Fronteras Abiertas

Laura Carlsen

Gringos, rusos y elecciones

‘Tillerson advierte sobre injerencia de Rusia en elecciones de México’ fue la nota —palabras más, palabras menos— de primera plana en por lo menos tres periódicos mexicanos el 3 de febrero. Incluso algunos reporteros internacionales siguieron la línea de los asesores internacionales en campañas sucias y titularon de la misma manera sus resúmenes de la visita del secretario de Estado de Estados Unidos, Rex Tillerson, a México.

Sería en el mejor de los casos el comal hablando de la olla. Tillerson representa al gobierno que más ha intervenido en México, desde intervenciones militares hasta formas no tan sutiles de hacer sentir su peso en la economía, en la esfera de la política y la diplomacia.

Pero ni ese es el caso. Resulta que la gran nota se deriva de una respuesta muy modesta por parte del Secretario a una pregunta expresa de un medio mexicano: “Todo lo que puedo decir es que sabemos que Rusia tiene sus huellas en un número de elecciones en varias partes del mundo. Escuchamos esto e nuestras contrapartes europeas también. Mi consejo sería, a México sería: presta atención. Presta atención a lo que sucede.”

Sin duda, es un buen consejo, pero no es una advertencia de injerencia rusa como pretendía la prensa.

No pueden escaparse de la vista dos aspectos sumamente paradójicos en el intento de utilizar a Tillerson en la campaña para pintar a López Obrador con la brocha de Putin. Primero, inherente en la pregunta, es el hecho de que sí hay evidencia abundante de que los rusos han intervenido en una campaña electoral y fue precisamente la que llevó al poder el jefe de Tillerson. El saltó esta parte de la pregunta haciendo una referencia intentando a desviar el enfoque a Europa y aconsejó a México a prestar atención. Es lo que el pueblo estadunidense tuvo que haber hecho el año pasado.

En segundo término, es que el riesgo de injerencia extranjera en las elecciones mexicanas viene del mismo país que representa Tillerson. Ya tres miembros de alto nivel en el gobierno estadunidense han dicho que no quieren ver un presidente Andrés Manuel López Obrador, en palabras del coordinador del comité de Seguridad Interior del Congreso, Michael McCaul. El senador John McCain y el general John Kelly, en su comparecencia frente el Senado opinaron públicamente que la elección de López Obrador no sería conveniente para México o Estados Unidos, y el asesor en Seguridad Nacional H.R. McMaster en declaraciones en diciembre repitió las acusaciones de que los rusos podrían intervenir en las elecciones, sin aportar evidencia. Tres senadores —Bob Menéndez, Marco Rubio y Tim Kaine— escribieron una carta a Tillerson exigiendo esfuerzos de USAID y otras agencias para blindar las elecciones contra la intervención de Rusia. Se puede imaginar la reacción de estas mismas personas si México se hubiera metido en las investigaciones sobre la intervención rusa en la elección presidencial de EE. UU. antes (o después) de la elección de Trump.

Estas declaraciones no tienen lugar en un proceso electoral libre y soberano, y suscitan el temor de que el gobierno de Trump esté haciendo más que opinar en contra del candidato mexicano por mucho con la mayor preferencia de votos. En México, el Instituto Nacional Electoral declaró que no hay ninguna evidencia de injerencia rusa y el vocero de la Presidencia Eduardo Sánchez Hernández anunció que tampoco hay evidencias de injerencia rusa. El problema con la estrategia es que por un lado inferir que Rusia trabaja en la campaña de López Obrador podría funcionar para fomentar rechazo entre ciertos sectores, por otro sería admitir que el sistema electoral de México no está protegido contra la intromisión extranjera, venga de donde venga.

La elección mexicana este año tiene gran importancia no solo nacional sino geopolítica. América Latina ha visto un giro hacia la derecha, en gran parte resultado de violaciones o manipulación de los procesos democráticos y la ley. En Brasil, las cortes han intentado sacar de la jugada a otro progresista que adelanta en las encuestas, el expresidente Lula. En Honduras, la derecha llanamente robó la elección después de perder sorpresivamente en las urnas, y con el apoyo abierto de la embajada de Estados Unidos.

Aunque la izquierda no está exenta, existe una ultraderecha organizada en el mundo que no tiene ni escrúpulos ni fronteras. Su consigna es “todo vale, menos perder (o no recuperar) el poder”. Tiene financiamiento de los programas de “promoción de la democracia” de los Estados Unidos y un creciente apoyo de base de los fundamentalismos religiosos, sobre todo evangélicos, en toda la región.

Son fuerzas anti-feministas, pro-capitalistas, racistas y clasistas que buscan acabar con la izquierda partidista (y los movimientos sociales, pero para estos tienen otras tácticas) en la región y tienen vínculos allende las fronteras. Algunos se incubaron en la era de los gobiernos progresistas para tomar su venganza años después. No es nuevo, pero hay un auge que no se había visto en décadas. Ahora estas fuerzas pasan a la segunda ronda en las elecciones de Costa Rica, es la segunda fuerza en Brasil y han tomado la presidencia de Honduras en una re-elección ilegal. Se apoyan en el militarismo.

La visita a México de Tillerson en este contexto enturbia las aguas. La postura ideológica de buscar apoyo a una campaña contra Venezuela cuando existen fuertes violaciones a los derechos humanos y la democracia en varios países “amigos”, entre ellos el mismo México, revela la hipocresía del gobierno de Trump y su abandono a la promesa de retirarse de las aventuras intervencionistas en otros países bajo el concepto de “América primero” y el compromiso de “no ser el policía del mundo” de su campaña.

Del lado del gobierno de México, la petición de Peña Nieto de fortalecer la colaboración en seguridad en el contexto de la represiva y militarista Ley de Seguridad Interior y la desastrosa Iniciativa Mérida, en los últimos meses de su mandato, es un foco rojo, igual que la cena cerrada con las fuerzas armadas y de inteligencia de la cual no hubo información pública alguna.

Tillerson tiene razón cuando dice que hay que prestar atención a lo que está sucediendo. Solo la ciudadanía mexicana movilizada y vigilante puede garantizar la democracia en el país. Las elecciones del 1 de julio son una parte importante de ella, aunque después empieza la tarea más profunda y difícil.

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