“43: La vida detrás de cada nombre”, Jorge Antonio Tizapa Legideño

Edith Negrín

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El pasado 11 de enero fue un día de cumpleaños muy triste para la señora Hilda Legideño Vargas. Su hijo Jorge Antonio no fue, como hace cada año, a verla, a abrazarla, a llevarle chocolates y flores. Es un buen hijo, es un buen muchacho, dice una y otra vez la madre, en conversación telefónica, con una voz fuerte y clara, aunque algo debilitada por la pena.

Tampoco las fechas navideñas fueron días de fiesta para ella. El 24 de diciembre, los padres de los estudiantes normalistas ausentes, cuyo paradero aún se desconoce, se concentraron en las cercanías de la residencia presidencial de Los Pinos, pese al atroz frío capitalino, muy lejos de las regiones templadas o calurosas en que habitan. El 26 de nuevo se manifestaron, recorriendo el paseo de la Reforma hasta el monumento a la Revolución.

Hilda Legideño es delgada y menudita, en una de las fotografías luce casi más pequeña que la pancarta en sus manos con la imagen de Jorge Antonio. Pero sin duda es una mujer muy fuerte, que crió sola a sus tres hijos, pues desde que eran niños el padre, como tantos otros, se fue a trabajar como plomero “al otro lado.” Ella no se queja, dice que el señor ha estado pendiente y cuando puede manda dinero; que está enterado de la desaparición del estudiante, pero no le es posible venir. De tres hijos, Jorge Antonio es el de en medio, antes que él llegó una hermana y después un hermano.

La señora Legideño formó parte de la comisión de padres que, acompañados por el titular de Derechos Humanos en Guerrero, se entrevistaron el 29 de septiembre con el comandante del 27 Batallón de Infantería para indagar sobre la situación de sus hijos.

En la foto de la ficha gubernamental que da cuenta de su “desaparición”, la misma que se ha reproducido en algunos carteles, el rostro moreno de Jorge Antonio tiene forma de óvalo; lleva muy corto el cabello negro y lacio. Sobre la nariz ancha y los labios gruesos, destacan sus ojos oscuros, enmarcados por cejas semipobladas, que definen una expresión muy seria, entre reposada y adusta.

Hilda cuenta que tiene “un hoyito en la mejilla”, pero ese detalle apenas se puede apreciar en las escasas fotografías con que contamos. Tampoco dejan ver los retratos la alegría de vivir oculta tras esa sobria apariencia. Alegría que no pudo ser vencida por el entorno guerrerense marginado, adverso y violento en que la familia ha vivido siempre. Alegría que la madre reitera: es sociable, amiguero, le gusta mucho cantar y bailar; es bromista –“pero no pesado”. Como a sus amigos, le encanta comer tacos y pizza, acompañados por refrescos. Para su aniversario –el 7 de junio cumplió 20 años–, pidió a su madre que le preparara fiambre, una comida típica de fiesta en Tixtla, hecha con carne de res, pollo, chorizo y carne de puerco servidos sobre una cama de lechuga.

Jorge Antonio dejó los estudios un tiempo. Ese lapso entre un bachillerato que no se completó y el inicio de su preparación como maestro fue una transición a la vida adulta, pues descubrió el amor y el trabajo.

Muy enamorado y correspondido, construyó una casita de lámina cerca de la de su madre, para vivir con su novia. La pareja, con el paso del tiempo “dejó de entenderse”, al decir de Hilda, y resolvió separarse. Quedó una niñita que ahora tiene año y medio. “Es un padre cariñoso”; la foto en un celular sostenido por Hilda muestra a Jorge Antonio, con un gesto suavizado, llevando en sus brazos a una bebita muy linda, con grandes ojos oscuros semejantes a los suyos. La pequeña Naomi luce graciosa con su gorra tejida.

Durante el tiempo de la convivencia en pareja, el joven tuvo que afrontar las responsabilidades de la vida laboral. Se empleó como chofer de una urban por la ruta que va de Tixtla a Atliaca: “le encanta manejar, aprendió muy pronto y antes tuvo motocicleta”.

Mientras iba al volante Jorge Antonio disfrutaba escuchando y entonando canciones populares. Comparte con sus cuates el gusto por la banda sinaloense “El Limón, De René Camacho”.

Una banda que interpreta tonadas diversas; tanto baladas amorosas como otras que cuentan de los sembradores de mota obligados a huir del ejército; todo en un lenguaje coloquial, a veces soez. También comparte con los amigos el gusto por esas crónicas urbanas que son las canciones de Armando Palomas, de Aguascalientes. “El Palomas” fusiona rock, cumbia, mariachi, huapango y son veracruzano, y se burla de todo lo establecido con una libertad que encanta a los chavos. Un gusto muy personal de Jorge Antonio son las canciones infantiles, como el Patito Juan, por lo que algunos amigos, en broma, le decían “el niño”. “Le gusta mucho la música, a veces graba canciones en una memoria para mí”, relata la madre.

Cuando se separó de su compañera, Jorge Antonio entró a la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos. Fue rapado, como parte de las novatadas, y se integró de lleno a las labores de la escuela. Tomaba parte en las tareas agrícolas cotidianas, ya que los estudiantes normalistas rurales siguen perteneciendo a la comunidad campesina. Una vez, sembrando, él y un amigo, exhaustos, se quedaron dormidos sobre una piedra y no despertaron sino hasta que estaba oscuro. Fueron apodados “los perezosos”, cuenta Hilda. El estudiante se concentraba en sus materias y participaba de las actividades políticas inherentes a este colegio. La nueva etapa de la vida del estudiante Jorge Antonio se interrumpió por el horror del 26 de septiembre.

Desde esa noche, Hilda Legideño Vargas no ha parado de buscar a su hijo. Atravesada por el dolor pero sostenida por su amorosa obstinación y su creencia en que aún puede haber justicia, espera el regreso de Jorge Antonio.

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