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El fulgor de la noche. El debate sobre el trabajo sexual en el nuevo libro de Marta Lamas

Elvira Madrid Romero y Jaime Montejo de Brigada Callejera

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La antropóloga y feminista Marta Lamas, integrante honoraria de la Brigada Callejera de Apoyo a la Mujer, “Elisa Martínez”, A.C., acaba de publicar el libro “El fulgor de la noche”, donde hace un profundo cuestionamiento de los planteamientos y prohibiciones de grupos que pretenden abolir el comercio sexual y considerar delincuentes a los clientes de las trabajadoras sexuales.

En ese sentido, nos dice que “dinero y placer, fantasías y riesgos: el trabajo sexual conjunta demasiadas cuestiones como para conceptualizarlo como el horror que plantean las neoabolicionistas”, además de la transgresión sexual que le acompaña y de la innegable posibilidad de “ganar más dinero”, que en otras actividades; así como el hecho de ser un componente del capitalismo tardío.

Señala que “justo sobre el trabajo sexual se desarrolla uno de los debates más encarnizados del feminismo” y que la forma de interpretar el trabajo sexual, “se ha transformado a través del tiempo” y nos manifiesta que cobró conciencia de la polarización en relación al comercio sexual, “a partir de mi relación con las mujeres organizadas en torno a la Red Mexicana de Trabajo Sexual (RMTS) y a la asociación civil Brigada Callejera”.

“En México, (dicha asociación) sostiene que la prostitución legal puede, ayudar a disminuir la trata (de personas), debido al aumento de la vigilancia, mientras que la prohibición de la prostitución atrae al crimen organizado y la corrupción gubernamental”, comenta Marta Lamas.

La autora hace un recorrido por diferentes luchas de las trabajadoras sexuales, que culmina en la conquista de la Sentencia 112/2013 del Poder Judicial de la Federación (PJF), que obligó al Gobierno del Distrito Federal, ahora de la Ciudad de México, a reconocer y acreditarlas como trabajadoras no asalariadas.

En dicha sentencia, Marta nos recuerda que la jueza Paula María García Villegas Sánchez Cordero del PJF, falló que “la prostitución ejercida libremente por personas mayores de edad plenamente conscientes de ello, puede considerarse como un oficio, puesto que es el intercambio de una labor (sexual) por dinero”.

Lamas considera que, “(s)in las credenciales de trabajadoras no asalariadas, las trabajadoras sexuales son una especie de indocumentadas” y es con ese documento en la mano que las nombra de forma digna y respetuosa, como se emprende una batalla por la resignificación simbólica, librada en ese caso en el lenguaje, donde se valora al trabajo sexual como una actividad laboral y no como algo devaluado e inmoral.

Retomando las luchas indicadas por la autora en su libro, la primera de ellas ocurrió en los años ochentas y fue un acompañamiento político a trabajadoras sexuales de la vía pública de la Ciudad de México, luego a un grupo de mujeres independientes del metro Revolución y recientemente con integrantes de la RMTS y Brigada Callejera, “luego de un litigio jurídico que reconoció su condición de trabajadoras no asalariadas”.

Algunas de las preguntas que Lamas hace a sus lectoras/es son las siguientes:

¿Por qué el discurso cultural naturaliza el trabajo sexual como problema de las mujeres?
¿Por qué el trabajo sexual es el trabajo mejor pagado para las mujeres?”
¿Por qué se etiqueta a todas las trabajadoras sexuales como víctimas y se despliegan operativos para rescatarlas?
¿Hasta cuándo la organización y movilización (de las trabajadoras sexuales) que han desarrollado y que ha conducido a la resignificación de su oficio, como un trabajo legal, les permitirá enfrentar el desplazamiento de sus lugares de trabajo?

Ahora, una de las preocupaciones políticas planteadas por Marta como feminista, está en el hecho de que “el ejercicio libre o comercial de la sexualidad femenina se vuelve en contra de las mujeres para clasificarlas y humillarlas”.

La antropóloga nos muestra que “a diferencia de otros empleos u oficios en el trabajo sexual no se valora la experiencia que se adquiere con los años”, ya que los clientes buscan a mujeres jóvenes y las maduras quedan al margen del negocio o pierden nivel.
Con respecto a los clientes, comenta que permanecen invisibles ante los demás y que “hay consenso (entre trabajadoras sexuales consultadas) en que son (quienes) instalan el tono del intercambio” y cita a varias mujeres que refieren que hay quienes las tratan muy bien y que no todos son violentos con ellas.

Sobre sus parejas sentimentales, las trabajadoras sexuales que ofrecieron sus testimonios a la autora del libro, determina que “había un trasfondo de amargura y desconfianza al hablar de sus parejas. (…), hombres violentos, desempleados, alcoholizados.”

Marta Lamas cuestiona la visión tradicional que se tiene de la prostitución al verla “como un fenómeno en el que se satisfacen necesidades económicas de las mujeres y fisiológicas de los hombres” y cita a Estela Welldon, una psicoanalista para quien “lo que aparenta ser un mero contrato económico cubre necesidades emocionales de ambas partes, que son al mismo tiempo, opuestas y cómplices”.

Esas necesidades emocionales, nos expone, van más allá de las propuestas que pretenden erradicar la demanda, al considerarla “la causa que provoca que exista el comercio sexual”, e ignoran “que la conducta sexual tiene determinaciones psíquicas inconscientes cuyo peso es sustantivo”.

En ese sentido, “Creer que el comercio sexual es un problema exclusivamente económico de las mujeres distorsiona la comprensión del fenómeno al no visualizar su contenido psíquico en especial, el carácter incoercible del inconsciente en los clientes que acuden a comprar servicios sexuales”, concluye Marta. Sin embargo, reitera que “reflexionar sobre la responsabilidad de los clientes no implica adoptar una postura neoabolicionista”.

Por ello, conceptualizar a la prostitución como “un conjunto de hábitos de larga duración, una institución patriarcal y una dinámica psíquica”, es un gran acierto, además de considerarle una sofisticada industria donde patrones, trabajadoras y clientes, constituyen la cadena productiva indicada hace varias décadas por el sociólogo Francisco Gómezjara.

Lamas acentúa el hecho de “(q)ue se insista en denunciar la explotación sexual en lugar de la explotación laboral en todas sus formas pone en evidencia que lo que importa y escandaliza es lo relativo a la sexualidad”, añade que “(a)l igual que en cualquier oficio o profesión, el trabajo sexual genera plusvalía” y denota que “(j)ustamente por la falta de regulación muchas de las trabajadoras sexuales son explotadas por empresarios particulares, por el crimen organizado y por las autoridades”.

Marta rechaza “la postura de que todas trabajadoras sexuales son víctimas; (…). En todo caso son igual de víctimas del sistema que las demás trabajadoras que también laboran en condiciones de explotación por necesidad económica.”

Qué decir en torno al comercio sexual de la frontera sur y a los operativos policiacos emprendidos para rescatar a mujeres migrantes de las garras de la prostitución, según numerosos titulares de prensa.

Marta nos revela que “las migrantes centroamericanas que vienen caminando desde
Honduras o El Salvador, se ven obligadas a ofrecer servicios sexuales para sobrevivir. Los operativos que las rescatan las deportan a sus países, justo de donde vienen huyendo”.

Dicha política anti-trata, que detiene, encarcela y expulsa a probables víctimas del delito, no está centrada en la defensa de dichas víctimas; sino al contrario en su revictimización, ha sido una denuncia permanente de organizaciones e individuos, hombres y mujeres, defensores de migrantes.

La pensadora hace un abordaje sobre los efectos que las políticas neoliberales tienen en el comercio sexual, en especial entre mujeres.

El primero de ellos se refiere a una masculinización del Estado que fortalece al patriarcado, al considerar “a las mujeres como víctimas que deben ser protegidas y no como trabajadoras, con salarios miserables o desempleadas”.
Otro aspecto considerado es el hecho de que “(t)odavía no se comprende que algunas feministas, pervertidas por el capital y el poder, juegan el papel de salvadoras de víctimas perennes”, haciéndole el juego a las políticas neoliberales, donde las políticas públicas y legislación contra la violencia hacia las mujeres, “ha resultado ser un eje de intención que no resuelve la contradicción estructural de la división sexual del trabajo, pero que aplaca a las buenas conciencias y canaliza el malestar femenino”.

Otro asunto retomado por Lamas, es el referente a los reordenamientos de espacios urbanos ya que “(e)n la modernidad capitalista, al nuevo urbanismo, que busca una mayor capitalización de ciertos espacios, le estorba la visibilidad del trabajo sexual callejero” y el mejor ejemplo, continúa, es que “(d)esde 1977, con la creación del Fideicomiso del Centro Histórico, la política urbana conducida por el GDF, facilita que el capital privado desplace a las trabajadoras sexuales hacia otros espacios”, y esto, nos dice, “es ya una realidad”.

También establece, que “(h)ace rato que el placer sexual y erotismo, se han vuelto componentes centrales en la cultura del ocio del capitalismo tardío” y se ha cambiado el paradigma del sexo reproductivo al recreativo.

Otra inquietud de Marta Lamas planteada en este trabajo, es el hecho de que ningún partido político “denunci(a) la explotación y maltrato a que son sometidas” las trabajadoras sexuales y que su problemática no está incluida en la agenda de ninguno de ellos; situación que las deja al margen de cualquier proceso electoral partidista.
Sin embargo, consideramos que está abierta la posibilidad de que la candidata independiente del EZLN y CNI, retome su plataforma de lucha como pliego petitorio que sume fuerzas contra la represión, el despojo, la explotación y el desprecio hacia sectores de la sociedad olvidados por la clase política.

Finalmente, para ir cerrando estos comentarios sobre “El fulgor de la noche”, quedan algunas interrogantes en el tintero.

La primera de ellas, es el llamado a cuestionar cualquier tutelaje a nuestra sexualidad, sea que provenga del Estado, las iglesias o las feministas abolicionistas. Brigada Callejera, añadiría explícitamente la referencia al tutelaje empresarial y al de la familia monogámica heterosexual.

El trabajo sexual de 1992, no es el mismo de ahora (2017), hay “nuevos estímulos”, la búsqueda de “nuevos cuerpos” y el surgimiento constante de nuevas subjetividades, como lo ha planteado Marta Lamas.

Hace más de doce años, activistas de la Brigada Callejera, notamos que una generación juvenil de trabajadoras sexuales que laboraba en Guadalajara, Jalisco, todos los fines de semana asistía a algunos centros nocturnos en calidad de clientas sexuales.
Dicha situación, ¿Será una de las aristas de la transformación de la doble moral sexual, que cuestiona Marta Lamas en este libro?

La existencia de un mercado sexual pujante, donde las clientas son mujeres de diferentes condiciones sociales, es un hecho muy actual, que se remonta a varias décadas atrás que requiere reconocerse todavía más.

En ese sentido, qué decir de los trabajadores sexuales varones heterosexuales de Guanajuato, que se quejaban hace más de 15 años de la actitud prepotente y autoritaria de sus clientas, que además, no deseaban usar condón y por ello uno de sus compañeros fue infectado por el virus de la inmunodeficiencia humana (vih).

Una de las apuestas de la Brigada Callejera es que la crítica a los actos de autoridad, llámense leyes, políticas públicas o consignas, continúe entre las trabajadoras sexuales y se traduzca de forma cíclica y permanente en actos de resistencia civil y pacífica, al margen del clientelismo gubernamental, electoral, oenegero o religioso, que hoy enfrenta a este sector social.

Mensajes de las trabajadoras sexuales recopilados por Brigada Callejera:

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