Desde Oaxaca, maíz y vida comunitaria en tiempos de coronavirus

Diana Manzo

Istmo de Tehuantepec, Oaxaca. Es medio día y el sol pega fuerte en San Blas Atempa, pero eso no impide que Juan López Talín tome su arado y su yunta conformada por un par de bueyes de gran tamaño para caminar por los surcos de su parcela sembrando maíz. Para este ciclo agrícola de otoño-invierno, Juan, de 65 años de edad, cultivará una hectárea de este grano, después de haber sembrado 32 litros de maíz que adquirió con productores de su comunidad.

Labrar la tierra y cultivarla no es tarea sencilla, explica Juan, quien desde hace tres meses comenzó a preparar su parcela. Él, cuenta, primero la limpió y posteriormente contrató una maquinaria para preparar el suelo, y luego con su yunta comenzó la siembra.

Por donde se mire, la vida florece en San Blas Atempa a través de los cultivos. El 90 por ciento de los hombres son campesinos, y de ellos el 70 por ciento se dedica al cultivo del maíz. El resto siembra ajonjolí, plátano, coco y otros cultivos frutales.

“A veces un costal de elote lo vendemos en 350 pesos, pero otras ocasiones apenas y lo compran en 100 pesos. Es duro cosechar, es duro sembrar, pero es lo que sabemos hacer. El maíz nos ha dado la vida y aquí seguiremos porque esa es la herencia de nuestros padres y abuelos”, señala Antonio, quien todos los días acude a su parcela, algunas veces realiza labores de limpieza y otras, como ahora que inició su cosecha, a limpiar los arbustos que nacen en cada uno de los surcos para evitar que absorban el agua de la lluvia, que cae de forma irregular en cada ciclo agrícola y que ha repercutido por los cambios de clima que imperan.

Para cosechar, todo campesino debe tener sus instrumentos de trabajo. Rosalino explica que una yunta conformada por dos bueyes oscila entre 40 y 50 mil pesos, mientras que el arado tiene un costo de mil pesos, sin contar con el barbecho y la rastra agrícola. Para una hectárea se invierten 8 mil pesos más la semilla del maíz, que actualmente oscila entre 14 y 15 pesos el litro.

Los hombres de San Blas Atempa siembran el maíz, mientras que las mujeres elaboran el totopo. En este lugar se cumple el ciclo económico, la cadena de valor: sembrar, cosechar, transformar para darle valor agregado, comercializar y consumir, lo cual deja testamento de una alimentación sustentable.

Junto con la siembra, la comunidad lucha por preservar su lengua y cultura. Aquí se conserva lo que otros pueblos han perdido: una presencia importante del zapoteco, sus ritos, fiestas y tradiciones.

El Corredor Maicero

Reinventar para preservar y conservar para resistir es la fortaleza del campesino binnizá (zapoteca), que todos los días camina sobre sus parcelas sembradas con maíz zapalote chico o “Xuba’ huiini” en el Istmo de Tehuantepec, un espacio geográfico del estado de Oaxaca donde se afronta la vida sin importar que el viento sople o que llueva, haga calor o que una pandemia por coronavirus haga estragos en la salud pública. Ellos siembran y cosechan por y para la vida.

Los labradores de tierra están todo el Istmo de Tehuantepec, región en la que dos veces al año, durante los ciclos agrícolas primavera-verano y otoño-invierno, se producen anualmente 66 mil 830 toneladas de maíz, con un rendimiento promedio de 1.1 hectáreas en superficie de temporal y de 1.7 hectáreas bajo condiciones de riego, según datos oficiales del Sistema de Información Agroindustrial y Pesquera (SIAP) de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER).

La misma SADER reporta que en los últimos diez años se han sembrado aproximadamente 75 mil hectáreas y el año pasado, en el 2019, se sembraron 56 mil 16 hectáreas de este maíz nativo. De éstas, 53 mil 681 hectáreas se cultivaron, en áreas de temporal, en el ciclo agrícola primavera-verano, mientras 2 mil 335 hectáreas en el de otoño-invierno, bajo condiciones de riego.

Alejandro Nuricumbo Linares, en su tesis doctoral Xhuba huiini’ 2015, por la Universidad de Vigo, España, estima que el número de campesinos que cultivan maíz nativo en los dos ciclos agrícolas es de alrededor de 36 mil productores, concentrados en las poblaciones del llamado “Corredor maicero”, que comprende siete municipios: Juchitán, Xadani, Tehuantepec, Comitancillo, Ixtaltepec y San Blas Atempa. Sin embargo, esta raza también se siembra en la sierra mixe zapoteca y en gran parte de la zona oriente del istmo oaxaqueño, así como en la zona costera del estado de Chiapas.

La preferencia de los productores por este grano obedece a varias características genéticas ventajosas, que lo califican como insustituible para la región. A lo largo de su historia, el maíz zapalote chico ha sido cultivado y aprovechado en las comunidades de la región istmeña de Oaxaca.

En Oaxaca hay 32 especies de maíz, pero la más importante, según los expertos, es el zapalote chico, y es el que se cultiva en esta zona oaxaqueña principalmente como autoconsumo y para la elaboración de diversos platillos, principalmente de totopos, alimento que se ha posicionado a nivel nacional e internacional.

El maíz es uno de los granos más valiosos que tiene el país y, a pesar de que fue marginado por mucho tiempo, privilegiando los cultivos comerciales como el sorgo, arroz y ajonjolí, sigue vivo. Es por ello que se lucha por su preservación, porque “sin maíz, no hay país”.

Los Xuba’binii, “semilla de maíz”, enfrentan los transgénicos

En el Istmo de Tehuantepec la agricultura industrial no ha funcionado y la gente de la región lo sabe. Desde hace más de 40 años, el gobierno mexicano comenzó a apostarle al cultivo de arroz, pero al no ver resultado impulsó la producción de caña de azúcar, que también fracasó; ahora están con el sorgo, que va en esa misma dirección. Pero el maíz, aún marginado por las políticas públicas, se resiste a morir.

El maíz zapalote chico es una de las razas con características fisiológicas, morfológicas y agronómicas más sobresalientes: índice de cuateo, insensibilidad al fotoperiodo, ciclo corto, alta eficiencia fotosintética y potencial hídrico bajo sequía; planta baja, resistente al viento, al acame, al calor, a enfermedades foliares y al gusano cogollero; excelente calidad elotera y gran cobertura de mazorca que protege al grano de plagas y enfermedades.

Esta resistencia germinó y así nacieron los “Xuba’ Binii”, que en español significa “semillas de maíz”, una agrupación filial de la Organización Social Tona Taati’ de Juchitán de Zaragoza, Oaxaca, conformada por 250 campesinos y campesinas que levantaron al maíz marginado y lo convirtieron en un grano dorado, hoy principal fuente de vida del istmo oaxaqueño.

Rosario del Carmen Carrasco, una joven mujer campesina, es ingeniera civil y presidenta de “Xuba’ Binii”. Ha cultivado más de 20 hectáreas para la producción de semilla de maíz zapalote chico, con la única finalidad de rescatarlo, preservarlo y promover su uso en la región para evitar la entrada del maíz transgénico.

La joven campesina heredó de su padre el amor al campo, y a pesar de que concluyó una carrera, toda su vida la ha dedicado a cultivar una siembra orgánica, con prácticas agroecológicas, como sustento alimentario. Ella reconoce que, con este proyecto de siembra, el maíz que se obtiene es de mejor sabor y calidad y es más saludable, porque no se usan agroquímicos y cuenta con una técnica tradicional de mejoramiento que se llama selección masal.

Esta técnica consiste en hacer una selección de la mejor planta cuando está en pie, considerando que cada planta del maíz contiene ambos sexos: la espiga o “Dú”, que contiene el polen, es el masculino; y el jilote o “Guichu”, donde estarán los granos de elote, es el femenino. Asimismo, tienen presente que la etapa de floración, que involucra la diseminación del polen y la aparición de los estigmas, es el período más crítico para la determinación del rendimiento final.

Las mujeres binnizá no se mueren de hambre

Los granos del maíz zapalote chico son semiharinosos y con el más bajo índice gluma/grano en las razas mexicanas, así como tienen alto contenido nutricional (12.7 por ciento en promedio) y con germen grande, según reportó la Comisión Nacional de la Biodiversidad en el 2010. Todo esto convierte al maíz en propicio a los hábitos alimenticios de la población del istmo oaxaqueño que, por tradición cultural, consume productos derivados de él.

Durante seis horas al día, las manos de Nereida Ramos Guerra no paran de moverse. Primero cuece y lava el maíz y después lo lleva al molino. Así elabora 500 totopos al día, que vende a sus clientes en la ciudad de Juchitán.

En la comunidad de Tierra Blanca, que pertenece a San Blas Atempa y de donde es originaria Nereida, es común que las mujeres elaboren totopos y todo lo derivado del maíz, como tamales, pozol blanco y también comida tradicional: “Aquí aprendemos desde chiquitas, y gracias a los totopos comemos, porque obtenemos recursos de lo que vendemos. Diariamente aquí se elaboran miles de totopos que se venden a compradores en gran volumen, y ellos los revenden en Juchitán y otros pueblos. La producción es alta en esta Tierra Blanca”.

Ella utiliza para sus tortillas el maíz que cosecha su esposo, el cual es orgánico y libre de pesticidas y todo tipo de aditamentos. Por eso su alimento es uno de los más preferidos de la zona, pues va de la siembra y del comixcal al paladar.

En su cocineta de palma, Elvia Aquino Guerra prepara los tamales de elote, alimento predilecto que se consume con crema y queso fresco obtenido de los ganaderos de la zona. El tamal de elote se hornea o se cuece en ollas de peltre bajo el fuego lento y su sabor es inigualable por que se prepara con maíz tierno; de hecho, la primera cosecha es para elaborar tamales o el atole de elote.

Las mujeres zapotecas de San Blas Atempa no se mueren de hambre porque el maíz que cultivan es su alimento. La vida en este lugar gira en torno a este grano.

El grano dorado frente a la Covid-19

A la orilla de la carretera está colocada una mesa y un letrero en el que se lee: “Hay pozol blanco y de cacao”. Todo pertenece a Carmen Solórzano, quien desde hace más de 20 años vende esta bebida refrescante y preferida por sus paisanos. Con todo y pandemia por coranavirus, ella no puede dejar de trabajar, pues si no lo hace no hay sustento en su casa. Con el virus sus ingresos se han visto afectados y las ventas no son como antes de que comenzará la emergencia sanitaria, “pero mientras haya cosecha, habrá maíz”, asegura.

Para preparar su pozol blanco, Carmen compra las semillas con los labriegos de la zona, quienes tampoco detuvieron la siembra por la pandemia. “Nos hablan de una enfermedad que está matando a la gente, pero el maíz se sigue produciendo, yo sigo vendiendo mi pozol. Si no lo hacemos, el campo podría morir, pero hemos descubierto que nuestro maíz resiste ante cualquier cosa, y aquí seguimos nosotros, los que disfrutamos comerlo y beberlo”, dice Carmen.

Tomás Chiñas Santiago, representante de la Organización Social Tona Taati’, explica que el maíz es un alimento resistente, además de necesario para la vida de las comunidades. Por eso, a pesar de la pandemia de Covid-19, se sigue sembrando.

Él, junto con otros productores del campo, desde hace cinco años impulsa la producción de semilla de maíz nativo, mejorada artesanalmente, porque buscan privilegiar la producción de maíz saludable para hacer frente a la industria transgénica.

El representante de Tona Taati’ explica que ahora aumentará la superficie producida y que, aunque no en la proporción esperada, se prevé que se tenga un aumento sustancial que garantice maíz para más tiempo. “Aun con pandemia, el maíz se sembrará”, asegura Tomás Chiñas, quien mantiene su esperanza en el campo.

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