“Tal vez no exista experiencia más educativa que un viaje”: Cristian Ariel, educador argentino

Testimonio recogido en Panamá por Tamara Roselló Reina

El educador argentino Cristian Ariel Peña sigue la ruta que trazó, o la que el camino le pide que recorra, en un viaje que realiza por América Latina. Salió en marzo pasado de su natal Argentina a donde espera retornar en octubre con una visión más cercana y propia de los pueblos de América.

Cristian se define como “un latinoamericano que cree que este mundo está bien jodido, pero que a su vez existen infinidad de cosas por las qué luchar, en una lucha que no es individual sino colectiva”. Se ríe de contento cuando los pueblos desafían a la muerte y dignifican a quienes vivimos en este planeta con sus heroicos actos cotidianos, y piensa que no estamos tan desprovistos de armas y organización como nos quieren hacer creer, pero que el trabajo por hacer es arduo y que no podemos estar convencidos de otra cosa que no sea ir pa’ lante. “Inventamos o erramos”.  “El Negro”, como le llaman sus amistades, comparte con Desinformémonos, algunas de las historias de estos últimos meses en contacto directo con realidades diversas y luchas a muerte por la vida.

Creo que el deseo de viajar es inherente a la condición humana, sólo es necesario estimularlo. Por lo menos en Argentina es común que las niñas y niños de clases populares soñemos con conducir un camión y recorrer el país arriba de esas moles. Estimo que la posibilidad de conocer geografías, culturas y gente aviva ese sueño.

En lo que a mí respecta, nací en el seno de una familia marcada por diferentes viajes que atraviesan su historia. Algo muy común en un país donde las oleadas migratorias constituyen pilares de gestación de nuestro Estado-Nación. Pero vuelvo a mi familia. Mis abuelos paternos son oriundos del sur de Chile, de la décima región, de la Araucanía. Cruzaron a Argentina escapándole al hambre y una vez instalados en la Patagonia trabajaron en todo lo que pudieron con el afán de sobrevivir junto a su prole. Por parte de mi mamá, mi abuela nació en Gan Gan, provincia de Chubut. Hija de una peona rural y un indígena de apellido Epulef. Fue dada como criada a propietarios de tierras en el Valle de Río Negro. Otro viaje. Mi abuelo es hijo de un propietario de tierras que se instaló en Río Negro junto a una mujer de Junín de los Andes, área eminentemente cordillerana. La mujer era mapuche, que en su lengua significa “gente de la tierra” (“mapu”, tierra y “che”, gente).

En el mismo sentido, mi niñez no estuvo exenta de periplos. Si bien nunca sobró dinero para emprender lo que conocemos como “vacaciones”, la creatividad de mis padres siempre estuvo a la altura de las circunstancias. Armar los bolsos, juntar mercadería para cocinar, arreglar un fútbol que sería el epicentro de los divertimentos, constituían preparativos de un viaje que tal vez no sería más lejano que la vuelta de la esquina. No importaban las distancias, la belleza de los paisajes, sino el objetivo de romper con la cotidianeidad, de improvisar, de tener ingenio para divertirse, de ser felices compartiendo.

Los primeros viajes sin mi familia los realicé cerca de mi país, a Chile y Bolivia. Creo que en ellos las búsquedas estaban más enfocadas en los paisajes, las bellezas de nuestra madre tierra. Mi paso por la universidad, el encuentro con personas, libros y experiencias transformaron los horizontes de los periplos y las búsquedas que uno deposita en ellos.

Este viaje tiene mucho de planificación. Hace años que sueño con conocer los pueblos de nuestra América Latina pero faltaba la decisión final. Hay que renunciar a trabajos, abandonar el alquiler de una casa, disponerte a estar lejos de tu tierra por un tiempo prologando. Obvio que también tienes que trabajar con un plus que te permita reunir dinero que te sostenga por lo menos en los primeros meses de la iniciativa.

El trazo grueso del recorrido estaba más o menos definido. Partí de Buenos Aires el 9 de marzo y la idea es llegar a Venezuela semanas antes de los comicios presidenciales del próximo 7 de octubre. Se trata de un viaje por tierra, con paradas inevitables en Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia. El recorrido que realizo dentro de estos países es azaroso. Depende casi en su totalidad de los movimientos sociales y políticos con los que pueda establecer contacto.

¿En qué me voy a transportar?, ¿dónde me voy a alojar?, ¿con quiénes me cruzaré?, son interrogantes que el viaje aclara de manera misteriosa. Parafraseando a Jorge Huergo, pedagogo argentino, que a su vez retoma a ese gran educador que fue Simón Rodríguez: “El pedagogo es el viaje”. Tal vez no exista experiencia más educativa que un viaje. Completamente diferente a una situación educativa sistematizada, ordenada, racionalizada. En la situación de viaje uno puede establecer puntos de referencias, de inicio y llegada, pero jamás prever cómo será el recorrido. Algo de eso tiene mi experiencia. Tal vez esto último explique que ahora mismo te responda estas preguntas desde un pueblito perdido en la costa pacífica de Panamá. Cómo llegue hasta acá. Sólo el viaje podría respondértelo.

La certeza de que nuestros pueblos nunca abandonaron la creación de la mujer y el hombre nuevo, y de que todos los días ponen sus fuerzas, trabajo y sangre en la construcción de un mundo más digno, justo, donde la felicidad sea para todas y todos, no para unos pocos, fue mi principal motivación para emprender este viaje. Esta certeza es la que me empuja a conocer las maneras en las que el campo popular se organiza, las estrategias que adopta para interpelar a los diferentes sectores de la sociedad, los obstáculos y enemigos presentes en cada coyuntura local.

El desafío en común para los pueblos del mundo es derrotar al capitalismo en su nueva etapa y resistir a los procesos de deshumanización que éste impone. Pero la construcción de aquello que algunos llaman socialismo del siglo XXI o lisa y llanamente, sociedades donde el derecho a alimentarse, a vivir una vida saludable, al respeto por nuestras identidades y bienes comunes, a una educación gratuita, pública y de calidad esté asegurado para la totalidad de hombres y mujeres, tiene características particulares en cada una de las coyunturas nacionales. Las identidades, culturas, personas que se funden en aquello que podríamos denominar “pueblo” son diversas, y esto se plasma en las maneras que tienen de decir, cantar, bailar, amar, luchar.

Este viaje tiene un componente subjetivo importante: soy yo quien recorre los diferentes países, el que ha tomado la mayoría de las decisiones personales necesarias para concretar el periplo. Sin embargo, nunca lo definiría como una iniciativa altruista a lo Humboldt, una iniciativa pintoresca de un loco viajero. Soy militante del Frente Popular Darío Santillán (FPDS) en Argentina, que a su vez integra la Articulación de Movimientos Sociales hacia el Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) a nivel continental. La articulación, al igual que otras como la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo-Vía Campesina (CLOC-VC),  expresa la firme convicción de que la lucha contra el capitalismo y la construcción de un mundo nuevo es inseparable de procesos de unidad de nuestros pueblos. ¿Por qué realizo esta aclaración? Porque sin la solidaridad pero sobretodo la convicción de movimientos y organizaciones que me recibieron y reciben como compañero (con todo el peso de la palabra), este viaje se tornaría imposible, tanto en el aspecto económico (el dinero con el que comencé y continúo es mínimo) como con los objetivos profundos del periplo.

En la medida de lo posible, el recorrido y los quehaceres del viaje han sido discutidos en espacios orgánicos ya sea del FPDS, ALBA y/o los movimientos y organizaciones con los que me relaciono en cada país.

Tratando de no incurrir en caracterizaciones de coyunturas nacionales profundas ni nada que se le parezca, creo que los problemas en los países recorridos derivan de formas y esencias del capitalismo en su nueva etapa. En un mundo donde la crisis económica golpea a Estados Unidos y Europa, donde el imperialismo norteamericano se encuentra en una situación complicada por la emergencia del BRICS (Brasil, Rusia, India y China) y no ahorra ni disimula el ejercicio de la fuerza contra, por ejemplo, los pueblos de Medio Oriente, los capitales transnacionales empujan a nuestros países a “reprimarizar” y extranjerizar sus economías, a mercantilizar, saquear y contaminar nuestros bienes comunes, a atentar contra los derechos de los trabajadores y trabajadoras, del campesinado, de los indígenas y todo aquel o aquella que tenga olor a pueblo.

Tanto es así, que la lucha contra la mega-minería, el monocultivo, la expansión descerebrada de la frontera energética y el recorte de derechos laborales y sociales son un hilo conductor en todos nuestros países. En contrapartida, las banderas de la soberanía alimentaria, del derecho a la ciudad, la defensa de las tierras y territorios, la lucha por una reforma agraria integral, la construcción de espacios de participación y democracia de base y los procesos de colectivización de medios de producción en manos de las trabajadoras y trabajadores son alegrías, victorias, anhelos compartidos desde abajo.

Las diferencias entre nuestros países estriban en los componentes heterogéneos que se funden en lo que podríamos definir como “pueblo”. En nuestras raíces podemos encontrar reminiscencias indígenas, afros, europeas. En cada una de nuestras nacionalidades el entrecruzamiento se dio de una manera particular. Por ende, los universos culturales que se forjaron a lo largo de nuestra historia si bien tienen puntos en común en muchos, también difieren.

Si entendemos que la cultura es aquello que nos permite hacer comprensible al mundo, nuestra ventana hacia la realidad, lo que nos torna en seres situados en un contexto y no en otro, claramente América es un hermoso collage de humanidad. Por ejemplo, en Argentina las oleadas migratorias europeas de finales de siglo XIX y primeras décadas del XX han configurado fuertemente las características de nuestros sectores populares. La incidencia poblacional de los pueblos originarios es baja comparada con otros países de la región. Desde tiempos pre-coloniales nuestras geografías fueron menos pobladas que otras del continente. Además, las poblaciones indígenas fueron víctimas de genocidios espantosos en tiempos de consolidación del Estado-Nación a lo largo del siglo XIX.

Algo similar experimentó la población afro, siendo carne de cañón en las guerras independentistas y finalmente en el conflicto infame montado contra el pueblo paraguayo por las oligarquías brasileña y argentina, con el auspicio de Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX. Todo lo dicho hasta aquí tal vez sirva para argumentar que el componente indígena-afro en el pueblo argentino tiene menor gravitación que en Bolivia, Ecuador o Panamá. ¡Cuidado! Esto no quiere decir que no existan indígenas y afros en nuestro país. La presencia de comunidades como la caboverdiana y/o la lucha del pueblo qom y mapuche en defensa de sus territorios certifica lo contrario. Pero estas características han derivado en que la identidad aglutinante de nuestro pueblo no devenga tanto de la comunidad de procedencia o etnia sino de su reconocimiento como trabajadores. Y allí, el aporte de la inmigración europea para consolidar formas de organización y lucha contra un sistema opresivo ha sido fundamental.

Los hombres y mujeres que llegaron de Europa, preferentemente de Italia y España, trajeron consigo prácticas de sindicalización, también ideologías como el anarquismo y marxismo. Esto marcó a fuego a nuestro pueblo y su impacto en nuestras formas de organización y lucha aún perduran en el siglo XXI. Por otro lado, si uno analiza la dinámica en la organización de los sectores populares de Ecuador, en ella es fundamental el rol que juegan las prácticas ancestrales, los vínculos de reciprocidad tales como el ayni, la minga, el reconocimiento de las autoridades comunales, etcétera.  No es casual que un proceso bisagra en la historia ecuatoriana reciente se haya desencadenado en el Inti Raymi de 1990 o que los movimientos políticos con más fuerza del país sean la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) y Federación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras (FENOCIN).

Por último, otra diferencia es la correlación de fuerzas en las que se encuentran los sectores populares en cada coyuntura nacional. Aquí no trato de caracterizar a los gobiernos sino a la capacidad de los sectores populares y sus organizaciones en incidir en el plano político. Por ejemplo, en Bolivia y Ecuador las organizaciones tienen terreno ganado en lo que respecta a la defensa de sus tierras y territorios, es decir, tienen un panorama más alentador y mayores posibilidades de poner freno al modelo extractivista. Esto no quiere decir que sea una realidad inminente. Los procesos nacionales están llenos de contradicciones, simplemente digo que las organizaciones gozan de mayor consenso social y por ende, con más herramientas para incidir en políticas públicas.

Su desafío es el de la autonomía y enfrentar los peligros de la cooptación en pos de intereses antipopulares. Su presente deberá ser de lucha, si no, no será. Los conflictos en el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS) y en la Amazonía ecuatoriana por iniciativas extractivistas son una muestra de ello. Por otro lado, la situación del pueblo peruano y colombiano es diferente. Sufriendo los embates del neoliberalismo en los noventa, de un feroz y sistemático terrorismo de Estado y del impacto del Tratado de Libre Comercio (TLC) con varios países, están en una correlación de fuerzas más desventajosa que los países anteriores. Sin embargo, las fracciones de pueblo organizado no desaparecen y siempre son una feliz amenaza de multiplicación. Conscientes o no, mantienen la esperanza revolucionaria necesaria en toda lucha.

Si me preguntas con qué lucha me siento identificado, te respondo sin temor de quedar como un demagogo que con todas las que me tocó vivir de cerca. Lo que ocurre es que en aquellas en donde el pueblo es más maltratado es donde más lo afectan las injusticias. Y allí se cumple lo que dice el Che: “Sentir en lo más hondo cualquier injusticia…”. Los asesinados en Cajamarca por resistirse al proyecto minero Conga o los hombres y mujeres que mueren en el Cauca en manos de paramilitares o militares colombianos (que son brazos ejecutores del mismo sistema), han sido los dolores más intensos del viaje, los gestos más heroicos de lucha. 

Mi trabajo está vinculado a procesos de educación y comunicación tanto dentro como fuera de mi organización. Por ende, en la planificación del viaje se preveían tareas en varios sentidos. Por un lado la posibilidad de realizar coberturas periodísticas de las diferentes coyunturas. Este plano de acción se viene desarrollando bastante bien. Estoy contento. Como integrante del área de comunicación de la Articulación ALBA de los Movimientos Sociales cubrí por más de 20 días el conflicto por Conga en Cajamarca, a través de notas gráficas, audios y foto-reportajes.

Con FENOCIN, en Ecuador, realizamos una producción audiovisual acerca de Puerto Cabuyal y su resistencia a ser desalojados para la implementación de un proyecto mega-turístico. Este conflicto está enmarcado en un contexto más amplio, que incluye la pelea de CONAIE-FEINE-FENOCIN por una Ley de Tierras y Territorios. A su vez lanzamos una serie de videoclips denominada “El sonido y el abecedario”, donde se recuperan testimonios de hombres y mujeres de nuestra América. Actualmente estamos planificando con integrantes de FENSUAGRO-Colombia, un documental acerca de los mercados campesinos como una alternativa novedosa, popular, que pone en el centro de la escena la necesidad de una reforma agraria integral y el debate en torno a la soberanía alimentaria.

Además, también con FENSUAGRO hay posibilidades de desarrollar una serie de talleres de formación en comunicación popular. Precisamente lo relacionado con procesos educativos es la parte menos explorada en el viaje. Es algo misterioso porque al inicio del viaje era para la tarea que me sentía más capacitado. ¿Por qué prima el ejercicio del periodismo por sobre el del educador? No lo sé. Seguramente, como decía hace un rato, el viaje tiene la respuesta.

Ahora estoy en Panamá. En unos días retorno a Colombia y tengo mucho por delante. Espero estar a fines de agosto o primeros días de septiembre en Venezuela para seguir de cerca la coyuntura eleccionaria pero sobre todo el proceso bolivariano, conocer de qué manera lucha y se organiza el pueblo venezolano. Después de las elecciones tengo pensando emprender la vuelta a casa, pero eso finalmente nunca se sabe con certeza. Es decir, sé que voy a retornar a Argentina pero no sé de fecha exactas.

Durante el viaje piensas mucho en tu país, en las tareas por hacer, en la dignidad de quienes todos los días le ponen el pecho al asunto y dan pelea por la construcción de otro estado de cosas. Actualmente, en Cerro Negro, Catamarca, la gendarmería, el poder judicial y el gobierno nacional desalojaron un acampe que exigía la marcha atrás de un proyecto de minería a cielo abierto en el área cordillerana. A su vez, empleados estatales de Buenos Aires, la provincia más importante del país, llevan adelante medidas de fuerza masivas, exigiendo políticas que redistribuyan el ingreso en una economía que crece a más del seis por ciento anual desde hace casi 10 años. Último dato: la burocracia sindical y el gobierno nacional, aliados recientes, rompieron relaciones y los medios de comunicación masivos oficialistas y opositores buscaron corporativizar la demanda. La burocracia incorporó al pliego de lucha la eliminación del impuesto a las ganancias sobre los salarios. El dilema para el pueblo trabajador era difícil de resolver pero no imposible. Se requería perspicacia para no quedar relacionado con dirigentes sindicales impresentables.

Con el objetivo de defender el modelo de desarrollo argentino, el gobierno nacional ofrece todo tipo de facilidades a transnacionales como Barrick Gold  -empresa dedicada a la minería a cielo abierto, que espera la aprobación de decenas de emprendimientos mineros para explotar a base de uranio la Cordillera de los Andes, y a la que recientemente el pueblo de Loncopué, en Neuquén, le dio una cachetada a mano abierta diciéndole No a la mina en un plebiscito inédito– y Monsanto –la principal promotora de agro-negocios a nivel mundial, responsable del proceso de sojización y la consecuente pérdida de soberanía alimentaria que vive el país, además de ser partícipe en la reciente conspiración en el golpe de Estado parlamentario que derrocó a Fernando Lugo, en Paraguay–  aplica sobre el salario de trabajadores un impuesto a las ganancias. No conforme con ello impone un techo a las negociaciones salariales muy por debajo del porcentaje de la inflación anual, lo que determina la pérdida de poder adquisitivo del pueblo trabajador. Asimismo, en una economía que crece como pocas en el continente, la tasa de empleo revertió las cifras astronómicas de desempleo de principios de milenio, pero con la recuperación vivimos el mal endémico de la precarización laboral. Paradoja: el Estado argentino es quien posee mayor porcentaje de trabajadoras y trabajadores con derechos vulnerados. En síntesis, al igual que el resto de América Latina, el pueblo argentino está en lucha. Y creo que el lugar dónde tengo que estar es allí.

Publicado el 20 de agosto 2012

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Una Respuesta a ““Tal vez no exista experiencia más educativa que un viaje”: Cristian Ariel, educador argentino”

  1. patricia fica pacheco

    Mis mas sinceras felicitaciones sobrino me siento muy orgullosa de todo tus logros,y me emociona que recuerdes tus antepasados con tanto ímpetu.
    y deseo que cumplas todo lo que te has propuesto ejecutar,te quiero mucho y sigue adelante con tus sueños.

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