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Kivalina, Estados Unidos: de aquí saldrán los próximos desplazados internos por el cambio climático

Alberto Barba Pardal

La mayoría de los habitantes de Kivalina responden dubitativamente a la pregunta de cuánto tiempo creen que podrán seguir viviendo en sus casas. Solo Millie Hawley, directora de la oficina de recolocación de la ciudad, responde contundentemente con un: “dos años”. Esta es la realidad a la que se enfrentan los vecinos de esta pequeña localidad de Alaska, no saber hasta cuándo su hogar será un lugar seguro.

La ciudad, situada en un arrecife de arena, ejerce de barrera entre el mar Chukchi y la laguna Kivalina, a la cual van a desembocar los ríos Wullik y Kivalina, convirtiendo en una isla el atolón. Esta delicada localización hace que el enclave habitado sea altamente sensible a la subida del nivel del mar –fruto del calentamiento global y el deshielo del Ártico–.

En la última década, la perdida de terreno de la ciudad ha sido especialmente evidente. La erosión causada por las tormentas, cada vez más fuertes; sumado a una subida del nivel del mar, hacen que, por cuestión de supervivencia, se vea ineludible el desplazamiento de la población.

Esta realidad no se plantea de nuevas, la propuesta de recolocar la ciudad al completo lleva proponiéndose desde los años 90, pero los avances han sido mínimos. En 2008 el Gobierno estadunidense aprobó una ayuda para construir un dique de piedra a lo largo de la costa de Kivalina, el cual ha servido para ralentizar la perdida de terreno de la ciudad frente al océano, pero ni mucho menos es una solución al problema.

Desgraciadamente, según los expertos, lo que está sucediendo en Kivalina dejará de ser un caso aislado para convertirse en común en muchas otras partes del planeta. Para Kivalina ya no hay vuelta atrás, la recolocación de la ciudad es la única salida. Estos habitantes de Alaska se encuentran entre los primeros en sufrir las consecuencias, pero lo que sucede en el Ártico afecta a todo el planeta.

 

Foto aérea de Kivalina, Northwest Arctic Borough, Alaska, Estados Unidos. Esta será la primera ciudad de EEUU que quedará completamente sumergida por los efectos del cambio climático.

Foto: Alberto Barba Pardal

El alto coste que supone la recolocación de la ciudad de Kivalina es uno de los principales obstáculos para levarla a cabo. Nadie habla de cifras concretas ni de presupuestos cerrados, pero se estima que la recolocación precisaría de unos 400 millones de dólares de dólares USD (unos 346 millones de euros).

Más allá de las fechas y cifras sin concretar, Hawley explica que, lo que sí se ha definido es, para 2019, el inicio de las obras de una carretera que sirva para evacuar a los lugareños. El presupuesto para ésta asciende a 55 millones de USD (unos 48 millones de euros). Y es que, actualmente, los únicos medios para llegar o partir de Kivalina son: la avioneta, todo el año; y, entre junio y octubre, el barco. De modo que, en caso de inundaciones repentinas o fuertes marejadas, la población no tendría una vía de escape segura.

 

Jerry Norton Jr. cruza en su barca la laguna Kivalina. La tardía e inestable formación del hielo marino hace que a cada estación los Iñupiat tengan que adaptarse a nuevas circunstancias.

Foto: Alberto Barba Pardal

Según los expertos, la subida de temperaturas anual registrada en el Ártico es el doble de la media global. Los inviernos comienzan cada vez más tarde, son más cortos y menos fríos. Una de las consecuencias es que el hielo marino que protegía Kivalina se reduce y pierde grosor. Y esto no solo afecta al nivel del agua y la erosión del terreno, influye directamente en el estilo de vida Iñupiat, la etnia esquimal a la que pertenece la población de Kivalina.

 

El único medio de transporte para salir y entrar en Kivalina (todo el año, salvo cuando las condiciones son adversas) es la avioneta. Cada vez que una de éstas aterriza, los vecinos acuden a recoger los paquetes que les llegan con diferentes enseres –a los cuales, por su remota localización, tienen un acceso limitado–.

Foto: Alberto Barba Pardal

El principal soporte para los casi 400 lugareños proviene de la caza y la pesca, de modo que el sustento de estas familias está ligado a la conservación y predictibilidad del ecosistema que les rodea. Sin embargo, el cambio climático está afectando las estaciones, los cambios migratorios y los hábitos de las especies que los Iñupiat acostumbran a cazar y pescar.

Austin Swan Sr., alcalde de la ciudad, explica: “Hemos tenido que adaptarnos a temporadas de caza posteriores para la mayoría de nuestros alimentos de subsistencia y eso se debe a los cambios en la migración. Por ejemplo, la caza de ballenas. No hemos capturado una ballena desde 1994 y eso se debe a que las condiciones del hielo son inestables. Ya no se forman con el grosor de antaño ni se solapan como antes. Tenemos que ser muy cuidadosos con la dirección del viento y las corrientes de hielo, sobre todo cuando estamos acampados en el hielo marino”.

 

De izquierda a derecha Kyle Sage, Tommy Emma, Byron Tyler y Clinton Swan. Los cuatro arrastran una red llena de truchas hacia su barca. Durante varias horas, estos pescadores remontan el Río Wullik en su navío en busca de esta especie de agua dulce.

Foto: Alberto Barba Pardal

En Kivalina, los Iñupiat comienzan a cazar y pescar a tan temprana edad, que, al llegar a la adolescencia, ya son expertos. Kyle Sage, uno de los jóvenes de la aldea (de 27 años) comenzó en la pesca con su abuelo cuando tenía cuatro años: “Observo muchos cambios, el cambio climático está aquí. Hace 15 años en noviembre ya estaríamos sobre el hielo marino buscando qué cazar y hoy en día ni siquiera hay hielo”. A pesar de las dificultades y de la constante necesidad de adaptación, ninguno de los jóvenes de la aldea valora abandonar su comunidad.

 

Los vecinos de Kivalina posan para un retrato delante de sus casas. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Joe Swan, de 82 años, el hombre más anciano de Kivalina. Alexis Halley, una de las jóvenes promesas de la ciudad. Austin Swan Sr., alcalde de la ciudad de Kivalina. Kyle Sage, quien, a sus 27 años, es uno de los mayores expertos en pesca y caza de Kivalina.

Foto: Alberto Barba Pardal

Como pueblo nativo, el aprendizaje de sus costumbres desde niños consolida la preservación de su cultura. Alexis Halley va más allá. Tiene 25 años, es madre de dos hijos y asiste a la Universidad de Alaska Fairbanks, donde estudia Administración Tribal (Tribal Management). Cuando termine sus estudios, espera ayudar a su comunidad. “Este semestre estoy estudiando a distancia, pero el próximo, cuando mi hijo menor sea un poco mayor, me mudaré a Fairbanks para completar mis estudios”.

 

Byron Tyler, en la proa, agotado después de un largo día de pesca. En las embarcaciones, uno de los pescadores debe ir en la parte delantera para controlar que el bote no encalle a causa de un caudal inusualmente bajo del río.

Foto: Alberto Barba Pardal

La paradoja de Alaska es que es víctima y verdugo al mismo tiempo, ya que su principal motor económico es la industria petrolera. Este estado noroccidental de EEUU cuenta con uno de los mayores campos petrolíferos del país y es un territorio clave para la seguridad energética estadounidense. La federación de gas y petróleo de Alaska estima que hay más de 50.000 millones de barriles de petróleo aún sin explotar y las presiones para permitir su extracción son altas.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha declarado públicamente en numerosas ocasiones que no cree en el cambio climático, considerándolo un invento de los científicos. Varias de las medidas que ha tomado desde que comenzó su mandato –desde salirse del tratado de París a restringir la preservación de espacios naturales protegidos– hacen pensar que aún estamos lejos de revertir la situación actual del Ártico, y eso a pesar de la enésima advertencia del Grupo Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático, que en su último informe pide, para evitar escenarios catastróficos, “transiciones rápidas y de gran alcance en la tierra, la energía, la industria, los edificios, el transporte y las ciudades”.

El negocio está claro para unos cuantos, pero las consecuencias para todos también.

 

Publicado originalmente en Equal Times

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