Germinando resistencias en Barrio Norte

Fran Richart / Desinformémonos

Tenía 20 años cuando le empezó a entrar. Era una necesidad porque iniciaron los desalojos en la pequeña colonia de Barrio Norte y “querían quitarnos de las barrancas de Álvaro Obregón”. Así inició Carlos Morales en los movimientos populares urbanos del Distrito Federal en 1978. Entre marchas, volanteo, plantones y moratones, él como millares de vecinos durante los años 70 y 80 en México protagonizaron luchas barriales para tener agua, asfaltado, escuelas, alumbrado o que simplemente no los desplazaran.

Carlos tiene una memoria prodigiosa. Recuerda exactamente la hora de ese día que ocuparon 500 vecinos de Barrio Norte la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Entraron a las 11 y salieron a las 20 horas. Eso les bastó para que el máximo órgano de justicia del país les diera un fallo positivo y evitaran el desalojo de la colonia. Fue algo épico, una gran victoria que dejó huella en muchos de ellos, y a partir de ese momento se especializarían sobre las leyes y sus trámites para evitar los abusos.

Mientras rememora esos años, piensa en el joven Candelario Campos, que con 19 años y estudiando en el Poli, fue desaparecido de un asentamiento irregular por Ticomán. Jóvenes marginales que luchan, como campesinos y estudiantes, siempre han sido desaparecidos, da entender. Sin embargo, ahora que tiene 59 años y trabaja con 50 chavos en el Instituto de la Juventud impartiendo talleres, actividades o deporte, ve una indiferencia abismal a lo que fue su generación. La desconexión de los jóvenes con el barrio, no solo está condenando su futuro sino el de toda la comunidad. Y Morales ve que la droga, ya sea en forma de grapa, mota o tinner, es una gran responsable de ello.

Personaje en el barrio reconocido como es, no falta que un par de adolescentes con la mona en la mano le saluden y le comenten cómo la llevan. Pueden separarles décadas de edad, pero su empatía es innata. A veces acude a la presa del Río Becerra, un inmenso lago putrefacto propiedad del gobierno federal y que se encuentra en medio del barrio, a encontrarse con los chavales que se andan echando el churro u otro menester. Conoce bien su situación, y generalmente ellos le ponen al tanto de sus vivencias y realidades.

“Aquí en la colonia se echan a uno o dos jóvenes al mes”. Barrio Norte, no solo es una de las colonias más densas del Distrito Federal con 12 mil personas en apenas 23 hectáreas, sino que también es punto de distribución de narcomenudistas. No es raro toparte a clientes con coches de alta gama pasando por el barrio, mientras las Santitas Muertes marcan y custodian el territorio desde un altar en cada esquina.

Carlos no solo trabaja con los jóvenes de la colonia, sino que se organiza junto con otros vecinos para evitar los continuos acosos medioambientales y urbanos que afectan al barrio. Uno de los últimos pleitos que mantienen es con la cementera Gorsa, que se ha instalado a menos de diez metros de la escuela primaria Josefina Rodríguez Solís. Las consecuencias perjudiciales para los niños no parecen afectar a la directora del centro, quien a cambio, explica Carlos, le reformaran parte del colegio.

“Mis hijos me dicen: papá, esto no se va a solucionar con unas elecciones”, comenta cuando sus veintegenarios hablan del país y son más radicales que él. Ni modo. En casa de herrero no hay cuchillo de palo.

Y él, como sus compañeros de asamblea que van y presentan el oficio a la delegación, o que llaman al periodista de turno, o montan una marcha como una demanda judicial para defender el espacio de la colonia, hacen ese trabajo de hormiguita, que incansables y constantes mantienen en completo significado la palabra comunidad. Esos nadies que los hay en las cientos de colonias que conforman ese universo llamado Distrito Federal y que frenan diariamente con sus pequeñas acciones los intereses en el despacho del especulador.

No creas que lo vas a tener fácil Gorsa, las camadas del movimiento urbano popular ya son viejos lobos.

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