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Cuando los sismos destruyeron la ciudad de México y construyeron la solidaridad

Redacción Desinformémonos

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Ciudad de México. 19 de septiembre de 2016. I Desinformémonos. Hoy que se conmemoran 31 años de los sismos de 1985 en México, reproducimos el relato de un o una joven rescatista… una más de las miles de personas que se volcaron a las calles de la ciudad a recuperar la vida bajo los escombros.  La solidaridad que esos días nació o se refrendó entre sus habitantes marca un antes y un después en la historia de la Ciudad de México.  Los sismos destruyeron una parte importante y fundamental de las colonias de la ciudad, pero construyeron una solidaridad que 31 años después aún perdura. 

El texto se publicó en el blog Vecindad Gráfica, el 19 de septiembre de 2005, cuando se cumplían 20 años de aquella trágica jornada.

“Hoy que se conmemoran 20 años del horrible terremoto de 1985 en la Ciudad de México, me gustaría compartirles mis momentos de “rescatista”.

Esa mañana del 19 de septiembre estaba destinada a que mi hermana y yo viviéramos por más tiempo, ella tenía una cita ese día a las 7:00 de la mañana en el Hospital General, pero resulta que le pospusieron su cita por falta de lugar, así que no asistimos esa fecha. Yo la llevaba siempre a ese hospital ~el cual fue destruido casi en su totalidad en el terremoto. Su Doctor falleció en el lugar.

Entraba a la escuela a las 9, así que pensé levantarme a las 7:30, el temblor me agarró en la cama, aunque por esa zona del DF, las barrancas de Santa Fe, no se sintió muy feo, de todos modos percibí que era terrible.

Estaba viendo las noticias de la mañana con Lourdes Guerrero, la cual nos conminaba a no perder la calma, pero de pronto salieron del aire, posteriormente supimos que se cayó una torre de Televisa, el lugar donde estaban no se colapsó totalmente, así que se salvaron.

Sentí un escalofrío pensando en mis amigos y familiares de cómo la pasaron en esos momentos. Nunca creí que el temblor fuera de tal magnitud.

Ese día ya no fuimos a la escuela, me acuerdo que el ineficiente presidente de México, De la Madrid nos decía que nadie saliera, que nos quedáramos en casa, además tuvo el error de rechazar la ayuda internacional ~que tontería y aparte nunca supo qué hacer ante el terremoto.

Al llegar a la escuela el siguiente día me invitaron a salir en una brigada para ayudar a víctimas. Nos fuimos con lo que traíamos, solo nuestras manos y muchas ganas de ayudar.

Esa experiencia  ha marcado toda mi vida.

Estuve en varios lugares de la ciudad por muchos días, ayudando a remover escombros, cargar muertos, etc. El olor al tercer día ya era insoportable, gas, humedad, ceniza y sobre todo olor a cadáveres. El polvo nos quemaba las narices y pulmones.

De las muchas historias que vivimos,  contaré dos:

Una fue que sacamos a un señor con vida, pero muy mal herido, él trató de decirnos algo de lo que traía en la bolsa, no le hicimos caso en el momento. Posteriormente lo metimos a una ambulancia para que se fuera junto con otras personas en su misma situación. Al regresar a ver si todo estaba bien, descubrí a un policía “bolseando” al herido. Al sacar la mano de la bolsa la traía llena de monedas de oro, le dije al policía que las entregara a la Cruz Roja, la cual se encargaba de colectar los bienes, me dijo con groserías que no lo haría y me empujó, pero al levantarme lo hice con un recto a su nariz, se la rompí y todavía llegaron más de nuestra brigada y lo corrimos a patadas. Así existieron muchos del gobierno que iban a “robar” y no a ayudar.

En esos días fue muy importante la organización del pueblo, nadie nos decía qué hacer por parte de las autoridades. En la noche hacíamos rondines, íbamos a otros lugares, nos repartían comida que la misma gente del vecindario preparaba, etc. Una solidaridad como nunca antes se había visto.

La otra historia fue la que más me impactó, era mi último día, ya no teníamos esperanzas de que existieran más sobrevivientes. De pronto escuché un gemido dentro de unos escombros que no habíamos revisado bien, porque quedaban fuera de una construcción de la Avenida Juárez, nunca supe el número del edificio.

Comencé a quitar piedras y lodo con mis manos, alcancé a ver un pie con un calcetín rosita, al ir moviendo más tierra fui descubriendo una pierna, deduje que era de una niña por tener una pijama de florecitas.

Al sentir la calceta, pensé que estaba rota su pierna, pero no era así, solo estaba la tela doblada.

Al descubrir todo su cuerpo la tomé entre los brazos y grité que ahí estaba una niña viva, corrí por entre los escombros hacia una ambulancia, en el camino la niña me dijo con una voz muy baja: “Mi hermanito está en la cocina con mi Mamá, ¿puedes decirle que ya voy para allá?”

Se me partió el corazón, ¿cómo podía decirle que su casa estaba totalmente destruida y que nadie estaba vivo?

Se desmayó, la acomodé en la camilla y jamás supe qué pasó con ella.

No porque no quisiera saber, lo que pasa es que a la mayoría de las personas que rescatábamos las canalizaban a diferentes partes y no pude seguir el rastro de donde la llevaron.

Mi vida ha cambiado con esa vocecita, resumió todo el temor, angustia, tristeza, impotencia, coraje, etc. que sentí todos esos días.

Esa noche llegué a la casa, no comí nada, me bañe y dormí por dos días seguidos.

Solo espero que esa niña esté bien y que haya encontrado a algún familiar.

Recibimos premios, aplausos de la gente, comida, agua, café caliente por las madrugadas, reconocimiento de familiares, etc.

Pero rescatar a esa niña fue el mejor regalo que Dios me ha dado para saber valorar lo que tenemos.

¡Que viva la solidaridad del pueblo mexicano!

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