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Tomás Pérez Francisco, cuyo pensar, sentir y actuar era bonito

Kgatse xtakgatsin xwanit

“Su pensamiento/ sentimiento/ acción era bonito”

El primero de mayo de este año se cumplieron 31 años desde que Tomás Pérez Francisco fuera detenido y desaparecido. Para escribir esta columna, que publicaremos en tres entregas, platicamos con Guadalupe, su hijo.

I

Yo soy Guadalupe Pérez Rodríguez y por la situación de represión hacia mi familia y mi comunidad, desde el 1 de mayo de 1990 me toca ser también hijo de Tomás Pérez Francisco, desaparecido político como parte de la represión contra la comunidad La Sabana, en la Sierra Norte de Puebla. 

Tomás Pérez Francisco

Lo que mi abuela me dice de mi papá es que “era bueno su pensamiento” o “era bonito su pensamiento” (Kgatse xtakgatsin xwanit); pero “el pensamiento” desde como lo entendemos al enunciarlo en totonaco, que incluye el pensar, el sentir y el actuar. Él, al ser el hermano mayor, no tuvo tantas posibilidades de estudiar y sólo llegó a segundo año de primaria y desde niño tuvo que empezar a trabajar en la milpa; y quizás fue eso, de cierta manera lo que lo motivó a querer que las realidades que le tocaron a él vivir no las fueran heredando las generaciones que vendrían, independientemente de si era su familia directamente. Cuando era joven, como a los veinte años, participó en las luchas del Ejido Ignacio Zaragoza, donde su mamá era ejidataria, una de las primeras mujeres que ha llegado a ser ejidataria.

A mí me tocó convivir con él solamente seis años pero de lo que yo recuerdo es que era tranquilo pero también muy risueño, bromista y preocupado por las personas que conocía, por su familia y por sus amistades. Era muy detallista, muy fijado en los detalles. Mi mamá recuerda que un 31 de octubre, el día que comienzan las festividades de Día de Muertos para nosotros, tuvo que salir a la milpa y mi abuelo hizo el altar; cuando mi papá regresó tuvieron que arreglarlo porque pensaba que como lo había puesto no era la mejor manera de recibir a quienes ya están en el mundo de los muertos. Así de detallista era. 

Le gustaba mucho nadar, sé que nadaba en el río Pantepec y en el arroyo Agua Nacida; la pesca y sabía pescar con red sin ningún tipo de químicos o elementos que envenenaran a los peces. Le encantaba mucho montar a caballo, jugar básquetbol aunque no es alto, en realidad es muy bajito de estatura. Disfrutaba mucho organizar y participar del carnaval; se sentía bien trabajando la milpa. Le gustaba el mole de verduras, con ejote y nopales y su color favorito es el azul. De hecho el día que salió de casa para irse a trabajar, el día que lo detuvieron, él vestía una camisa azul celeste y un pantalón gris. A mí me tocaron casi dos años de escuela con él, es lo que me dejaron que compartiera y, sobretodo en época de lluvias, cuando yo estaba en el kínder, que nos quedaba como a 15 minutos de donde vivíamos, me iba a dejar y me iba a recoger. Como le gustaba montar a caballo y tenía dos caballos, uno para carga y el otro para paseo, iba por mí y me sentaba enfrente de él y se cubría con algo que allá llamamos “manga” pero que es una especie de lona que cubre totalmente a la persona que está montando a caballo. Cuando montábamos así yo no veía nada y recuerdo que a él le gustaba mucho contarme lo que él iba viendo. 

¡Xa lakawan leenka. Xa lakawan in lakaskiná!

Cuando mi papá fue detenido nosotros nombramos siempre su detención porque en totonaco la detención existe; las personas pueden ser detenidas y de acuerdo a nuestras formas se hacen procesos para garantizar una paz más larga y más real, en las comunidades si alguien comete algún delito no lo vas a refundir en la cárcel sino que tiene que hacer faenas, tiene, en muchos sentidos, que ir saldando a la comunidad su falta porque la falta no sólo es hacia una persona en lo individual sino hacia la comunidad porque rompe los procesos comunitarios, rompe la paz de largo plazo en las comunidades. Entonces, siempre se nombró como detenido porque es lo que se puede nombrar en totonaco y también decíamos “se lo llevaron” (Wa ti leenka) porque “desaparecido” no hay forma de nombrarlo en totonaco. Tampoco nunca se ha dicho que está muerto porque no hay cómo confirmar eso…recuerdo que una vez en Pantepec alguna persona le dijo a mi abuela “ah, es el hijo del difunto”, refiriéndose a mí y entonces ella le dijo “¿Cómo sabes que está difunto, a poco tú lo viste, tú lo mataste, tú sabes? Si sabes dime porque yo no sé.” 

La consigna “vivos los llevaron, vivos los queremos”, sí tiene una traducción, aunque la segunda parte se cambia a “vivos los necesitamos” y se dice: ¡Xa lakawan leenka. Xa lakawan in lakaskiná! Asimismo la consigna de “Memoria, verdad y justicia” tiene una traducción, ya no tan literal, tan acercada al español. La parte de la memoria es el recuerdo-pensar, el recuerdo-sentir y el recuerdo amoroso; la parte de la justicia es acerca del restablecimiento de la armonía que genera la paz larga, duradera y comunitaria. 

Muchas cosas sobre la desaparición de mi papá nos hablan del rompimiento de lo que desde los pueblos llamamos “la red de la vida”, que es el espacio donde confluyen no solamente el cosmos o el inframundo sino todo lo que forma parte del mundo y que generan equilibrios y armonías para que la vida se siga haciendo. Desde la propia cosmovisión totonaca decimos que eso se ha roto con su desaparición, no sólo es que se ha roto en términos de lo que puede pasar en el mundo más mestizo o más occidentalizado sino que también lo que desde nuestra perspectiva también se ha roto. De ahí que desde nuestra forma de ver el mundo se tendrían que hacer muchos otros procesos para que los equilibrios y la armonía en el mundo se pueda reestablecer; en eso que en otros lados llamarían “la reestructuración del tejido social”, para nosotros es re-tejer la red de la vida. 

El tema de la identidad indígena es un tema pendiente, porque siempre se ha resaltado la participación política o el activismo pero es muy necesario tenerlo en mente. Porque desde los pueblos los procesos de verdad y justicia los miramos de otra manera, no es esta forma convencional desde la visión de los derechos humanos, la reparación, etc. Creo que desde los pueblos y las comunidades es otro proceso el que se tiene que emprender, acorde a su propia racionalidad, su propio entendimiento del mundo; es una discusión que hace falta poner en la mesa para cuestionar que no todo es homogéneo, no todo es único y hay muchas formas de entender el mundo. 

El año pasado, cuando se cumplieron los treinta años de la desaparición de mi papá yo interrelacionaba las identidades de los pueblos indígenas, de las personas desaparecidas de esos pueblos, de los rompimientos que se generan en las comunidades, rompimientos que cuesta entender desde los pueblos no indígenas por muy comprometidos que puedan estar. La lucha indígena no es entonces una lucha “medioambiental”, no es una lucha por “el ambiente”; lo que están defendiendo es ese todo que conforma esto que llamé la red de la vida, donde está la tierra, la oralidad, la lengua, las semillas, los ciclos, el cosmos, la medicina tradicional, todo eso que al final del día confluye para que se pueda hacer la vida. Yo sí coincido en esta referencia de que la defensa del territorio-tierra tiene que pasar por la defensa del territorio-cuerpo, tenemos que recuperar los cuerpos de las personas desaparecidas y no en el sentido literal, no como cadáveres, sino lo que implica el respeto de los cuerpos, que pasa por muchas otras violencias que hay que nombrar. 

Finalmente, me parece que la memoria puede contribuir a los procesos de justicia social, más allá de los procesos de justicia formal. También para disputar la narrativa porque también pareciera que se ha querido que narremos todo lo doloroso, toda la saña y yo creo que también hay que contar la otra parte, la parte luminosa, la de la vida. Porque no son ni el expediente, ni la averiguación previa, ni el caso sino que son historias de vida que en un mal momento la violencia, o la represión nos separó de esas personas, no sólo a las familias directamente sino a toda la sociedad.

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