Ventanas

Alicia Alonso Merino

Ventanas en los muros de las prisiones

Las cárceles, hoy en día, se han convertido en los vertederos sociales donde se deposita a las personas excluidas del sistema económico neoliberal que la selectividad penal ha privilegiado. Sistema económico que se ha aliado de forma despiadada con el colonialismo, racismo y el heteropatriarcado.

La prisión funciona ideológicamente, como dice Ángela Davis, para descargarnos la responsabilidad de pensar sobre los problemas reales que viven las comunidades de donde proceden las personas que están siendo encarceladas y las causas de tales problemas. Una vez encerradas, estas personas, dejan de formar parte de la sociedad y pasan a formar parte del mundo invisible del cautiverio, donde no sólo se priva de la libertad de ir y venir, sino de otros muchos derechos como la salud, la educación, el trabajo, la familia y la sexualidad, entre otros.

A lo largo de la historia, las mujeres hemos vivido (y vivimos) diferentes cautiverios, ya sea como madresposas, monjas, putas, locas o presas -en palabras de Marcela Lagarde. Se nos encarcela, desde hace siglos, por transgredir la norma social y la ley penal. Una ley y una justicia sexista y al servicio del patriarcado que encierra a aquellas que se atreven a tener autonomía sobre sus cuerpos e iniciativas económicas de sobrevivencia al margen de la norma, o a aquellas que fueron excluidas de las oportunidades.

Las penitenciarías han sido pensadas por y para los hombres, que cometen delitos diversos y en circunstancias mayoritariamente diferente a las de las mujeres. Esto hace que la condena de ellas se agrave en cuanto a las condiciones de cumplimiento (lejanía de las familias, menores actividades, medidas de seguridad y control). Reproduciéndose al interior las desigualdades que se viven extra muros debido al machismo estructural.

Para muchas de ellas, la cárcel representa un continuum en la vida de violencia que han sufrido a lo largo de toda su vida. La prisión produce y reproduce una violencia estructural que se convierte también en violencia física y sexual, debido a las múltiples opresiones y situaciones de subordinación que se viven en su interior.

En este contexto de violencia, discriminación y dolor, se han multiplicado experiencias de organización, acompañamiento, construcción y apoyo que consiguen desarmar los muros y derribar las fronteras entre el fuera y el adentro. Son la comunidad de cooperación y cuidado de presas y no presas de las “Mujeres de Frente” en Ecuador; el acompañamiento psicosocial y la denuncia que realiza el “Colectivo de Mujeres Libres” en Colombia; la comunidad sorora desde la producción artística que construye la Colectiva “Pajarx entre Púas” en Chile; la cooperativa popular, transfeminista y anticarcelaria del colectivo popular de formación y audiovisual de “Yo no Fui” en Argentina; las publicaciones colectivas de la Colectiva Editorial “Hermanas en la Sombra” y las prácticas pedagógicas, artísticas y jurídicas de Mujeres en Espiral en México; es la red de comunicación, apoyo y confianza que teje el colectivo “C.A.M.P.A.” en el estado español y otras muchas organizaciones feministas y anticarcelarias repartidas por todos los continentes1.

Estas colectivas y sus prácticas nos recuerdan la importancia de escuchar las voces de las mujeres y disidencias en el encierro, desde el encierro y más allá del encierro. Nos devuelven la responsabilidad que botamos cuando cerramos la llave de la puerta del penal. Nos traen las vidas, los rostros, los sentimientos, de mujeres que fueron excluidas de los privilegios y oportunidades. Nos ayuda a empatizar con “las otras”, como compañeras, hermanas, amigas, colegas, madres, hijas, nietas o amantes.

Su acciones y prácticas nos cuestionan sobre la vida de las personas desechadas y la dura realidad que se vive en la cárcel por boca de sus protagonistas: el poder de la droga, el desgaste constante, la descomposición social, los rostros destruidos, el infierno en la tierra, los excesos, la pérdida de dignidad, el frío moral y humano, el agobio, la soledad, el desorden, las angustias por la lejanía de la familia, el dolor, el tormento, la altanería, la grosería, los gritos, los gritos sin peleas, las peleas sin gritos, los cortes en los cuerpos de mujeres, los abusos de poder, los golpes, el maltrato y el abandono.

En los lugares de “No-Existencia” que son las cárceles, existen procesos que le “roban” los espacios al encierro y se convierten en “espacios liberados” a la prisión. Es aquí donde se puede repensar la vida, lejos de la angustiante realidad carcelaria circundante.

Estos proyectos facilitan la existencia de “espacios liberados” desde sus prácticas colaborativas. Donde es posible hablar de Esperanza, Sobrevivencia y Fuerza. Donde es posible recuperar algo de la humanidad despojada. Donde es posible volver a ser y soñar, con dignidad. Gracias a todas ellas.

1 Estos son solo algunos ejemplos; por suerte hay experiencias similares e igual de enriquecedoras en muchos otros países.

Una Respuesta a “Las exiliadas del neoliberalismo”

  1. Gladys Alfaro

    El resultado ante esta forma de resistencia ha tenido buenos resultados para muchos de los casos, pero tal como lo muestra la Autora también se tienen casos lamentables. Desde mi punto de vista debe ser esta acción política acompañada de las instancias Internacionales para garantizar los Derechos Humanos de las personas, si no se garantizan dichas instancias deberían concretizar a los grupos, a las mujeres y hombres de no continuar con la Acción por la vulneración que tienen.

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