La omnipresencia del acoso sexual

Laura Carlsen

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Los escándalos recientes con respecto al magnate de Hollywood Harvey Weinstein y el candidato republicano al Senado Roy Moore han roto con la impunidad habitual en torno al abuso sexual de los hombres poderosos al llevarlo a la esfera pública. Eso es bueno. Pero los escándalos también revelan lo que las mujeres siempre han sabido: la omnipresencia del acoso sexual en nuestra vida cotidiana.

Por lo general, si mencionas un acoso sexual en un grupo de amigas, la respuesta será: ‘ah sí, a mí también’. Al menos para una generación anterior, si los incidentes no caen en el extremo violento de la escala, se les considera casi un rito de paso, algo que se aguanta como parte de la vida de ser mujer. Ni siquiera nos dieron mucha información sobre cómo evitarlo, pero sabíamos que teníamos que tener cuidado todo el tiempo. El patriarcado crea un campo de minas para las niñas creciendo, e incluso para las mujeres en la edad adulta. Como evitar caer en un bache, estás alerta todo el tiempo, y si te caes, tiendes a pensar que fue tu propia falta de atención al terreno lo que lo causó. Recuerdo que nunca se me ocurrió decirle a mi madre, y este patrón aún se repite.

En el extremo más violento del espectro, los tabúes sociales dictan que tenemos que cargar con la vergüenza encima de las heridas, y presionan a las víctimas para silenciar los ataques. Estos tabúes funcionan con fuerza, especialmente a medida que las víctimas ven cómo la sociedad trata a las mujeres que tienen el valor de romper los tabúes y denunciar públicamente. Las niñas y las mujeres interiorizan la lesión hasta que se convierta en una parte de nuestras identidades.

Sin duda, es una parte de la identidad de nuestra sociedad. Basta con mirar el registro: tenemos un presidente que fue electo después de admitir prácticas predatorias y no consensuales con mujeres: “Simplemente beso a mujeres hermosas y las agarro por el coño”. Tenemos un juez de la Corte Suprema (encargado de definir y aplicar la ley máxima de la nación) que ascendió a su puesto después de que la abogada Anita Hill testificó que había sido acosado sexualmente en múltiples ocasiones por Thomas siendo su empleada: La comisión del Congreso después de escuchar el testimonio decidió que ni siquiera era relevante llamar a las otras cuatro mujeres testigos preparadas para testificar que también había sufrido acoso sexual de Thomas. Los hombres famosos—deportistas, actores, cantantes– que alardean de sus conquistas y comportamiento agresivo con las mujeres son presentadas como modelos a seguir.

Situar en el poder a los hombres que abiertamente creen que la violencia contra las mujeres es aceptable, erosiona la sociedad en todos los niveles. Hay retrocesos en los avances históricos en los derechos de las mujeres, y aún cuando las leyes a favor de sus derechos se quedan en papel, la mayor discriminación contra las mujeres en el sistema legal disminuye su alcance efectivo. Las pocas protecciones que existen se debilitan y el clima social se vuelve abiertamente más misógino. Las mujeres que se atrevan a levantar la voz son revictimizadas.

No es ninguna sorpresa que el dominio masculino exista, y se proteja y se recree intencionalmente. Pero nuestra sociedad también parece estar genuinamente confundida acerca del acoso sexual a las mujeres, no tiene idea de dónde se supone que se deben trazar los límites. Atacar a las mujeres impregna la cultura y se considera entretenimiento. ¿Recuerdan los Premios Emmy 2014 cuando Bryan Cranston agarró a Julia Louis-Dreyfus en un apretón interminable mientras ella trataba de escaparlo? Aunque los dos luego dijeron que era una broma, no parecía consensual y, fuera de un Jimmy Fallon desconcertado, nadie reaccionó. La prensa lo consideró unánimemente como un buen chiste. Innumerables películas y programas de televisión muestran a hombres que forzan a mujeres, mismas que luego se enamoran de ellos.

Es impactante ver la facilidad con que se desestima el acoso sexual de los hombres a las mujeres. La gobernadora de Alabama, Kay Ivey, cuando se le preguntó sobre el comportamiento del candidato del Senado Roy Moore con muchachas menores de edad, dijo que no tenía motivos para no creerles a las mujeres que le acusan pero, “creo en el Partido Republicano, lo que representamos y, lo más importante, necesitamos tener un republicano en el Senado de los Estados Unidos”. Entonces, ¿qué representa el Partido Republicano? ¿Abuso de menores?

Otros que defienden a Moore han dicho que las niñas de Alabama “a veces se ven mucho mayores de lo que son”, que todo pasó hace mucho tiempo, que aún no estaba casado, etc. Ningún otro crimen genera defensas tan descaradamente absurdas. En casos de acoso sexual y agresión, nuestros tribunales de justicia automáticamente enjuician a la mujer que demanda en lugar del acusado. Ella está obligada no solo a probar su caso específico, sino también a probar su validez como persona para presentar un caso de este índole contra un hombre.

La sociedad de EE. UU. en su conjunto parece no tener una brújula moral sobre el tema. Es confundida, o indiferente, o francamente inmoral en su incapacidad para censurar sistemáticamente la violencia, y especialmente la violencia sexual, contra las mujeres. Esto hace que a la prensa le resulte más fácil exponer los actos selectivamente, políticamente, o simplemente decidir no reportarlos, haciendo que a su vez sea más fácil para la sociedad descartar la validez de la acusación y el alcance del problema. Parece que tenemos una categoría aparte para los ataques de hombres contra mujeres, ubicada en una zona gris que los hombres nunca aceptarían habitar. Una y otra vez escuchamos que las mujeres merecen ser atacadas, provocan ataques violentos, e incluso que les gusta que les agreden.

En el escándalo de Weinstein, también hemos visto cómo las mujeres víctimas a menudo sienten una mezcla de vergüenza y confusión. La “maquina de la fama” obliga implícitamente a las mujeres a ignorar o encubrir el acoso sexual– y cosas peores. Irónicamente, muchos hacen esto precisamente para superar las barreras de discriminación por género en sus carreras, y ellas terminan minando el campo para las mujeres que vienen después. Todos los que hemos sufrido en silencio hemos hecho esto. No debemos perder de vista que el comportamiento delictivo es del agresor y de la sociedad que aprueba sus ataques, por lo que menciono ese círculo vicioso no como una crítica, sino como un llamado a la acción. Es por eso que las mujeres que han hecho acusaciones públicas en el caso Weinstein y las ex adolescentes que han denunciado a Moore de lo que según reportes era un secreto a voces, han hecho un importante servicio público para todos nosotros.

Otra forma en que el sistema hace la vista gorda a los derechos de las mujeres es declarar que la violencia contra las mujeres simplemente no es una prioridad. En Puerto Rico, después de que el huracán María devastara la isla, las feministas han tenido que reconstruir los refugios para mujeres con sus propias manos porque según las autoridades es una “necesidad secundaria” a pesar de que hay muchas mujeres en situaciones de vulnerabilidad.

La parte triste es que sabemos que la violencia contra las mujeres es una forma fundacional de violencia. Cuando la violencia masculina obtiene luz verde, las familias se vuelven más vulnerables y aumenta el abuso de mujeres y niños. Cientos de estudios han demostrado que los niños que crecen en un ambiente de violencia tienden a reproducirla como adultos, por más que los asustara y la rechazaran cuando eran niños. Muchos artículos han notado el vínculo directo entre Devin Kelley, el golpeador de la esposa, y Devin Kelley, el asesino en masa que entró en una iglesia del sur de Texas el mes pasado y masacró a 26 personas. La pregunta surgió repetidamente: si hubiéramos tomado en serio la violencia contra a la mujer, si hubiéramos escuchado su voz, ¿podríamos haber salvado todas estas vidas? Y la respuesta es claramente: sí.

¿Un cambio de mar o una corriente de paso?

El año pasado, Ronan Farrow, cuyo artículo en el New Yorker desató el escándalo de Harvey Weinstein, escribió un artículo para Hollywood Reporter sobre el acoso sexual en esa industria. Escribió extensamente sobre las acusaciones bien fundadas de su hermana Dylan Farrow contra su padre distanciado, Woody Allen. Él detalla las muchas formas en que Hollywood cubre los rastros o rechaza las acusaciones que van en contra de sus intereses, como cuando Cate Blanchett elogió a Allen al aceptar el Premio Oscar por actuar en una de sus películas pocos días después de la revelación del abuso el mundo cinematográfico le aplaudió.

En los casos de Weinstein y Allen, Farrow describe cómo las dos potencias de la industria de cine desplegaron costosas y elaboradas campañas de relaciones públicas para desviar y desacreditar las víctimas, incluso su propia hija en el caso de Allen. Para Allen, funcionó (hasta ahora); para Weinstein, podría ser un punto de inflexión.

Los intentos de barrer bajo la alfombra las demandas de enjuiciamiento para los crímenes de hombres contra mujeres podrían causar tanto daño a la sociedad como los propios crímenes. Farrow escribe: “[El silencio] envía un mensaje a las víctimas de que no vale la pena levantar la voz. Envía un mensaje sobre quiénes somos como sociedad, qué pasaremos por alto, a quién ignoraremos, quién importa y quién no. Estamos siendo testigos de un cambio radical en la forma en que hablamos de agresión y abuso sexual. Pero hay más trabajo por hacer para construir una cultura en la que las mujeres como mi hermana ya no sean tratadas como si fueran invisibles”.

Desafortunadamente, podría ser demasiado pronto para hablar de un cambio radical. Los recientes escándalos que lograron llamar la atención de los medios son un paso en la dirección correcta, pero tenemos que seguir adelante. En el proceso, también debemos hacer algunas distinciones. Obligar a un beso a una mujer adulta no es lo mismo que conducir a una muchacha de 14 años al bosque y abusar de ella. Las repercusiones legales son diferentes y la escala ética varía, aunque ambos actos son reprensibles. Tenemos que usar términos claros para aclarar la confusión de la sociedad y evitar una reacción violenta que termine por trivializar los crímenes más atroces, como la violación.

A medida que progresamos, invariablemente hay reacciones en contra. Hoy, en muchas partes del mundo los movimientos de derecha, a menudo neofascistas, amenazan con aniquilar los avances que hemos logrado a pulso en los derechos de las mujeres. A la vez, una nueva generación de jóvenes feministas se niega a aceptar la violencia contra las mujeres como algo normal. Veremos más enfrentamientos y el backlash de la violencia patriarcal. Es nuestra responsabilidad desminar nuestra cultura para que esta nueva generación de mujeres pueda defender con seguridad los avances de sus ancestras y forjar nuevos caminos.

Denunciar a los hombres abusadores—sin importar que tan ricos o poderosos sean– es una gran parte de eso.

Este material fue compartido como parte del convenio entre Programa de las Américas y Desinformémonos

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