“Sobreviví a un temblor”

Testimonio recogido por Emilio Rabasa Véjar

Toda mi vida he vivido en Santiago, la capital de Chile, una ciudad que crece a pasos agigantados con la globalización y que pase lo que pase, no se queda rezagada ante nada, al contrario, se crece ante las adversidades. Con una población no mayor a los seis millones de habitantes, Santiago para mí lo es todo, claro, con sus altibajos y los estreses de una gran ciudad. A veces me harto, pero soy una chilena orgullosa.

Para cuando el sismo sucedió, yo estaba más enojada que asustada. Fue por la tarde. Me encontraba un tanto cansada porque dos días atrás empezamos los exámenes un par de amigas y yo. Belén, mi amiga, estaba recibiéndose de su carrera, y decidimos que era buena idea ir a Iquique, específicamente a playa Cavancha,  a desestresarnos de lo pesada que puede ser la vida en Santiago. Además podía ser una gran oportunidad para ver a mi tía Andrea.

Iquique es una ciudad portuaria de aproximadamente 200 mil habitantes; muy pequeña, en realidad. La economía está basada en la gran minería del cobre, el turismo, manufactura y la pesca a escala pequeña.

Lo curioso de todo esto es que el complejo donde ahora vive mi tía es uno de esos viejos edificios de tipo dúplex continuos de centro, que cuentan con cierto elitismo arcaico denotado por los acabados y la firme construcción de cantera como ya los hay pocos. Me dispuse a tomar una siesta. Dios sabe que no tengo ni la más remota y jodida idea de qué hora era, cuando mi tía  entró con toda desesperación a gritarme al cuarto.

En ningún momento pensé que Andrea fuera una histérica, aparte de las ocasiones en las que me regañaba cuando jugaba con sus instrumentos, así que me sorprendió su espanto en la voz. Gritaba algo similar a “terremoto”, pero con un acento extraño, así que durante unos seis segundos se lo atribuí todo a mi sueño, que más que descanso era un ligero dormitar impregnado de sueños lúcidos. No fue sino hasta que escuche el verdadero terror en su voz que decidí pararme de golpe, sobra decir que me fui de hocico al suelo. Le grité a mi tía que corriera y se parara en el camellón de la calle, era el lugar más seguro, porque ahí era imposible que cayera un solo trozo de escombro.

Para cuando recuperé la compostura, ya todo había terminado. Salí a ver a mi tía y entre toda la conmoción de los vecinos y el susto de las señoras en camisón, decidí que lo mejor que podía hacer era regresar a la cama, dado a que nuestro edificio se encontraba intacto, obviamente a causa de la altura y el material del que está construido.

Para cuando llegó la réplica, Andrea volvió a su histeria total. Habiendo yo tomado todos los factores en cuenta, sabiendo cómo es que el edificio en que me encontraba no iba a ser afectado y con el buen sentimiento que me propiciaba sentirme como arriba de una hamaca, lo mejor que le pude decir a mi tía  fue: Coño mujer, que a este edificio nada le pasará, ya déjame dormir.

Sin duda estaba equivocada. Iquique quedó mal, conmocionado, afectado, dolido, como si sus paredes hablaran y expresaran con dolor por lo que pasó. Con el sismo se cayeron más ladrillos y quedé con mi vecina mirando para el otro lado. La otra pared tiene grietas gruesas por fuera.

Era un caos. Los 200 mil habitantes se convirtieron en un millón, de la nada, en un abrir y cerrar de ojos. Ejército, policías, bomberos, rescatistas y civiles se mezclaron como si fueran uno solo. No sabía qué hacer, qué pensar y mucho menos a donde ir. Era muy extraño, como no haber despertado de la siesta o estar aún estresada por los exámenes.

A mi lado había tristeza y desolación. La desesperación reinaba como en una tiranía absolutista, ayudar al vecino, ayudar a mi tía, ayudar al perro, esos eran mis dilemas.

Los soldados vigilaron supermercados y gasolineras para prevenir el pillaje, mientras mucha gente continuaba formada para conseguir gasolina, agua y comida. La ciudad ahora permanece mayormente en paz y no se ha reportado daños mayores o pérdidas humanas por las continuas réplicas que han sacudido a los chilenos en el norte de la nación, quienes no hemos podido dormir por el temor.

Observo a gente muy mayor durmiendo en casas de campaña improvisadas a las afueras de Alto Hospicio, señoras con hijos, nietos y mascotas. No tienen casa, lo perdieron casi todo.

El otro día escuché a una viejita diciendo: “No tenemos agua desde el primer terremoto; no tenemos luz, estamos comprando el pan al frente (en un pequeño negocio) a 3 mil pesos (el triple de lo normal), un bidón de agua cuesta 7 mil. Hemos estado aportando para poder comprar y preparar por grupos. No hay pan, estamos comprando harina para hacer sopaipillas (masas redondas que se fríen)”.

Mi tía y yo hemos ayudado, pero falta mucho. Escuchar que viven 200 mil personas en una ciudad puede escucharse como muy poco, sin embargo, en tiempos de necesidad y penumbra es como observar a millones de inmigrantes pasar de un país a otro. Pocas veces he estado tan impresionada en mi vida, sin duda esto me ha hecho más fuerte. Sobreviví a un temblor.

A mis alrededores los pescadores continúan recuperando lo poco que quedó de las embarcaciones dañadas por el oleaje ocasionado por el sismo. Ya solicitaron ayuda al gobierno.

Apenas viene la ayuda, y tenemos que compartir con los campamentos y centros de acopio la poca comida que tenemos en casa. Yo de momento espero el tiempo justo para regresar a Santiago, estoy parada aquí y solo puedo agradecer a Dios la dicha de estar con vida y poder relatar este suceso, que sin duda no se lo deseo ni a mi peor enemigo.

Las escuelas siguen cerradas y los hospitales sólo están atendiendo emergencias. Cerca de una decena de bebés nacieron en los campamentos improvisados, atendidos por médicos y comadronas desde el terremoto mayor.

Parece que vivo en un sueño del que no he despertado. Sigo ayudando y siento que he madurado más en una semana que en los otros 23 años de mi vida. Solo queda esperar y creer en que juntos saldremos adelante.

 Publicado 14 de abril 2014

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