifada de la unidad está mucho mejor informada y más educada que sus antecesoras: tienen estudios universitarios y un discurso bien articulado, hablan inglés fluidamente y utilizan las redes sociales, la tecnología y los nuevos medios electrónicos para comunicar eficazmente su mensaje al mundo. Lejos de la retórica obsoleta de la vieja dirigencia política, hablan de limpieza étnica, colonialismo y apartheid más que de ocupación, y sobre todo hablan de –y practican− la unidad palestina “desde el río hasta el mar”, demostrando que el pueblo palestino es uno solo a pesar de todos los intentos por fragmentarlo y quebrar su identidad; y sobre todo, que esta nueva generación quiere clausurar el tramposo proceso de Oslo y reconstruir el proyecto de liberación nacional, recreándolo en este tiempo histórico.

Queda por saber si lograrán sostener y fortalecer la resistencia, o si el régimen israelí la aplastará en otro baño de sangre. Dependerá, en buena medida, de la vigilancia atenta y activa de las multitudes que durante los bombardeos sobre Gaza salieron masivamente a las calles en casi todas las capitales del mundo –pese a la traición o cobardía de sus gobiernos− para expresar una vez más que la causa palestina es la de todos los pueblos que luchan contra el colonialismo, el racismo y el supremacismo, por libertad, justicia e igualdad. Aunque Palestina no esté en los medios, su pueblo nos pide que sigamos estando junto a ella.

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