Historias Fractales

Fernanda Vallejo

Como hiedra sobre la piedra

El pequeño sabio de 5 años y negros cabellos rizados alzaba sus manitas mientras gritaba junto con las adultas “¡vamos en paz!” Y mientras salía en fila india junto con decenas de niñas y niños indígenas de todas las edades, en brazos o de la mano del colectivo de artistas que asumió esa tarea de cuidado para que las madres puedan salir a librar la lucha por justicia y derechos, y mientras jóvenes hacían de sus mandiles blancos el escudo defensivo contra bombas y toletes. Esto ocurre a pocos días del 12 de octubre, año 527 de la resistencia. El ágora de la Casa de la Cultura en Quito, convertida en guardería improvisada, había sido bombardeada de gases, el aire es irrespirable para cualquiera, no se diga para bebés de meses. Urge lograr una evacuación, mientras la policía no para de asediar y atacar. Las madres de esas criaturitas también estaban cercadas a algunas cuadras del lugar, no podían retornar a protegerlas.

Esa noche y las subsiguientes, el pequeño sabio sacó su miedo, su dolor precoz y su rabia temprana en sueños terribles, donde la policía mataba a todos los niños y niñas, solo sobrevivía un bebé. En otros sueños la policía mataba a las mamás y papás en el sur de Quito, y quedaban solitos los hijos e hijas. Esa noche y las subsiguientes sus padres se ocupaban de revisar el material audiovisual recogido, de producir boletines, crónicas, comunicados y lanzarlo por las redes alternas; desde una casa solidaria, donde sus criaturas tendrían comida, cobijo, abrazos y más niños con quien jugar.

El día de la evacuación, el pequeño sabio y su hermanito guerrero fueron con sus padres a las protestas, tienen la tarea de documentar lo que sucede porqué se ha venido de comunidades lejanas y cómo la represión empezaba a cobrar heridos, detenidos/as, desaparecidos/as, mutilados/as, para que la historia oficial no los oculte. Las calles se han puesto duras, no es seguro andarlas con los críos, la policía está ensañada. Pequeño sabio y su hermanito guerrero quedan al cuidado de una compañera de lucha que al rato se tuvo que sumar a la segunda línea para romper el cerco que habían tendido al primer grupo de mujeres. Los pequeños fueron encomendados en la “guardería” gestionada por artistas que así se sumaron al tejido de cuidados que contenía la justa lucha de las comunidades y pueblos venidos de todas partes. Afuera del ágora otros tantos grupos urbanos y agroecológicos se ocupaban de preparar ollas y ollas de comida para todos y todas. Día y noche, día tras día. Y un poco más allá, se ubicaban campamentos de auxilio médico para mutilados/as, heridos/as, asfixiados/as y enfermos/as.

Usualmente, las madres que salen a marchar en las calles, van y vuelven para monitorear a sus bebés; pero esta vez, la represión fue más brutal y no dio cuartel. Cercadas como quedaron, no podían regresar al refugio. En la guardería, los y las artistas cuidadoras se distribuyeron la atención por grupos, con juegos, títeres, malabares y cuentos; repartiendo refrigerios, acompañando al baño y cambiando pañales; bebés de meses lloraban de hambre, las cuidadoras -algunas de ellas madres lactantes también- brindaron su propia leche para calmar esa hambre de comida y de mamá.

Cuando el asedio y el bombardeo intoxicaron el que debía ser sitio seguro, se emprende la improvisada evacuación. Desmontar el campamento rápidamente, cuidando que no falte ningún niño y niña; pero tomar nota de a dónde iría quién, para que las mamás y papás puedan buscarles y encontrarles, fue cosa de lucidez instintiva. Esas criaturitas tan tempranamente agraviadas debían ser puestas a salvo.

Para que esos colectivos urbanos autoconvocados pudiesen cumplir su tarea de soporte y cuidado, alguien a su vez cuidaba de sus hijos e hijas, y tenía los protocolos para garantizar la seguridad de los y las cuidadoras. Bien atrás, en la última línea había otro ejército anónimo repartido por toda la ciudad que contenía a quienes daban soporte a quienes luchaban por todos y todas.

Hermanarse es un movimiento de ensamblaje permanente, improvisado o no, que al igual que los tejidos del cuerpo una vez que comienza, no para hasta completar la siguiente forma. Cada pieza ocupa su lugar y cumple su función orgánicamente y de forma ordenada una después de la otra según corresponda.

Y entonces, en cada lucha hay una primera y una segunda línea, y acaso una tercera línea que se ven. Pero atrás hay dos o tres más que cuidan hijos, animales, chacras; que buscan a quienes desaparecen, que cuidan de sus caídas y caídos, que reciben a los/as victoriosos/as que retornan; que cuentan las historias para que nadie olvidé lo que ocurrió, que nunca se olviden a quienes lucharon.

Los cuidados son una enredadera de apariencia frágil, pero de fortaleza titánica, donde los delgados tallos guía desafían la gravedad en la búsqueda del próximo asidero que permitirá la avanzada de la planta, mientras el segundo tallo como liana irrompible se aferra vigorosamente a la superficie conquistada y la raíz se expande y profundiza a medida que la enredadera de esparce.

Los cuidados, son esa piedra angular femenina de construir otros mundos posibles a la que están convocados todos los géneros humanos. Los cuidados, son algo más vasto que el trabajo no remunerado que subsidia al capital, son la hiedra que asienta la vida sobre la roca inerme.

Entre julio y agosto, dos fotografías inundaron las redes y los medios, causando revuelo:

La primera, muestra a la alcaldesa inaugurando una escultura en el piso de boulevard cubierta con vidrio y la alcaldesa pasa sobre ella, la escultura muestra cientos de figuras humanas extendiendo sus brazos. La obra representa la pujanza del pueblo guayaquileño según dijo la burgomaestre. Para el resto, eran los cuerpos abandonados en las calles de la ciudad hace dos meses, por el desprecio de sus élites gobernantes.

La segunda, es una portada con la Ministra de Gobierno (la ministra de la represión), luciendo una camiseta estampada con la pintura de una mujer con el ojo mutilado. Según la artista, es una pintura que denuncia la violencia de género. Para el resto, es la arrogante exhibición de la arrogancia represiva de quien la luce, mostrando con desparpajo la victoria sin honra de haber mutilado los ojos de hombres y mujeres de barrios y comunidades que protestaron en octubre.

Sobre esas imágenes de piedra dura y arrogante, se extiende lentamente el verdor de los cuidados que siguen su camino inexorable, en momentos de lucha y en tiempos de labor silenciosa.

Fernanda Vallejo

Antropóloga, acompaña comunidades campesinas e indígenas en sus búsquedas, reflexiones y ejercicios de autodeterminación y vida digna.

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Una Respuesta a “A contrapelo de la narrativa oficial”

  1. Bravísimo Genial Felicidades Fernanda !!!Ojalá sigas por siempre fortaleciendo a la Bionarrativa de la Resistencia Libertaria Autónoma Cooperativista Anticapitalista Antipatriarcal Antiextractivista Antirracista Antineoliberal EcoSocialista!!!! Por un Mundo donde quepan muchos mundos que comulguen con la Defensa de la vida de nuestra Sagrada Madre Naturaleza !!!Sigamos Desinformándonos contra las bestias inmundas Capitalistas Homicidas Ecocidas Suicidas!!!

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