El principio antagonista

Massimo Modonesi

A 10 años del 2006: el peso epocal de la década

¡Qué lejano aparece el 2006, el año en el que vivimos al borde de la ruptura política!

Una ruptura que se vislumbró en forma estruendosa en la brecha institucional, en la segunda mitad del año, en la vertiginosa secuencia de multitudinarias movilizaciones contra el fraude electoral del 2 de julio. Pero también se manifestó en las trincheras de la lucha social, entre el surgimiento y el desmantelamiento manu militari -entre mediados de junio y el 29 de octubre- de la Comuna de Oaxaca regida por la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Así como en el nacimiento de la Otra Campaña y la gira iniciada el 1 de enero por el Delegado Zero, el ahora ex Subcomandante Marcos, hasta la violenta represión del 4 de mayo en Atenco contra el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT), en una de las jornadas más negras de la historia de la represión en México.

Pasó solo una década pero pesa como si fuera una época entera. Una década trágica que nace precisamente de la derrota en 2006 de diversos proyectos y movimientos populares y de la consiguiente reconfiguración política favorable a las clases dominantes que allí se fraguó, abriendo la puerta a la profundización de una serie de tendencias perversas que atraviesan y marcan dramáticamente nuestro presente: acelerada descomposición político-institucional y social, saqueo legalizado de bienes públicos y comunes, cinismo descarado de la clase política y desborde de la violencia pública y privada. El imperio de la ley de la selva, de la ley del más fuerte, la ley de la ganancia y la explotación, de la corrupción y la injusticia.

Esta deriva se origina en el saldo de la crisis política de 2006, cuando no solo no se abrió paso a una alternativa sino que además se debilitaron los contrapesos, las instancias defensivas de las clases subalternas, organizaciones, movimientos y partidos.

El estallido de la crisis de 2006 aparece retrospectivamente tanto como el resultado de una acumulación de fuerzas como el brote de una coyuntura, de una oportunidad política, de las que aparecen de vez en cuando en la historia. No hay coyuntura que no se juegue al filo de la correlación de fuerzas. Las contradicciones acumuladas en el ejercicio del poder priista en Oaxaca permiten entender las tradiciones de resistencia y la potencia y capacidad de articulación de la APPO. Asimismo, las movilizaciones en contra el fraude electoral, más allá de la convocatoria partidaria, mostraron la persistencia –mermada por los gobiernos perredistas- de culturas políticas y redes militantes arraigadas en el tejido urbano de la Ciudad de México y movilizaron franjas populares y generacionales que se habían mantenido al margen de la vida política en el sexenio de la pretendida transición democrática. Por su parte, en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona se renovaba, después de años de silencio y retirada táctica, la capacidad de convocatoria nacional del EZLN, sus lazos con organizaciones indígenas, su ascendencia moral y política con organizaciones sociales, obreras y campesinas, y al mismo tiempo se marcaba un giro hacia la izquierda, un giro anticapitalista que lo conectaba con una galaxia de grupos de extrema izquierda o de colectivos radicales. Amén del desencuentro entre unos y otros, y de la paralela derrota de ambos proyectos, en estos movimientos se manifestaba con fuerza y amplitud la tradición antagonista y combativa de los movimientos populares mexicanos.

Por otra parte la crisis anidaba en las miserias de las clases dominantes, enredada en las contradicciones de la ficción democrática, asentada en un pacto conservador en defensa del neoliberalismo. Una crisis orgánica, de legitimidad, de profundo calado pero que no impidió que se sostuviera, aún sea vía el fraude electoral y el apretón de todas las tuercas sistémicas, el andamiaje básico de las estructuras y relaciones de dominación.

Mientras tanto, en estos mismos años, en América Latina mezclas similares de antagonismo desde abajo y pérdida relativa de control político y capacidad de gobierno desde arriba desembocaban en circunstancias insurreccionales como en Bolivia entre 2003 y Ecuador en 2005 y/o pasajes electorales que marcaban una clara discontinuidad política, como en estos mismos países en 2005 y 2006, pero también en Brasil (2003), Uruguay (2004) o, en una mezcla entre ambos formatos, en Argentina entre 2001 y 2003.

En México no se pudo o no se supo dar este salto. Un salto que fue proclamado, al calor del entusiasmo del momento, un “cambio de época”, un viraje histórico en sentido anti-neoliberal, aunque a la distancia resultaron relativamente frustradas las promesas y las expectativas en clave posneoliberal.

Y no obstante, aún a la luz claroscura de las experiencias del progresismo latinoamericano, en comparación con nuestra década trágica de neoliberalismo blindado no podemos no exclamar: ¡pobre México, tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de América Latina!

Nuestro cambio de época, si es que se puede marcar una significativa discontinuidad en la periodización de la historia del neoliberalismo en México, fue claramente un ulterior giro hacia la derecha, en una deriva en la cual se asentaron rasgos de época francamente reaccionarios que se reflejan y se fraguan desde arriba y permean todo el espectro social y cultural.

A 10 años del 2006, en un contexto ciertamente poco favorable, no podemos ni debemos olvidar que coyunturas como aquella se construyen en el día a día. No se trata de acontecimientos aleatorios o providenciales sino que brotan del subsuelo del antagonismo, de la acumulación de fuerzas socio-políticas en el terreno de las luchas cotidianas de las clases subalternas. Éstas, en tiempos aparentemente muertos, de desmovilización, fungen de indispensable contrapeso, permiten sedimentar experiencias y constituyen el ambiente propicio en el cual pueden gestarse las condiciones subjetivas para abrir nuevos ciclos de protagonismo popular y nuevas crisis políticas en medio de las condiciones objetivas inexorablemente abiertas por las putrefacciones de la versión particularmente bárbara de capitalismo neoliberal que nos tocó vivir.

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