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Periodismo para eliminar la violencia de género

Laura Carlsen

Se considera un gran logro del movimiento feminista que los medios actualmente cubran actos de violencia contra las mujeres. Por décadas, o más bien siglos, fue una especie de tabú, el oscuro secreto de toda sociedad. Millones de mujeres sufrían y morían tras una cortina de complicidad social que no penetraba el periodismo. Pocos casos salían a la luz pública, generalmente en notas que se enfocaban en el morbo de la violencia extrema, o casos sensacionalistas, como asesinos seriales, que mezclaban el horror con una fascinación por el homicida y una deshumanización de sus víctimas.

A pesar de haber superado la barrera del silencio, la cobertura de la violencia de género repite muchos de los vicios del pasado. Con excepción de los medios feministas, reporteros y reporteras, directores y editores siguen gravitando hacia lo morboso, obviando el contexto del crimen —la violencia de género y la impunidad en que se expresa.

¿Cuáles son las obligaciones éticas del periodismo que cubre la violencia de género y cómo se hace responsablemente?

Hace unos días, nos juntamos mujeres periodistas de varios países de América Latina para intercambiar ideas y experiencias y responder a estas preguntas, convocadas por el Centro para el Liderazgo Global de Mujeres, ubicado en Rutgers University. Las mujeres que participaron no solo son periodistas, sino también activistas en el tema de violencia de género y comunicación, y —en muchos casos— sobrevivientes. Han desarrollado proyectos en sus países que incluyen recopilación de datos y análisis de contenidos en casos de violencia contra las mujeres, talleres de sensibilización para comunicadores, y visibilización e investigación de fondo sobre temas usualmente olvidados por la prensa comercial.

El Centro subrayó que los medios de comunicación juegan un papel clave en representar, cambiar o perpetuar el contexto de la violencia de género. La perspectiva, el lenguaje,

cuáles voces se inclyen y cuáles no, son todos elementos determinantes de cómo se entiende la violencia de género en la sociedad.

El primer obstáculo es la falta de contexto político —entendida la palabra desde su raíz: poder—, en los reportajes sobre violencia contra mujeres. En un mundo donde la información tiene que competir en el mercado, como cualquier producto, para ganar la atención de consumidores frente a la dispersión y la distracción, se recurre frecuentemente al amarillismo, al presentar el feminicidio como caso de interés más que problema social. La sangre de la víctima y los detalles de su muerte tienden a ser el enfoque mientras el perpetrador desaparece como sujeto. Tratar actos de violencia contra la mujer como incidentes aislados es una violación de la verdad que disfraza la violencia machista estructural.

La violencia de género tiene una causa, definida con claridad en la Plataforma para la Acción de Beijing, en 1995, al destacar que “la violencia contra la mujer es una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres, que han conducido a la dominación de la mujer por el hombre, la discriminación contra la mujer y a la interposición de obstáculos contra su pleno desarrollo”. La primera regla para reportar la violencia de género es reconocer esta causa explícitamente.

Es impresionante el número de notas que esconden o justifican un crimen contra la mujer en el mismo reportaje sobre el crimen. “Muere mujer tras recibir disparo…” dicen los encabezados, como si fuera su culpa por estar en el camino del balazo. ‘Hombre mata a su esposa por celos’, ‘Drogado, dispara a su novia’—este tipo de condicionantes de la violencia de género son justificaciones que implican que si el hombre estaba celoso, o borracho, o drogado el crimen de alguna manera se explica. De ningún modo.

Existen ciertos términos y ciertas prácticas que hay que evitar siempre. La frase común “crimen pasional” busca crear una telenovela alrededor de un feminicidio, a veces hasta insinuar que fue la intensidad del amor que llevó al asesinato, cuando fue la combinación tóxica de la discriminación que subvalora la vida de la mujer, la ideología que trata a su cuerpo como propiedad, y la violencia machista que aprenden hombres como una forma de privilegio, y mujeres como una forma de amenaza a los factores causales del asesinato o el ataque. “Crimenes pasionales” es un eufemismo para la violencia patriarcal.

Asimismo, jamás se debe publicar una foto del cuerpo de la víctima. Son mujeres con familias, con vidas hechas y con dignidad. Utilizar su sangre para vender periódicos es revictimizar a la vícitma y faltar el respeto a ella y a su familia. También es importante no quedarse en testimonios de sobrevivientes como víctimas o anécdotas. Su capacidad de resistencia, de lucha y de ser voceras y denunciantes frente a la violencia de género es parte integral de su historia y debe ser parte integral también de la nota.

El objetivo del taller es construir un manual de herramientas para reportar la violencia de género con el fin de contribuir a erradicarla. Nadie pretende ser “objetiva” en esta tarea. Mientras tanto, algunas de las recomendaciones que surgieron son: promover el discurso de igualdad de género en todos los espacios, que las mujeres con perspectiva de género formen parte de los directivos de los medios, que “los temas de mujer” no sean relegados a secciones o suplementos especiales sino transversales (no somos “minoría”), y de hablar con un lenguaje sencillo capaz de llegar más alla de nuestros círculos pero usando conceptos de igualdad y no-violencia.

Se comentó que es importante ir más allá de las estadísticas, que pueden reforzar la imagen de la violenca de género como algo abstracto, que sube o baja, sin causas o consecuencias. También de reconocer como las distintas identidades impactan al ejercicio de la violencia de género y sus secuelas personales y en el sistema de justicia, en particular el racismo contra mujeres afro descendientes e indígenas, la discriminación por discapacidad y contra la comunidad LGBT, y el contexto del colonialismo y la lucha contra el neoliberalismo hoy.

Para las mujeres periodistas que cubren violencia de género, la seguridad personal y de las fuentes es primordial. Nuestros países están entre los más peligrosos para practicar el periodismo. Casi todas las mujeres han vivido alguna forma de violencia de género directamente, desde la ciber-violencia por alzar la voz hasta la violación sexual en el contexto laboral. Y todas sienten el peso de ver y cubrir historias trágicas, que son parte de un sistema de violencia. “Hacemos periodismo de género con dolor”, dijo una, entre lágrimas.

Por este dolor y por este compromiso, se resaltó la necesidad de formar y consolidar redes entre nosotras, de compartir conocimientos y recursos, y de apoyarnos mutuamente. Por fin se habla de la violencia de género en los medios. Existen iniciativas, redes y proyectos, pero el desafio es tan grande, en lo personal como en lo social, que el trabajo apenas incia.

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