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El día que levanté la voz

Testimonio recogido en Oxnard, California, por David Bacon Traducción: Paulina Santibáñez

Lucrecia Camacho es de Oaxaca y habla mixteco, una de las lenguas indígenas y de las culturas de México que existían antes de que llegaran los españoles. Hoy vive en Oxnard, California. Debido a su edad y su mala salud ya no trabaja en una granja, pero vivió muchos años en los campos de fresas de Oxnard y, antes de eso, en los campos de algodón del norte de México.

Ella cuenta su historia:

Nací en un pequeño pueblo llamado San Francisco Higos, en Oaxaca. He trabajado toda mi vida. Empecé a trabajar en Baja California cuando era una niña. He trabajado en el campo toda mi vida porque no sé escribir ni leer, nunca tuve la oportunidad de ir a la escuela. Ni siquiera sabía cuál era mi propio nombre hasta que necesité un certificado de nacimiento para el papeleo de amnistía de inmigración, cuando vine a los Estados Unidos.

Cuando tenía siete años mi madre, mi padrastro y yo hicimos autostop de Oaxaca a Mexicali, donde vivimos dos años. Pasé mi infancia en Mexicali durante los años de los braceros. Los veía pasar en su camino a Calexico, del lado de Estados Unidos. Pedía limosna en las calles de Calexico y ellos me lanzaban pan y frijoles enlatados cuando iban de regreso a casa. También pedía limosna en Tijuana. No me apena compartir esto, pues así fue como crecí.

Comencé a trabajar cuando tenía nueve años. Recogía algodón en Culiacán; después fui a trabajar a Ciudad Obregón, Hermosillo y Baja California. Me pagaban tres pesos al día. Desde entonces he pasado toda mi vida trabajando.

Cuando tenía trece años, mi madre me vendió a un hombre joven, y estuve con él por ocho meses. Pronto me embaracé. Mis hijos siempre estuvieron conmigo. En Culiacán, mientras trabajaba ataba a mis hijos pequeños a una estaca clavada en la tierra. Trataba de trabajar rápido para que el capataz me diera permiso de atenderlos. En Estados Unidos hice lo mismo. Los llevaba conmigo al campo y les construía una pequeña tienda en la orilla. Cada vez que completaba una fila, los movía más cerca de mí y los observaba mientras trabajaba. Los alimentaba durante el tiempo de comida y se quedaban dormidos mientras seguía trabajando. Siempre fue así.

En Baja California ni siquiera teníamos un hogar, pero mi madre siempre estuvo conmigo. Era como si yo fuera el hombre y ella la mujer. Le daba todas mis ganancias. En México mis hijos se esforzaban en la escuela, pues nunca nos quedábamos en un solo lugar por mucho tiempo. Yo los sacaba de clases por uno o dos meses  y después los hacía volver, cuando regresábamos. No fue sino hasta que llegamos aquí, a Oxnard, que pudieron ir a la escuela con regularidad. Así que no todos pudieron recibir una educación. Mi hijo mayor nunca lo hizo.

Vengo de una comunidad mixteca de Oaxaca, pero no hablaba mixteco cuando era niña. Lo aprendí hasta después. De pequeña hablaba español. Dos años después murió mi padre, y entonces vine a los Estados Unidos, en 1985. Había pedido mucho dinero prestado para su entierro y no podía pagarlo. No quería venir a los Estados Unidos porque no quería dejar a mis hijos, pero mi madre me convenció y dejé a mis hijos con ella. Me convertí en una residente legal con el programa de amnistía. Mis empleadores en Arizona y Gilroy me dieron las pruebas de empleo que necesitaba, y yo y mis dos hijos más pequeños pudimos presentar nuestra documentación. Ellos se convirtieron en residentes legales primero y yo completé mi trámite en 1989.

Como no quería dejar sola a mi madre, la traje en 1994. Cuidaba a mis hijos y siempre estuvo conmigo en los momentos buenos y malos. Murió siete años después. Quería morir en su tierra y yo tenía que concederle ese último deseo. Ahora incluso tengo bisnietos.

Comencé a trabajar en los campos de Oxnard en 1985 y seguí hasta el año pasado. Para cuando llegué aquí ya tenía siete hijos. Al principio se quedaron con mi madre en nuestro pequeño pueblo y después los traje en 1989 pagando a un “coyote”. Tengo una hermana que vive en Tijuana, y primero los llevé de Oaxaca a su casa. Iba a Tijuana cada semana o dos para llevarles dinero para comida. De ahí me los traía de regreso, uno por uno. En aquellos tiempos me costó mil 600 por cada uno.

Ahora cobran 7 mil, lo cual es prácticamente imposible de pagar ya que no ganamos tanto dinero. Es una situación triste. Venimos aquí en búsqueda de una vida mejor. Ganamos para vivir, pero con mucho trabajo duro y sudor. Fue muy difícil para mí porque tengo diez hijos, y siempre he sido su madre y padre.

Siempre he estado sola, soy la madre soltera de diez hijos. Cuando llegué aquí, viajé con otros trabajadores que estaban indocumentados igual que yo. Vine porque la gente decía que había mucho dinero, pero no era cierto. Fue difícil encontrar trabajo en 1985. Las autoridades de inmigración me recogían hasta dos veces por semana. Pero entonces era más fácil cruzar la frontera. Nos dejaban en San Isidro, pero sólo cruzábamos la frontera de nuevo y en tres días estábamos de regreso en el trabajo. Tampoco era muy caro; cruzar la frontera se volvió más caro entre 1987 y 1988.

Comencé a buscar trabajo de manera ilegal, pero no podía conseguir ningún empleo fijo. Ganaba 80 dólares por semana en aquellos días. Era difícil encontrar un sitio donde vivir. Vivíamos en un tráiler pequeño que rentábamos entre varios, dormíamos literalmente amontonados. Nos bañábamos afuera, dondequiera que encontrásemos agua.

De Oxnard me fui a trabajar a Arizona, en 1986, porque escuchamos que había mucho trabajo. Luchábamos mucho por obtener comida y vivíamos en nuestro coche viejo, en la huerta donde trabajábamos. Entonces ganaba 7 dólares al día;  pagaba 3 de renta y gastaba 50 centavos en bebidas. Cortábamos espárragos y colocábamos 32 bonches en cajas. Si las cajas no pesaban lo requerido, nos decían que lo hiciéramos de nuevo. No nos pagaban casi nada.

 De ahí me iba a recoger cebollas verdes. Tenía que ir a trabajar a las 2 a.m., pero no podía comenzar a cosechar hasta que se secara el rocío de las plantas, lo cual significaba muy a menudo que no empezábamos a trabajar sino hasta las 11. Pero de igual forma teníamos que irnos a las 2 o contratarían a alguien más en nuestro lugar. Si llegábamos después no nos daban trabajo. Entonces formábamos una fila y prendíamos una fogata para mantenernos calientes, y esperábamos hasta las 11:00. Trabajaba de 11:00 a 1:30 y sólo ganaba 3 dólares por día. ¿Qué puedo hacer con 3 dólares? Nada. Algunas veces ganaba sólo dos.

En enero de 1987 regresé a Oxnard y no podría encontrar empleo. Fui a Gilroy, donde tuve la suerte de encontrar un buen jefe, quien nos rentó una casa pequeña. Ahí cosechábamos pimientos morrones. Él nos cuidó bien, pues los oficiales de inmigración estaban por todas partes. Comenzábamos a trabajar a las 5 a.m. y terminábamos a las 9, hora en que los oficiales suelen darse una vuelta. Regresábamos a trabajar a las dos de la tarde, cuando ya se habían ido. Podíamos trabajar bastante y no nos íbamos hambrientos a la cama.

Siempre he trabajado en las cosechas de fresas de Oxnard. Terminaba en julio y me iba a Gilroy a recoger chiles jalapeños, pimientos morrones y tomates cherry. Llevaba conmigo a mi hija mayor y a mi hijo, y los tres trabajábamos ahí.  Ellos dejaban la escuela en junio y trabajaban julio y agosto conmigo  para ganar dinero para su ropa de la escuela. Trabajaban conmigo 40 días y regresaban a clases el 15 de septiembre. Yo los regresaba a Oxnard para que comenzaran la escuela, y por eso no podía dejar nuestro departamento en esa ciudad. Pagaba 775 dólares de renta por mis hijos en Oxnard y 600 por mí en Gilroy. Nunca tenía dinero después de eso, pero era algo que tenía que hacer.

Llevaba a mis hijos de regreso a Oxnard para que fueran a la escuela y regresaba a Gilroy a trabajar durante todo septiembre y octubre. Vivía en un cuarto grande que se dividía en cuartos más pequeños. Tenía una estufa y un baño en el patio. En Gilroy nos pagaban dependiendo de nuestra productividad, no por hora. Pagaban 80 centavos por una cubeta de jalapeños. Los jalapeños con tallo se pagaban a $1.10 la cubeta. Yo llenaba unas 38 a 40 cubetas por día. Regresaba a Oxnard a mediados de noviembre, descansaba un poco y después comenzaba de nuevo la cosecha de fresas, alrededor del 20 de enero. Trabajé durante muchos años en Gilroy desde 1985. Han pasado ya de seis a ocho años que no voy. Un año no pude encontrar alojamiento y después de eso ya no me volvieron a contratar.

En los campos de fresas también pagaban por lo que recogías en abril, mayo y junio. Los otros meses pagaban por hora. Cuando recién comencé pagaban 3 dólares por hora y 80 centavos por caja. El año anterior al pasado me pagaron 8.25 por hora. Pagaban $1.25 por caja, $1 por cajas pequeñas y $1.50 por cada caja de 1 kilo. En un buen día llenaba 40 cajas. Los hombres más  jóvenes y rápidos podían recoger de 70 a 80 cajas por día.

La cosecha de fresas parece fácil, pero una vez que lo intentas te das cuenta de que es difícil. No le deseo ese tipo de trabajo a mi peor enemigo. Cuando eres joven trabajas duro y te cansas, pero luego llegas a casa, tomas un baño y estás bien. Ahora que soy vieja lidio con artritis y osteoporosis, mis pies me duelen y están hinchados. Muchos trabajadores se han lesionado de manera permanente. Tengo un sobrino que se lastimó la espalda cosechando fresas y un primo que murió de neumonía porque trabajamos en el lodo mientras llueve.

Comíamos tacos de frijoles, papas y huevo. Nada de res o pollo, no podíamos permitirnos el lujo de comprar carne. Algunas veces comíamos vegetales de los campos que habían sido rociados con pesticidas. Simplemente los lavábamos y nos los comíamos. Cuando trabajaba en la cosecha de pimiento solía hacerme salsas deliciosas para mis tacos.

Los cultivos de fresas son los que más dinero dejan, pero nos pagan un sueldo que apenas nos alcanza para vivir. Entonces los dueños se voltean y venden cada caja en 18 o 20 dólares. Si recogemos 20 cajas, ¿cuánto crees que ganan ellos? Uno creería que los dueños tienen suficiente dinero para pagar un sueldo más alto a sus trabajadores, pero prefieren pagarle más al capataz. Él tiene un carro nuevo cada año y el trabajador no recibe nada. Cada año veo al capataz manejando en uno de esos autos nuevos y me pregunto por qué.

Ahora los capataces eligen trabajadores que puedan recoger de 100 a 130 cajas por día. Sólo conozco a una que contrata inmigrantes sin papeles, porque dice que los residentes legales se quejan demasiado. Les dice a quienes no tienen papeles que va a llamar a los oficiales de inmigración o lo va a despedir si se quejan. Los trabajadores tratan de quedar bien con ella y le llevan tortillas caseras, mole y hasta comida china. Yo no le llevo nada, no me pagan suficiente.

Si no le caes bien al capataz te obliga a rehacer tu trabajo. En los campos de fresas siempre estoy preocupada porque el capataz vaya a mandarme de regreso y decirme que vuelva a llenar mi caja porque no está suficientemente llena. Por la mañana, tan pronto llego al campo, recojo cuatro cajas para que pueda tener unas cuantas de sobra en caso de que me pidan que vuelva a llenar algunas durante el día.

Siempre se basa en si les agradas o no. Nosotros simplemente tenemos que bajar nuestras cabezas y trabajar en silencio. Muchas veces me mantuve callada y no defendí a un compañero de trabajo, pero una vez sí levanté la voz. Una capataz nos habló de manera irrespetuosa, y cuando le pregunté por qué, me dijo que le diera mis herramientas y me despidió. Le dije que no entendía por qué me estaba tratando así, pero el otro capataz me agarró del brazo y me dijo que me fuera.

Nuestra vida y nuestro trabajo son duros, y no vemos muchos beneficios. Cuando el costo de vida era bajo, nuestros sueldos también lo eran. Cuando aumentaron nuestros sueldos, fue sólo porque aumentó el costo de vida. ¿Has visto los precios actuales del gas? Antes teníamos que trabajar una hora para cubrir nuestros costos de gas, y ahora tenemos que trabajar dos. No nos queda nada. Cuanto más ganamos, más nos quitan. No podemos avanzar.

Si quieres salir adelante tienes que vivir en el hacinamiento. Aquí los ricos incluso tienen habitaciones para sus mascotas, pero nosotros no tenemos espacio. La primera vez que nos mudamos aquí había una veintena de personas viviendo en esta casa. Ahora que mis hijos se mudaron quedan diez. Teníamos que repartir el costo de la renta tanto como fuera posible. Ahora podemos pagar más porque algunos de nosotros tenemos sueldos decentes. Mi hija recibe 12 dólares por hora. Habla inglés, español y otros idiomas.

Les digo a mis hijos cuánto me he esforzado. En el cultivo de fresas no trabajé rápido y me despidieron inmediatamente. Ahora soy vieja, y los últimos cuatro años me dijeron que trabajaba demasiado lento. Pero es difícil trabajar bajo la lluvia y en el lodo. A veces tienes suerte y encuentras un buen capataz que te da ponchos a prueba de agua. Otras veces te los cobran, 25 dólares por los ponchos y 25 por las botas de lluvia.

He trabajado toda mi vida en el campo, pero es más difícil para mí trabajar ahora. Me sentía tan fuerte cuando era joven, podía trabajar 24 horas. Cuando era joven y recogía algodón en México podía levantar fácilmente 40 kilos. No sé si estoy vieja o es que tengo diabetes, pero ahora trabajo mucho más lento. La máquina en los cultivos de fresas es muy rápida y es frustrante quedarte atrás. Ya no puedo llenar la misma cantidad de cajas que antes. Ahora siento náuseas y me duele la cabeza.

Ya no me dan trabajo. Si no le agradas al capataz, simplemente no te contrata. Siempre eligen primero mujeres bonitas y miembros de su familia. Como mujer en el campo, si no tienes un buen capataz, te tratan mal. Tienes que pedir permiso para que te dé el día libre, pero te da un ticket. Cuando acumulas tres tickets te despiden. También he oído quejas de acoso sexual por parte de mujeres. A veces ellas no quieren hablar. Muchas han vivido esa experiencia, pero tienen miedo de decir algo por temor a ser reportadas a las autoridades de inmigración.

Cuando era joven tuve en Culiacán un capataz que siempre buscaba mujeres para estar solo con ellas. Me dijo que le agradaba, pero yo le dije que sabía que tenía esposa y amante. Me dijo que si lo dejaba hacerme lo que él quería podría conservar mi trabajo. Si no, tendría que buscar otro. Le dije que no me vería ahí la mañana siguiente. Algunas de nosotras no toleramos ese tipo de abuso, pero muchas hacen lo que es necesario para mantener sus trabajos, aun si eso significa estar en las manos del capataz. Mi hija me cuenta de su trabajo en la fábrica y cómo eso aún pasa allá.  Las mujeres que dejan que el capataz les haga lo que quiera escalan de puesto. Las que no, se quedan en el mismo lugar.

Mientras las mujeres acepten esto no hay mucho que pueda hacerse. Necesitamos que alguien nos ayude y nos proporcione apoyo. Sólo somos algunas de nosotras en Líderes Campesinas. Si tuviera una cámara escondida, sería muy fácil mostrar a otros a lo que nos enfrentamos. Sin eso la gente no cree lo que decimos. Cuando trabajaba en una empresa de plástico una compañera de trabajo tenía una nota del doctor que decía que necesitaba trabajar sentada. El capataz la despidió y después me despidió a mí por alzar la voz y defenderla. Creo que un sindicado ayudaría, pero ha sido difícil organizarnos en el área de Oxnard. Cuando comencé a usar mi playera de Líderes Campesinas me dijeron que ya no había trabajo para mí. He trabajado aquí por muchos años y de pronto ya no hay trabajo para mí. He buscado empleo desde entonces.

Cuando llegué aquí no esperaba una vida mejor. Sabía que tendría que ganarme la vida con trabajo físico. Me sentía feliz viviendo en México, pero no tenía dinero ni siquiera para vestir a mis hijos. Aquí vivo mejor. Tengo lo básico y agradezco a este país por dármelo. No planeo quedarme aquí, espero retirarme pronto y regresar a México. Me iré siendo ni rica ni pobre, lo único que me llevaré serán mis achaques, porque no tengo nada de dinero para llevarme.

Publicado el 7 de enero de 2013

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