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“También el miedo nos arrebató el gobierno”: Mayra Telumbre, tía de Cristian, desaparecido de Ayotzinapa

Yunuhen Rangel/Desinformémonos

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Ciudad de México | Desinfomémonos. Cristian: Te seguimos esperando, todos te esperamos, tu mamá, tu papá, tus hermanos y tu abuelita. Quiero que sepas que no hemos parado y no pararemos de buscarte. Jamás dejaremos de buscarte a ti y a tus 42 hermanos, compañeros.

Te queremos y te extrañamos, por eso seguimos insistiendo como el primer día.

Atentamente. Tu tía Negra.

Me llamo Mayra Isabel Telumbre Casarubias. Hoy le escribí este mensaje a mi sobrino Cristian Alfonso Ramírez Telumbre, al que desaparecieron con otros 42 de sus compañeros de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos de Ayotzinapa hace casi dos años.

El 26 y 27 de septiembre el gobierno nos arrebató todo a mi familia y a mí. Entre todo lo que nos quitó, también nos quitó el miedo. Desde entonces yo pienso que si de todos modos vamos a morir, pues más vale la pena hacer y decir algo por nuestro pueblo, por nuestro país, por la familia.

El gobierno nos está acabando, pero a mí también me quitó el “sólo yo”. Desde que desaparecieron a mi sobrino he aprendido a pensar en las y los demás también. Desde que oigo en las noches llorar a mi hermana sin tener una palabra de aliento lo suficientemente fuerte para  consolarla, sin nada que poder ofrecerle para quitar un poco el dolor que siente, que sentimos.

Me quitó lo deshumana, me quitó las ganas de quedarme callada ante las injusticias, las ganas de quedarme quieta y no hacer nada por mi familia, por otras familias.

Me quitó la debilidad, porque tanta cosa y tanto dolor, tanto peregrinar también me ha hecho más fuerte.

Nos quitaron la paz, la estabilidad, la vida cotidiana en la que, como dice mi hermana, éramos felices a nuestro modo, con lo que teníamos y con lo que no. Pero estábamos juntos. Ahora la pregunta de cada momento es: ¿Dónde estará Cristian?, ¿Dónde estarán todos?, y es que uno por lo menos, come, se baña, está… pero el no saber cómo estarán ellos es muy doloroso.

Jamás dejaremos de buscarlo, de buscarlos, porque el gobierno ni siquiera nos ha dado una prueba contundente de que estén muertos. No hay una sola prueba científica, creíble, sin trampa y sin mentira, no hay una sola prueba que nos dé certeza de que están muertos. Entonces, dejar de buscarlos sería como matarlos nosotros mismos y eso jamás va a suceder.

Yo nací en La Estacada, en Guerrero, igual que Cristian. Tengo 26 años y él 21 ahora. Soy la hermana de Luz María Telumbre Casarubias y la cuñada de Clemente Rodríguez Moreno, la madre y el padre de Cristian.

Siempre me llevé muy bien con él. Aunque yo me fui a trabajar a Cuernavaca, venía muy seguido a Tixtla, Guerrero, a visitarlos y pasaba mucho tiempo con Cristian.

Él mide como 1.80, y era algo gordito antes de entrar a Ayotzi, cuando pasó un mes ahí, vino a decirme que ya hasta tenía cuadritos en el abdomen. Cristian siempre tenía una sonrisa dibujada en la cara, y siempre buscaba hacernos reír también. Le encantaba el baile folklórico. Se la pasaba bailando y enseñándome a mí a bailar el zapateado.

Cada domingo que es el fandango en Tixtla, Cristian salía a bailar y yo, siempre que podía, iba a verlo.

Cristian es el segundo de los hijos de mi hermana. La más grade es Cristina y luego de él vinieron Fabiola y Maribel, la más pequeña. Todos lograron estudiar a pesar de que había pocos recursos.

Mi hermana Luz hace tortillas y las vende en el mercado, eso le permite dedicarle más tiempo a sus hijos y hoy sostenerlos desde que todo cambió y mi cuñado, que antes vendía garrafones de agua, y yo nos metimos de lleno a la búsqueda de Cristian.

Hubo que dividirnos porque las hijas también necesitan apoyo y compañía, así que yo abandoné mi vida en Cuernavaca y andamos todo el tiempo de aquí para allá exigiendo justicia. Buscando a Cristian.

 Con lo poco que había, apoyaron a todos los hijos a estudiar. Eran felices. Eran unidos.

Ellos tienen un terrenito algo lejos de la casa y Cristian ahí sembraba lo que podía, cuidaba los árboles de limón, limas y guayabas. Ya tenía gallinas que empezaban a poner huevos y también puercos. Se dedicaba a cuidar esa tierra y los animales, nunca tomó, ni fumó. Tenía muchas amigas, siempre fue alguien respetuoso de las mujeres.

El sueño de Cristian era estudiar para Ingeniero Agrónomo en la Universidad Autónoma del Estado de Guerrero, en Iguala, pero como la hermana mayor estaba en una escuela de paga, los recursos no alcanzaban, así que decidió volverse maestro, trabajar y entonces poder pagarse otra carrera.

Fue a hacer su examen a la escuela Centenaria en Chilpancingo y luego luego a Ayotzinapa. En la primera  no alcanzó lugar  así que se quedó en Ayotzi. Primero no fue muy convencido pero cuando volvió de su periodo de prueba había cambiado mucho.

Mi hermana se acuerda de que cuando volvió, la mentalidad de Cristian había cambiado, venía valorando más las cosas, hablaba de compañerismo y esas cosas y lo que nunca: ayudó en todas las labores de la casa, decía su mamá.

Cristian decía que pus ya había sufrido en el periodo de prueba en la Normal y que pues entonces ya se quedaría ahí a estudiar. Sonaba contento.

Yo lo vi por última vez el 15 de agosto en su casa. Ambos venimos de visita. Era un sábado, me acuerdo porque él estaba haciendo su servicio militar y ese era el día en que iba a sus actividades. Me enseño un par de ejercicios. Lo ayudé con unas encuestas que estaba realizando y como siempre nos reímos mucho hasta que una amiga pasó por él para ir a la casa de cultura de Tixtla a bailar.

Agarró sus botines blancos y se fue.

Luego de unos días todavía nos comunicamos por el celular. Me preguntó qué hacía y le dije que en Cuernavaca llovía mucho. Me pidió una foto y yo me subí al techo de la casa y le hice un video. Se lo mandé. Hablamos un rato y luego me dijo que se iba a dormir.

Yo me enteré de que desapareció hasta el 27 de septiembre de 2014, porque había ido a una boda a un lugar en el que no había señal. Cuando llegue a casa le llamé a mi hermana y me contó todo. Yo aún no entendía la dimensión de lo que sucedía. Pensé que los tendrían detenidos, o como todo el mundo, que estarían escondidos en el monte y pronto bajarían.

El 28 salí a Tixtla a primera hora, con tres mudas de ropa, sólo los zapatos que llevaba puestos y sin chamarra. Pensaba quedarme tres días en lo que todo se arreglaba.

Los tres días se convirtieron en dos años. Yo ahora sólo paso de vez en cuando por mi casa, igual que mi cuñado.

Mi hermana estaba muy mal cuando llegue a verla. Estaba con Angélica González, otra de las mamás, las dos llorando, acompañándose. Entonces mi hermana creía que Cristian era César Mondragón, al joven que torturaron y asesinaron porque Cristian tenía una camisa igual.

Ahí comenzó todo. Pensar día y noche en ellos, en la justicia, en la necesidad de saber la verdad. En el peregrinar del que muchos creen que es por gusto y no. Para nada es por gusto porque lo que queremos en encontrar a Cristian y a los otros 42 compañeros.

Lo que queremos es que a nadie más le pase esto. Por eso, en cada lugar al que vamos le pedimos a la gente que no olvide, porque el que olvida permite que se repitan las historias. Porque en este país y en estas circunstancias nadie esta exento de que algo así le suceda.

A casi dos años, insistimos, exigimos y pedimos que todas y todos lo hagan. Porque esta incertidumbre a nadie se le desea.

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