Número 115    octubre2013
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Mujeres que no llegaron

Muchas de estas mujeres vuelven a México sólo para ver una vez más a los seres queridos e intentar cruzar de regreso hacia el norte. Sin embargo volver es cada vez más difícil y muchas fracasan en el intento. Esta es la historia de tres de ellas.

Eileen Truax
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Tijuana, México. Tienen el corazón partido en dos. Por un lado, la familia que las vio crecer: el padre, la madre, el origen. Por el otro, los hijos, la nueva vida. Puestas a elegir, no hay manera de hacerlo; así que dejan a los hijos en Estados Unidos y regresan a México, a pesar de ser indocumentadas, para ir a ver a la madre que está sola, al padre que está en el lecho de muerte.

El Centro Madre Assunta de Tijuana es un albergue para mujeres migrantes que desde hace 15 años da refugio a quienes necesitan un sitio donde quedarse antes de intentar cruzar la frontera, o para quienes regresan después de haber sido deportadas.

Muchas de estas mujeres vuelven a México sólo para ver una vez más a los seres queridos e intentar cruzar de regreso hacia el norte. Sin embargo volver es cada vez más difícil y muchas fracasan en el intento. Esta es la historia de tres de ellas.

Lo único cálido es la sonrisa; todo lo demás está helado. Los párpados, enrojecidos, apenas le permiten entreabrir un poco los ojos. El rostro, las manos, los labios, toda la piel está al rojo vivo; pero ella tiembla de frío aunque está sentada bajo el sol, envuelta en un grueso cobertor de lana, cubierta hasta el cuello. Los pies, hinchados, parecen a punto de estallar.

Lizbeth estuvo a punto de morir en pleno monte…

Lizbeth estuvo a punto de morir en pleno monte, entre Tecate y Tijuana, mientras ella y su esposo cruzaban guiados por un “coyote” que les cobró 3 mil 400 dólares por llevarlos “al otro lado”.

Salieron el 16 de diciembre teniendo por meta Los Ángeles; caminaron todo el día y les cayó encima la obscuridad. En una de las noches más frías de este año, la pareja y el coyote tuvieron que guarecerse bajo un arbusto. Tan pronto amaneció, el coyote les dijo que iría a buscar la carretera para salir. Nunca lo volvieron a ver.

Lizbeth y su esposo buscaron entonces cómo regresar. “No sabíamos ni dónde estábamos”, explica ella dos días después, cuando sentada en el patio del Centro Madre Assunta, trata de que su cuerpo recupere la temperatura normal.

A sus 18 años, lo último en lo que piensa Lizbeth es en ella misma. En la que sí piensa es en su hija de cuatro años, que se quedó con su familia. Piensa también en el hijo que lleva en el vientre; con sus dos meses y medio de embarazo, se apresuró a reunir el dinero para cruzar “porque si dejo pasar el tiempo me pongo más panzona y así no me cruzan”, explica.

Esta no es la primera vez que Lizbeth intenta llegar al otro lado. Durante los últimos cuatro años ha vivido en Fortuna, al norte de California, en donde trabajaba en un restaurante. Decidió ir a México para ver a su mamá, y con su pareja pensó entonces en quedarse, en trabajar en su país; el problema es que ahí no hay cómo.

“La situación económica está dura, por eso decidimos irnos otra vez a Estados Unidos”, explica mientras relata su travesía: una segunda noche bajo la lluvia, con un frío atroz. Una caída por un barranco, donde casi muere. Incluso una persecución cuando se encontró de frente con un toro. “Sólo estuve dos días ahí y siento que ya podría escribir un libro”, dice con mucho, mucho cansancio.

A Lizbeth la recogió un cura que pasaba por una carretera. Ahora espera que llame su cuñado para ver si pudo reunir el dinero para que ella y su esposo intenten cruzar otra vez porque, asegura, en México no hay cómo vivir; en Estados Unidos sí.

“Allá no pagas el doctor, te dan ayuda. Acá un litro de leche te cuesta doce pesos (cerca de un dólar), allá es gratis. Aquí te cobran hasta para ir al baño, de todo te quieren sacar dinero. Somos emigrantes en Estados Unidos, pero también en México”.

La mirada de Érika es bien dura.

La mirada de Érika es bien dura. Coronando el rostro de rasgos suaves, los ojos que miran fijamente parecen tener por consigna ocultar cualquier sentimiento. Será por el dolor tan profundo: tras 13 años de construir una vida con su familia, Erika lo ha perdido todo.

Originaria de Guanajuato, esta mujer de 34 años llegó a Estados Unidos en 1995. Con el paso del tiempo ella y su familia lograron establecerse en Arkansas, donde pusieron un negocio de productos mexicanos. Para ella y sus siete hijos, la vida mejoraba.

A mediados de noviembre Erika recibió una llamada: su madre, quien vive en México, estaba enferma. Entonces decidió ir a verla: emprendió el viaje sabiendo que el regreso sería duro, “pero nunca me imaginé que ahora fuera tan difícil”, explica. Tres de sus hijos se quedaron con su esposo.

Mientras estaba en México, Erika recibió una segunda llamada: el Servicio Nacional de Inmigración (INS) había detenido a su esposo y le imputaba cargos relacionados con narcotráfico. Los hijos de Erika fueron entonces retenidos por el Departamento de Seguridad Interna (DHS).

“Hablé con una trabajadora social y le expliqué mi situación, pero me dijo que tenía 72 horas para ir por ellos. No aceptaron entregárselos a ninguno de mis familiares”, explica. Entonces empezó a buscar la manera de regresar. Intentó cruzar una vez por Reynosa; ahí la detuvo inmigración y fue deportada. Trató una vez más por Tijuana, donde consiguió una visa falsa; pero el agente de inmigración sospechó de ella y los nervios la traicionaron. Erika terminó en una celda.

Al hablar de su familia, con orgullo muestra una fotografía. Ella, en medio de sus hijos, aparece sonriente. Mientras enseña la imagen, Érika mantiene doblada una orilla de la foto. Es donde se encuentra su esposo; oculta su imagen, pero aún no se atreve a cortarlo. “Nosotros estábamos bien, él no tenía necesidad de hacer eso”, dice llena de rabia, de dolor.

Érika asegura que intentará cruzar una vez más, pero sólo para ir por sus hijos, Después, dice, volverá a su país.

“Yo creo que sí se puede vivir en México, se puede vivir y se puede trabajar. En Estados Unidos trabajaba siete días a la semana, todos los días. Tenía carros, una casa bonita, pero nunca estaba ahí”, dice. “Voy a vender lo que tengo y a ver cómo le hago; me voy a deshacer de la mitad de mi vida, pero yo nomás lo que quiero es estar con mis hijos, que estemos todos juntos”.

Diez veces ha intentado cruzar y las diez la han regresado

Diez veces ha intentado cruzar y las diez la han regresado. “Cinco veces por el cerro, tres veces por Mexicali, una vez por Tecate y dos por Tijuana”, dice Rosa, quien desde el mes de agosto no ve a sus hijas y a su esposo, y que hoy no puede más. “Yo creo que ya me quedo acá. Creo que voy a traer a mis hijas y ya”, dice esta mujer de 29 años, madre de una niña de once y una de dos.

Rosa y su familia viven en Los Ángeles. En agosto le avisaron desde Oaxaca, su tierra natal, que su padre estaba a punto de morir. Rosa decidió ir a despedirse, pero cuando llegó, su padre ya estaba muerto. Entonces empezó a ver sus opciones para regresar.

“Conseguí a un coyote que me dijo que me iba a dar un pasaporte, pero nunca me dijo que era robado. Me llevaron a una cárcel en San Diego, luego a una en San Luis. Me llevaron a cinco cortes, y fue hasta la quinta que me dejaron salir”, relata.

Cuando se le pregunta sobre el momento más difícil dentro de la cárcel, Rosa no duda al responder. “La revisión. Lo más humillante es cuando hacen que te desvistas; cuando estás sin ropa, te piden que te agaches y te hacen toser”, dice con rabia. “Cuando te llevan a corte vas encadenada de pies y manos, como un criminal. Se te rompen los tobillos, el calcetín no es suficiente. Te dan la comida sin sal”.

El 2 de diciembre finalmente fue deportada a Tijuana. “Llegué sin un peso, sin conocer a nadie, sin un suéter. Tenía una blusa cortita, porque cuando crucé hacía calor. Llegué aquí, me dieron de comer y aquí he estado”, dice tratando de sonreír.

Su esposo quiere que lo intente otra vez, que regrese a Los Ángeles; ahí, ella trabajaba en una tintorería. Pero Rosa siente que ya se le acabaron los intentos, que tal vez lo mejor sería volver a Oaxaca.

“Yo creo que podría limpiar casas”, dice pensativa. Junto a su cama en el Centro Madre Assunta, Rosa toma entre las manos una imagen de la Virgen de Guadalupe, su única pertenencia.  “Prefiero traerme a mis hijas que volver a estar encerrada. Lo único que quiero es estar con ellas; donde sea, pero con ellas”.

Hay que tener el corazón sensible y el estómago fuerte para oír la historia de Rosi. Para escuchar cómo la llevó el coyote, cómo le pedía que brincara el muro a pesar de sus seis meses de embarazo; cómo fue detenida y revisada sin pudor por las autoridades de inmigración; cómo la sensación de fracaso no termina.

Durante trece años Mary Galán ha demostrado tener ambos, estómago y corazón. En 1995 llegó desde Sinaloa para buscar junto con su esposo una nueva vida en Tijuana. Ahí, al poco tiempo de haber llegado, se enteró de que la casa para mujeres y niños migrantes Centro Madre Assunta buscaba a una trabajadora social y quedó con el trabajo.

“Era muy duro para mí sentarme a escuchar estas historias, se me hacía un nudo en la garganta”, recuerda Mary, quien hoy es el brazo derecho de la directora de este lugar, la hermana de la órden scalabrina Orila Travessini. La tristeza se ha transformado en voluntad, y con ella en este lugar se atiende a cerca de 150 mujeres deportadas cada mes, que llegan con lo puesto, sin saber qué hacer.

A unos pasos de este centro, la Casa del Migrante, también de los religiosos scalabrinos, recibe a los hombres que llegan en la misma situación. Si las personas tienen entre 13 y 17 años de edad, entonces son dirigidos es a la Casa de Menores Migrantes YMCA, en la misma ciudad. Los niños menores de 13 años son atendidos por Desarrollo Integral de la Familia (DIF), la dependencia del gobierno mexicano encargada de atender a la niñez.

“A finales de los años ochenta ni las organizaciones civiles ni las gubernamentales atendían a los migrantes”, recuerda Uriel González, coordinador de la Casa YMCA en Tijuana, quien narra cómo fueron agrupaciones civiles las que identificaron la necesidad de dar atención a quienes eran deportados o a quienes se preparaban para cruzar. No fue sino hasta el año 2000 cuando el gobierno federal decidió hacerse cargo de una parte del problema, en este caso los menores.

De acuerdo con Mary Galán, con los años ha dado un giro el perfil de quienes llegan a estas casas. “Primero llegaban mujeres que apenas iban a cruzar. Cuando la crisis empeoró en México, nos llegaban las familias completas. Pero ahora lo que más nos llega son mujeres deportadas, algunas que no logran cruzar, pero otras que están siendo deportadas después de estar 15 ó 20 años de estar allá”.

En sus 15 años de existencia el Centro Madre Assunta ha recibido a 13 mil 500 mujeres. Se estima que al año se realizan cerca de un millón de detenciones en la frontera. De estos detenidos, entre un 20 y un 30% son mujeres.

Publicado por la autora en 2008, por la vigencia de sus historias, se publica con autorización de la autora por el internacional del migrante.

 Publicado el 24 de diciembre de 2012



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